Sol Gallego-Díaz y la verdad

Dicen que en España se entierra muy bien, aludiendo a la aspereza que reservamos para los vivos, que redimimos en elegías ante sus féretros. No fue el caso de Soledad Gallego-Díaz, Sol, tan llorada en su muerte como admirada y amada en vida, y no es poco consuelo saber que lo supo, que recibió muestras inequívocas del cariño de la profesión a la que se entregó por entero. Todo halago se queda corto. Toda muestra de duelo parece sobria. Como ella, sobria entre las sobrias, hubiese preferido.

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 Su legado se levanta sobre la impugnación radical de lo que se ha llamado posverdad  

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Su legado se levanta sobre la impugnación radical de lo que se ha llamado posverdad

Soledad Gallego-Díaz, en un momento de la entrevista con ‘En primicia’.
Sergio del Molino

Dicen que en España se entierra muy bien, aludiendo a la aspereza que reservamos para los vivos, que redimimos en elegías ante sus féretros. No fue el caso de Soledad Gallego-Díaz, Sol, tan llorada en su muerte como admirada y amada en vida, y no es poco consuelo saber que lo supo, que recibió muestras inequívocas del cariño de la profesión a la que se entregó por entero. Todo halago se queda corto. Toda muestra de duelo parece sobria. Como ella, sobria entre las sobrias, hubiese preferido.

Uno de los magisterios más intensos y feroces del periodismo de Sol es su relación con la verdad. Gallego-Díaz creía en la verdad y en la capacidad de los periodistas para mostrarla. La Constitución cuyo borrador filtró en exclusiva habla de veracidad, que no es lo mismo, aunque se le parece. Quizá porque la verdad es una palabra demasiado grande para un oficio tan pegado al suelo, o quizá porque la posmodernidad nos hizo descreídos y relativistas. Nadie sabe bien en qué consiste la verdad. A muchos nos parece algo dogmático, religioso, incompatible con la libertad y la democracia. Preferimos hablar de puntos de vista, de subjetividades, de miradas y otros etcéteras.

No era el caso de Sol. Ella creía en una forma de verdad factual. No en algo ontológico y definitivo, sino en el tipo de verdad al alcance de quien tiene ojos y oídos. La verdad periodística permite afirmar, sin margen para la duda, que algo ha sucedido en algún lugar, o que alguien ha dicho algo. Y no hay vuelta de hoja: lo sucedido y lo dicho están ahí, se pueden constatar y son, por tanto, verdad. El trabajo del periodista consiste en demostrarle al lector que lo que cuenta es cierto, más allá de cualquier interpretación u opinión.

Esto parece algo elemental, pero una de las razones por las que vivimos en la catástrofe es que no somos capaces de determinar qué es verdad. No solo una parte del periodismo ha renunciado a esa obligación, sino que la sociedad ha cambiado su idea de lo que es verdad: solo lo es aquello que concuerda con mi visión previa del mundo. Los hechos que la contradicen son falsos.

El legado de Soledad Gallego-Díaz se levanta sobre la impugnación radical de lo que se ha llamado posverdad o hechos alternativos y sobre la aceptación incondicional de la verdad, por incómoda, desafiante o desgarradora que sea. Mientras no lo olvidemos, seguiremos honrando su figura como merece.

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