La otra huella de los tacos

Para competir en pistas de hierba, a los caballos se les ponen unos ramplones en los dos extremos de las herraduras. Son una especie de tornillos que se enroscan en el metal y evitan que el animal se resbale al galopar o al tomar impulso para dar un salto. La huella que dejan los ramplones en la hierba es como una chapa de Coca Cola y siempre que veía esos boquetes pensaba en los tacos de las botas de fútbol, en el racimo de uvas que dibujan en la piel de los jugadores que reciben con ellos una patada. ¿Pero qué huella les deja por dentro cada entrada, cada golpe, cada pisotón? Eduardo Galeano decía que el jugador vive en un cuerpo condenado a la humillación del error y a la violencia del juego, por eso en el partido contra Uruguay pensé en Othar, el mítico caballo de Atila, cuando vi rodar por el suelo a Nico Williams y a Cucurella, o cuando vi volar a Cubarsí tras el levante de Canobbio. “Donde pisa mi caballo no crece la hierba” es la frase que se le atribuye al huno. Que se lo digan a Yeremy Pino.

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 Arengamos a los jugadores como si fueran caballos de carreras, puras máquinas capaces de articular la belleza del deporte con la barbarie  

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Opinión

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Arengamos a los jugadores como si fueran caballos de carreras, puras máquinas capaces de articular la belleza del deporte con la barbarie

El uruguayo Agustin Canobbio cae sobre Marc Cucurella durante el partido entre España y Uruguay de la fase de grupos. Associated Press/LaPresse (APN)

Marta San Miguel

Para competir en pistas de hierba, a los caballos se les ponen unos ramplones en los dos extremos de las herraduras. Son una especie de tornillos que se enroscan en el metal y evitan que el animal se resbale al galopar o al tomar impulso para dar un salto. La huella que dejan los ramplones en la hierba es como una chapa de Coca Cola y siempre que veía esos boquetes pensaba en los tacos de las botas de fútbol, en el racimo de uvas que dibujan en la piel de los jugadores que reciben con ellos una patada. ¿Pero qué huella les deja por dentro cada entrada, cada golpe, cada pisotón? Eduardo Galeano decía que el jugador vive en un cuerpo condenado a la humillación del error y a la violencia del juego, por eso en el partido contra Uruguay pensé en Othar, el mítico caballo de Atila, cuando vi rodar por el suelo a Nico Williams y a Cucurella, o cuando vi volar a Cubarsí tras el levante de Canobbio. “Donde pisa mi caballo no crece la hierba” es la frase que se le atribuye al huno. Que se lo digan a Yeremy Pino.

¿De qué está hecha la piel de los futbolistas, qué sustancia generan al gritar para ponerse en pie al cabo de un rato? El fútbol seduce también por esa tolerancia: jugar consiste en imponer tu habilidad para generar huecos, pero también en imponer tu fuerza sobre la fuerza del otro; es carga, sudor y escupitajos impúdicos; es pisar de tal manera que retumbe el suelo antes de parar un penalti como los para Bono; es dar un cabezazo mareante como el de Enciso para llevar a Paraguay a la siguiente fase; es mentir al árbitro haciendo la croqueta y hacer del daño tu aliado; es esquivar patadas y también darlas. Porque el fútbol también es dolor, puro y ácido, alienante, y para ganar uno debe saber qué hacer con ello.

Pienso, por ejemplo, en la bota del japonés Kaishu Sano sobre el tobillo de Vinicius la tarde en la que casi se cumple la profecía de Oliver Atom, y me pregunto cómo siguió jugando el brasileño. El dolor hizo a Nico Williams declarar en redes que había vivido “el peor día de su vida”, a pesar de haber ganado a los uruguayos, porque se había lesionado otra vez, y aunque el seleccionador dice ahora que no es para tanto y que podría estar listo para las siguientes rondas, a Yeremy lo hemos perdido en esa galopada. Rodri tiene molestias en la espalda y tendrá que pasar por quirófano tras el Mundial, y Lamine Yamal dicen que tampoco está en su prime. Pero al mirar al resto, ¿quién se salva de cojear en la intimidad de un desahogo? Porque debajo de la flamante equipación internacional, lo que hay son heridas y latigazos acumulados que sólo sienten ellos, sólo ellos saben dónde late la inflamación que amenaza sus carreras. Y sus médicos, claro.

Ante semejantes leñazos es como uno entiende que el fútbol se juega también en soledad, en el hueco que deja el umbral del dolor y la necesidad de ganar por encima de todo. La legislación es laxa con las infiltraciones, pero arengamos a los jugadores como si fueran caballos de carreras, puras máquinas capaces de articular la belleza del deporte con la barbarie. Hoy en día Bucéfalo es leyenda, como lo es Seabiscuit, pero entre la épica y usar prótesis de por vida como Batistuta hay un terreno lleno de huellas en el que el futbolista juega solo, profundamente solo contra sí mismo.

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