Periodista, expolítico, fundador de Alianza Popular -génesis del Partido Popular que este 2026 cumple 50 años- y, entre otras cosas, el diario ‘El País’. Pero, sobre todo, hombre de Manuel Fraga en Cataluña durante el final del franquismo y el principio de la democracia. Manuel Milián Mestre (Forcall, Castellón, 1943) es historia viva de España. Reivindica la figura de Fraga y critica que se le olvide cuando se cita a los padres de la democracia tras 1975. Alejado del PP y crítico con Alberto Núñez Feijóo, Milián Mestre defiende, en una entrevista para ABC, un patriotismo que pueda conjugarse con el catalanismo.—Usted sostiene que, detrás de la política pública, existe otra política que casi nunca se ve.—La política real no se ha perdido: está debajo de la mesa camilla. Lo que emerge es solo una parte. El resto son relaciones personales, conversaciones discretas y puentes entre gente que públicamente parece irreconciliable. Yo lo he practicado toda mi vida. He tenido relación con personas de la derecha, de la izquierda, del mundo empresarial, de los sindicatos y de la cultura. La polarización pública no explica por sí sola cómo se toman muchas decisiones.—¿Qué papel desempeñó el entorno de Manuel Fraga en la preparación de la Transición?—La historia que yo viví empieza en Cataluña. El impulso inicial procede de Josep Maria Santacreu, un empresario y banquero catalán. Cuando Fraga deja el Ministerio de Información y Turismo, Santacreu le envía una carta que redacté yo. Aquello dio pie a una comida en Madrid y, a partir de ahí, con la aprobación de Fraga y mi dedicación plena, creamos el Club Ágora en Barcelona. La sede estaba en la calle Villarroel. Era una planta de unos 800 metros cuadrados, con un salón de actos, un pequeño restaurante, oficinas y almacén. Se financió con las aportaciones de un grupo de empresarios catalanes. Allí reunimos a profesores universitarios, economistas, juristas, periodistas y personas procedentes de tradiciones políticas muy diferentes. Entre ellos estaba Alejandro Pedrós, catedrático de Hacienda Pública. También establecimos contactos con comunistas a través del editor Juan Grijalbo. Desde el principio hubo una voluntad de abrir puertas. En paralelo se creó en Madrid Godsa, el Gabinete de Orientación y Documentación, que coordinábamos Antonio Cortina y yo. Él organizaba el grupo madrileño y yo mantenía la estructura de Barcelona. Godsa llegó a tener un edificio de varias plantas en la calle Artistas y una plantilla considerable. Allí se elaboró buena parte del armazón intelectual de una reforma democrática dirigida desde el centro-derecha.Manuel Fraga y Manuel Milián Mestre, en 2009, para la presentación del documental ‘Últimos testigos’ sobre Fraga y Santiago Carrillo, del director José Luis López Linares. Jaime García—¿Qué salió concretamente de aquel laboratorio político?—El documento fundamental fue el ‘Libro blanco para la reforma democrática’, un trabajo de centenares de páginas en el que participaron numerosos profesores y especialistas. Ramón Tamames, que entonces militaba en el Partido Comunista, redactó uno de los capítulos. Yo iba a su casa a comer y a recoger sus textos. Eso demuestra hasta qué punto el proyecto era transversal. Aquel libro fijaba la filosofía y los parámetros de un partido de centro-derecha transformador, partidario de una reforma democrática y no de la continuidad inmovilista. El siguiente paso fue Reforma Democrática Española. En Cataluña creé Reforma Democrática de Cataluña, con un manifiesto propio en catalán. El contenido político era el mismo, pero queríamos preservar la identidad catalana y adaptar el proyecto a la realidad del país.—Usted afirma, por tanto, que el origen del futuro Partido Popular fue catalán.—Sí. El partido nació aquí y se financió, en una parte decisiva, con dinero de empresarios catalanes. Después se desarrolló en Madrid, pero la matriz inicial fue el Club Ágora de Barcelona. Esa génesis se ha olvidado y es importante para entender por qué el proyecto original tenía una sensibilidad hacia Cataluña que posteriormente se perdió.—¿Qué papel tuvieron los medios de comunicación en aquella operación?—Teníamos claro que sin presencia en los medios no se podía construir una alternativa política. El grupo de Santacreu adquirió el ‘Diario de Barcelona’ y había comprado antes ‘El Correo Catalán’. También tuvimos participación en Gráficas Espejo, en Madrid. Además, participé desde el principio en el proyecto de ‘El País’. El máximo que podía suscribir inicialmente un accionista era el 6% de un capital de cien millones de pesetas. Yo representaba seis millones aportados por Santacreu y manejaba otros seis que se distribuyeron entre distintas personas. Después incorporé a Jordi Pujol, al editor Juan Grijalbo, a empresarios como Rubiralta y a otros inversores. En conjunto, el grupo que yo articulé llegó a representar una parte relevante del capital inicial. Cuando Fraga consideró que el periódico había tomado una dirección distinta de la prevista bajo la influencia de Jesús Polanco ordenó retirarnos. Yo le dije que era un error, porque perdíamos una posición importante en el mundo de la comunicación. Las acciones se vendieron con una plusvalía considerable, pero políticamente perdimos aquella presencia.«He tenido relación con personas de la derecha, de la izquierda, del mundo empresarial, de los sindicatos y de la cultura. La polarización pública no explica por sí sola cómo se toman muchas decisiones»—¿Cómo se pasó de Reforma Democrática a Alianza Popular?—Cuando intentamos registrar Reforma Democrática como asociación política, el régimen puso dificultades. Tras la muerte de Franco, Fraga regresó de Londres y se constituyó Alianza Popular con los llamados siete magníficos. Varios de quienes habíamos participado en la fase anterior nos apartamos. Antonio Cortina se desentendió, Nicolás Rodríguez se fue y yo también me alejé. No obstante, redacté la ponencia de comunicación y estrategia del primer congreso, aunque la defendió otra persona. Mi separación no fue de Fraga, sino de la configuración concreta de Alianza Popular. La incorporación de Laureano López Rodó y de otros dirigentes procedentes directamente del franquismo alteraba el sentido reformista del proyecto que habíamos preparado. En Cataluña, López Rodó se hizo con la estructura que habíamos creado y yo no quise continuar en esas condiciones.Milián, fotografiado en la sede de Fomento del Trabajo M. MUñoz—¿Quiénes formaban el núcleo catalán? ¿Era ideológicamente homogéneo?—Todo lo contrario. Era un grupo muy heterogéneo. Se incorporaron juristas y profesores como Manuel Jiménez de Parga, Ángel Latorre y otras figuras de la universidad. Había personas procedentes de tradiciones católicas, liberales, franquistas reformistas e incluso antiguos republicanos. Un caso singular fue Josep Antoni Trabal i Sans, que había sido dirigente de ERC, diputado y secretario de Lluís Companys. Lo conocí cuando yo trabajaba para Eduardo Tarragona en una campaña de procuradores familiares. Trabal era su asesor político y para mí, que era muy joven, fue una especie de profesor. Con el tiempo nos distanciamos. Cuando impulsé el Club Ágora, él no se integró en el proyecto y acabó enfrentándose conmigo por mi campaña contra el alcalde José María de Porcioles. Fraga me hizo llegar una carta manuscrita de Trabal en la que me denunciaba por estar maniobrando contra Porcioles. A partir de entonces rompí mi relación con él.—¿Participó usted en la caída de Porcioles?—Sí. Elaboré documentación sobre las operaciones urbanísticas de Barcelona y la trasladé a Fraga y a responsables del Gobierno. Fue una guerra muy dura. Parte de aquella documentación sirvió para el libro ‘Barcelona, ¿dónde vas?’. Yo había obtenido documentos del ayuntamiento, los llevé a un notario para que hiciera copias legalizadas y devolví los originales. Aquello permitió sostener las denuncias sobre la especulación urbanística de la etapa de Porcioles.Aleix Vidal-Quadras y Manuel Milián Mestre. ABC—Volvamos a Alianza Popular, ¿cómo regresó al proyecto de Fraga después de apartarse de Alianza Popular?—Nunca rompí personalmente con él. Seguía pasando algunos días con Fraga en Galicia, discutiendo de política y acompañándolo en reuniones. Cuando el primer proyecto de Alianza Popular fracasó y se incorporaron personas procedentes de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y de la UCD, como Marcelino Oreja o Juan Manuel Otero Novas, me sentí más cómodo y empecé a colaborar de nuevo. Tras una etapa en Washington, regresé en 1983. Fraga me pidió que asumiera la estrategia y la comunicación del partido. Más adelante, después del fracaso de Antonio Hernández Mancha, me encargó un informe para refundar la organización. Lo terminé una madrugada de enero en mi casa de Morella y se lo entregué en Madrid. Fraga lo leyó a toda velocidad, llamó a Federico Trillo y le dijo que lo aplicara. Trillo y yo nos fuimos a cenar esa misma noche y repasamos punto por punto el documento. En aquel informe propuse veinte ideas-fuerza para que Fraga escogiera diez. En el congreso de Sevilla en el que José María Aznar recibió el liderazgo, Aznar utilizó aquel decálogo en su discurso. Él probablemente no sabía que lo había redactado yo. Yo estaba en primera fila y me hacía gracia reconocer mis propias ideas.—Si la iniciativa había nacido en Cataluña y usted mantenía una relación estrecha con Pujol, ¿por qué no se articuló una gran fuerza conjunta de centro-derecha?