Vivir sin poder escribir carecería para mí de cualquier sentido. Si un día se me agota el don, o me es retirado, o no lo puedo utilizar, mi vida dejaría de estar tensionada a lo que soy, y espero que la Providencia favorezca que una cosa se extinga con la otra, y que no tenga que verme yo en la tarea de forzar la coincidencia. El aporte intelectual, cívico y social que el ex notario Juan José López Burniol nos dejará en legado es el característico cordelito de sus gafas, y esto hubiera sido aunque se hubiera comportado de un modo presentable hasta el fin de sus días; pero de un modo que a mí siempre me causó sorpresa -y grima- este señor consiguió durante muchos años convertirse en un faro de la centralidad y moderación de la sociedad y la política catalanas, y gozó de los mejores privilegios que su posición le aportaba. Éste fue su modo de vivir y de proyectarse.Pero hace poco más de un año, decidió saltar al vacío en La Caixa, gritando al presidente Fainé de un modo, más que intolerable, incomprensible, por haber nombrado a Josep Maria Coronas director general de la Fundación. Hace 15 días que el ex notario manda a ‘La Vanguardia’ un artículo en el que compara la investidura de Pedro Sánchez con el Pacto de San Sebastián y vaticina una próxima guerra civil española. El editor del periódico, Javier Godó, se ha negado a publicarlo porque no está en su naturaleza, ni en la de la casa, crear alarmismo; ni por supuesto incendiar lo que, por lo menos de momento, continúa en calma, aunque sea delicada.Lo peor de Burniol no es lo que pueda, a partir de hoy, el pobre hombre, decir. Lo más grave es la crueldad con que los años han deteriorado su juicio y viéndolo me asusta pensar si podré mantener la cordura, e incluso afinarla, o acabaré extraviado en las insondables tinieblas del desvarío, de la exageración desastrosa y del tremendismo folklórico en que caen los que se quedaron sin nada que decir y tienen que inventar dramas que no existen porque la observación inteligente de las personas y las cosas ya no les sirve para escribir sus artículos. La pena que da Burniol es lo de menos, porque mañana todo el mundo hablará de él en pasado, y al día siguiente nadie se acordará de su nombre, como tendríamos que saber todos los que nos dedicamos a este oficio. La angustia, el pavor que una caída como la de Juanjo produce es que todos la podamos ver menos él, que se siente en su mejor momento. ¿Tendremos a su edad la fuerza y la luz no ya para mantenernos en el lado de los vivos, sino para saber dónde está este lado?Da la impresión de que con los años, Juanjo ha ido creyéndose el general Bum-Bum, así en La Caixa como en ‘La Vanguardia’, con la misión de salvar España. Y por la falta de una medicación eficaz contra los cambios de humor repentinos, y claramente alcanzado por la edad, ha arremetido contra lo que le daba cobijo y le permitía parecer una persona respetable.Juanjo siempre ha creído que es más inteligente de lo que le reconocen y que por lo tanto merece más de lo que tiene; y esto suele ser peligroso, incluso para los que se mantienen en un cierto equilibrio.Burniol se ha visto como sucesor de Fainé, como se vieron Juan María Nin, Jaume Giró y Ángel Simón. Pensábamos que con tres cadáveres en los aperitivos no haría falta un cuarto en los postres, pero ahí estuvo Juanjo para asombrarnos una vez más a todos. En ‘La Vanguardia’ llevaba tiempo fuera de la realidad, pero hace unas semanas empezó a tomar carrerilla en la Segunda República y ha acabado tristemente estampado contra el muro de nuestra vida constitucional, democrática y por supuesto imperfecta, ante la que ha palidecido sus ridículos aspavientos. Y lo que es más humillante, e injusto, incluso para Juanjo: le han echado por un artículo tosco, cavernario, vulgar, en el que no dice más que tonterías. Un artículo que si dentro de algunos años uno de sus nietos o biznietos lo lee, para saber por qué largaron al abuelo, va a sentir una honda decepción -que ni Juanjo ni su familia merecen- y no va a tener más remedio que pensar que Javier Godó le hizo una caridad no dándolo a publicar.Ha sido además muy feo, y muy poco caballeroso, que tras décadas de relación con el editor, Juanjo haya difundido el artículo censurado y la conversación al respecto con Jordi Juan, el director