‘Estrany riu’ es sobre todo una película catalana. Es decir, una película afectada y pedante, donde todo el mundo cree tener una importancia de la que en verdad carece. El primero, el director, Jaume Claret Muxart . Si no te llamas Rodríguez o Pérez -entre otros apellidos muy comunes- firmar con el segundo apellido es una manera de llamar la atención sin mérito, que por lo menos a mí me pone en guardia. No pasa nada, pero ya empezamos.Después está la estética cutre, venezolana, del cámping: la película pasa no en uno sino en varios campings y en un entorno natural desagradable. La comida es desagradable, el peinado de padre i madre es desagradable, las tiendas de campaña son horribles y lo mal que hablan los protagonistas, un catalán de tan mala calidad, redunda en la sensación de dejadez artística. Es esta necesidad de contar las historias desde la sordidez, desde la fealdad, desde el asco, este hacerse el especial desde el insecto, desde el hierbajo. Esta tristeza de fondo, esta culpa del otro. ¿Qué os han hecho para que estéis tan tristes? Si nos lo explicáis estoy seguro de que podremos ayudaros. Conocemos a los mejores terapeutas y están siempre dispuestos a echar una mano a los que sufren. Pero dejad de hacer este cine deprimente, desolado, que desfigura y no explica el mundo en el que vivimos y que da munición a los que piensan poco para que hagan caer sobre la ciudad el velo de lo funesto.Llevar a tu hijo al cámping no es neutro. No le educas ni le haces algún bien acostumbrándolo al barraquismo. Luego no te quejes de si no te habla o se droga o no trabaja. Los adolescentes no «son así». Los padres «son así»Tal vez el director pueda decir en su defensa que era precisamente la sensación que quería transmitir y que lo ha conseguido. Primero, lo dudo. El director parece en todo momento amar esta estética , y en todo momento parece atribuir un cierto misterio al contacto con la naturaleza. El director no quiere que odies aquello. Pero es que si lo quisiera tampoco sería una excusa, porque el mensaje es débil, superficial, poco trabajado, insuficiente. En paralelo a la truculencia está la pedantería, con citas de Hölderlin mal leído, los colores saturados por el sol para darnos como sensación de realidad, cuando lo que da es la sensación de que se ha enamorado del actor y tiene poca imaginación y poco mundo para elevar la calentura a categoría artística; y por supuesto esas falsas lecciones de arquitectura sólo comparables en pretensión y ridiculez a las conversaciones entre el protagonista y sus padres. Lo más increíble es que pretenden presentarse como un retrato de la adolescencia cuando en realidad son el retrato de unos padres progres, que han fracasado estrepitosamente en su misión porque en lugar de dejarse guiar por su instinto se han puesto a educar a sus hijos a través de sus estupidísimas ideas.Llevar a tu hijo al cámping no es neutro. No le educas ni le haces algún bien acostumbrándolo al barraquismo. Luego no te quejes de si no te habla o se droga o no trabaja. Los adolescentes no «son así». Los padres «son así». De hecho, la adolescencia, tal como la hemos estereotipado en nuestros imaginarios, no existe. Existen los malos padres, los padres que no ponen en el centro de sus vidas a sus hijos, los padres que creen que dormir en el suelo forma más que hacer el esfuerzo de ir a un buen hotel y crecer en la aspiración de lo bueno y lo bello. La adolescencia es un victimismo inventado por padres que creen que lo que tienen que hacer es pasar el verano con sus hijos de acampada en acampada y sin camiseta. Y luego, cuando vienen los problemas, dicen: «es que está adoelscente». El centro de la película es el culto del director al cuerpo de un adolescente. Lo que se quiere presentar como el retrato de la complejidad no es más que la complicada relación de Claret Muxart con sus propios fantasmas. Tal como es distinto que Ferran Adrià deconstruya la tortilla de patatas que a cualquier indocumentado se le caiga al suelo cuando le da la vuelta, en esta película se detecta del prinicipio que el director no va a ayudarnos a reflexionar sobre nuestras vidas sino que nos ha tomado de rehenes para desahogarse contándonos la suya, que no puede tener menos interés. No hay nada sustancial que trascienda a las imágenes pretendidamente evocadoras y que son facilonas y cursis, con lamentables recursos como reforzar el rojo de los labios del protagonista. Joaquín Güell dice que hay en Jaime Gil de Biedma algo de escritor provinciano por lo muy importante que para él es ser homosexual. Éste es el fondo de la película: ser homosexual, como ser heterosexual, no es importante: es lo que somos. Lo que importa es lo que