—La relación personal entre Fraga y Pujol fue muy buena. Fraga aprendió mucho de Pujol. Cuando presidió Galicia, tomó como referencia algunos aspectos del sistema sanitario catalán, del plan de carreteras y de la política lingüística. Xavier Trias viajó varias veces a Galicia para asesorar a su equipo. Yo era el enlace entre ambos. Tenía entrada directa en Banca Catalana y Pujol me citaba con frecuencia a primera hora de la mañana. Me daba información y me pedía gestiones en Madrid. Cuando ‘El Correo Catalán’ tuvo problemas con el registro, intervine ante Pío Cabanillas para evitar que pudiera sufrir una actuación como la que había acabado con el diario Madrid. Pujol conocía perfectamente lo que estábamos haciendo y yo trasladaba a Fraga lo que él preparaba. Incluso aportó un millón de pesetas para la fundación del partido. Había plena sintonía personal, pero no una coincidencia ideológica suficiente. Pujol construía la llamada vía catalana con Convergència, Unió y vínculos con otros sectores de la oposición. Nosotros no queríamos integrarnos en una fórmula que incluyera a los comunistas. Más adelante propuse a Fraga que renunciáramos a tener una organización propia en Cataluña y pactáramos con Unió Democràtica para crear una especie de CDU alemana. Convergència ya nos parecía demasiado nacionalista, pero con Unió veíamos posible una gran fuerza de centro-derecha. La propuesta no fue aceptada, aunque posteriormente hubo reuniones para explorar esa posibilidad.—Su ruptura definitiva con el PP se produjo con José María Aznar. ¿Qué ocurrió?—El choque fue fundamentalmente por Cataluña. En el resto de asuntos podía estar de acuerdo con Aznar, pero él desmontó el puente que Fraga había mantenido con Pujol. Tuvimos un enfrentamiento muy duro en una reunión del partido. Le dije que él, algún día, dejaría de ser presidente y pasaría a ser simplemente «el expresidente Aznar», mientras que yo siempre sería uno de los fundadores del partido. Yo había renunciado a parte de mi carrera profesional para construir aquella organización y no aceptaba que se despreciara su origen. En el año 2000 quiso rebajarme del número dos al nueve de la candidatura por Barcelona, una posición sin posibilidades de salir elegido. Me avisaron mientras estaba cenando en casa de Jordi Pujol Ferrusola y preparando el entendimiento postelectoral entre el PP y Convergència. Respondí que me retiraba y que me daba de baja. No aceptaba una humillación. Fraga me llamó al día siguiente para pedirme que rectificara. Le dije: «Aquí me golpean a mí, pero en realidad le están golpeando a usted. Creen que las posiciones que defiendo son las suyas». Se puso a llorar al teléfono. Yo también lo pasé muy mal, pero la decisión estaba tomada. Había dedicado treinta años a aquel proyecto, con interrupciones, y me fui.«Pujol conocía perfectamente lo que estábamos haciendo y yo trasladaba a Fraga lo que él preparaba. Incluso aportó un millón de pesetas para la fundación del partido. Había plena sintonía personal, pero no una coincidencia ideológica suficiente»—Antes de esa ruptura, usted participó en la aproximación que condujo al pacto entre el PP y CiU en 1996.—Sí. Durante años mantuve conversaciones periódicas con Pujol y elaboraba informes que remitía a Fraga, Francisco Álvarez-Cascos y Rodrigo Rato. Cuando Aznar necesitó el apoyo de CiU para gobernar, Rato me pidió una carpeta con todos aquellos informes. Pasó por mi despacho y se la llevó para preparar la negociación. Esa misma noche me llamó Jordi Pujol Ferrusola para invitarme a cenar. En la cena me explicó el planteamiento que presentarían a Rato. Al salir llamé a Rato y le avancé las posiciones de CiU. Después de la primera reunión, Pujol Ferrusola volvió a convocarme y me explicó en qué puntos estaban dispuestos a ceder y cuáles eran sus límites. Yo trasladé de nuevo esa información a Rato. Se fiaban de mí y no terminaban de fiarse de Aznar. Ese canal contribuyó a cerrar el acuerdo. Lo paradójico es que, en la cena de la firma en el Hotel Majestic, no estuvimos ni Aleix Vidal-Quadras, que era el presidente del PP catalán, ni yo. Nunca supe por qué me excluyeron. Aquello agravó mis diferencias con Aznar. Hasta entonces me trataba como «Manolín»; después de 1996 pasé a ser «don Manuel». Una ministra amiga llegó a advertirme: «Te estás convirtiendo en la mosca cojonera de José María».—Hábleme de Fraga, ¿qué vio en él para dedicarle tantos años?—Me fascinó su capacidad intelectual y su coherencia. La primera persona que me habló de él con admiración fue José María Hernández Pardos, director de ‘El Noticiero Universal’. Hernández Pardos era liberal y orteguiano, y me hizo ver que Fraga intentaba abrir puertas desde dentro del régimen. La Ley de Prensa de 1966 fue importante. Hernández Pardos reunió a varios colaboradores y nos dijo que tendríamos más libertad, pero que debíamos ser conscientes de que el director asumía la responsabilidad. Yo empecé a percibir que Fraga impulsaba una apertura, aunque estuviera limitada por el franquismo. Fraga no era falangista. Procedía de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y tenía una sensibilidad social muy fuerte. Cuando era catedrático llevaba a sus alumnos a barrios obreros, como el Pozo del Tío Raimundo, para que conocieran la realidad social. Ideológicamente era más complejo de lo que su imagen pública ha transmitido.—Pero fue ministro de Franco.—Sí, y esa pertenencia al Gobierno de Franco ha marcado toda la percepción posterior. No niego ese hecho. Lo que digo es que reducir toda su trayectoria a la etiqueta de franquista impide entender sus contradicciones, sus enfrentamientos internos y su evolución. José María Castiella, que había sido ministro de Asuntos Exteriores, me contó que Fraga se enfrentaba con enorme valentía a Franco en el Consejo de Ministros. Me habló de discusiones sobre la libertad religiosa y me dijo que no había visto a nadie defender sus posiciones con tanta firmeza delante del dictador. Es el testimonio que yo recibí de Castiella. Fraga también tuvo graves problemas de conciencia por su relación con el Vaticano. A través de familiares y amigos que trabajaban en Roma, entre ellos eclesiásticos próximos a Pablo VI, traté de mejorar la percepción que se tenía de él. Fraga nunca olvidó aquellas gestiones. —Usted insiste mucho en la dimensión humana y en la honradez de Fraga.—Porque la vi de cerca. Cuando dejó el Gobierno tuvo dificultades económicas. Su mujer, Carmen, pintaba personalmente la casa porque no podían permitirse determinados gastos. Cuando regresó de la embajada en Londres hubo que ayudarle a reorganizar su economía familiar. No salió de la política enriquecido. En otra ocasión, cuando trabajaba en Cervezas El Águila, me confesó que estaba pasando apuros. Se lo conté a Santacreu y él me dio una tarjeta vinculada a su cuenta para que Fraga pudiera utilizarla. Fui a verlo y le expliqué la propuesta. Se indignó: «A mí no me insulte. Devuelva inmediatamente esa tarjeta y, si no lo hace, no vuelva a este despacho». Regresé a Barcelona y cortamos la tarjeta con unas tijeras. Esa era su reacción ante cualquier favor económico personal. También tenía una sobrina carmelita descalza en Santiago de Compostela. La visitaba regularmente y decía que aquellas conversaciones eran uno de los momentos más profundos de su vida. Una vez lo acompañé a llevar dos sacos de patatas al convento en el coche oficial de la Xunta. Hay un Fraga humano que casi nadie conoce.Manuel Milián Meste, en una imagen de finales de los años 80. ABC—¿Se ha hecho justicia con su papel en la Transición?—No. La Transición fue una obra colectiva, pero Fraga y el equipo de Godsa aportaron una parte fundamental del diseño político. Torcuato Fernández-Miranda puso la aritmética jurídica; nosotros habíamos trabajado la filosofía, las ideas y la estructura de una reforma democrática desde el centro-derecha. Fraga tenía claro que el Partido Comunista debía ser legalizado. En un viaje a París, un grupo de colaboradores suyos participamos en reuniones con el entorno de Valéry Giscard d’Estaing para aprender técnicas de organización política y comunicación. En una rueda de prensa, Rafael Pérez Escolar afirmó que, si llegábamos al poder, legalizaríamos el Partido Comunista. La declaración provocó una enorme reacción en España, especialmente entre los militares. Fraga se negó a desautorizarla. Ese tipo de episodios no encajan con la caricatura de un dirigente dedicado simplemente a preservar el franquismo. Fraga quería dirigir la Transición y creía que una democracia estable exigía incorporar al Partido Comunista a la legalidad.—Ha contado que Manuel Vázquez Montalbán le encargó el libro con el que trató de proyectar a Fraga como candidato para dirigir la Transición. ¿Cómo fue eso?—Sí. ‘Fraga Iribarne, retrato en tres tiempos’ se publicó en 1975, con prólogo de Gabriel Cisneros. Lo escribí después de muchas conversaciones con Fraga, algunas grabadas durante un viaje a Venecia. El libro formaba parte de una operación para presentarlo como candidato a dirigir el cambio político. Quien me sugirió hacerlo fue Manuel Vázquez Montalbán. Mi interpretación es que una parte de la izquierda veía en Fraga al dirigente con capacidad suficiente para conducir una reforma que incluyera la legalización del Partido Comunista. Yo mantenía relaciones con Vázquez Montalbán, Rafael Alberti, Santiago Carrillo y Ramón Tamames. La política de aquella época estaba llena de puentes que hoy parecen inconcebibles.