Ruben Blades (Panamá, 77 años) asegura que tiene una prioridad vital: “Saber administrar el tiempo”. A estas alturas de la existencia, dice, le quedan muchas cosas por hacer y la mayoría están fuera de la música. “A mí hay cosas que me interesan mucho y que la gente lo desconoce. Por ejemplo, la arqueología. Ahora, en Panamá han encontrado una tumba precolombina trabajada en oro y que es superior a las hechas por los mayas o los aztecas. Eso me sugiere que Panamá fue un gran centro religioso y es muy interesante conocerlo”, explica este músico, emblema de la salsa y uno de los grandes pioneros de la música latina del siglo XX.
El músico panameño, emblema de la salsa y uno de los grandes pioneros de los sonidos latinos en el siglo XX, reflexiona sobre su carrera y su nueva gira internacional que lo traerá por España
Ruben Blades (Panamá, 77 años) asegura que tiene una prioridad vital: “Saber administrar el tiempo”. A estas alturas de la existencia, dice, le quedan muchas cosas por hacer y la mayoría están fuera de la música. “A mí hay cosas que me interesan mucho y que la gente lo desconoce. Por ejemplo, la arqueología. Ahora, en Panamá han encontrado una tumba precolombina trabajada en oro y que es superior a las hechas por los mayas o los aztecas. Eso me sugiere que Panamá fue un gran centro religioso y es muy interesante conocerlo”, explica este músico, emblema de la salsa y uno de los grandes pioneros de la música latina del siglo XX.
Polifacético y gran conversador, Blades, quien también es actor –participó en la serie Fear the Walking Dead– y activista político, atiende la videollamada de EL PAÍS desde Nueva York, ciudad donde tiene una residencia. Y, en menos de cinco minutos de charla, deja claro que lo suyo es aprovechar el tiempo porque despliega todo lo que ha hecho últimamente. Ha participado en la película Campeón gabacho, dirigida por Jonás Cuarón; ha escrito un libro con apuntes biográficos y periodísticos y que saldrá publicado en 2027; y en verano se embarcará en una gira mundial que lo traerá por España en julio a ciudades como Sevilla, Vitoria, Valencia, Barcelona, Cartagena, Huesca y Madrid. “Tenemos mucho repertorio y eso siempre es mejor porque a mí me gusta tocar largo. Cada gira, se me hace más difícil saber qué voy a tocar. Además, la banda está ahora mucho mejor que hace 14 años cuando empezamos”, afirma.
Con todo, el propio músico desliza que esta gira puede ser la última o la penúltima, según le responda el cuerpo. “A todos nos llega un momento en el que hay un bajón, incluido a Messi”, apunta. Pero, lejos de pensar en un final, piensa en otros principios cuando sea ya un octogenario. “Cuando llamaba a mi papá, le preguntaba: ‘¿En qué andas?’. Y me contestaba: ‘Pues ando aburrido’. Yo no quiero eso para mí a esta edad”, confiesa. “El tema es saber dónde pones el foco. Si llevas toda tu vida solo con la música, quizá, si dejas el escenario, desapareces y todos tenemos una dosis de vanidad para no querer desaparecer”. Por eso, para él, a diferencia quizá de Bob Dylan, Neil Young, Bruce Springsteen o Van Morrison, dejar el escenario no es problema: “Estoy muy ocupado en otras cosas”.
A mitad de la entrevista, interrumpe el teléfono y este le da la razón. Es su esposa desde Panamá. El músico se disculpa, coge el móvil y atiende delante de la cámara con el manos libres a su mujer, quien le recuerda que tiene una cita el sábado. Blades, el hombre ocupado, tiene planes para no “malgastar nada”. Entre todos ellos, incluso tiene previsto regresar a la política después de su paso como ministro de Turismo de Panamá con el Gobierno de Martín Torrijos entre 2004 y 2009. “Para mí, la política es un acto de defensa propia. A mí me insultan los fascistas y los comunistas, me pegan de los dos lados. Y, a pesar de eso, poseo mucha más credibilidad que los políticos corruptos de mi país. Nadie me puede llamar ladrón”. Y sentencia: “El conocimiento no sirve de nada si no lo compartes”.

Si de algún conocimiento puede presumir, es del musical. En 2023, ganó su último gran premio, el de Mejor Álbum Pop Latino en los Grammy por Pasieros. “Lo conseguimos con la salsa. Eso no estaba previsto porque competíamos con los reguetoneros”, confiesa con una sonrisa. “Somos la única banda que puede ir de sexteto a big band, es decir, pasar de seis a veinte personas. Somos los representantes de la salsa”. Más que representante, se puede decir que es su mejor embajador, el compositor y cantante que hizo historia con sus discos en la Fania Records, la legendaria casa de la salsa de Nueva York. Fundada en 1964 por el abogado italoamericano Jerry Masucci y el músico dominicano Johnny Pacheco, Fania nació en los barrios latinos del Bronx y Spanish Harlem y, a través de la mezcolanza fabulosa de son cubano, mambo, guaracha, boogaloo y jazz, convirtió la experiencia migrante caribeña en Nueva York en un fenómeno musical global gracias a nombres como Héctor Lavoe, Tito Puente, Celia Cruz o Ismael Miranda. Blades llegó en los primeros setenta al Bronx y, al principio, trabajó estampando sellos de correos en las oficinas hasta que el percusionista Ray Barreto, otro del all-star de la Fania, le hizo una audición y lo contrató para su orquesta. Era la oportunidad para el chico listo de la clase. Rápidamente, se distinguió por ser un compositor con instinto para captar los sinsabores de la calle, dotar a lo cotidiano de un halo poético. También sabía asociarse: hizo equipo con el trombonista Willie Colón y juntos registraron obras influyentes e imbatibles como Siembra o Canciones del solar de los aburridos.

