El debate | ¿Tiene sentido seguir buscando el cadáver de Lorca?

De todas las víctimas de la Guerra Civil, ninguna es más simbólica que Federico García Lorca, fusilado en agosto de 1936 junto a un maestro y dos banderilleros anarquistas en un paraje de Granada. Sus restos nunca han sido localizados.

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 A los 90 años de su asesinato, los restos de Federico García Lorca y de las otras tres personas fusiladas con él en Granada siguen sin ser hallados. A estas alturas, encontrar el cuerpo no cambiaría su condición de símbolo ni su estatus histórico. ¿Por qué continúa la búsqueda?  

De todas las víctimas de la Guerra Civil, ninguna es más simbólica que Federico García Lorca, fusilado en agosto de 1936 junto a un maestro y dos banderilleros anarquistas en un paraje de Granada. Sus restos nunca han sido localizados.

Luis Muñoz, poeta granadino, defiende que cualquier escenario tras una hipotética exhumación del poeta disminuiría la denuncia permanente del espacio del crimen. La historiadora y profesora universitaria Pilar Mera insta a seguir buscando su cuerpo porque la voluntad de una sociedad democrática debe ser intentar saber toda la verdad.


Una herida que no se podrá cerrar

Luis Muñoz

Fatalmente, el asesinato de un poeta nos enfrenta a una forma extrema del espanto existencial, en la que la capacidad de creación no solo encuentra su límite en la muerte, sino que se convierte en objeto de una voluntad deliberada de destrucción. Lorca habló de “la inmensa alegría consciente de crear”, y su asesinato parece condensar una tensión difícilmente reparable: que un ser entregado a ensanchar la vida, a dotarla de abundancia y nuevos espesores y significados, sea deliberadamente arrancado de ella. Quizá sea esa insoportable desproporción entre lo que la creación añade al mundo y lo que la destrucción brutal le sustrae lo que me impide ver en su asesinato una verdadera posibilidad de sosiego o cierre.

La condena del asesinato de Lorca, cuando la noticia comenzó a cundir, aún en forma de duda, el 30 de agosto de 1936 —más de 10 días después de su muerte—, tuvo que enfrentarse inicialmente a los esfuerzos del bando sublevado por desinformar y tergiversar los hechos. Con todo, aquella condena terminaría desbordando el ámbito de la denuncia para convertirse en una poderosa forma de reconocimiento y dignificación, primero en España y, progresivamente, en Latinoamérica y Europa.

Dos momentos culminantes de esta condena inicial casi coincidieron en el tiempo: la vitrina dedicada a Lorca en el Pabellón de España de la Exposición de París de 1937, junto a diversas actividades en su homenaje, y los actos de reconocimiento del Congreso Internacional de Escritores, como la lectura en París por Louis Aragon de un Juramento, escrito por Langston Hughes y Stratís Tsircas, en el que los poetas se comprometieron a que su nombre no se olvidaría nunca.

Ante la resonancia internacional de la condena del asesinato, el propio Franco trató en esas mismas fechas de contrarrestar el impacto haciendo una declaración a un periódico argentino donde decía que los rojos habían agitado “este nombre” como señuelo de propaganda —precisamente evitando su nombre y llamándole “un escritor granadino”— y tergiversando el relato de los hechos con una calculada ambigüedad al afirmar que murió “mezclado con los revoltosos”.

La muerte de Lorca quedó oficialmente constatada en la documentación administrativa y policial del régimen. Un certificado de defunción de 1940 la atribuye a “heridas producidas por hecho de guerra”, mientras que un informe de la Policía de 1965 deja constancia de su detención, de que fue “pasado por las armas” y de su enterramiento en Fuente Grande, junto a acusaciones de socialista vinculado a Fernando de los Ríos, masón, y haber sido “tildado de prácticas de homosexualismo”.

La investigación para esclarecer la verdad histórica del asesinato, cuyos primeros trabajos comenzaron a publicarse a principios de los setenta, con las aportaciones invaluables de Ian Gibson y Marcelle Auclair, ha permitido reconstruir con notable precisión la trama de escenas, movimientos y palabras que confluyeron en él.

En cuanto al asunto de la familia, no puedo entender que se la presione y no se respete, sin más, su deseo, de la misma manera que debe respetarse el deseo de quienes luchan para que sus allegados sean exhumados y dignificados como víctimas. Una familia que, ojo, no ha impedido que se remueva el lugar, aunque ha expresado que le gustaría que no se hiciera.

Así que cuál sería el sentido de exhumar los restos de Lorca y cuáles los pros y los contras. La topografía memorial del entorno de Fuente Grande y Víznar, donde al parecer yace, ha convertido a Lorca en una víctima más entre las muchas enterradas allí. Sumado y, al mismo tiempo, sumido en ese paisaje de memoria.