—Trasladémonos al presente, ¿cómo ve al PP de Alberto Núñez Feijóo?—Con preocupación. Yo creía que Feijóo era un buen gestor, pero dirigir un partido exige una estrategia política clara. José María Aznar la tenía, aunque yo discrepara de él. Mariano Rajoy no la tuvo y cometió errores graves, especialmente en Cataluña. Feijóo ha heredado parte de esa indecisión. Le he escrito varias cartas. Le he dicho que el partido necesita una estrategia, no solo portavoces que griten, muerdan o respondan cada día a la polémica de turno. Fraga no daba un paso importante sin pedir antes un documento estratégico. Feijóo cambia de posición, rectifica y desconcierta. Puede ganar unas elecciones, pero si no construye autoridad política nadie sabrá qué hará después.—Ha dicho, en otras ocasiones, que Fraga llegó a pensar en Isabel Tocino como sucesora. La historia del PP hubiera sido otra…—Sí. Cuando decidió apartarse porque consideraba que había alcanzado su techo electoral, su candidata era Isabel Tocino. Admiraba profundamente a Margaret Thatcher y pensaba que una mujer joven, inteligente y preparada podía romper el tablero político español. En una reunión con la dirección del partido, Álvarez-Cascos, Rato y otros dirigentes lo convencieron de apoyar a Aznar. Después me llamó y me dijo que no había podido sacar adelante su candidatura. Conocía bien a Isabel Tocino. La llevé a México para intervenir en un gran acto sobre la mujer y la política desde una perspectiva cristiana y tuvo un éxito extraordinario. Creo que Fraga había visto antes que muchos otros la capacidad de liderazgo que podía tener una mujer en la derecha española.«Creía que Feijóo era un buen gestor, pero dirigir un partido exige una estrategia política clara. José María Aznar la tenía, aunque yo discrepara de él. Mariano Rajoy no la tuvo y cometió errores graves, especialmente en Cataluña. Feijóo ha heredado parte de esa indecisión»—¿Qué debería hacer el PP en Cataluña?—Primero, reconstruir un puente político con el espacio que hoy representa Junts. No se trata de asumir el nacionalismo ni de aceptar sus planteamientos, sino de volver a la capacidad de interlocución que teníamos con Pujol. Nosotros intentábamos transformar el nacionalismo de Pujol en patriotismo y buscar los puntos de encuentro. Había relación, confianza y diálogo permanente. Segundo, comprender la naturaleza específica de Cataluña. El PP no puede limitarse a aplicar aquí un discurso elaborado en Madrid. Tiene que reconocer la identidad catalana y situarla en una concepción más amplia de España. Fraga entendía esa pluralidad porque conocía la historia. El PP actual responde con eslóganes y no con una visión histórica o política. La fórmula debería ser catalanismo más patriotismo. No nacionalismo. El nacionalismo ha provocado guerras y enfrentamientos, pero el patriotismo puede integrar identidades. El PP nació en Cataluña con la idea de que el catalanismo podía contribuir a dirigir y modernizar España, como ocurrió en otros momentos de la historia con figuras como Prim o Cambó.—¿Cómo se combina esa aproximación catalanista con la competencia de Vox?—El crecimiento de Vox responde en parte a la desesperación y al descrédito de la política, pero su radicalismo no ofrece una solución estable. Santiago Abascal se formó políticamente en el PP y después se ha convertido en su competidor más agresivo. El problema es que el PP no ha sabido integrar las distintas sensibilidades de la derecha como lo hacía Fraga. Fraga absorbió a la extrema derecha y la mantuvo dentro de un partido amplio mediante su autoridad personal. Ahora falta ‘auctoritas’. La autoridad no se impone: se gana con coherencia. Si un dirigente zigzaguea, la pierde. Ciudadanos ya arrancó al PP una parte importante de su electorado en Cataluña. Después llegó Vox y ahora Aliança Catalana puede disputar votos a varias formaciones. Todo eso demuestra que el PP catalán no ha definido con claridad su espacio propio.—¿Qué opinión tiene de Alejandro Fernández?—Es inteligente y un gran orador. Tiene una cabeza política muy buena y sus discursos pueden unir a los simpatizantes. Pero un partido no se construye desde la tribuna: se construye en la calle, en las comarcas y en los pueblos. Yo recorría Cataluña hasta las dos de la madrugada, encadenando reuniones, comidas y cenas para implantar la organización. Alejandro necesita hacer ese trabajo territorial o rodearse de personas que lo hagan. El PP catalán ha heredado una base de militantes, pero no ha continuado suficientemente la tarea de implantación. Sin estructura local, el liderazgo parlamentario no basta. También debe reivindicar el origen catalán del partido. No como una curiosidad histórica, sino como una orientación política: el PP se creó aquí para ofrecer un centro-derecha democrático capaz de atenuar las tensiones del posfranquismo y de integrar la identidad catalana en un proyecto español.—¿Qué papel atribuye a Jorge Fernández Díaz en la evolución del PP catalán?—Tuvo una concepción muy cerrada y utilitaria del partido, basada en el control del aparato y de su círculo. Eso limitó el crecimiento. Un liderazgo fundacional debe ser generoso y facilitar la promoción de otras personas, aunque eso reduzca su propio poder. Yo nunca entré en política para obtener un cargo personal. Una vez, en la embajada de Londres, Fraga me preguntó qué quería a cambio de todo el trabajo que estaba haciendo. Le respondí que nada. Insistió y le pedí un parador de turismo para Morella. Fue lo único. Se llegó a presupuestar, pero todavía no se ha construido. Yo no quería un puesto para mí.—¿Con qué idea resumiría toda esta trayectoria de Fraga?—Con la coherencia. La auctoritas nace de la coherencia. Se puede defender una posición de izquierdas, de derechas o de centro; si se mantiene con honradez y se explica, la gente reconoce la autoridad. Cuando se actúa a base de giros tácticos, se pierde. Fraga era coherente. Pujol también lo era. Josep Tarradellas era coherente. Por eso podían entenderse entre ellos aun pensando de manera distinta. Yo participé en los trabajos previos al regreso de Tarradellas y mantuve conversaciones muy intensas con él. Nunca lo oí hablar frívolamente de la historia. La memoria es la maestra de la vida. Quienes ignoran la historia están condenados a repetir sus errores. Periodista, expolítico, fundador de Alianza Popular -génesis del Partido Popular que este 2026 cumple 50 años- y, entre otras cosas, el diario ‘El País’. Pero, sobre todo, hombre de Manuel Fraga en Cataluña durante el final del franquismo y el principio de la democracia. Manuel Milián Mestre (Forcall, Castellón, 1943) es historia viva de España. Reivindica la figura de Fraga y critica que se le olvide cuando se cita a los padres de la democracia tras 1975. Alejado del PP y crítico con Alberto Núñez Feijóo, Milián Mestre defiende, en una entrevista para ABC, un patriotismo que pueda conjugarse con el catalanismo.—Usted sostiene que, detrás de la política pública, existe otra política que casi nunca se ve.—La política real no se ha perdido: está debajo de la mesa camilla. Lo que emerge es solo una parte. El resto son relaciones personales, conversaciones discretas y puentes entre gente que públicamente parece irreconciliable. Yo lo he practicado toda mi vida. He tenido relación con personas de la derecha, de la izquierda, del mundo empresarial, de los sindicatos y de la cultura. La polarización pública no explica por sí sola cómo se toman muchas decisiones.—¿Qué papel desempeñó el entorno de Manuel Fraga en la preparación de la Transición?—La historia que yo viví empieza en Cataluña. El impulso inicial procede de Josep Maria Santacreu, un empresario y banquero catalán. Cuando Fraga deja el Ministerio de Información y Turismo, Santacreu le envía una carta que redacté yo. Aquello dio pie a una comida en Madrid y, a partir de ahí, con la aprobación de Fraga y mi dedicación plena, creamos el Club Ágora en Barcelona. La sede estaba en la calle Villarroel. Era una planta de unos 800 metros cuadrados, con un salón de actos, un pequeño restaurante, oficinas y almacén. Se financió con las aportaciones de un grupo de empresarios catalanes. Allí reunimos a profesores universitarios, economistas, juristas, periodistas y personas procedentes de tradiciones políticas muy diferentes. Entre ellos estaba Alejandro Pedrós, catedrático de Hacienda Pública. También establecimos contactos con comunistas a través del editor Juan Grijalbo. Desde el principio hubo una voluntad de abrir puertas. En paralelo se creó en Madrid Godsa, el Gabinete de Orientación y Documentación, que coordinábamos Antonio Cortina y yo. Él organizaba el grupo madrileño y yo mantenía la estructura de Barcelona. Godsa llegó a tener un edificio de varias plantas en la calle Artistas y una plantilla considerable. Allí se elaboró buena parte del armazón intelectual de una reforma democrática dirigida desde el centro-derecha.Manuel Fraga y Manuel Milián Mestre, en 2009, para la presentación del documental ‘Últimos testigos’ sobre Fraga y Santiago Carrillo, del director José Luis López Linares. Jaime García—¿Qué salió concretamente de aquel laboratorio político?