Tres horas en Hemingway

Ha empezado a nevar en Vendome un poco antes de las diez; anoche, muy tarde, cancelaron el vuelo de G., que llegaba hoy muy pronto y yo había pensado llevarlo primero a desayunar al Hotel Costes y luego a Petrossian porque tienen salmón salvaje. De Petrosian (el de bulevar de la Tour-Maubourg, madame Petrossian suele estar y causa impresión saludarla) a L’Atelier hay 20 minutos andando y es un paseo muy agradable.Para G. era un viaje de volver en el día, el vuelo de regreso a las 22h. Yo llevo en París desde el jueves, es un viaje que cada año hacemos con mis amigos ya de la madurez, nos gusta París y cómo nuestras vidas tan distintas se encuentran estos días y todo es júbilo y dispendio. Hoy se marchan pronto y hace unas semanas pensé: dile a G. que tome un avión porque nunca ha estado en el Hemingway , pasaremos el día, almorzaremos en Atelier , que ha renacido después unos años inciertos cuando Robuchon murió, y luego él podrá tomar una previa en el Duke’s Bar del hotel Wellington mientras yo espero a que abran Hemingway para estar allí el primero y poder tener mis dos taburetes en la esquina de la barra que da a la ventana. Cuando anoche cancelaron su vuelo, a las nueve o más tarde, G. hizo algo que justificó nuestros años de amistad y es que inmediatamente compró un pasaje para el vuelo siguiente. Salía a las 14:00. Si todo iba bien, llegaba a las 17:00 a Hemingway, que en el fondo era el único gran propósito.Nunca he leído a Hemingway pero no sé si hoy ganaríamos a los alemanes ni si iríamos a beber dry martinis para celebrarlo. Churchill murió, también Isabel Windsor. Queda el Hemingway con su clase intacta, con su espírituLe conocí en agosto de 2018, bastante por casualidad, él tenía 19 años, yo 43, y enseguida nos hicimos amigos, amigos de verdad, son cosas que la gente no entiende y sé que corren rumores de a qué responde esta amistad, un poco por la diferencia de edad pero sobre todo porque ya nadie se toma la molestia de ayudar, de enseñar a los jóvenes, a la vez que tú tomas de ellos una renovada ilusión por las cosas. G. es como yo era a su edad y mis amigos de otras decenas mostraron lo que amaban y yo aprendí a amarlo a través de ellos. Nunca olvidaré aquel tiempo de descubrimiento apasionado, desbordante, idolatrante. Y mi homenaje a esos amigos de entonces, tan generosos, tan pacientes, mi gratitud hacia ellos, es haber encontrado a G. -no sólo a G., pero ahora hablamos de él- y ponerle ante las maravillas con las que yo he crecido y me han hecho el hombre que soy.En Barcelona se celebra la media maratón y G. sale de casa tres horas antes por miedo de encontrarse la ciudad bloqueada. Un miedo excesivo y llega con dos horas y media de antelación a El Prat. Mientras da vueltas y espera se cancelan dos vuelos a París pero es a Charles de Gaulle y él vuela a Orly. Escribo a Daniel Verdú , corresponsal de ‘El País’ en París, por si tiene libre el almuerzo pero me dice que llega su madre, también de Barcelona, y tiene que ir a buscarla al aeropuerto.G. embarca a la hora prevista, 13:25. Mis otros amigos, los que regresaban antes a Barcelona, han llegado en taxi y sin problemas en 45 minutos al aeropuerto. Yo me he quedado en mi hotel, Plaza Athenée, calle Caumartin, justo enfrente de la salida de los artistas del Olympia. Es un hotel decorado por Jacques García, como el Costes. Ahora iré a Lafayette porque con un poco de suerte tendrán Ilhabela, un perfume de Jean-Claude Ellena para Le Couvent des Minimes. Podría comprarlo por internet y es muy probable que termine por hacerlo, porque del señor Ellena me gusta tenerlo todo, pero Fragantica en su descripción olfativa apunta a unas notas avainilladas que me dan un poco de pereza. Ya que estoy, me gustaría olerlo antes.Una mañana en un hotel que te agrada, que es tu hotel, una mañana sin hacer otra cosa que escribir, dar algún paseo, o ir a una tienda de perfumes, es algo que todos tendríamos que hacer de vez en cuando en París. Perder