Cualquiera de las posibilidades para después de una posible exhumación me parecen peores que dejarlo donde esté y creo que, cuando menos, menguarían la intensidad de la denuncia permanente de ese espacio y su carácter de recordatorio para —usando los términos de Antonio Machado— llamar “a las puertas de todos los corazones, de todas las conciencias”. Porque quizá el problema esté precisamente en la idea de que toda herida debe ser cerrada. Si se trata de dar por concluido un capítulo de la historia de España y del mundo, esa herida, creo, es incurable.


Buscar todos los cuerpos, buscar la verdad

Pilar Mera

Todo el barranco de Víznar es Lorca, decía Santos Juliá. ¿Qué mejor monumento para recordar al poeta? La imagen es poderosa. Un genio asesinado. Una historia misteriosa. Noventa años de ríos de tinta anudando su recuerdo. Poemas, canciones, investigaciones académicas, artículos de aniversario, rumores y leyendas. Pistas difusas, testimonios claros, una búsqueda interminable y ningún resultado. Su cadáver no ha aparecido, pero su memoria reverdece sin parar. Sabemos el recorrido desde su detención, tenemos una idea aproximada de dónde fue fusilado y la certeza de que fue enterrado entre Víznar y Alfacar y no en el barranco, como se pensó durante años. Aun así, el poeta resuena en el barranco, nido de fosas encadenadas donde el equipo Universidad y Memoria de la Universidad de Granada ya ha localizado los restos de 194 personas. Catedral de ceniza que nos recuerda a todos los hombres, mujeres y niños que, como él, murieron en aquellos parajes. Si su legado permanece con tal fuerza, ¿por qué seguir buscando sus huesos? Porque ese debe ser el empeño de una sociedad democrática.

“Por las ramas del laurel / van dos palomas oscuras. / La una era el sol, / la otra la luna. / ‘Vecinitas’, les dije,/ ‘¿dónde está mi sepultura?”, cantaba Lorca (con voz de Paco Ibáñez en mi mochila) en una de las casidas de su Diván del Tamarit.La tumba del poeta no está en la cola del Sol, ni en la garganta de la Luna porque su muerte no fue figurada ni simbólica. Tampoco fue la única. Con él fueron asesinados Dióscoro Galindo, Juan Arcollas Cabeza y Francisco Galadí Melgar. Y ese mismo día, las jornadas previas y las semanas posteriores, hubo miles de asesinatos más. Se acumularon en aquellos meses, llamados de “terror caliente”, y continuaron durante la dictadura. También hubo asesinados en la retaguardia republicana, añade siempre alguien. Es cierto. Pero si la represión franquista fue una política de Estado, no sucedió lo mismo con estos asesinatos, crímenes más o menos organizados de grupos que actuaron a pesar del Estado republicano, quebrado por un golpe que generó las condiciones necesarias para la revolución que los golpistas decían querer evitar. Que estos asesinatos no sean crímenes de Estado no priva a estos muertos de la condición de víctimas, como los reconoce la Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática. Pero deja claras las diferencias en el proceder y la legitimidad de uno y otro bando.

La Ley de Memoria Democrática también nos recuerda que “el impulso de las políticas de memoria democrática se ha convertido en un deber moral”, una visión que trasciende a España y a su historia reciente. Los horrores del siglo XX convirtieron la pedagogía cívica del pasado en un imperativo ético de las democracias. Así, memoria, reconocimiento, reparación y dignificación de las víctimas son un signo de calidad democrática. En medio de las trifulcas políticas sobre el pasado, hubo un momento, antes de Vox, en el que se llegó a un consenso: la necesidad de localizar e identificar a los miles de muertos que permanecían en cunetas y fosas comunes. El derecho de los muertos a ser encontrados, nombrados y recordados. Así lo reconocían el decreto 9/2018, de 12 de abril, de la Memoria Histórica y Democrática de Castilla y León, impulsado por el PP, o la ley 10/2016, de 13 de junio, para la recuperación de personas desaparecidas durante la Guerra Civil y el franquismo, de las Islas Baleares, aprobada con el voto a favor de todos los grupos parlamentarios. Quizás porque desde Antígona entendemos que el deber de enterrar a los muertos responde a una ley natural que trasciende cualquier supuesta utilidad social.

Por eso la voluntad de una sociedad democrática debe ser buscar la verdad. Encontrar a Federico García Lorca, Dióscoro Galindo, Juan Arcollas Cabeza y Francisco Galadí Melgar. Encontrar a todos los nombres perdidos en sepulturas anónimas y a todos los muertos sin nombre y sacarlos del limbo donde los abandonaron sus asesinos. La dictadura no es nuestra responsabilidad, pero nos ha dejado un legado. Lo que hagamos con él no habla de nuestro pasado, sino de nosotros, de nuestro presente y del futuro democrático que queremos construir.

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