hacemos con ello. Y aquí nadie hace nada.Hay que decir también que si esta aproximación porno que Claret Muxart hace al cuerpo de dos menores -no sé si son menores en la vida real, pero sí lo son los personajes- la hubiera hecho un director de derechas con el cuerpo de dos chicas, y se hubiera entretenido de un modo tan sexual en ellas, tan baboso, habría provocado un gran y por otra parte absurdo escándalo, que en cambio se vuelve reivindicación y causa si se trata de dos chicos homosexuales, por lo que tienen de munición para la propaganda.El submundo de ‘Estrany riu’ no conduce a nada, sales de ver la película y no eres mejor que cuando entraste, y tienes la sensación de que el director ha estado jugando yo con yo a lo suyo. Cataluña se ha especializado en perder el tiempo y en hacerlo perder a los demás. En las lentas curvas de películas como ésta uno se da cuenta de lo profunda que fue la herida del proceso independentista. No sólo para sus partidarios sino para el conjunto de una sociedad que se volvió avara, mezquina, irrespetuosa con la inteligencia del otro, y que rebajó los estándares de exigencia y de belleza a este cámping y a la ropa de sus protagonistas, a su humanidad diezmada, y al extravío moral y vital de personas que creen que pueden explicarnos algo antes de entenderlo ellos. El pretexto de que es una historia contada entre la ensoñación y la realidad tiene mucho que ver, también, con la mala relación que los catalanes hemos ido desarrollando con la realidad, y esa afectísima necesidad de contar pero no contar las cosas, haciéndonos los especiales, los que levitamos, como Pep Guardiola en su discurso inaugural del concierto pro Palestina. Pep podría haber sido el protagonista de esta película, o el director, o el padre. Incluso la bicicleta, como aquel día en que un árabe le siguió para pedirle un autógrafo y Pep al verle se bajó del aparato y fue a dárselo porque pensaba que era un ladrón. Fue una lástima que no contara esta anécdota, la otra noche en el Sant Jordi, envuelto en su pañuelo palestino.Noticia Relacionada shambhala opinion Si El círculo de tu amor Salvador Sostres La estrella de mi hija es Rosalía, y un poco como mi madre con Nirvana, la primera vez que he sentido que mi hija tenía un mundo completamente suyo, ajeno a mí, ha sido en el descubrimiento y fascinación por esta chicaPor tantos Muxart-Pep, Cataluña se ha ido volviendo la cara girada del mundo, el desprecio de los dones y de lo bello, el culto a la frustración, a lo devastador, a lo descortés, a lo ensimismado, a lo palestino y sin ser consciente ello: porque el director, quieriendo poner la homosexualidad en el centro, la folcloriza y parece una broma ; exactamente lo mismo que el fanatismo de algunos con el catalán, que recuerdan mucho a Jaime Gil haciéndose la misteriosa por algo que en realidad no tiene ninguna importancia. ‘Estrany riu’ crea una angustia pero no es artística sino ciudadana. No es de dentro de la película hacia el espectador, es decir en la dirección artística; sino que de fuera de la película, y del cine, desde la profunda conciencia de de ciudadano libre, brota una vergüenza ajena y escandalizada por ver el del daño que nos hemos hecho, y que tan vulgarmente refleja la obra de Claret Muxart. ‘Estrany riu’ es sobre todo una película catalana. Es decir, una película afectada y pedante, donde todo el mundo cree tener una importancia de la que en verdad carece. El primero, el director, Jaume Claret Muxart . Si no te llamas Rodríguez o Pérez -entre otros apellidos muy comunes- firmar con el segundo apellido es una manera de llamar la atención sin mérito, que por lo menos a mí me pone en guardia. No pasa nada, pero ya empezamos.Después está la estética cutre, venezolana, del cámping: la película pasa no en uno sino en varios campings y en un entorno natural desagradable. La comida es desagradable, el peinado de padre i madre es desagradable, las tiendas de campaña son horribles y lo mal que hablan los protagonistas, un catalán de tan mala calidad, redunda en la sensación de dejadez artística. Es esta necesidad de contar las historias desde la sordidez, desde la fealdad, desde el asco, este hacerse el especial desde el insecto, desde el hierbajo. Esta tristeza de fondo, esta culpa del otro. ¿Qué os han hecho para que estéis tan tristes? Si nos lo explicáis estoy seguro de que podremos ayudaros. Conocemos a los mejores terapeutas y están siempre dispuestos a echar una mano a los que sufren. Pero dejad de hacer este cine deprimente, desolado, que desfigura y no explica el mundo en el que vivimos y que da munición a los que piensan poco para que hagan caer sobre la ciudad el velo de lo funesto.Llevar a tu