el tiempo en París, sin la angustia de pensar cuándo volveremos la próxima vez. Para mí este viaje tenía la importancia de poder ir al Bar Hemingway del Hotel Ritz . He ido cada día puntualmente a las 16:00, a hacer una cola contra nadie, porque a aquella hora no hay nadie, el bar abre a las 17:00. Me tomo mi tiempo porque quiero estar seguro de tener mi lugar en la esquina. Todavía más hoy que viene G., y quiero mostrarle el bar en todo su esplendor. Pero cada día he ido a las 16 y es el único lugar del mundo para el que no sólo no me importa hacer cola sino que la hago como un acto de devoción. Es mi tributo, dedicación al bar más importante del mundo, al resumen de Europa, y de todo lo que amamos y una vez fuimos capaces de ganar y hoy tenemos la sensación de que se nos va de las manos. Nunca he leído a Hemingway pero no sé si hoy ganaríamos a los alemanes ni si iríamos a beber dry martinis para celebrarlo. Churchill murió, también Isabel Windsor. Queda el Hemingway con su clase intacta, con su espíritu. Yo he podido ir cada día dos veces desde el jueves. Después de cenar también hay cola pero los barmans son muy comprensivos y entro y me siento en la barra, que siempre tiene algún espacio, y nadie me dice nada. Son complicidades silenciosas, no obvias, de las que no hablamos, como un sobreentendido civilizado.Noticia Relacionada shambhala opinion Si ‘L’estrany riu’. Una película catalana Salvador Sostres El centro de la película es el culto del director al cuerpo de un adolescente. Lo que se quiere presentar como el retrato de la complejidad no es más que la complicada relación de Claret Muxart con sus propios fantasmasEl vuelo de G. ha salido a la hora, ha aterrizado diez minutos antes, llegará a las cinco o con poco retraso. Estará tres horas en París y a las ocho tenemos un taxi para ir a Charles de Gaulle y tomar a las 22 el vuelo de regreso. Ir al Hemingway y volver. Que tu primera vez en el Hemingway incluya esta épica alguien puede verlo forzado o estrafalario, pero es un recuerdo que le acompañará para siempre. Lo que anoche fue frustrante -no poder almorzar en Atelier ni las otras diversiones que él no sabía pero intuía que le había preparado- supo convertirlo en fe indestructible en nuestro bar , el único del mundo que realmente importa, y ahora en el metro hacia Madeleine está a punto de saborear la victoria. Contra el viento, contra las nevadas, contra la histeria de nuestra era que cancela días de colegio o vuelos por nada, o por casi nada, otra vez las personas valerosas puestas frente al Hemingway para celebrar que hemos vuelto a ganar. Si en estos ocho años de amistad he podido enseñarle algo valioso a G. es el espíritu de estas tres horas. El aire de Las Meninas que Dalí salvaría del Museo del Prado si se incendiara. Doy este tiempo por bien empleado y sé que mis maestros viéndome en esta cola, y sabiendo lo que va a pasar, piensan lo mismo de mí desde donde quiera que me estén viendo.La cola del Hemingway empieza a ser considerable, tal vez la más poblada de los cuatro días. G. está a diez paradas. El bar no se esforzará en abrir a la hora exacta, en consideración de la larga espera de algunos pero G. llega a las 17:00 exactas, clavadas, en un reconocimiento de la Providencia a su determinación y esperanza. Tuve un instante de mensaje recibido, de revelación, de algo que es un milagro que pase, y pasa porque tu le has dado forma con tus ganas. Vivimos para instantes como éste, que no están hechos de bares, ni de hoteles, ni de escritores a los que no hemos leído, ni de victorias sobre los nazis, sino de nuestra ternura y de nuestra inocencia, de que aún creemos en la magia y buscamos personas o cosas o lugares que estén a la altura para proyectarla. Es este espacio mental , espiritual que preservamos del destrozo, de no ser nadie y de la muerte, y hemos elegido este Bar Hemingway único en el mundo y lejos de casa, para ir de vez en cuando y poder creer que por lo menos en alguna medida, somos