de ‘La Vanguardia’. No es así cómo se conducen las personas que luego quieren dar lecciones de modos, de civilización y sobre todo de estabilidad. Ni gritar al presidente Fainé en una reunión del patronato de la entidad, ni difundir conversaciones privadas con el director de ‘La Vanguardia’ es propio de alguien que pretenda erigirse como estandarte de nada medianamente serio. Hace algo más de un año, Juanjo estuvo también muy fuera de su lugar gritando y no dejando hablar al líder del PP en una reunión que Feijóo mantuvo en el hotel Eurostars Grand Marina de Barcelona con algunos periodistas catalanes. Los demás asistentes, Feijóo incluido, pensaron que Juanjo sufría un principio de enfermedad real, por lo que más que reprenderlo, trataron de ayudarlo.El escarnio de la desgracia ajena es poco caritativo, además de poco interesante. Pero debemos aprovechar la información que contiene. Una persona con tan poco recorrido intelectual, y literario, pero con una notable capacidad para enredar a los demás con su fatua vacuidad, tendría que haber hecho un cálculo mucho más fino de aquello a lo que realmente podía aspirar, que imprescindiblemente pasaba por cuidar lo mucho que había atesorado dadas sus muy escasas cualidades. De las pocas cosas que yo me atrevo a pedirle a Dios es que me lleve mucho antes de que me pueda llegar a deslizar por la triste pendiente de Juanjo. Vivir sin poder escribir carecería para mí de cualquier sentido. Si un día se me agota el don, o me es retirado, o no lo puedo utilizar, mi vida dejaría de estar tensionada a lo que soy, y espero que la Providencia favorezca que una cosa se extinga con la otra, y que no tenga que verme yo en la tarea de forzar la coincidencia. El aporte intelectual, cívico y social que el ex notario Juan José López Burniol nos dejará en legado es el característico cordelito de sus gafas, y esto hubiera sido aunque se hubiera comportado de un modo presentable hasta el fin de sus días; pero de un modo que a mí siempre me causó sorpresa -y grima- este señor consiguió durante muchos años convertirse en un faro de la centralidad y moderación de la sociedad y la política catalanas, y gozó de los mejores privilegios que su posición le aportaba. Éste fue su modo de vivir y de proyectarse.Pero hace poco más de un año, decidió saltar al vacío en La Caixa, gritando al presidente Fainé de un modo, más que intolerable, incomprensible, por haber nombrado a Josep Maria Coronas director general de la Fundación. Hace 15 días que el ex notario manda a ‘La Vanguardia’ un artículo en el que compara la investidura de Pedro Sánchez con el Pacto de San Sebastián y vaticina una próxima guerra civil española. El editor del periódico, Javier Godó, se ha negado a publicarlo porque no está en su naturaleza, ni en la de la casa, crear alarmismo; ni por supuesto incendiar lo que, por lo menos de momento, continúa en calma, aunque sea delicada.Lo peor de Burniol no es lo que pueda, a partir de hoy, el pobre hombre, decir. Lo más grave es la crueldad con que los años han deteriorado su juicio y viéndolo me asusta pensar si podré mantener la cordura, e incluso afinarla, o acabaré extraviado en las insondables tinieblas del desvarío, de la exageración desastrosa y del tremendismo folklórico en que caen los que se quedaron sin nada que decir y tienen que inventar dramas que no existen porque la observación inteligente de las personas y las cosas ya no les sirve para escribir sus artículos. La pena que da Burniol es lo de menos, porque mañana todo el mundo hablará de él en pasado, y al día siguiente nadie se acordará de su nombre, como tendríamos que saber todos los que nos dedicamos a este oficio. La angustia, el pavor que una caída como la de Juanjo produce es que todos la podamos ver menos él, que se siente en su mejor momento. ¿Tendremos a su edad la fuerza y la luz no ya para mantenernos en el lado de los vivos, sino para saber dónde está este lado?Da la impresión de que con los años, Juanjo ha ido creyéndose el general Bum-Bum, así en La Caixa como en ‘La Vanguardia’, con la misión de salvar España. Y por la falta de una medicación eficaz contra los cambios de humor repentinos, y claramente alcanzado por la edad, ha arremetido contra lo que le daba cobijo y le permitía parecer una persona respetable.Juanjo