Magyar inaugura el cambio de régimen en Hungría

Una batalla decisiva es algo muy raro en el curso de la historia. Una fecha terminante es también algo difícil de adivinar: la dichosa historia es correosa, un género literario disfrazado de otra cosa; no tiene libreto, no confiere sentido a absolutamente todo lo que ocurre, no es una novela con sus protagonistas, héroe-antihéroe, en la que todo encaja a la perfección. Generalmente ocurre lo contrario, entramos en el futuro a empujones, pero a veces aparecen esas batallas, esas fechas, y todo encaja: el 9 de mayo se conmemora el Día de Europa, la victoria sobre el nazismo y la Declaración de Schuman, que dio inicio a las comunidades europeas. Y el 9 de mayo, tal día como ayer sábado, fue la fecha elegida para celebrar el entierro político de Viktor Orbán, el antihéroe de esta historia, y acometer el esperado cambio de régimen en Hungría. Con una sobria puesta en escena en el Parlamento húngaro, un deslumbrante edificio neogótico situado a orillas del Danubio, en el corazón de Europa central. Y con una energía electrizante en las calles: “Orbán nos ha jodido durante años; las cosas solo pueden ir a mejor”, decía gráficamente Marianna, una joven de 25 años, en la plaza de los Héroes, camino de la celebración en el Parlamento.

Seguir leyendo

 El nuevo primer ministro conservador pone fin a la era Orbán 16 años después  

Una batalla decisiva es algo muy raro en el curso de la historia. Una fecha terminante es también algo difícil de adivinar: la dichosa historia es correosa, un género literario disfrazado de otra cosa; no tiene libreto, no confiere sentido a absolutamente todo lo que ocurre, no es una novela con sus protagonistas, héroe-antihéroe, en la que todo encaja a la perfección. Generalmente ocurre lo contrario, entramos en el futuro a empujones, pero a veces aparecen esas batallas, esas fechas, y todo encaja: el 9 de mayo se conmemora el Día de Europa, la victoria sobre el nazismo y la Declaración de Schuman, que dio inicio a las comunidades europeas. Y el 9 de mayo, tal día como ayer sábado, fue la fecha elegida para celebrar el entierro político de Viktor Orbán, el antihéroe de esta historia, y acometer el esperado cambio de régimen en Hungría. Con una sobria puesta en escena en el Parlamento húngaro, un deslumbrante edificio neogótico situado a orillas del Danubio, en el corazón de Europa central. Y con una energía electrizante en las calles: “Orbán nos ha jodido durante años; las cosas solo pueden ir a mejor”, decía gráficamente Marianna, una joven de 25 años, en la plaza de los Héroes, camino de la celebración en el Parlamento.

Los húngaros se echaron a las calles en la toma de posesión de Péter Magyar, el nuevo primer ministro, un europeísta conservador de 45 años que, de la mano de su partido, Tizsa, barrió al orbanismo en las elecciones del pasado 12 de abril. Magyar tiene un mandato clarísimo para los próximos años: sacar a la democracia húngara del hospital. Iniciar algo parecido a una transición desde el lado oscuro del populismo ultraderechista, etnonacionalista y prorruso de los últimos tiempos. Y hacer olvidar al muy olvidable Orbán, un personaje al que tal vez no pueda tildarse de dictador, “aunque tiene papada de dictador”, según el historiador Timothy Garton Ash.

“En Hungría no vivimos nuestra propia caída del Muro. No tuvimos 1989. La nomenklatura, la élite comunista, siguió en sus puestos y diseñó una transición de perfil bajo. No hubo euforia, los húngaros no salimos a celebrarlo; seguíamos con el miedo en el cuerpo. La era Orbán nos ha devuelto en muchos aspectos a la oscuridad de aquellos tiempos. Esto es lo más parecido a un cambio de régimen, a una transición democrática como la que los españoles tuvieron hace 50 años. La fuerza que se ve en las calles es impresionante. Es uno de esos momentos en los que le miras a los ojos a la Historia”, explica, muy expresiva, la politóloga Judit Sandor. “Adiós, Orbán”, se lee en una pintada junto al Parlamento, en el que ondea la bandera de la UE por primera vez desde 2014. Michael Ignatieff, escritor, académico y expolítico canadiense que salió de Budapest hace unos años por las presiones de Orbán, comparte ese entusiasmo, pero aporta un punto de prevención crucial desde Viena: “Magyar llega montado en una ola de excitación; esta es la auténtica caída del Muro en Hungría. Esa energía y su supermayoría le dan un poder tremendo para poner en orden las instituciones, para acabar con la conflictividad con Bruselas y conseguir que su país deje de ser un submarino de Putin. Y a la vez ese tremendo poder es un riesgo: no quiero sonar negativo, pero el asunto es si él mismo se va a autolimitar, si va a conseguir recolocar el sistema democrático en su sitio sin excederse, por el camino correcto. Muy pocos políticos saben ponerse bridas a sí mismos en una situación así, cuando el pueblo les lleva surfeando la ola. Esperemos que Magyar sea uno de ellos. Más le vale a Hungría”.