inmortales. Ha empezado a nevar en Vendome un poco antes de las diez; anoche, muy tarde, cancelaron el vuelo de G., que llegaba hoy muy pronto y yo había pensado llevarlo primero a desayunar al Hotel Costes y luego a Petrossian porque tienen salmón salvaje. De Petrosian (el de bulevar de la Tour-Maubourg, madame Petrossian suele estar y causa impresión saludarla) a L’Atelier hay 20 minutos andando y es un paseo muy agradable.Para G. era un viaje de volver en el día, el vuelo de regreso a las 22h. Yo llevo en París desde el jueves, es un viaje que cada año hacemos con mis amigos ya de la madurez, nos gusta París y cómo nuestras vidas tan distintas se encuentran estos días y todo es júbilo y dispendio. Hoy se marchan pronto y hace unas semanas pensé: dile a G. que tome un avión porque nunca ha estado en el Hemingway , pasaremos el día, almorzaremos en Atelier , que ha renacido después unos años inciertos cuando Robuchon murió, y luego él podrá tomar una previa en el Duke’s Bar del hotel Wellington mientras yo espero a que abran Hemingway para estar allí el primero y poder tener mis dos taburetes en la esquina de la barra que da a la ventana. Cuando anoche cancelaron su vuelo, a las nueve o más tarde, G. hizo algo que justificó nuestros años de amistad y es que inmediatamente compró un pasaje para el vuelo siguiente. Salía a las 14:00. Si todo iba bien, llegaba a las 17:00 a Hemingway, que en el fondo era el único gran propósito.Nunca he leído a Hemingway pero no sé si hoy ganaríamos a los alemanes ni si iríamos a beber dry martinis para celebrarlo. Churchill murió, también Isabel Windsor. Queda el Hemingway con su clase intacta, con su espírituLe conocí en agosto de 2018, bastante por casualidad, él tenía 19 años, yo 43, y enseguida nos hicimos amigos, amigos de verdad, son cosas que la gente no entiende y sé que corren rumores de a qué responde esta amistad, un poco por la diferencia de edad pero sobre todo porque ya nadie se toma la molestia de ayudar, de enseñar a los jóvenes, a la vez que tú tomas de ellos una renovada ilusión por las cosas. G. es como yo era a su edad y mis amigos de otras decenas mostraron lo que amaban y yo aprendí a amarlo a través de ellos. Nunca olvidaré aquel tiempo de descubrimiento apasionado, desbordante, idolatrante. Y mi homenaje a esos amigos de entonces, tan generosos, tan pacientes, mi gratitud hacia ellos, es haber encontrado a G. -no sólo a G., pero ahora hablamos de él- y ponerle ante las maravillas con las que yo he crecido y me han hecho el hombre que soy.En Barcelona se celebra la media maratón y G. sale de casa tres horas antes por miedo de encontrarse la ciudad bloqueada. Un miedo excesivo y llega con dos horas y media de antelación a El Prat. Mientras da vueltas y espera se cancelan dos vuelos a París pero es a Charles de Gaulle y él vuela a Orly. Escribo a Daniel Verdú , corresponsal de ‘El País’ en París, por si tiene libre el almuerzo pero me dice que llega su madre, también de Barcelona, y tiene que ir a buscarla al aeropuerto.G. embarca a la hora prevista, 13:25. Mis otros amigos, los que regresaban antes a Barcelona, han llegado en taxi y sin problemas en 45 minutos al aeropuerto. Yo me he quedado en mi hotel, Plaza Athenée, calle Caumartin, justo enfrente de la salida de los artistas del Olympia. Es un hotel decorado por Jacques García, como el Costes. Ahora iré a Lafayette porque con un poco de suerte tendrán Ilhabela, un perfume de Jean-Claude Ellena para Le Couvent des Minimes. Podría comprarlo por internet y es muy probable que termine por hacerlo, porque del señor Ellena me gusta tenerlo todo, pero Fragantica en su descripción olfativa apunta a unas notas avainilladas que me dan un poco de pereza. Ya que estoy, me gustaría olerlo antes.Una mañana en un hotel que te agrada, que es tu hotel, una mañana sin hacer otra cosa que escribir, dar algún paseo, o ir a una tienda de perfumes, es algo que todos tendríamos que hacer de vez en cuando en París. Perder el tiempo en