—El documento fundamental fue el ‘Libro blanco para la reforma democrática’, un trabajo de centenares de páginas en el que participaron numerosos profesores y especialistas. Ramón Tamames, que entonces militaba en el Partido Comunista, redactó uno de los capítulos. Yo iba a su casa a comer y a recoger sus textos. Eso demuestra hasta qué punto el proyecto era transversal. Aquel libro fijaba la filosofía y los parámetros de un partido de centro-derecha transformador, partidario de una reforma democrática y no de la continuidad inmovilista. El siguiente paso fue Reforma Democrática Española. En Cataluña creé Reforma Democrática de Cataluña, con un manifiesto propio en catalán. El contenido político era el mismo, pero queríamos preservar la identidad catalana y adaptar el proyecto a la realidad del país.—Usted afirma, por tanto, que el origen del futuro Partido Popular fue catalán.—Sí. El partido nació aquí y se financió, en una parte decisiva, con dinero de empresarios catalanes. Después se desarrolló en Madrid, pero la matriz inicial fue el Club Ágora de Barcelona. Esa génesis se ha olvidado y es importante para entender por qué el proyecto original tenía una sensibilidad hacia Cataluña que posteriormente se perdió.—¿Qué papel tuvieron los medios de comunicación en aquella operación?—Teníamos claro que sin presencia en los medios no se podía construir una alternativa política. El grupo de Santacreu adquirió el ‘Diario de Barcelona’ y había comprado antes ‘El Correo Catalán’. También tuvimos participación en Gráficas Espejo, en Madrid. Además, participé desde el principio en el proyecto de ‘El País’. El máximo que podía suscribir inicialmente un accionista era el 6% de un capital de cien millones de pesetas. Yo representaba seis millones aportados por Santacreu y manejaba otros seis que se distribuyeron entre distintas personas. Después incorporé a Jordi Pujol, al editor Juan Grijalbo, a empresarios como Rubiralta y a otros inversores. En conjunto, el grupo que yo articulé llegó a representar una parte relevante del capital inicial. Cuando Fraga consideró que el periódico había tomado una dirección distinta de la prevista bajo la influencia de Jesús Polanco ordenó retirarnos. Yo le dije que era un error, porque perdíamos una posición importante en el mundo de la comunicación. Las acciones se vendieron con una plusvalía considerable, pero políticamente perdimos aquella presencia.«He tenido relación con personas de la derecha, de la izquierda, del mundo empresarial, de los sindicatos y de la cultura. La polarización pública no explica por sí sola cómo se toman muchas decisiones»—¿Cómo se pasó de Reforma Democrática a Alianza Popular?—Cuando intentamos registrar Reforma Democrática como asociación política, el régimen puso dificultades. Tras la muerte de Franco, Fraga regresó de Londres y se constituyó Alianza Popular con los llamados siete magníficos. Varios de quienes habíamos participado en la fase anterior nos apartamos. Antonio Cortina se desentendió, Nicolás Rodríguez se fue y yo también me alejé. No obstante, redacté la ponencia de comunicación y estrategia del primer congreso, aunque la defendió otra persona. Mi separación no fue de Fraga, sino de la configuración concreta de Alianza Popular. La incorporación de Laureano López Rodó y de otros dirigentes procedentes directamente del franquismo alteraba el sentido reformista del proyecto que habíamos preparado. En Cataluña, López Rodó se hizo con la estructura que habíamos creado y yo no quise continuar en esas condiciones.Milián, fotografiado en la sede de Fomento del Trabajo M. MUñoz—¿Quiénes formaban el núcleo catalán? ¿Era ideológicamente homogéneo?—Todo lo contrario. Era un grupo muy heterogéneo. Se incorporaron juristas y profesores como Manuel Jiménez de Parga, Ángel Latorre y otras figuras de la universidad. Había personas procedentes de tradiciones católicas, liberales, franquistas reformistas e incluso antiguos republicanos. Un caso singular fue Josep Antoni Trabal i Sans, que había sido dirigente de ERC, diputado y secretario de Lluís Companys. Lo conocí cuando yo trabajaba para Eduardo Tarragona en una campaña de procuradores familiares. Trabal era su asesor político y para mí, que era muy joven, fue una especie de profesor. Con el tiempo nos distanciamos. Cuando impulsé el Club Ágora, él no se integró en el proyecto y acabó enfrentándose conmigo por mi campaña contra el alcalde José María de Porcioles. Fraga me hizo llegar una carta manuscrita de Trabal en la que me denunciaba por estar maniobrando contra Porcioles. A partir de entonces rompí mi relación con él.—¿Participó usted en la caída de Porcioles?—Sí. Elaboré documentación sobre las operaciones urbanísticas de Barcelona y la trasladé a Fraga y a responsables del Gobierno. Fue una guerra muy dura. Parte de aquella documentación sirvió para el libro ‘Barcelona, ¿dónde vas?’. Yo había obtenido documentos del ayuntamiento, los llevé a un notario para que hiciera copias legalizadas y devolví los originales. Aquello permitió sostener las denuncias sobre la especulación urbanística de la etapa de Porcioles.Aleix Vidal-Quadras y Manuel Milián Mestre. ABC—Volvamos a Alianza Popular, ¿cómo regresó al proyecto de Fraga después de apartarse de Alianza Popular?—Nunca rompí personalmente con él. Seguía pasando algunos días con Fraga en Galicia, discutiendo de política y acompañándolo en reuniones. Cuando el primer proyecto de Alianza Popular fracasó y se incorporaron personas procedentes de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y de la UCD, como Marcelino Oreja o Juan Manuel Otero Novas, me sentí más cómodo y empecé a colaborar de nuevo. Tras una etapa en Washington, regresé en 1983. Fraga me pidió que asumiera la estrategia y la comunicación del partido. Más adelante, después del fracaso de Antonio Hernández Mancha, me encargó un informe para refundar la organización. Lo terminé una madrugada de enero en mi casa de Morella y se lo entregué en Madrid. Fraga lo leyó a toda velocidad, llamó a Federico Trillo y le dijo que lo aplicara. Trillo y yo nos fuimos a cenar esa misma noche y repasamos punto por punto el documento. En aquel informe propuse veinte ideas-fuerza para que Fraga escogiera diez. En el congreso de Sevilla en el que José María Aznar recibió el liderazgo, Aznar utilizó aquel decálogo en su discurso. Él probablemente no sabía que lo había redactado yo. Yo estaba en primera fila y me hacía gracia reconocer mis propias ideas.—Si la iniciativa había nacido en Cataluña y usted mantenía una relación estrecha con Pujol, ¿por qué no se articuló una gran fuerza conjunta de centro-derecha?—La relación personal entre Fraga y Pujol fue muy buena. Fraga aprendió mucho de Pujol. Cuando presidió Galicia, tomó como referencia algunos aspectos del sistema sanitario catalán, del plan de carreteras y de la política lingüística. Xavier Trias viajó varias veces a Galicia para asesorar a su equipo. Yo era el enlace entre ambos. Tenía entrada directa en Banca Catalana y Pujol me citaba con frecuencia a primera hora de la mañana. Me daba información y me pedía gestiones en Madrid. Cuando ‘El Correo Catalán’ tuvo problemas con el registro, intervine ante Pío Cabanillas para evitar que pudiera sufrir una actuación como la que había acabado con el diario Madrid. Pujol conocía perfectamente lo que estábamos haciendo y yo trasladaba a Fraga lo que él preparaba. Incluso aportó un millón de pesetas para la fundación del partido. Había plena sintonía personal, pero no una coincidencia ideológica suficiente. Pujol construía la llamada vía catalana con Convergència, Unió y vínculos con otros sectores de la oposición. Nosotros no queríamos integrarnos en una fórmula que incluyera a los comunistas. Más adelante propuse a Fraga que renunciáramos a tener una organización propia en Cataluña y pactáramos con Unió Democràtica para crear una especie de CDU alemana. Convergència ya nos parecía demasiado nacionalista, pero con Unió veíamos posible una gran fuerza de centro-derecha. La propuesta no fue aceptada, aunque posteriormente hubo reuniones para explorar esa posibilidad.—Su ruptura definitiva con el PP se produjo con José María Aznar. ¿Qué ocurrió?—El choque fue fundamentalmente por Cataluña. En el resto de asuntos podía estar de acuerdo con Aznar, pero él desmontó el puente que Fraga había mantenido con Pujol. Tuvimos un enfrentamiento muy duro en una reunión del partido. Le dije que él, algún día, dejaría de ser presidente y pasaría a ser simplemente «el expresidente Aznar», mientras que yo siempre sería uno de los fundadores del partido. Yo había renunciado a parte de mi carrera profesional para construir aquella organización y no aceptaba que se despreciara su origen. En el año 2000 quiso rebajarme del número dos al nueve de la candidatura por Barcelona, una posición sin posibilidades de salir elegido. Me avisaron mientras estaba cenando en casa de Jordi Pujol Ferrusola y preparando el entendimiento postelectoral entre el PP y Convergència. Respondí que me retiraba y que me daba de baja. No aceptaba una humillación. Fraga me llamó al día siguiente para pedirme que rectificara. Le dije: «Aquí me golpean a mí, pero en realidad le están golpeando a usted. Creen que las posiciones que defiendo son las suyas». Se puso a llorar al teléfono. Yo también lo pasé muy mal, pero la decisión estaba tomada. Había dedicado treinta años a aquel proyecto, con interrupciones, y me fui.«Pujol conocía perfectamente lo que estábamos haciendo y yo trasladaba a Fraga lo que él preparaba. Incluso aportó un millón de pesetas para la fundación del partido. Había plena sintonía personal, pero no una coincidencia ideológica suficiente»—Antes de esa ruptura, usted participó en la aproximación que condujo al pacto entre el PP y CiU en 1996.