El Estado de derecho es como las cuerdas de una marioneta: cuantas más leyes, cuantos más frenos y contrapesos, más libertad, decía Rafael Sánchez Ferlosio. Orbán destruyó todas las cuerdas. Y está por ver quién es Péter Magyar.

Sus credenciales le preceden: sale del círculo íntimo de Orbán, es un conservador de libro y tiene durísimas opiniones sobre migración y sobre los derechos de algunas minorías. Y por lo visto en su puesta de largo es básicamente un tipo que habla claro: “Los húngaros no quieren un cambio de Gobierno: quieren un cambio de sistema”, dijo el sábado en su largo discurso inaugural. También está claro que va a por Orbán y los suyos: “Los amigos del anterior primer ministro tienen un largo camino por recorrer [ante la justicia]; intentaron robarlo todo hasta el último minuto”. Magyar animó a sus conciudadanos a “rescribir la historia” de Hungría y a protagonizar “un verdadero cambio de régimen”, y los húngaros se echaron a la calle. Una riada humana recorrió las zonas cercanas al Parlamento y el río, en un ambiente de júbilo.

Algunos de los cambios que va a activar Magyar ya se dejan notar. Una cuarta parte de su consejo de ministros son mujeres, una cifra inédita hasta hoy en Hungría, con una presidenta de la cámara, Agnes Horsthoffer, y un vicepresidente gitano, Krisztián Kőszegi. Hungría, a pesar de todo, sigue siendo una singularidad política: no hay un solo diputado de izquierdas esta legislatura; todos los partidos de la oposición se retiraron las pasadas elecciones para no socavar las posibilidades de Magyar y Tisza. Ocurre algo parecido en los países vecinos. El centroizquierda está prácticamente desaparecido en todo el Este. En la República Checa no llegó al 5% de los votos en las últimas elecciones. En Bulgaria se quedó en el 3%. Y en Rumania ha vuelto al Gobierno, pero en una inédita alianza con la ultraderecha.

Magyar tiene un mandato clarísimo para los próximos años: sacar a la democracia húngara del hospital

“Europa es un notentiendo”, escribió Claudio Magris en su apabullante Danubio: ese río, que parece nacer en varios lugares y que cruza varios países, simboliza las numerosas contradicciones europeas. Y también las de Budapest, con su nostalgia de un imperio perdido, con su centralidad en una Mitteleuropa inasible, ambigua y mezclada, convulsa y a menudo retrógrada, pasto de los ultras en Bulgaria y en la República Checa, en Eslovaquia y en Rumania. Y hasta ayer mismo en Hungría. El río separa Buda de Pest con una serenidad engañosa: este sábado había una muchedumbre entusiasta haciendo historia junto al cauce del Danubio, obviando que la nueva era a menudo acaba convertida en la vieja desventura.

“Con la victoria de Orbán dejamos atrás a Putin y a Trump y volvemos a estar en Europa”, decía una joven, Zsuzsi, con los colores de la bandera húngara en los pómulos. Los húngaros son los primeros que se preguntan si su país logrará la hazaña de superar la formidable erosión populista de los últimos 16 años. Los académicos se hacen exactamente la misma pregunta: “Lo único que de verdad importa ahora es la actitud de Magyar hacia la democracia, su capacidad para restaurar el poder de los tribunales, la independencia de los medios y las universidades, la meritocracia en el funcionariado y el final de la cleptocracia”, asegura la historiadora polaca Anne Applebaum. El politólogo holandés Cas Mudde afirma que el nuevo primer ministro “ha sido elegido con un mandato para desmantelar la mafia-Estado del orbanismo y reconstruir la democracia liberal”. “Por eso es por lo que le van a juzgar sus ciudadanos. Es un líder claramente de derechas, así que no tiene sentido esperar de él posiciones liberales en migración o en política exterior. Lo que cabe esperar es que decapite el orbanismo sin contemplaciones”.

La caída de Orbán se explica por la fatiga tras década y media larga en el poder. Por sus continuos conflictos con Bruselas, que han dejado bloqueados fondos europeos por importe de 18.000 millones de euros. Y por su alianza con Putin, Trump e incluso con China. Orbán calculó mal: pensó que esos apoyos eran suficientes para paliar el descontento de Bruselas con su deriva autocrática. Pero se lo ha llevado por delante un estancamiento económico y unos servicios públicos muy tocados, combinados con la corrupción rampante: la palanca Moscú-Washington-Pekín no fue suficiente. “Los hospitales y las escuelas dejan mucho que desear. Orbán ha regalado millones a sus amigos y a su familia, y a pesar de la propaganda, esa combinación de corrupción, estancamiento y malos servicios públicos ha sido un lastre insalvable. Parecía que iba a perpetuarse en el cargo. Pero lo bueno de las democracias, incluso de las democracias imperfectas como la nuestra, es que al final los ciudadanos terminan votando y son capaces de llevárselo todo por delante”, resume Rácz András, de la Corvinus University.