París, sin la angustia de pensar cuándo volveremos la próxima vez. Para mí este viaje tenía la importancia de poder ir al Bar Hemingway del Hotel Ritz . He ido cada día puntualmente a las 16:00, a hacer una cola contra nadie, porque a aquella hora no hay nadie, el bar abre a las 17:00. Me tomo mi tiempo porque quiero estar seguro de tener mi lugar en la esquina. Todavía más hoy que viene G., y quiero mostrarle el bar en todo su esplendor. Pero cada día he ido a las 16 y es el único lugar del mundo para el que no sólo no me importa hacer cola sino que la hago como un acto de devoción. Es mi tributo, dedicación al bar más importante del mundo, al resumen de Europa, y de todo lo que amamos y una vez fuimos capaces de ganar y hoy tenemos la sensación de que se nos va de las manos. Nunca he leído a Hemingway pero no sé si hoy ganaríamos a los alemanes ni si iríamos a beber dry martinis para celebrarlo. Churchill murió, también Isabel Windsor. Queda el Hemingway con su clase intacta, con su espíritu. Yo he podido ir cada día dos veces desde el jueves. Después de cenar también hay cola pero los barmans son muy comprensivos y entro y me siento en la barra, que siempre tiene algún espacio, y nadie me dice nada. Son complicidades silenciosas, no obvias, de las que no hablamos, como un sobreentendido civilizado.Noticia Relacionada shambhala opinion Si ‘L’estrany riu’. Una película catalana Salvador Sostres El centro de la película es el culto del director al cuerpo de un adolescente. Lo que se quiere presentar como el retrato de la complejidad no es más que la complicada relación de Claret Muxart con sus propios fantasmasEl vuelo de G. ha salido a la hora, ha aterrizado diez minutos antes, llegará a las cinco o con poco retraso. Estará tres horas en París y a las ocho tenemos un taxi para ir a Charles de Gaulle y tomar a las 22 el vuelo de regreso. Ir al Hemingway y volver. Que tu primera vez en el Hemingway incluya esta épica alguien puede verlo forzado o estrafalario, pero es un recuerdo que le acompañará para siempre. Lo que anoche fue frustrante -no poder almorzar en Atelier ni las otras diversiones que él no sabía pero intuía que le había preparado- supo convertirlo en fe indestructible en nuestro bar , el único del mundo que realmente importa, y ahora en el metro hacia Madeleine está a punto de saborear la victoria. Contra el viento, contra las nevadas, contra la histeria de nuestra era que cancela días de colegio o vuelos por nada, o por casi nada, otra vez las personas valerosas puestas frente al Hemingway para celebrar que hemos vuelto a ganar. Si en estos ocho años de amistad he podido enseñarle algo valioso a G. es el espíritu de estas tres horas. El aire de Las Meninas que Dalí salvaría del Museo del Prado si se incendiara. Doy este tiempo por bien empleado y sé que mis maestros viéndome en esta cola, y sabiendo lo que va a pasar, piensan lo mismo de mí desde donde quiera que me estén viendo.La cola del Hemingway empieza a ser considerable, tal vez la más poblada de los cuatro días. G. está a diez paradas. El bar no se esforzará en abrir a la hora exacta, en consideración de la larga espera de algunos pero G. llega a las 17:00 exactas, clavadas, en un reconocimiento de la Providencia a su determinación y esperanza. Tuve un instante de mensaje recibido, de revelación, de algo que es un milagro que pase, y pasa porque tu le has dado forma con tus ganas. Vivimos para instantes como éste, que no están hechos de bares, ni de hoteles, ni de escritores a los que no hemos leído, ni de victorias sobre los nazis, sino de nuestra ternura y de nuestra inocencia, de que aún creemos en la magia y buscamos personas o cosas o lugares que estén a la altura para proyectarla. Es este espacio mental , espiritual que preservamos del destrozo, de no ser nadie y de la muerte, y hemos elegido este Bar Hemingway único en el mundo y lejos de casa, para ir de vez en cuando y poder creer que por lo menos en alguna medida, somos inmortales.  