—Sí. Durante años mantuve conversaciones periódicas con Pujol y elaboraba informes que remitía a Fraga, Francisco Álvarez-Cascos y Rodrigo Rato. Cuando Aznar necesitó el apoyo de CiU para gobernar, Rato me pidió una carpeta con todos aquellos informes. Pasó por mi despacho y se la llevó para preparar la negociación. Esa misma noche me llamó Jordi Pujol Ferrusola para invitarme a cenar. En la cena me explicó el planteamiento que presentarían a Rato. Al salir llamé a Rato y le avancé las posiciones de CiU. Después de la primera reunión, Pujol Ferrusola volvió a convocarme y me explicó en qué puntos estaban dispuestos a ceder y cuáles eran sus límites. Yo trasladé de nuevo esa información a Rato. Se fiaban de mí y no terminaban de fiarse de Aznar. Ese canal contribuyó a cerrar el acuerdo. Lo paradójico es que, en la cena de la firma en el Hotel Majestic, no estuvimos ni Aleix Vidal-Quadras, que era el presidente del PP catalán, ni yo. Nunca supe por qué me excluyeron. Aquello agravó mis diferencias con Aznar. Hasta entonces me trataba como «Manolín»; después de 1996 pasé a ser «don Manuel». Una ministra amiga llegó a advertirme: «Te estás convirtiendo en la mosca cojonera de José María».—Hábleme de Fraga, ¿qué vio en él para dedicarle tantos años?—Me fascinó su capacidad intelectual y su coherencia. La primera persona que me habló de él con admiración fue José María Hernández Pardos, director de ‘El Noticiero Universal’. Hernández Pardos era liberal y orteguiano, y me hizo ver que Fraga intentaba abrir puertas desde dentro del régimen. La Ley de Prensa de 1966 fue importante. Hernández Pardos reunió a varios colaboradores y nos dijo que tendríamos más libertad, pero que debíamos ser conscientes de que el director asumía la responsabilidad. Yo empecé a percibir que Fraga impulsaba una apertura, aunque estuviera limitada por el franquismo. Fraga no era falangista. Procedía de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y tenía una sensibilidad social muy fuerte. Cuando era catedrático llevaba a sus alumnos a barrios obreros, como el Pozo del Tío Raimundo, para que conocieran la realidad social. Ideológicamente era más complejo de lo que su imagen pública ha transmitido.—Pero fue ministro de Franco.—Sí, y esa pertenencia al Gobierno de Franco ha marcado toda la percepción posterior. No niego ese hecho. Lo que digo es que reducir toda su trayectoria a la etiqueta de franquista impide entender sus contradicciones, sus enfrentamientos internos y su evolución. José María Castiella, que había sido ministro de Asuntos Exteriores, me contó que Fraga se enfrentaba con enorme valentía a Franco en el Consejo de Ministros. Me habló de discusiones sobre la libertad religiosa y me dijo que no había visto a nadie defender sus posiciones con tanta firmeza delante del dictador. Es el testimonio que yo recibí de Castiella. Fraga también tuvo graves problemas de conciencia por su relación con el Vaticano. A través de familiares y amigos que trabajaban en Roma, entre ellos eclesiásticos próximos a Pablo VI, traté de mejorar la percepción que se tenía de él. Fraga nunca olvidó aquellas gestiones. —Usted insiste mucho en la dimensión humana y en la honradez de Fraga.—Porque la vi de cerca. Cuando dejó el Gobierno tuvo dificultades económicas. Su mujer, Carmen, pintaba personalmente la casa porque no podían permitirse determinados gastos. Cuando regresó de la embajada en Londres hubo que ayudarle a reorganizar su economía familiar. No salió de la política enriquecido. En otra ocasión, cuando trabajaba en Cervezas El Águila, me confesó que estaba pasando apuros. Se lo conté a Santacreu y él me dio una tarjeta vinculada a su cuenta para que Fraga pudiera utilizarla. Fui a verlo y le expliqué la propuesta. Se indignó: «A mí no me insulte. Devuelva inmediatamente esa tarjeta y, si no lo hace, no vuelva a este despacho». Regresé a Barcelona y cortamos la tarjeta con unas tijeras. Esa era su reacción ante cualquier favor económico personal. También tenía una sobrina carmelita descalza en Santiago de Compostela. La visitaba regularmente y decía que aquellas conversaciones eran uno de los momentos más profundos de su vida. Una vez lo acompañé a llevar dos sacos de patatas al convento en el coche oficial de la Xunta. Hay un Fraga humano que casi nadie conoce.Manuel Milián Meste, en una imagen de finales de los años 80. ABC—¿Se ha hecho justicia con su papel en la Transición?—No. La Transición fue una obra colectiva, pero Fraga y el equipo de Godsa aportaron una parte fundamental del diseño político. Torcuato Fernández-Miranda puso la aritmética jurídica; nosotros habíamos trabajado la filosofía, las ideas y la estructura de una reforma democrática desde el centro-derecha. Fraga tenía claro que el Partido Comunista debía ser legalizado. En un viaje a París, un grupo de colaboradores suyos participamos en reuniones con el entorno de Valéry Giscard d’Estaing para aprender técnicas de organización política y comunicación. En una rueda de prensa, Rafael Pérez Escolar afirmó que, si llegábamos al poder, legalizaríamos el Partido Comunista. La declaración provocó una enorme reacción en España, especialmente entre los militares. Fraga se negó a desautorizarla. Ese tipo de episodios no encajan con la caricatura de un dirigente dedicado simplemente a preservar el franquismo. Fraga quería dirigir la Transición y creía que una democracia estable exigía incorporar al Partido Comunista a la legalidad.—Ha contado que Manuel Vázquez Montalbán le encargó el libro con el que trató de proyectar a Fraga como candidato para dirigir la Transición. ¿Cómo fue eso?—Sí. ‘Fraga Iribarne, retrato en tres tiempos’ se publicó en 1975, con prólogo de Gabriel Cisneros. Lo escribí después de muchas conversaciones con Fraga, algunas grabadas durante un viaje a Venecia. El libro formaba parte de una operación para presentarlo como candidato a dirigir el cambio político. Quien me sugirió hacerlo fue Manuel Vázquez Montalbán. Mi interpretación es que una parte de la izquierda veía en Fraga al dirigente con capacidad suficiente para conducir una reforma que incluyera la legalización del Partido Comunista. Yo mantenía relaciones con Vázquez Montalbán, Rafael Alberti, Santiago Carrillo y Ramón Tamames. La política de aquella época estaba llena de puentes que hoy parecen inconcebibles.—Trasladémonos al presente, ¿cómo ve al PP de Alberto Núñez Feijóo?—Con preocupación. Yo creía que Feijóo era un buen gestor, pero dirigir un partido exige una estrategia política clara. José María Aznar la tenía, aunque yo discrepara de él. Mariano Rajoy no la tuvo y cometió errores graves, especialmente en Cataluña. Feijóo ha heredado parte de esa indecisión. Le he escrito varias cartas. Le he dicho que el partido necesita una estrategia, no solo portavoces que griten, muerdan o respondan cada día a la polémica de turno. Fraga no daba un paso importante sin pedir antes un documento estratégico. Feijóo cambia de posición, rectifica y desconcierta. Puede ganar unas elecciones, pero si no construye autoridad política nadie sabrá qué hará después.—Ha dicho, en otras ocasiones, que Fraga llegó a pensar en Isabel Tocino como sucesora. La historia del PP hubiera sido otra…—Sí. Cuando decidió apartarse porque consideraba que había alcanzado su techo electoral, su candidata era Isabel Tocino. Admiraba profundamente a Margaret Thatcher y pensaba que una mujer joven, inteligente y preparada podía romper el tablero político español. En una reunión con la dirección del partido, Álvarez-Cascos, Rato y otros dirigentes lo convencieron de apoyar a Aznar. Después me llamó y me dijo que no había podido sacar adelante su candidatura. Conocía bien a Isabel Tocino. La llevé a México para intervenir en un gran acto sobre la mujer y la política desde una perspectiva cristiana y tuvo un éxito extraordinario. Creo que Fraga había visto antes que muchos otros la capacidad de liderazgo que podía tener una mujer en la derecha española.«Creía que Feijóo era un buen gestor, pero dirigir un partido exige una estrategia política clara. José María Aznar la tenía, aunque yo discrepara de él. Mariano Rajoy no la tuvo y cometió errores graves, especialmente en Cataluña. Feijóo ha heredado parte de esa indecisión»—¿Qué debería hacer el PP en Cataluña?—Primero, reconstruir un puente político con el espacio que hoy representa Junts. No se trata de asumir el nacionalismo ni de aceptar sus planteamientos, sino de volver a la capacidad de interlocución que teníamos con Pujol. Nosotros intentábamos transformar el nacionalismo de Pujol en patriotismo y buscar los puntos de encuentro. Había relación, confianza y diálogo permanente. Segundo, comprender la naturaleza específica de Cataluña. El PP no puede limitarse a aplicar aquí un discurso elaborado en Madrid. Tiene que reconocer la identidad catalana y situarla en una concepción más amplia de España. Fraga entendía esa pluralidad porque conocía la historia. El PP actual responde con eslóganes y no con una visión histórica o política. La fórmula debería ser catalanismo más patriotismo. No nacionalismo. El nacionalismo ha provocado guerras y enfrentamientos, pero el patriotismo puede integrar identidades. El PP nació en Cataluña con la idea de que el catalanismo podía contribuir a dirigir y modernizar España, como ocurrió en otros momentos de la historia con figuras como Prim o Cambó.—¿Cómo se combina esa aproximación catalanista con la competencia de Vox?