‘¡Pa casa, Pinki!’ y los ‘influencers’ que son un sí

Si tuviese que formar un comando letal en plan Los mercenarios, no iría a buscar gymbros ni contrataría Miamis como aquellos que supuestamente contactó Ana Obregón para dar una paliza a Jaime Cantizano (esta anécdota no debe caer nunca en el olvido); iría a las colonias felinas urbanas y reclutaría a sus cuidadoras. Hablo en femenino porque en los desempeños que implican cuidados y aportan poco reconocimiento social, el número de mujeres siempre es superior. Tendría que mentirles y decirles que el objetivo final es salvar un minino, pero una vez cameladas, su fiereza y fidelidad están garantizadas. Son implacables. Llueva, nieve o turre el sol, nunca desatienden a los gatos, esos que nos pirran en reels cuquis, pero molestan en las ciudades porque molesta todo. Suelen visitarlos a horas intempestivas para evitar que, a pesar de tener permiso municipal, las insulten o agredan y muchas veces se encuentran a sus protegidos heridos o envenenados porque el ser humano es el peor animal sobre la tierra. No tienen ayudas y no es su trabajo, es un voluntariado. Lo hacen por amor.

Seguir leyendo

 ‘Influencer’, esa palabra que ya casi suena a insulto y cuya supuesta caída en desgracia se festeja estos días, no siempre es sinónimo de cantamañanas; también define a personas talentosas como Javier Otero  

COLUMNA

Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

‘Influencer’, esa palabra que ya casi suena a insulto y cuya supuesta caída en desgracia se festeja estos días, no siempre es sinónimo de cantamañanas; también define a personas talentosas como Javier Otero

El audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.

Una imagen del perfil de Instagram de Javier Otero.
Eva Güimil

Si tuviese que formar un comando letal en plan Los mercenarios, no iría a buscar gymbros ni contrataría Miamis como aquellos que supuestamente contactó Ana Obregón para dar una paliza a Jaime Cantizano (esta anécdota no debe caer nunca en el olvido); iría a las colonias felinas urbanas y reclutaría a sus cuidadoras. Hablo en femenino porque en los desempeños que implican cuidados y aportan poco reconocimiento social, el número de mujeres siempre es superior. Tendría que mentirles y decirles que el objetivo final es salvar un minino, pero una vez cameladas, su fiereza y fidelidad están garantizadas. Son implacables. Llueva, nieve o turre el sol, nunca desatienden a los gatos, esos que nos pirran en reels cuquis, pero molestan en las ciudades porque molesta todo. Suelen visitarlos a horas intempestivas para evitar que, a pesar de tener permiso municipal, las insulten o agredan y muchas veces se encuentran a sus protegidos heridos o envenenados porque el ser humano es el peor animal sobre la tierra. No tienen ayudas y no es su trabajo, es un voluntariado. Lo hacen por amor.

El amor por los animales es transversal, por eso bajo su paraguas pueden convivir esas mujeres anónimas y Javier Otero, el cachas tatuado, exbuzo reconvertido en creador de contenido que en apenas año y medio ya suma en sus redes sociales más de dos millones y medio de seguidores.

Influencer, esa palabra que ya casi suena a insulto y cuya supuesta caída en desgracia se festeja estos días, no siempre es sinónimo de cantamañanas; también define a personas talentosas: humoristas, artistas, divulgadores o este gallego que muestra el día a día de su inusual familia: Pinki, el perro parrandero que nunca quiere volver a casa; el Abuelo Zarigüeya, uno de esos canes abandonados a una edad que es veneno para los adoptantes; o la imperial Anubis, una hembra de lobo checo que es el núcleo emocional de una manada multiespecie en la que conviven gatos, cabras, ovejas, un potro y la pasión de Otero: las aves, especialmente los córvidos.

Como las cuidadoras de colonias, él da una oportunidad a los que la mayoría da la espalda, los invisibles: gaviotas heridas, polluelos de palomas… Cura y rehabilita con tanta ternura como humor, su gran baza. También educa para combatir el maltrato y el abandono, algo tan necesario en un país con los albergues saturados. Ojalá influencer no fuese únicamente un término vacío y Otero y los que tienen su mismo objetivo influyesen realmente, porque sobran influencers, pero faltan buenas influencias.

Mis comentariosNormas

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Please enable JavaScript to view the <a href=»https://disqus.com/?ref_noscript» rel=»nofollow»> comments powered by Disqus.</a>

Archivado En

 Televisión en EL PAÍS

Noticias Relacionadas