Ha empezado a nevar en Vendome un poco antes de las diez; anoche, muy tarde, cancelaron el vuelo de G., que llegaba hoy muy pronto y yo había pensado llevarlo primero a desayunar al Hotel Costes y luego a Petrossian porque tienen salmón … salvaje. De Petrosian (el de bulevar de la Tour-Maubourg, madame Petrossian suele estar y causa impresión saludarla) a L’Atelier hay 20 minutos andando y es un paseo muy agradable.

Para G. era un viaje de volver en el día, el vuelo de regreso a las 22h. Yo llevo en París desde el jueves, es un viaje que cada año hacemos con mis amigos ya de la madurez, nos gusta París y cómo nuestras vidas tan distintas se encuentran estos días y todo es júbilo y dispendio. Hoy se marchan pronto y hace unas semanas pensé: dile a G. que tome un avión porque nunca ha estado en el Hemingway, pasaremos el día, almorzaremos en Atelier, que ha renacido después unos años inciertos cuando Robuchon murió, y luego él podrá tomar una previa en el Duke’s Bar del hotel Wellington mientras yo espero a que abran Hemingway para estar allí el primero y poder tener mis dos taburetes en la esquina de la barra que da a la ventana. Cuando anoche cancelaron su vuelo, a las nueve o más tarde, G. hizo algo que justificó nuestros años de amistad y es que inmediatamente compró un pasaje para el vuelo siguiente. Salía a las 14:00. Si todo iba bien, llegaba a las 17:00 a Hemingway, que en el fondo era el único gran propósito.

Nunca he leído a Hemingway pero no sé si hoy ganaríamos a los alemanes ni si iríamos a beber dry martinis para celebrarlo. Churchill murió, también Isabel Windsor. Queda el Hemingway con su clase intacta, con su espíritu

Le conocí en agosto de 2018, bastante por casualidad, él tenía 19 años, yo 43, y enseguida nos hicimos amigos, amigos de verdad, son cosas que la gente no entiende y sé que corren rumores de a qué responde esta amistad, un poco por la diferencia de edad pero sobre todo porque ya nadie se toma la molestia de ayudar, de enseñar a los jóvenes, a la vez que tú tomas de ellos una renovada ilusión por las cosas. G. es como yo era a su edad y mis amigos de otras decenas mostraron lo que amaban y yo aprendí a amarlo a través de ellos. Nunca olvidaré aquel tiempo de descubrimiento apasionado, desbordante, idolatrante. Y mi homenaje a esos amigos de entonces, tan generosos, tan pacientes, mi gratitud hacia ellos, es haber encontrado a G. -no sólo a G., pero ahora hablamos de él- y ponerle ante las maravillas con las que yo he crecido y me han hecho el hombre que soy.

En Barcelona se celebra la media maratón y G. sale de casa tres horas antes por miedo de encontrarse la ciudad bloqueada. Un miedo excesivo y llega con dos horas y media de antelación a El Prat. Mientras da vueltas y espera se cancelan dos vuelos a París pero es a Charles de Gaulle y él vuela a Orly. Escribo a Daniel Verdú, corresponsal de ‘El País’ en París, por si tiene libre el almuerzo pero me dice que llega su madre, también de Barcelona, y tiene que ir a buscarla al aeropuerto.

G. embarca a la hora prevista, 13:25. Mis otros amigos, los que regresaban antes a Barcelona, han llegado en taxi y sin problemas en 45 minutos al aeropuerto. Yo me he quedado en mi hotel, Plaza Athenée, calle Caumartin, justo enfrente de la salida de los artistas del Olympia. Es un hotel decorado por Jacques García, como el Costes. Ahora iré a Lafayette porque con un poco de suerte tendrán Ilhabela, un perfume de Jean-Claude Ellena para Le Couvent des Minimes. Podría comprarlo por internet y es muy probable que termine por hacerlo, porque del señor Ellena me gusta tenerlo todo, pero Fragantica en su descripción olfativa apunta a unas notas avainilladas que me dan un poco de pereza. Ya que estoy, me gustaría olerlo antes.