—El crecimiento de Vox responde en parte a la desesperación y al descrédito de la política, pero su radicalismo no ofrece una solución estable. Santiago Abascal se formó políticamente en el PP y después se ha convertido en su competidor más agresivo. El problema es que el PP no ha sabido integrar las distintas sensibilidades de la derecha como lo hacía Fraga. Fraga absorbió a la extrema derecha y la mantuvo dentro de un partido amplio mediante su autoridad personal. Ahora falta ‘auctoritas’. La autoridad no se impone: se gana con coherencia. Si un dirigente zigzaguea, la pierde. Ciudadanos ya arrancó al PP una parte importante de su electorado en Cataluña. Después llegó Vox y ahora Aliança Catalana puede disputar votos a varias formaciones. Todo eso demuestra que el PP catalán no ha definido con claridad su espacio propio.—¿Qué opinión tiene de Alejandro Fernández?—Es inteligente y un gran orador. Tiene una cabeza política muy buena y sus discursos pueden unir a los simpatizantes. Pero un partido no se construye desde la tribuna: se construye en la calle, en las comarcas y en los pueblos. Yo recorría Cataluña hasta las dos de la madrugada, encadenando reuniones, comidas y cenas para implantar la organización. Alejandro necesita hacer ese trabajo territorial o rodearse de personas que lo hagan. El PP catalán ha heredado una base de militantes, pero no ha continuado suficientemente la tarea de implantación. Sin estructura local, el liderazgo parlamentario no basta. También debe reivindicar el origen catalán del partido. No como una curiosidad histórica, sino como una orientación política: el PP se creó aquí para ofrecer un centro-derecha democrático capaz de atenuar las tensiones del posfranquismo y de integrar la identidad catalana en un proyecto español.—¿Qué papel atribuye a Jorge Fernández Díaz en la evolución del PP catalán?—Tuvo una concepción muy cerrada y utilitaria del partido, basada en el control del aparato y de su círculo. Eso limitó el crecimiento. Un liderazgo fundacional debe ser generoso y facilitar la promoción de otras personas, aunque eso reduzca su propio poder. Yo nunca entré en política para obtener un cargo personal. Una vez, en la embajada de Londres, Fraga me preguntó qué quería a cambio de todo el trabajo que estaba haciendo. Le respondí que nada. Insistió y le pedí un parador de turismo para Morella. Fue lo único. Se llegó a presupuestar, pero todavía no se ha construido. Yo no quería un puesto para mí.—¿Con qué idea resumiría toda esta trayectoria de Fraga?—Con la coherencia. La auctoritas nace de la coherencia. Se puede defender una posición de izquierdas, de derechas o de centro; si se mantiene con honradez y se explica, la gente reconoce la autoridad. Cuando se actúa a base de giros tácticos, se pierde. Fraga era coherente. Pujol también lo era. Josep Tarradellas era coherente. Por eso podían entenderse entre ellos aun pensando de manera distinta. Yo participé en los trabajos previos al regreso de Tarradellas y mantuve conversaciones muy intensas con él. Nunca lo oí hablar frívolamente de la historia. La memoria es la maestra de la vida. Quienes ignoran la historia están condenados a repetir sus errores.
Periodista, expolítico, fundador de Alianza Popular -génesis del Partido Popular que este 2026 cumple 50 años- y, entre otras cosas, el diario ‘El País’. Pero, sobre todo, hombre de Manuel Fraga en Cataluña durante el final del franquismo y el principio de la … democracia. Manuel Milián Mestre (Forcall, Castellón, 1943) es historia viva de España. Reivindica la figura de Fraga y critica que se le olvide cuando se cita a los padres de la democracia tras 1975. Alejado del PP y crítico con Alberto Núñez Feijóo, Milián Mestre defiende, en una entrevista para ABC, un patriotismo que pueda conjugarse con el catalanismo.
—Usted sostiene que, detrás de la política pública, existe otra política que casi nunca se ve.
—La política real no se ha perdido: está debajo de la mesa camilla. Lo que emerge es solo una parte. El resto son relaciones personales, conversaciones discretas y puentes entre gente que públicamente parece irreconciliable. Yo lo he practicado toda mi vida. He tenido relación con personas de la derecha, de la izquierda, del mundo empresarial, de los sindicatos y de la cultura. La polarización pública no explica por sí sola cómo se toman muchas decisiones.
—¿Qué papel desempeñó el entorno de Manuel Fraga en la preparación de la Transición?
—La historia que yo viví empieza en Cataluña. El impulso inicial procede de Josep Maria Santacreu, un empresario y banquero catalán. Cuando Fraga deja el Ministerio de Información y Turismo, Santacreu le envía una carta que redacté yo. Aquello dio pie a una comida en Madrid y, a partir de ahí, con la aprobación de Fraga y mi dedicación plena, creamos el Club Ágora en Barcelona. La sede estaba en la calle Villarroel. Era una planta de unos 800 metros cuadrados, con un salón de actos, un pequeño restaurante, oficinas y almacén. Se financió con las aportaciones de un grupo de empresarios catalanes. Allí reunimos a profesores universitarios, economistas, juristas, periodistas y personas procedentes de tradiciones políticas muy diferentes. Entre ellos estaba Alejandro Pedrós, catedrático de Hacienda Pública. También establecimos contactos con comunistas a través del editor Juan Grijalbo. Desde el principio hubo una voluntad de abrir puertas. En paralelo se creó en Madrid Godsa, el Gabinete de Orientación y Documentación, que coordinábamos Antonio Cortina y yo. Él organizaba el grupo madrileño y yo mantenía la estructura de Barcelona. Godsa llegó a tener un edificio de varias plantas en la calle Artistas y una plantilla considerable. Allí se elaboró buena parte del armazón intelectual de una reforma democrática dirigida desde el centro-derecha.

(Jaime García)
—¿Qué salió concretamente de aquel laboratorio político?
—El documento fundamental fue el ‘Libro blanco para la reforma democrática’, un trabajo de centenares de páginas en el que participaron numerosos profesores y especialistas. Ramón Tamames, que entonces militaba en el Partido Comunista, redactó uno de los capítulos. Yo iba a su casa a comer y a recoger sus textos. Eso demuestra hasta qué punto el proyecto era transversal. Aquel libro fijaba la filosofía y los parámetros de un partido de centro-derecha transformador, partidario de una reforma democrática y no de la continuidad inmovilista. El siguiente paso fue Reforma Democrática Española. En Cataluña creé Reforma Democrática de Cataluña, con un manifiesto propio en catalán. El contenido político era el mismo, pero queríamos preservar la identidad catalana y adaptar el proyecto a la realidad del país.
—Usted afirma, por tanto, que el origen del futuro Partido Popular fue catalán.
—Sí. El partido nació aquí y se financió, en una parte decisiva, con dinero de empresarios catalanes. Después se desarrolló en Madrid, pero la matriz inicial fue el Club Ágora de Barcelona. Esa génesis se ha olvidado y es importante para entender por qué el proyecto original tenía una sensibilidad hacia Cataluña que posteriormente se perdió.
—¿Qué papel tuvieron los medios de comunicación en aquella operación?
—Teníamos claro que sin presencia en los medios no se podía construir una alternativa política. El grupo de Santacreu adquirió el ‘Diario de Barcelona’ y había comprado antes ‘El Correo Catalán’. También tuvimos participación en Gráficas Espejo, en Madrid. Además, participé desde el principio en el proyecto de ‘El País’. El máximo que podía suscribir inicialmente un accionista era el 6% de un capital de cien millones de pesetas. Yo representaba seis millones aportados por Santacreu y manejaba otros seis que se distribuyeron entre distintas personas. Después incorporé a Jordi Pujol, al editor Juan Grijalbo, a empresarios como Rubiralta y a otros inversores. En conjunto, el grupo que yo articulé llegó a representar una parte relevante del capital inicial. Cuando Fraga consideró que el periódico había tomado una dirección distinta de la prevista bajo la influencia de Jesús Polanco ordenó retirarnos. Yo le dije que era un error, porque perdíamos una posición importante en el mundo de la comunicación. Las acciones se vendieron con una plusvalía considerable, pero políticamente perdimos aquella presencia.
«He tenido relación con personas de la derecha, de la izquierda, del mundo empresarial, de los sindicatos y de la cultura. La polarización pública no explica por sí sola cómo se toman muchas decisiones»
—¿Cómo se pasó de Reforma Democrática a Alianza Popular?
—Cuando intentamos registrar Reforma Democrática como asociación política, el régimen puso dificultades. Tras la muerte de Franco, Fraga regresó de Londres y se constituyó Alianza Popular con los llamados siete magníficos. Varios de quienes habíamos participado en la fase anterior nos apartamos. Antonio Cortina se desentendió, Nicolás Rodríguez se fue y yo también me alejé. No obstante, redacté la ponencia de comunicación y estrategia del primer congreso, aunque la defendió otra persona. Mi separación no fue de Fraga, sino de la configuración concreta de Alianza Popular. La incorporación de Laureano López Rodó y de otros dirigentes procedentes directamente del franquismo alteraba el sentido reformista del proyecto que habíamos preparado. En Cataluña, López Rodó se hizo con la estructura que habíamos creado y yo no quise continuar en esas condiciones.

(M. MUñoz)
—¿Quiénes formaban el núcleo catalán? ¿Era ideológicamente homogéneo?