La calle traduce eso en frases directas al mentón: “Estábamos hartos, muy hartos. Escriba eso”, decía un pensionista, Dávid, en uno de los puentes que cruzan el Danubio.

A lomos de ese formidable malestar hay un amplio consenso para deshacer las reformas electorales. Para devolver la independencia al poder judicial. Para dejar en paz a las universidades. La fiscalía ha empezado a perseguir a los empresarios próximos a Orbán por la fuga de capitales que empezó al día siguiente de las elecciones. Se espera que Magyar ponga orden en los medios de comunicación, que eran un aparato de propaganda de Fidesz, y que desmonte pieza por pieza las instituciones y los altos cargos gracias a su supermayoría, que le otorga poderes para desandar el camino emprendido por su predecesor.

Pero no todo será un camino de rosas. En las políticas migratorias y LGTBIQ+ no se esperan grandes cambios. Y en política exterior, Bruselas celebra que “ya no hay rusos en la sala” [en relación a las acusaciones a Orbán por filtrar a Putin todo lo que sucede en las cumbres europeas], pero solo un tercio de los húngaros están a favor de la entrada de Ucrania en la UE, según una encuesta reciente del European Council on Foreign Relations (ECFR), un think tank con sede en Berlín. Más de la mitad de los ciudadanos, según ese mismo sondeo, no quiere desvincularse de la energía rusa. “La gente está a favor de los cambios internos para volver a ser una democracia presentable, pero que nadie espere un giro dramático respecto a Ucrania y Rusia”, resume Pawel Zerka, del ECFR.

¿La transición, el cambio de régimen, esa especie de primavera húngara permite pensar que el populismo etnonacionalista ha tocado techo en el continente? No lo parece. Un prorruso acaba de ganar las elecciones en Bulgaria. Los socialdemócratas han pactado con la derecha reaccionaria en Rumania. Tanto Eslovaquia como la República Checa, el país con mejores credenciales democráticas del Este, llevan años gobernados por populistas. Incluso en la Alemania de la noche de los cristales rotos, Alternative for Deutschland supera el 20% en los sondeos y va claramente al alza; al otro lado del Rin, el lepenismo alcanza con creces el 30% y es firme candidato a hacerse con el poder en Francia en las trascendentales elecciones de 2027. Las guerras, especialmente la del Golfo Pérsico, castigan ya las economías europeas y el maltrecho poder adquisitivo: terreno fértil para el neofascismo europeo. La derrota de Orbán difícilmente va a ser un punto de inflexión que marque un debilitamiento decisivo del populismo de extrema derecha. En el mejor de los casos, el final de Orbán es una pausa: si las condiciones económicas empeoran, y todo parece indicar que ese es el escenario que viene, el centro político seguirá sufriendo. “La desaparición de ese héroe de los ultras que era Orbán ha levantado el ánimo de los centristas y liberales, pero el populismo va a empeorar en el continente antes de empezar a mejorar. No hay que dejarse engañar por el espejismo de una sola elección: el trumpismo no deja de acercarse a ustedes”, afirma rotundo Charles Kupchan, exasesor de Barack Obama.

Y sin embargo, Europa tiene mucho que celebrar en Hungría: básicamente, se constata que incluso los artilugios autocráticos más perfectos sufren un severo desgaste. La democracia ha sido lo suficientemente tozuda como para enterrar el orbanismo, aunque queda por ver cómo se desmantela el sistema que ha tejido durante 16 años. Y cómo evoluciona Magyar.

No muy lejos de los fastos del Parlamento, en la calle Dohány, sorprende un edificio mudéjar de mediados del siglo XIX. Se trata de una de las sinagogas más grandes de Europa. Los judíos llegaron a ser una cuarta parte de la población de Budapest: eso fue antes de la Shoah; casi medio millón de judíos húngaros murieron en Auschwitz. Judit tiene 35 años y va camino del Parlamento “para festejar el final de Orbán más que la victoria de Magyar”, confiesa en un inglés mucho mejor que el de este cronista. Y da las señas de una escultura al lado del río: unos zapatos de bronce junto al Danubio. ¿Por qué unos zapatos? Los Flechas Cruzadas, los fascistas húngaros, completaron el exterminio judío por parte de los nazis en la ciudad: ataban a dos personas con un alambre, mataban a una de las dos y las arrojaban al agua helada por puro sadismo, no por falta de balas. “Hungría tiene una de las comunidades judías más importantes de Europa Oriental, pero con los ataques a Soros [multimillonario judío de origen húngaro, que pagó los estudios de Orbán en Oxford, ha hecho cuantiosas inversiones en la universidad del país y acabó convertido en uno de los archienemigos del primer ministro], la presión está ahí. Quiero ver qué hace Magyar con las minorías. De momento promete; su discurso de hoy está bien armado. Pero vamos a verlo”, argumenta Judit.

 Internacional en EL PAÍS

Noticias Relacionadas