Una mañana en un hotel que te agrada, que es tu hotel, una mañana sin hacer otra cosa que escribir, dar algún paseo, o ir a una tienda de perfumes, es algo que todos tendríamos que hacer de vez en cuando en París. Perder el tiempo en París, sin la angustia de pensar cuándo volveremos la próxima vez. Para mí este viaje tenía la importancia de poder ir al Bar Hemingway del Hotel Ritz. He ido cada día puntualmente a las 16:00, a hacer una cola contra nadie, porque a aquella hora no hay nadie, el bar abre a las 17:00. Me tomo mi tiempo porque quiero estar seguro de tener mi lugar en la esquina. Todavía más hoy que viene G., y quiero mostrarle el bar en todo su esplendor. Pero cada día he ido a las 16 y es el único lugar del mundo para el que no sólo no me importa hacer cola sino que la hago como un acto de devoción. Es mi tributo, dedicación al bar más importante del mundo, al resumen de Europa, y de todo lo que amamos y una vez fuimos capaces de ganar y hoy tenemos la sensación de que se nos va de las manos. Nunca he leído a Hemingway pero no sé si hoy ganaríamos a los alemanes ni si iríamos a beber dry martinis para celebrarlo. Churchill murió, también Isabel Windsor. Queda el Hemingway con su clase intacta, con su espíritu. Yo he podido ir cada día dos veces desde el jueves. Después de cenar también hay cola pero los barmans son muy comprensivos y entro y me siento en la barra, que siempre tiene algún espacio, y nadie me dice nada. Son complicidades silenciosas, no obvias, de las que no hablamos, como un sobreentendido civilizado.

El vuelo de G. ha salido a la hora, ha aterrizado diez minutos antes, llegará a las cinco o con poco retraso. Estará tres horas en París y a las ocho tenemos un taxi para ir a Charles de Gaulle y tomar a las 22 el vuelo de regreso. Ir al Hemingway y volver. Que tu primera vez en el Hemingway incluya esta épica alguien puede verlo forzado o estrafalario, pero es un recuerdo que le acompañará para siempre. Lo que anoche fue frustrante -no poder almorzar en Atelier ni las otras diversiones que él no sabía pero intuía que le había preparado- supo convertirlo en fe indestructible en nuestro bar, el único del mundo que realmente importa, y ahora en el metro hacia Madeleine está a punto de saborear la victoria. Contra el viento, contra las nevadas, contra la histeria de nuestra era que cancela días de colegio o vuelos por nada, o por casi nada, otra vez las personas valerosas puestas frente al Hemingway para celebrar que hemos vuelto a ganar. Si en estos ocho años de amistad he podido enseñarle algo valioso a G. es el espíritu de estas tres horas. El aire de Las Meninas que Dalí salvaría del Museo del Prado si se incendiara. Doy este tiempo por bien empleado y sé que mis maestros viéndome en esta cola, y sabiendo lo que va a pasar, piensan lo mismo de mí desde donde quiera que me estén viendo.

La cola del Hemingway empieza a ser considerable, tal vez la más poblada de los cuatro días. G. está a diez paradas. El bar no se esforzará en abrir a la hora exacta, en consideración de la larga espera de algunos pero G. llega a las 17:00 exactas, clavadas, en un reconocimiento de la Providencia a su determinación y esperanza. Tuve un instante de mensaje recibido, de revelación, de algo que es un milagro que pase, y pasa porque tu le has dado forma con tus ganas. Vivimos para instantes como éste, que no están hechos de bares, ni de hoteles, ni de escritores a los que no hemos leído, ni de victorias sobre los nazis, sino de nuestra ternura y de nuestra inocencia, de que aún creemos en la magia y buscamos personas o cosas o lugares que estén a la altura para proyectarla. Es este espacio mental, espiritual que preservamos del destrozo, de no ser nadie y de la muerte, y hemos elegido este Bar Hemingway único en el mundo y lejos de casa, para ir de vez en cuando y poder creer que por lo menos en alguna medida, somos inmortales.

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