siempre ha creído que es más inteligente de lo que le reconocen y que por lo tanto merece más de lo que tiene; y esto suele ser peligroso, incluso para los que se mantienen en un cierto equilibrio.Burniol se ha visto como sucesor de Fainé, como se vieron Juan María Nin, Jaume Giró y Ángel Simón. Pensábamos que con tres cadáveres en los aperitivos no haría falta un cuarto en los postres, pero ahí estuvo Juanjo para asombrarnos una vez más a todos. En ‘La Vanguardia’ llevaba tiempo fuera de la realidad, pero hace unas semanas empezó a tomar carrerilla en la Segunda República y ha acabado tristemente estampado contra el muro de nuestra vida constitucional, democrática y por supuesto imperfecta, ante la que ha palidecido sus ridículos aspavientos. Y lo que es más humillante, e injusto, incluso para Juanjo: le han echado por un artículo tosco, cavernario, vulgar, en el que no dice más que tonterías. Un artículo que si dentro de algunos años uno de sus nietos o biznietos lo lee, para saber por qué largaron al abuelo, va a sentir una honda decepción -que ni Juanjo ni su familia merecen- y no va a tener más remedio que pensar que Javier Godó le hizo una caridad no dándolo a publicar.Ha sido además muy feo, y muy poco caballeroso, que tras décadas de relación con el editor, Juanjo haya difundido el artículo censurado y la conversación al respecto con Jordi Juan, el director de ‘La Vanguardia’. No es así cómo se conducen las personas que luego quieren dar lecciones de modos, de civilización y sobre todo de estabilidad. Ni gritar al presidente Fainé en una reunión del patronato de la entidad, ni difundir conversaciones privadas con el director de ‘La Vanguardia’ es propio de alguien que pretenda erigirse como estandarte de nada medianamente serio. Hace algo más de un año, Juanjo estuvo también muy fuera de su lugar gritando y no dejando hablar al líder del PP en una reunión que Feijóo mantuvo en el hotel Eurostars Grand Marina de Barcelona con algunos periodistas catalanes. Los demás asistentes, Feijóo incluido, pensaron que Juanjo sufría un principio de enfermedad real, por lo que más que reprenderlo, trataron de ayudarlo.El escarnio de la desgracia ajena es poco caritativo, además de poco interesante. Pero debemos aprovechar la información que contiene. Una persona con tan poco recorrido intelectual, y literario, pero con una notable capacidad para enredar a los demás con su fatua vacuidad, tendría que haber hecho un cálculo mucho más fino de aquello a lo que realmente podía aspirar, que imprescindiblemente pasaba por cuidar lo mucho que había atesorado dadas sus muy escasas cualidades. De las pocas cosas que yo me atrevo a pedirle a Dios es que me lleve mucho antes de que me pueda llegar a deslizar por la triste pendiente de Juanjo.
Vivir sin poder escribir carecería para mí de cualquier sentido. Si un día se me agota el don, o me es retirado, o no lo puedo utilizar, mi vida dejaría de estar tensionada a lo que soy, y espero que la Providencia favorezca que una … cosa se extinga con la otra, y que no tenga que verme yo en la tarea de forzar la coincidencia.
El aporte intelectual, cívico y social que el ex notario Juan José López Burniol nos dejará en legado es el característico cordelito de sus gafas, y esto hubiera sido aunque se hubiera comportado de un modo presentable hasta el fin de sus días; pero de un modo que a mí siempre me causó sorpresa -y grima- este señor consiguió durante muchos años convertirse en un faro de la centralidad y moderación de la sociedad y la política catalanas, y gozó de los mejores privilegios que su posición le aportaba. Éste fue su modo de vivir y de proyectarse.
Pero hace poco más de un año, decidió saltar al vacío en La Caixa, gritando al presidente Fainé de un modo, más que intolerable, incomprensible, por haber nombrado a Josep Maria Coronas director general de la Fundación. Hace 15 días que el ex notario manda a ‘La Vanguardia’ un artículo en el que compara la investidura de Pedro Sánchez con el Pacto de San Sebastián y vaticina una próxima guerra civil española. El editor del periódico, Javier Godó, se ha negado a publicarlo porque no está en su naturaleza, ni en la de la casa, crear alarmismo; ni por supuesto incendiar lo que, por lo menos de momento, continúa en calma, aunque sea delicada.