—Todo lo contrario. Era un grupo muy heterogéneo. Se incorporaron juristas y profesores como Manuel Jiménez de Parga, Ángel Latorre y otras figuras de la universidad. Había personas procedentes de tradiciones católicas, liberales, franquistas reformistas e incluso antiguos republicanos. Un caso singular fue Josep Antoni Trabal i Sans, que había sido dirigente de ERC, diputado y secretario de Lluís Companys. Lo conocí cuando yo trabajaba para Eduardo Tarragona en una campaña de procuradores familiares. Trabal era su asesor político y para mí, que era muy joven, fue una especie de profesor. Con el tiempo nos distanciamos. Cuando impulsé el Club Ágora, él no se integró en el proyecto y acabó enfrentándose conmigo por mi campaña contra el alcalde José María de Porcioles. Fraga me hizo llegar una carta manuscrita de Trabal en la que me denunciaba por estar maniobrando contra Porcioles. A partir de entonces rompí mi relación con él.
—¿Participó usted en la caída de Porcioles?
—Sí. Elaboré documentación sobre las operaciones urbanísticas de Barcelona y la trasladé a Fraga y a responsables del Gobierno. Fue una guerra muy dura. Parte de aquella documentación sirvió para el libro ‘Barcelona, ¿dónde vas?’. Yo había obtenido documentos del ayuntamiento, los llevé a un notario para que hiciera copias legalizadas y devolví los originales. Aquello permitió sostener las denuncias sobre la especulación urbanística de la etapa de Porcioles.

(ABC)
—Volvamos a Alianza Popular, ¿cómo regresó al proyecto de Fraga después de apartarse de Alianza Popular?
—Nunca rompí personalmente con él. Seguía pasando algunos días con Fraga en Galicia, discutiendo de política y acompañándolo en reuniones. Cuando el primer proyecto de Alianza Popular fracasó y se incorporaron personas procedentes de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y de la UCD, como Marcelino Oreja o Juan Manuel Otero Novas, me sentí más cómodo y empecé a colaborar de nuevo. Tras una etapa en Washington, regresé en 1983. Fraga me pidió que asumiera la estrategia y la comunicación del partido. Más adelante, después del fracaso de Antonio Hernández Mancha, me encargó un informe para refundar la organización. Lo terminé una madrugada de enero en mi casa de Morella y se lo entregué en Madrid. Fraga lo leyó a toda velocidad, llamó a Federico Trillo y le dijo que lo aplicara. Trillo y yo nos fuimos a cenar esa misma noche y repasamos punto por punto el documento. En aquel informe propuse veinte ideas-fuerza para que Fraga escogiera diez. En el congreso de Sevilla en el que José María Aznar recibió el liderazgo, Aznar utilizó aquel decálogo en su discurso. Él probablemente no sabía que lo había redactado yo. Yo estaba en primera fila y me hacía gracia reconocer mis propias ideas.
—Si la iniciativa había nacido en Cataluña y usted mantenía una relación estrecha con Pujol, ¿por qué no se articuló una gran fuerza conjunta de centro-derecha?
—La relación personal entre Fraga y Pujol fue muy buena. Fraga aprendió mucho de Pujol. Cuando presidió Galicia, tomó como referencia algunos aspectos del sistema sanitario catalán, del plan de carreteras y de la política lingüística. Xavier Trias viajó varias veces a Galicia para asesorar a su equipo. Yo era el enlace entre ambos. Tenía entrada directa en Banca Catalana y Pujol me citaba con frecuencia a primera hora de la mañana. Me daba información y me pedía gestiones en Madrid. Cuando ‘El Correo Catalán’ tuvo problemas con el registro, intervine ante Pío Cabanillas para evitar que pudiera sufrir una actuación como la que había acabado con el diario Madrid. Pujol conocía perfectamente lo que estábamos haciendo y yo trasladaba a Fraga lo que él preparaba. Incluso aportó un millón de pesetas para la fundación del partido. Había plena sintonía personal, pero no una coincidencia ideológica suficiente. Pujol construía la llamada vía catalana con Convergència, Unió y vínculos con otros sectores de la oposición. Nosotros no queríamos integrarnos en una fórmula que incluyera a los comunistas. Más adelante propuse a Fraga que renunciáramos a tener una organización propia en Cataluña y pactáramos con Unió Democràtica para crear una especie de CDU alemana. Convergència ya nos parecía demasiado nacionalista, pero con Unió veíamos posible una gran fuerza de centro-derecha. La propuesta no fue aceptada, aunque posteriormente hubo reuniones para explorar esa posibilidad.
—Su ruptura definitiva con el PP se produjo con José María Aznar. ¿Qué ocurrió?
—El choque fue fundamentalmente por Cataluña. En el resto de asuntos podía estar de acuerdo con Aznar, pero él desmontó el puente que Fraga había mantenido con Pujol. Tuvimos un enfrentamiento muy duro en una reunión del partido. Le dije que él, algún día, dejaría de ser presidente y pasaría a ser simplemente «el expresidente Aznar», mientras que yo siempre sería uno de los fundadores del partido. Yo había renunciado a parte de mi carrera profesional para construir aquella organización y no aceptaba que se despreciara su origen. En el año 2000 quiso rebajarme del número dos al nueve de la candidatura por Barcelona, una posición sin posibilidades de salir elegido. Me avisaron mientras estaba cenando en casa de Jordi Pujol Ferrusola y preparando el entendimiento postelectoral entre el PP y Convergència. Respondí que me retiraba y que me daba de baja. No aceptaba una humillación. Fraga me llamó al día siguiente para pedirme que rectificara. Le dije: «Aquí me golpean a mí, pero en realidad le están golpeando a usted. Creen que las posiciones que defiendo son las suyas». Se puso a llorar al teléfono. Yo también lo pasé muy mal, pero la decisión estaba tomada. Había dedicado treinta años a aquel proyecto, con interrupciones, y me fui.
«Pujol conocía perfectamente lo que estábamos haciendo y yo trasladaba a Fraga lo que él preparaba. Incluso aportó un millón de pesetas para la fundación del partido. Había plena sintonía personal, pero no una coincidencia ideológica suficiente»
—Antes de esa ruptura, usted participó en la aproximación que condujo al pacto entre el PP y CiU en 1996.
—Sí. Durante años mantuve conversaciones periódicas con Pujol y elaboraba informes que remitía a Fraga, Francisco Álvarez-Cascos y Rodrigo Rato. Cuando Aznar necesitó el apoyo de CiU para gobernar, Rato me pidió una carpeta con todos aquellos informes. Pasó por mi despacho y se la llevó para preparar la negociación. Esa misma noche me llamó Jordi Pujol Ferrusola para invitarme a cenar. En la cena me explicó el planteamiento que presentarían a Rato. Al salir llamé a Rato y le avancé las posiciones de CiU. Después de la primera reunión, Pujol Ferrusola volvió a convocarme y me explicó en qué puntos estaban dispuestos a ceder y cuáles eran sus límites. Yo trasladé de nuevo esa información a Rato. Se fiaban de mí y no terminaban de fiarse de Aznar. Ese canal contribuyó a cerrar el acuerdo. Lo paradójico es que, en la cena de la firma en el Hotel Majestic, no estuvimos ni Aleix Vidal-Quadras, que era el presidente del PP catalán, ni yo. Nunca supe por qué me excluyeron. Aquello agravó mis diferencias con Aznar. Hasta entonces me trataba como «Manolín»; después de 1996 pasé a ser «don Manuel». Una ministra amiga llegó a advertirme: «Te estás convirtiendo en la mosca cojonera de José María».
—Hábleme de Fraga, ¿qué vio en él para dedicarle tantos años?
—Me fascinó su capacidad intelectual y su coherencia. La primera persona que me habló de él con admiración fue José María Hernández Pardos, director de ‘El Noticiero Universal’. Hernández Pardos era liberal y orteguiano, y me hizo ver que Fraga intentaba abrir puertas desde dentro del régimen. La Ley de Prensa de 1966 fue importante. Hernández Pardos reunió a varios colaboradores y nos dijo que tendríamos más libertad, pero que debíamos ser conscientes de que el director asumía la responsabilidad. Yo empecé a percibir que Fraga impulsaba una apertura, aunque estuviera limitada por el franquismo. Fraga no era falangista. Procedía de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y tenía una sensibilidad social muy fuerte. Cuando era catedrático llevaba a sus alumnos a barrios obreros, como el Pozo del Tío Raimundo, para que conocieran la realidad social. Ideológicamente era más complejo de lo que su imagen pública ha transmitido.
—Pero fue ministro de Franco.
—Sí, y esa pertenencia al Gobierno de Franco ha marcado toda la percepción posterior. No niego ese hecho. Lo que digo es que reducir toda su trayectoria a la etiqueta de franquista impide entender sus contradicciones, sus enfrentamientos internos y su evolución. José María Castiella, que había sido ministro de Asuntos Exteriores, me contó que Fraga se enfrentaba con enorme valentía a Franco en el Consejo de Ministros. Me habló de discusiones sobre la libertad religiosa y me dijo que no había visto a nadie defender sus posiciones con tanta firmeza delante del dictador. Es el testimonio que yo recibí de Castiella. Fraga también tuvo graves problemas de conciencia por su relación con el Vaticano. A través de familiares y amigos que trabajaban en Roma, entre ellos eclesiásticos próximos a Pablo VI, traté de mejorar la percepción que se tenía de él. Fraga nunca olvidó aquellas gestiones.