hijo al cámping no es neutro. No le educas ni le haces algún bien acostumbrándolo al barraquismo. Luego no te quejes de si no te habla o se droga o no trabaja. Los adolescentes no «son así». Los padres «son así»Tal vez el director pueda decir en su defensa que era precisamente la sensación que quería transmitir y que lo ha conseguido. Primero, lo dudo. El director parece en todo momento amar esta estética , y en todo momento parece atribuir un cierto misterio al contacto con la naturaleza. El director no quiere que odies aquello. Pero es que si lo quisiera tampoco sería una excusa, porque el mensaje es débil, superficial, poco trabajado, insuficiente. En paralelo a la truculencia está la pedantería, con citas de Hölderlin mal leído, los colores saturados por el sol para darnos como sensación de realidad, cuando lo que da es la sensación de que se ha enamorado del actor y tiene poca imaginación y poco mundo para elevar la calentura a categoría artística; y por supuesto esas falsas lecciones de arquitectura sólo comparables en pretensión y ridiculez a las conversaciones entre el protagonista y sus padres. Lo más increíble es que pretenden presentarse como un retrato de la adolescencia cuando en realidad son el retrato de unos padres progres, que han fracasado estrepitosamente en su misión porque en lugar de dejarse guiar por su instinto se han puesto a educar a sus hijos a través de sus estupidísimas ideas.Llevar a tu hijo al cámping no es neutro. No le educas ni le haces algún bien acostumbrándolo al barraquismo. Luego no te quejes de si no te habla o se droga o no trabaja. Los adolescentes no «son así». Los padres «son así». De hecho, la adolescencia, tal como la hemos estereotipado en nuestros imaginarios, no existe. Existen los malos padres, los padres que no ponen en el centro de sus vidas a sus hijos, los padres que creen que dormir en el suelo forma más que hacer el esfuerzo de ir a un buen hotel y crecer en la aspiración de lo bueno y lo bello. La adolescencia es un victimismo inventado por padres que creen que lo que tienen que hacer es pasar el verano con sus hijos de acampada en acampada y sin camiseta. Y luego, cuando vienen los problemas, dicen: «es que está adoelscente». El centro de la película es el culto del director al cuerpo de un adolescente. Lo que se quiere presentar como el retrato de la complejidad no es más que la complicada relación de Claret Muxart con sus propios fantasmas. Tal como es distinto que Ferran Adrià deconstruya la tortilla de patatas que a cualquier indocumentado se le caiga al suelo cuando le da la vuelta, en esta película se detecta del prinicipio que el director no va a ayudarnos a reflexionar sobre nuestras vidas sino que nos ha tomado de rehenes para desahogarse contándonos la suya, que no puede tener menos interés. No hay nada sustancial que trascienda a las imágenes pretendidamente evocadoras y que son facilonas y cursis, con lamentables recursos como reforzar el rojo de los labios del protagonista. Joaquín Güell dice que hay en Jaime Gil de Biedma algo de escritor provinciano por lo muy importante que para él es ser homosexual. Éste es el fondo de la película: ser homosexual, como ser heterosexual, no es importante: es lo que somos. Lo que importa es lo que hacemos con ello. Y aquí nadie hace nada.Hay que decir también que si esta aproximación porno que Claret Muxart hace al cuerpo de dos menores -no sé si son menores en la vida real, pero sí lo son los personajes- la hubiera hecho un director de derechas con el cuerpo de dos chicas, y se hubiera entretenido de un modo tan sexual en ellas, tan baboso, habría provocado un gran y por otra parte absurdo escándalo, que en cambio se vuelve reivindicación y causa si se trata de dos chicos homosexuales, por lo que tienen de munición para la propaganda.El submundo de ‘Estrany riu’ no conduce a nada, sales de ver la película y no eres mejor que cuando entraste, y tienes la sensación de que el director ha estado jugando yo con yo a lo suyo. Cataluña se ha especializado en perder el tiempo y en hacerlo perder a los demás. En las lentas curvas de películas como ésta uno se da cuenta de lo profunda que fue la herida del proceso independentista. No sólo para sus partidarios sino para el conjunto de una sociedad que se volvió avara, mezquina, irrespetuosa con la inteligencia del otro, y que rebajó los estándares de exigencia y de belleza a este cámping y a la ropa de sus protagonistas, a su humanidad diezmada, y al extravío moral y vital de personas que creen que pueden explicarnos algo antes de entenderlo ellos. El pretexto de que es una historia contada entre la ensoñación y la realidad tiene mucho que ver, también, con la mala