Después de formar una de las sociedades más vitalistas y fascinantes de la música latina, Colón y él acabaron como el rosario de la aurora. Fueron a juicios por temas de derechos de autor. Para la salsa, su ruptura fue como la de Lennon y McCartney. No hubo reconciliación pública entre ellos y Colón murió el pasado 21 de febrero. “La última vez que hablamos fue en el velatorio de un amigo mutuo en Nueva York”, cuenta Blades. “No habíamos hablado desde los juicios. Nos abrazamos. La gente se asustó al principio porque pensó que podíamos irnos a pegar. Pero ambos teníamos un antecedente común y ambos nos respetábamos. Ni yo soy perfecto ni lo era él. Yo siempre defendí lo mío al tiempo que le mantuve el respeto. Reconozco que su muerte fue un shock. No la esperaba. Sabía que tenía problemas de salud, pero fue una sorpresa. Me picó muy cerca, la verdad. Lo que hicimos juntos fue algo irrepetible. Lo admiré siempre y a pesar de los pesares”.
Decir el nombre de Rubén Blades es, por tanto, referirse a un fabulador sin igual en la música latina. En 2021, fue reconocido como Persona del año por los Grammy latinos. En aquella ceremonia, el puertorriqueño Residente, uno de sus mayores admiradores, leyó un discurso en el que dijo: “Porque ni Metrópolis ni Gotham City serán más grandes que ese mundo que creaste, Hispania. Porque tus historias son de gente que existe, gente real, sin superpoderes mágicos. Gente que se desangra si le disparan”. A propósito de su influencia, Blades confiesa que una de las cosas que le faltan por hacer en la música es crear “un mapa y un relato de su ficción inspirada en la realidad llamada Hispania”, al estilo a como William Faulker hizo con el sur estadounidense o su amigo García Márquez con Macondo. “Estoy haciendo conexiones entre mis canciones para determinar los parentescos del universo creado en ellas. Por ejemplo, ¿qué conexión hay entre el borracho de ‘Pedro Navaja’ con el borracho que maneja el carro de ‘Decisiones’? ¿O entre la prostituta de ‘Pedro Navaja’ y la de ‘Tartamudo’? Todos formaron parte de un mismo territorio a lo largo de mi obra. Todavía no he conseguido sacar de dónde viene el mago Isaías, el gran relator de mi obra”.

Imagenería popular y también simbología se citan en su extensa obra. Cuando Bad Bunny deslumbró en la Super Bowl con su odisea latina en defensa de América más allá de Estados Unidos, a muchos se les vino a la cabeza el propio Blades, abanderado de esta causa latina internacional desde sus comienzos y ejemplificada en la canción ‘Plástico’. “Bad Bunny hizo lo mismo que hacíamos Willie Colón y yo. Solo que añadió las banderas de Estados Unidos y Canadá”, explica. “Subliminalmente, lo que dice es que en la unión está la fuerza”. ¿Y qué le parece Bad Bunny, ahora rey indiscutible de la música latina? “Trata de hacer algo por su comunidad, por su país. Eso va más allá de si canta bien o mal. Además, yo conocí a sus padres y son personas de bien y las personas de bien hacen gente de bien”.
Una comunidad que, desde la reelección de Donald Trump como presidente de EE UU, ha vuelto a estar en el ojo del huracán a través de las redadas del ICE en varias ciudades del país. “Todos los días hay una indignación nueva. La capacidad de estupidez de Trump no tiene límite. Lo más peligroso es la cantidad de gente que lo secunda. Porque Trump es un narcisista enfermo, con problemas mentales evidentes”, afirma un músico que nunca se ha mordido la lengua. “Todos los artistas son seres humanos. Y cuando yo opino, no lo hago como artista, sino como ser humano. A mi edad, ya no me importa nada”.
Conviene corregirle con sus propias palabras: le importa saber administrar el tiempo. Y, en este sentido, deja una reflexión final: administrarlo lo suficientemente bien cómo para pasar mucho rato con sus amigos de la primera juventud en Panamá, aquellos con los que “hablar mierda, insultarse, jugar al domino y tomar tragos, los que no me discuten si la tierra es plana y además han leído a Julio Verne y saben quién es Albert Camus”. Y sentencia: “La mejor inversión que hice en mi vida fueron mis amigos”.
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