—Usted insiste mucho en la dimensión humana y en la honradez de Fraga.
—Porque la vi de cerca. Cuando dejó el Gobierno tuvo dificultades económicas. Su mujer, Carmen, pintaba personalmente la casa porque no podían permitirse determinados gastos. Cuando regresó de la embajada en Londres hubo que ayudarle a reorganizar su economía familiar. No salió de la política enriquecido. En otra ocasión, cuando trabajaba en Cervezas El Águila, me confesó que estaba pasando apuros. Se lo conté a Santacreu y él me dio una tarjeta vinculada a su cuenta para que Fraga pudiera utilizarla. Fui a verlo y le expliqué la propuesta. Se indignó: «A mí no me insulte. Devuelva inmediatamente esa tarjeta y, si no lo hace, no vuelva a este despacho». Regresé a Barcelona y cortamos la tarjeta con unas tijeras. Esa era su reacción ante cualquier favor económico personal. También tenía una sobrina carmelita descalza en Santiago de Compostela. La visitaba regularmente y decía que aquellas conversaciones eran uno de los momentos más profundos de su vida. Una vez lo acompañé a llevar dos sacos de patatas al convento en el coche oficial de la Xunta. Hay un Fraga humano que casi nadie conoce.

(ABC)
—¿Se ha hecho justicia con su papel en la Transición?
—No. La Transición fue una obra colectiva, pero Fraga y el equipo de Godsa aportaron una parte fundamental del diseño político. Torcuato Fernández-Miranda puso la aritmética jurídica; nosotros habíamos trabajado la filosofía, las ideas y la estructura de una reforma democrática desde el centro-derecha. Fraga tenía claro que el Partido Comunista debía ser legalizado. En un viaje a París, un grupo de colaboradores suyos participamos en reuniones con el entorno de Valéry Giscard d’Estaing para aprender técnicas de organización política y comunicación. En una rueda de prensa, Rafael Pérez Escolar afirmó que, si llegábamos al poder, legalizaríamos el Partido Comunista. La declaración provocó una enorme reacción en España, especialmente entre los militares. Fraga se negó a desautorizarla. Ese tipo de episodios no encajan con la caricatura de un dirigente dedicado simplemente a preservar el franquismo. Fraga quería dirigir la Transición y creía que una democracia estable exigía incorporar al Partido Comunista a la legalidad.
—Ha contado que Manuel Vázquez Montalbán le encargó el libro con el que trató de proyectar a Fraga como candidato para dirigir la Transición. ¿Cómo fue eso?
—Sí. ‘Fraga Iribarne, retrato en tres tiempos’ se publicó en 1975, con prólogo de Gabriel Cisneros. Lo escribí después de muchas conversaciones con Fraga, algunas grabadas durante un viaje a Venecia. El libro formaba parte de una operación para presentarlo como candidato a dirigir el cambio político. Quien me sugirió hacerlo fue Manuel Vázquez Montalbán. Mi interpretación es que una parte de la izquierda veía en Fraga al dirigente con capacidad suficiente para conducir una reforma que incluyera la legalización del Partido Comunista. Yo mantenía relaciones con Vázquez Montalbán, Rafael Alberti, Santiago Carrillo y Ramón Tamames. La política de aquella época estaba llena de puentes que hoy parecen inconcebibles.
—Trasladémonos al presente, ¿cómo ve al PP de Alberto Núñez Feijóo?
—Con preocupación. Yo creía que Feijóo era un buen gestor, pero dirigir un partido exige una estrategia política clara. José María Aznar la tenía, aunque yo discrepara de él. Mariano Rajoy no la tuvo y cometió errores graves, especialmente en Cataluña. Feijóo ha heredado parte de esa indecisión. Le he escrito varias cartas. Le he dicho que el partido necesita una estrategia, no solo portavoces que griten, muerdan o respondan cada día a la polémica de turno. Fraga no daba un paso importante sin pedir antes un documento estratégico. Feijóo cambia de posición, rectifica y desconcierta. Puede ganar unas elecciones, pero si no construye autoridad política nadie sabrá qué hará después.
—Ha dicho, en otras ocasiones, que Fraga llegó a pensar en Isabel Tocino como sucesora. La historia del PP hubiera sido otra…
—Sí. Cuando decidió apartarse porque consideraba que había alcanzado su techo electoral, su candidata era Isabel Tocino. Admiraba profundamente a Margaret Thatcher y pensaba que una mujer joven, inteligente y preparada podía romper el tablero político español. En una reunión con la dirección del partido, Álvarez-Cascos, Rato y otros dirigentes lo convencieron de apoyar a Aznar. Después me llamó y me dijo que no había podido sacar adelante su candidatura. Conocía bien a Isabel Tocino. La llevé a México para intervenir en un gran acto sobre la mujer y la política desde una perspectiva cristiana y tuvo un éxito extraordinario. Creo que Fraga había visto antes que muchos otros la capacidad de liderazgo que podía tener una mujer en la derecha española.
«Creía que Feijóo era un buen gestor, pero dirigir un partido exige una estrategia política clara. José María Aznar la tenía, aunque yo discrepara de él. Mariano Rajoy no la tuvo y cometió errores graves, especialmente en Cataluña. Feijóo ha heredado parte de esa indecisión»
—¿Qué debería hacer el PP en Cataluña?
—Primero, reconstruir un puente político con el espacio que hoy representa Junts. No se trata de asumir el nacionalismo ni de aceptar sus planteamientos, sino de volver a la capacidad de interlocución que teníamos con Pujol. Nosotros intentábamos transformar el nacionalismo de Pujol en patriotismo y buscar los puntos de encuentro. Había relación, confianza y diálogo permanente. Segundo, comprender la naturaleza específica de Cataluña. El PP no puede limitarse a aplicar aquí un discurso elaborado en Madrid. Tiene que reconocer la identidad catalana y situarla en una concepción más amplia de España. Fraga entendía esa pluralidad porque conocía la historia. El PP actual responde con eslóganes y no con una visión histórica o política. La fórmula debería ser catalanismo más patriotismo. No nacionalismo. El nacionalismo ha provocado guerras y enfrentamientos, pero el patriotismo puede integrar identidades. El PP nació en Cataluña con la idea de que el catalanismo podía contribuir a dirigir y modernizar España, como ocurrió en otros momentos de la historia con figuras como Prim o Cambó.
—¿Cómo se combina esa aproximación catalanista con la competencia de Vox?
—El crecimiento de Vox responde en parte a la desesperación y al descrédito de la política, pero su radicalismo no ofrece una solución estable. Santiago Abascal se formó políticamente en el PP y después se ha convertido en su competidor más agresivo. El problema es que el PP no ha sabido integrar las distintas sensibilidades de la derecha como lo hacía Fraga. Fraga absorbió a la extrema derecha y la mantuvo dentro de un partido amplio mediante su autoridad personal. Ahora falta ‘auctoritas’. La autoridad no se impone: se gana con coherencia. Si un dirigente zigzaguea, la pierde. Ciudadanos ya arrancó al PP una parte importante de su electorado en Cataluña. Después llegó Vox y ahora Aliança Catalana puede disputar votos a varias formaciones. Todo eso demuestra que el PP catalán no ha definido con claridad su espacio propio.
—¿Qué opinión tiene de Alejandro Fernández?
—Es inteligente y un gran orador. Tiene una cabeza política muy buena y sus discursos pueden unir a los simpatizantes. Pero un partido no se construye desde la tribuna: se construye en la calle, en las comarcas y en los pueblos. Yo recorría Cataluña hasta las dos de la madrugada, encadenando reuniones, comidas y cenas para implantar la organización. Alejandro necesita hacer ese trabajo territorial o rodearse de personas que lo hagan. El PP catalán ha heredado una base de militantes, pero no ha continuado suficientemente la tarea de implantación. Sin estructura local, el liderazgo parlamentario no basta. También debe reivindicar el origen catalán del partido. No como una curiosidad histórica, sino como una orientación política: el PP se creó aquí para ofrecer un centro-derecha democrático capaz de atenuar las tensiones del posfranquismo y de integrar la identidad catalana en un proyecto español.
—¿Qué papel atribuye a Jorge Fernández Díaz en la evolución del PP catalán?
—Tuvo una concepción muy cerrada y utilitaria del partido, basada en el control del aparato y de su círculo. Eso limitó el crecimiento. Un liderazgo fundacional debe ser generoso y facilitar la promoción de otras personas, aunque eso reduzca su propio poder. Yo nunca entré en política para obtener un cargo personal. Una vez, en la embajada de Londres, Fraga me preguntó qué quería a cambio de todo el trabajo que estaba haciendo. Le respondí que nada. Insistió y le pedí un parador de turismo para Morella. Fue lo único. Se llegó a presupuestar, pero todavía no se ha construido. Yo no quería un puesto para mí.
—¿Con qué idea resumiría toda esta trayectoria de Fraga?
—Con la coherencia. La auctoritas nace de la coherencia. Se puede defender una posición de izquierdas, de derechas o de centro; si se mantiene con honradez y se explica, la gente reconoce la autoridad. Cuando se actúa a base de giros tácticos, se pierde. Fraga era coherente. Pujol también lo era. Josep Tarradellas era coherente. Por eso podían entenderse entre ellos aun pensando de manera distinta. Yo participé en los trabajos previos al regreso de Tarradellas y mantuve conversaciones muy intensas con él. Nunca lo oí hablar frívolamente de la historia. La memoria es la maestra de la vida. Quienes ignoran la historia están condenados a repetir sus errores.
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