relación que los catalanes hemos ido desarrollando con la realidad, y esa afectísima necesidad de contar pero no contar las cosas, haciéndonos los especiales, los que levitamos, como Pep Guardiola en su discurso inaugural del concierto pro Palestina. Pep podría haber sido el protagonista de esta película, o el director, o el padre. Incluso la bicicleta, como aquel día en que un árabe le siguió para pedirle un autógrafo y Pep al verle se bajó del aparato y fue a dárselo porque pensaba que era un ladrón. Fue una lástima que no contara esta anécdota, la otra noche en el Sant Jordi, envuelto en su pañuelo palestino.Noticia Relacionada shambhala opinion Si El círculo de tu amor Salvador Sostres La estrella de mi hija es Rosalía, y un poco como mi madre con Nirvana, la primera vez que he sentido que mi hija tenía un mundo completamente suyo, ajeno a mí, ha sido en el descubrimiento y fascinación por esta chicaPor tantos Muxart-Pep, Cataluña se ha ido volviendo la cara girada del mundo, el desprecio de los dones y de lo bello, el culto a la frustración, a lo devastador, a lo descortés, a lo ensimismado, a lo palestino y sin ser consciente ello: porque el director, quieriendo poner la homosexualidad en el centro, la folcloriza y parece una broma ; exactamente lo mismo que el fanatismo de algunos con el catalán, que recuerdan mucho a Jaime Gil haciéndose la misteriosa por algo que en realidad no tiene ninguna importancia. ‘Estrany riu’ crea una angustia pero no es artística sino ciudadana. No es de dentro de la película hacia el espectador, es decir en la dirección artística; sino que de fuera de la película, y del cine, desde la profunda conciencia de de ciudadano libre, brota una vergüenza ajena y escandalizada por ver el del daño que nos hemos hecho, y que tan vulgarmente refleja la obra de Claret Muxart.
‘Estrany riu’ es sobre todo una película catalana. Es decir, una película afectada y pedante, donde todo el mundo cree tener una importancia de la que en verdad carece. El primero, el director, Jaume Claret Muxart. Si no te llamas Rodríguez o Pérez – … entre otros apellidos muy comunes- firmar con el segundo apellido es una manera de llamar la atención sin mérito, que por lo menos a mí me pone en guardia. No pasa nada, pero ya empezamos.
Después está la estética cutre, venezolana, del cámping: la película pasa no en uno sino en varios campings y en un entorno natural desagradable. La comida es desagradable, el peinado de padre i madre es desagradable, las tiendas de campaña son horribles y lo mal que hablan los protagonistas, un catalán de tan mala calidad, redunda en la sensación de dejadez artística. Es esta necesidad de contar las historias desde la sordidez, desde la fealdad, desde el asco, este hacerse el especial desde el insecto, desde el hierbajo. Esta tristeza de fondo, esta culpa del otro. ¿Qué os han hecho para que estéis tan tristes? Si nos lo explicáis estoy seguro de que podremos ayudaros. Conocemos a los mejores terapeutas y están siempre dispuestos a echar una mano a los que sufren. Pero dejad de hacer este cine deprimente, desolado, que desfigura y no explica el mundo en el que vivimos y que da munición a los que piensan poco para que hagan caer sobre la ciudad el velo de lo funesto.
Llevar a tu hijo al cámping no es neutro. No le educas ni le haces algún bien acostumbrándolo al barraquismo. Luego no te quejes de si no te habla o se droga o no trabaja. Los adolescentes no «son así». Los padres «son así»
Tal vez el director pueda decir en su defensa que era precisamente la sensación que quería transmitir y que lo ha conseguido. Primero, lo dudo. El director parece en todo momento amar esta estética, y en todo momento parece atribuir un cierto misterio al contacto con la naturaleza. El director no quiere que odies aquello. Pero es que si lo quisiera tampoco sería una excusa, porque el mensaje es débil, superficial, poco trabajado, insuficiente.
En paralelo a la truculencia está la pedantería, con citas de Hölderlin mal leído, los colores saturados por el sol para darnos como sensación de realidad, cuando lo que da es la sensación de que se ha enamorado del actor y tiene poca imaginación y poco mundo para elevar la calentura a categoría artística; y por supuesto esas falsas lecciones de arquitectura sólo comparables en pretensión y ridiculez a las conversaciones entre el protagonista y sus padres. Lo más increíble es que pretenden presentarse como un retrato de la adolescencia cuando en realidad son el retrato de unos padres progres, que han fracasado estrepitosamente en su misión porque en lugar de dejarse guiar por su instinto se han puesto a educar a sus hijos a través de sus estupidísimas ideas.