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Lo peor de Burniol no es lo que pueda, a partir de hoy, el pobre hombre, decir. Lo más grave es la crueldad con que los años han deteriorado su juicio y viéndolo me asusta pensar si podré mantener la cordura, e incluso afinarla, o acabaré extraviado en las insondables tinieblas del desvarío, de la exageración desastrosa y del tremendismo folklórico en que caen los que se quedaron sin nada que decir y tienen que inventar dramas que no existen porque la observación inteligente de las personas y las cosas ya no les sirve para escribir sus artículos.
La pena que da Burniol es lo de menos, porque mañana todo el mundo hablará de él en pasado, y al día siguiente nadie se acordará de su nombre, como tendríamos que saber todos los que nos dedicamos a este oficio. La angustia, el pavor que una caída como la de Juanjo produce es que todos la podamos ver menos él, que se siente en su mejor momento. ¿Tendremos a su edad la fuerza y la luz no ya para mantenernos en el lado de los vivos, sino para saber dónde está este lado?
Da la impresión de que con los años, Juanjo ha ido creyéndose el general Bum-Bum, así en La Caixa como en ‘La Vanguardia’, con la misión de salvar España. Y por la falta de una medicación eficaz contra los cambios de humor repentinos, y claramente alcanzado por la edad, ha arremetido contra lo que le daba cobijo y le permitía parecer una persona respetable.
Juanjo siempre ha creído que es más inteligente de lo que le reconocen y que por lo tanto merece más de lo que tiene; y esto suele ser peligroso, incluso para los que se mantienen en un cierto equilibrio.
Burniol se ha visto como sucesor de Fainé, como se vieron Juan María Nin, Jaume Giró y Ángel Simón. Pensábamos que con tres cadáveres en los aperitivos no haría falta un cuarto en los postres, pero ahí estuvo Juanjo para asombrarnos una vez más a todos. En ‘La Vanguardia’ llevaba tiempo fuera de la realidad, pero hace unas semanas empezó a tomar carrerilla en la Segunda República y ha acabado tristemente estampado contra el muro de nuestra vida constitucional, democrática y por supuesto imperfecta, ante la que ha palidecido sus ridículos aspavientos. Y lo que es más humillante, e injusto, incluso para Juanjo: le han echado por un artículo tosco, cavernario, vulgar, en el que no dice más que tonterías. Un artículo que si dentro de algunos años uno de sus nietos o biznietos lo lee, para saber por qué largaron al abuelo, va a sentir una honda decepción -que ni Juanjo ni su familia merecen- y no va a tener más remedio que pensar que Javier Godó le hizo una caridad no dándolo a publicar.
Ha sido además muy feo, y muy poco caballeroso, que tras décadas de relación con el editor, Juanjo haya difundido el artículo censurado y la conversación al respecto con Jordi Juan, el director de ‘La Vanguardia’. No es así cómo se conducen las personas que luego quieren dar lecciones de modos, de civilización y sobre todo de estabilidad. Ni gritar al presidente Fainé en una reunión del patronato de la entidad, ni difundir conversaciones privadas con el director de ‘La Vanguardia’ es propio de alguien que pretenda erigirse como estandarte de nada medianamente serio. Hace algo más de un año, Juanjo estuvo también muy fuera de su lugar gritando y no dejando hablar al líder del PP en una reunión que Feijóo mantuvo en el hotel Eurostars Grand Marina de Barcelona con algunos periodistas catalanes. Los demás asistentes, Feijóo incluido, pensaron que Juanjo sufría un principio de enfermedad real, por lo que más que reprenderlo, trataron de ayudarlo.
El escarnio de la desgracia ajena es poco caritativo, además de poco interesante. Pero debemos aprovechar la información que contiene. Una persona con tan poco recorrido intelectual, y literario, pero con una notable capacidad para enredar a los demás con su fatua vacuidad, tendría que haber hecho un cálculo mucho más fino de aquello a lo que realmente podía aspirar, que imprescindiblemente pasaba por cuidar lo mucho que había atesorado dadas sus muy escasas cualidades.
De las pocas cosas que yo me atrevo a pedirle a Dios es que me lleve mucho antes de que me pueda llegar a deslizar por la triste pendiente de Juanjo.
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