José Manuel Durán regresaba a su pueblo, Punta Umbría, de ver un partido del Real Madrid junto a su amigo Hugo y su madre, que todavía sigue desaparecida Leer José Manuel Durán regresaba a su pueblo, Punta Umbría, de ver un partido del Real Madrid junto a su amigo Hugo y su madre, que todavía sigue desaparecida Leer
A Carmelo Durán se le humedecen los ojos cuando recuerda aquellas primeras horas tras enterarse de que el tren en el que volvía su hijo había tenido un accidente grave. Enseguida se fue, con su mujer, Eli, y un par de familiares más, a Córdoba, directos al hospital Reina Sofía porque tenía el «pálpito» de que su hijo estaba allí. Fueron, dice cuando han pasado ya unos días de aquello, las horas más duras y largas que recuerda en toda su vida, unas horas en las que «sentí lo que es perder a un hijo».
De camino a Córdoba, Carmelo llamó a Hugo, el amigo con el que su hijo había ido a Madrid, que le contó, entre sollozos lo que había pasado. «Tito, que hemos descarrilado, que el primo me pide ayuda, pero no le escucho ya», le dijo. La relación era casi familiar y Hugo le llamaba a él tito y a José Manuel, su primo.
Estaban a punto de llegar cuando sonó el teléfono de Eli. «Mamá, soy Jose», dijo una voz al otro lado y la madre tardó unos segundos en reaccionar. «Estaba en el hospital y una enfermera le había dejado su móvil», explica el padre.
José Manuel Durán estaba dormido a las 19:40 horas de este domingo, cuando su tren, el Alvia 2384 que había salido de Madrid a las 18:05 con destino a Huelva, se estrelló contra los vagones descarrilados del Iryo que había salido de Málaga en dirección a la estación de Atocha. Cuando abrió los ojos, todo a su alrededor era un caos. Su vagón estaba volcado en un talud cuatro metros por debajo de la vía, tenía encima todo tipo de objetos de los pasajeros que le habían caído encima y estaba, además, atrapado por el amasijo de hierros en que había quedado convertido el coche.
Pasaron dos horas, quizás dos horas y media -José Manuel perdió la noción del tiempo- en las que el joven, de 21 años, solo pensaba en sus padres y en su hermano pequeño, Samuel. Hasta que «vi la luz», la de la linterna de Julio Rodríguez, el adolescente de Adamuz que, en las primeras horas después del siniestro, se lanzó con un amigo a sacar a los pasajeros de los trenes.
José Manuel está ya en su casa, en la localidad onubense de Punta Umbría, recuperándose de las lesiones (rotura de cúbito y radio, quemaduras en la espalda y heridas y cortes por los cristales), y prefiere no hablar con los medios de comunicación, pero su padre, Carmelo, ejerce como su portavoz y traslada a EL MUNDO las palabras de su hijo, el relato de aquellas horas y el agradecimiento, eterno, que siente por su salvador.
El joven viajaba en el vagón 1 junto a su amigo del alma, Hugo, y la madre de éste, Rocío Díaz. Ella insistió en que les acompañara a Madrid. «Jose no iba a ir», cuenta su padre, pero «eran como hermanos» y ya habían hecho ese viaje, también para ver al equipo de sus amores en el Santiago Bernabéu el año anterior.
José Manuel estaba sentado al lado de Hugo, el primero quedó atrapado por los hierros y el segundo salió despedido por la ventanilla. Su hijo pidió ayuda, llamó a su amigo sin obtener respuesta, cuenta Carmelo, y «pensaba que no iba a aguantar más» cuando apareció el «ángel» de Adamuz.
«Le sacó de entre los hierros y, luego, un amigo de Julio, José, le llevó andando por las vías hasta una ambulancia porque Julio no podía andar, le había dado sus zapatos a otro pasajero», rememora el padre, intentando contener, en vano, las lágrimas.
Una vez en el centro sanitario, la madre pasó a ver al joven -«solo nos dejaban pasar a uno»- y, desde la habitación a Carmelo le enviaron fotos y un vídeo, casi como si fueran pruebas de vida.
Carmelo también marcó en aquel viaje el teléfono de Rocío, la madre de Hugo, pero «no me contestó». Ella es una de las víctimas que oficialmente siguen desaparecidas, aunque en Punta Umbría hay pocas esperanzas de que aparezca ya con vida. «Cada día que pasa es más difícil», cuenta la camarera de la cafetería en la que desayunaba todos los días, siempre en la misma mesa, y a la que se refería como «mi refugio».
Rocío, y toda su familia, era muy conocida en Punta Umbría, donde regentaba un puesto de venta de pescado y marisco en la plaza de abastos que había cerrado por vacaciones durante el mes de enero después de terminar la campaña, especialmente intensa, de Navidad.
En la pescadería -que antes había sido de sus padres y que este miércoles aún estaba como la habían dejado tras las fiestas, con las bolsas de plástico colgadas y un cartel anunciando el cierre temporal-, trabajaban Rocío, su marido, Francis, y también Hugo, que estaba muy unido a su madre. Habían convertido casi en tradición la visita anual en el primer mes del año al Bernabéu, los dos futboleros y madridistas, como José Manuel.
Carmelo, y todos en su casa, se debate estos días, estas últimas horas, entre la alegría, el alivio por haber recuperado al hijo a salvo y la pena inmensa por Rocío, la madre de Hugo. Aunque, dice el padre de José Manuel, se agarran a la esperanza hasta que no reciban una noticia oficial y definitiva y se despeje la terrible incertidumbre de si está entre los 43 fallecidos.
«Mi hijo se ha salvado, pero no está bien y va a tardar en estarlo», afirma este vecino de Punta Umbría, que se gana la vida como vendedor de cupones y que, apunta, no ha tenido una vida fácil. Él también ha vivido experiencias que le han marcado para siempre y su mujer sufre de fibromialgia. Pero nada, insiste, como lo que ahora les ha tocado.
Esta noche, destaca, José Manuel se ha despertado, con pesadillas. «Y yo también tengo, cuando cierro los ojos veo a mi hijo pidiendo ayuda», apunta. El hijo pequeño, Samuel, de 16 años, también lo está pasando mal y la madre, Eli, no está mejor.
Anoche, cuando le pidió, al acostarse, que dejara la puerta de su habitación abierta «ya me olí que estaba mal», apostilla Carmelo. Y eso que, puntualiza, «mi hijo es especial, muy maduro, ha tenido que madurar antes, a la fuerza».
Los dos, padres e hijo, compartían un mismo deseo, poder abrazar a Julio, a «ese ángel» que, con su linterna y sin zapatos salvó a José Manuel «cuando ya sentía que se iba». Un deseo que se ha cumplido este miércoles, cuando Canal Sur TV les ha reunido en Punta Umbría y se han podido, al fin, fudir en un abrazo.
«Lo necesitamos, no quiero hablar con él ni por teléfono, darle las gracias, abrazarle», decía, antes del encuentro televisivo, Carmelo, que quiere recordar siempre el día en que recuperó al hijo que daba por perdido.
Para eso, ambos ya se han prometido que, en cuanto sea posible, se van a hacer un tatuaje con el nombre de Adamuz, los Julio y Jose, y la fecha del 18 de enero de 2026 junto a dos alas, las del «ángel» que salvó a «mi niño».
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