Llevar a tu hijo al cámping no es neutro. No le educas ni le haces algún bien acostumbrándolo al barraquismo. Luego no te quejes de si no te habla o se droga o no trabaja. Los adolescentes no «son así». Los padres «son así». De hecho, la adolescencia, tal como la hemos estereotipado en nuestros imaginarios, no existe. Existen los malos padres, los padres que no ponen en el centro de sus vidas a sus hijos, los padres que creen que dormir en el suelo forma más que hacer el esfuerzo de ir a un buen hotel y crecer en la aspiración de lo bueno y lo bello. La adolescencia es un victimismo inventado por padres que creen que lo que tienen que hacer es pasar el verano con sus hijos de acampada en acampada y sin camiseta. Y luego, cuando vienen los problemas, dicen: «es que está adoelscente».
El centro de la película es el culto del director al cuerpo de un adolescente. Lo que se quiere presentar como el retrato de la complejidad no es más que la complicada relación de Claret Muxart con sus propios fantasmas. Tal como es distinto que Ferran Adrià deconstruya la tortilla de patatas que a cualquier indocumentado se le caiga al suelo cuando le da la vuelta, en esta película se detecta del prinicipio que el director no va a ayudarnos a reflexionar sobre nuestras vidas sino que nos ha tomado de rehenes para desahogarse contándonos la suya, que no puede tener menos interés. No hay nada sustancial que trascienda a las imágenes pretendidamente evocadoras y que son facilonas y cursis, con lamentables recursos como reforzar el rojo de los labios del protagonista. Joaquín Güell dice que hay en Jaime Gil de Biedma algo de escritor provinciano por lo muy importante que para él es ser homosexual. Éste es el fondo de la película: ser homosexual, como ser heterosexual, no es importante: es lo que somos. Lo que importa es lo que hacemos con ello. Y aquí nadie hace nada.
Hay que decir también que si esta aproximación porno que Claret Muxart hace al cuerpo de dos menores -no sé si son menores en la vida real, pero sí lo son los personajes- la hubiera hecho un director de derechas con el cuerpo de dos chicas, y se hubiera entretenido de un modo tan sexual en ellas, tan baboso, habría provocado un gran y por otra parte absurdo escándalo, que en cambio se vuelve reivindicación y causa si se trata de dos chicos homosexuales, por lo que tienen de munición para la propaganda.
El submundo de ‘Estrany riu’ no conduce a nada, sales de ver la película y no eres mejor que cuando entraste, y tienes la sensación de que el director ha estado jugando yo con yo a lo suyo. Cataluña se ha especializado en perder el tiempo y en hacerlo perder a los demás. En las lentas curvas de películas como ésta uno se da cuenta de lo profunda que fue la herida del proceso independentista. No sólo para sus partidarios sino para el conjunto de una sociedad que se volvió avara, mezquina, irrespetuosa con la inteligencia del otro, y que rebajó los estándares de exigencia y de belleza a este cámping y a la ropa de sus protagonistas, a su humanidad diezmada, y al extravío moral y vital de personas que creen que pueden explicarnos algo antes de entenderlo ellos. El pretexto de que es una historia contada entre la ensoñación y la realidad tiene mucho que ver, también, con la mala relación que los catalanes hemos ido desarrollando con la realidad, y esa afectísima necesidad de contar pero no contar las cosas, haciéndonos los especiales, los que levitamos, como Pep Guardiola en su discurso inaugural del concierto pro Palestina. Pep podría haber sido el protagonista de esta película, o el director, o el padre. Incluso la bicicleta, como aquel día en que un árabe le siguió para pedirle un autógrafo y Pep al verle se bajó del aparato y fue a dárselo porque pensaba que era un ladrón. Fue una lástima que no contara esta anécdota, la otra noche en el Sant Jordi, envuelto en su pañuelo palestino.
Por tantos Muxart-Pep, Cataluña se ha ido volviendo la cara girada del mundo, el desprecio de los dones y de lo bello, el culto a la frustración, a lo devastador, a lo descortés, a lo ensimismado, a lo palestino y sin ser consciente ello: porque el director, quieriendo poner la homosexualidad en el centro, la folcloriza y parece una broma; exactamente lo mismo que el fanatismo de algunos con el catalán, que recuerdan mucho a Jaime Gil haciéndose la misteriosa por algo que en realidad no tiene ninguna importancia. ‘Estrany riu’ crea una angustia pero no es artística sino ciudadana. No es de dentro de la película hacia el espectador, es decir en la dirección artística; sino que de fuera de la película, y del cine, desde la profunda conciencia de de ciudadano libre, brota una vergüenza ajena y escandalizada por ver el del daño que nos hemos hecho, y que tan vulgarmente refleja la obra de Claret Muxart.
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