El verano en que Angela Chase se tiñó el pelo de rojo

Angela Chase cambia de amigos, abandona el grupo de empollones que prepara el anuario escolar, se tiñe el pelo de rojo para disgusto de su madre y empieza a ir a fiestas grunge en las que se siente fuera de lugar, pero absolutamente electrizada por la vida que acaba de empezar. Hace lo que cualquier adolescente a los 15 años: intentar convertirse en una versión más interesante de sí misma. “Cuando Rayanne Graff me dijo que mi pelo me impedía avanzar, tuve que escucharla. Porque no hablaba de mi pelo. Hablaba de mi vida”, dice Angela al comienzo de la serie, antes de aplicarse un tinte llamado “resplandor carmesí”. Yo también me teñí el pelo, aunque el resultado fuera cromáticamente más indeciso, en algún lugar entre el rojo y el arrepentimiento. Estaba sediento de la misma rebelión de clase media. Tenía 15 años, igual que el personaje, cuando descubrí Es mi vida en las sobremesas televisivas de un verano barcelonés de lo más soporífero, en formato 4:3 —a Christopher Nolan le hubiera dado un soponcio— y con abundantes pausas dramáticas para alojar la publicidad.

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 Duró solo 19 episodios y casi nadie la vio. Tres décadas después, ‘Es mi vida’ es una serie de culto que contó como casi ninguna el calvario de la adolescencia y la ansiedad de un fin de siglo que recordamos más feliz de lo que fue  

Angela Chase cambia de amigos, abandona el grupo escolar de empollones que prepara el anuario escolar, se tiñe el pelo de rojo para disgusto de su madre y empieza a ir a fiestas grunge en las que se siente fuera de lugar, pero absolutamente electrizada por la vida que acaba de empezar. Hace lo que cualquier adolescente a los 15 años: intentar convertirse en una versión más interesante de sí misma. “Cuando Rayanne Graff me dijo que mi pelo me impedía avanzar, tuve que escucharla. Porque no hablaba de mi pelo. Hablaba de mi vida”, dice Angela al comienzo de la serie, antes de aplicarse un tinte llamado “resplandor carmesí”. Yo también me teñí el pelo, aunque el resultado fuera cromáticamente más indeciso, en algún lugar entre el rojo y el arrepentimiento. Estaba sediento de la misma rebelión de clase media. Tenía 15 años, igual que el personaje, cuando descubrí Es mi vida en las sobremesas televisivas de un verano barcelonés de lo más soporífero, en formato 4:3 —a Christopher Nolan le hubiera dado un soponcio— y con abundantes pausas dramáticas para alojar la publicidad.

No compartíamos nada, ni origen ni circunstancia, pero fue como mirarse al espejo. Después me reconocí en otros personajes de este drama coral que casi nadie vio en su día, hasta que su redifusión en la MTV lo convirtió en serie de culto. Fui Sharon, la mejor amiga dejada de lado por poco cool, cuando mi mejor amigo decidió que ya no quería que volviéramos juntos a casa al salir del instituto. Fui Brian Krakow, el vecino nerd secretamente enamorado de Angela, cuando mi primera novia me dejó cuatro días después de empezar a salir. Fui Rickie Vázquez, el joven gay paralizado por la homofobia ambiente, pero ya con medio cuerpo fuera del armario. Y hasta fui Jordan Catalano, objeto del deseo de la protagonista, cuando descubrí que hablar poco provocaba en los demás la impresión de tener una gran vida interior. Puede que exagere, porque a los 15 años uno encuentra reflejos donde puede. Lo que sí sé es que Patty, la madre de Angela, fue la primera madre televisiva que se parecía a la mía.

En el piloto aparece una chica llorando en un pasillo del instituto. Nunca se explica por qué. Puede que no sea por nada, lo que a esa edad quiere decir por todo. Esa ráfaga fugaz, sin diálogo ni subrayado alguno, contiene más verdad que las cuatro temporadas de Salvados por la campana juntas. El milagro que fue Es mi vida, emitida en EE UU entre 1994 y 1995 y estrenada un año después en España por Canal Plus, consistió en escapar de la versión edulcorada de la adolescencia que abundaba en la televisión para mostrarla como un pequeño calvario. La descubrí por casualidad. Mi primer episodio fue el séptimo, Por qué Jordan no sabe leer, donde Angela descubre la dislexia de ese malote de instituto vestido de franela que la maltratará a lo largo y ancho de la única temporada de la serie. Cuando le hace escuchar Red, la última canción que ha compuesto, ella da por hecho que es una declaración de amor a su nuevo color de pelo. “En realidad, habla de mi coche”, confesará luego el tontísimo Jordan.

Fue un antes y un después. A partir de aquel día, volví religiosamente a casa de mis padres cada mediodía con cualquier excusa: perderse un episodio significaba entonces perdérselo para siempre. Este verano he vuelto a ver la serie entera por primera vez, superando mi miedo a una punzada mortal de nostalgia. Bastan tres notas de la sintonía y aquella voz susurrada del comienzo —go now, go: vamos, la vida está ahí fuera— para devolverme al verano de 1996, hace exactamente 30 años. Vista hoy, la serie desprende una enorme melancolía finisecular: algo parece estar terminando y nadie sabe qué viene después, aunque todos sospechen que no será nada bueno.

El anuario del instituto propone como tema “el año 2000”. A Angela la ocurrencia le parece patética y, aunque no lo admita, un poco aterradora. Los personajes están al borde de un precipicio que todavía no adivinan. En un episodio, la muerte de Kurt Cobain aparece en una portada de Rolling Stone que a los protagonistas les cuesta mirar: su cadáver todavía está caliente. Aunque la serie no va solo de adolescentes que intentan encontrar su lugar, sino también de adultos obligados a soltarlos en “un mundo que se está volviendo loco”, como afirma la juiciosa Patty Chase. Nos encontramos en el pico del sida, las armas y los asesinos en serie colman los telediarios, y las chicas crecen sometidas al escrutinio de sus cuerpos y a una violencia sexual que apenas saben nombrar.

Los Chase viven gracias a la imprenta familiar, solo un par de años antes de que internet empiece a desmantelar el mundo de papel. Se menciona al matrimonio Clinton, a RuPaul y a Germaine Greer, mientras suenan R.E.M. y Buffalo Tom en las calles vacías de una periferia residencial donde los personajes dibujan círculos montados en sus bicicletas. Recordamos los noventa como el último recreo antes de que empezara el siglo XXI, un breve intervalo idílico entre la caída del Muro y el ataque a las Torres Gemelas. Es mi vida estropea esa fantasía y nos recuerda que antes ya tuvimos bastante miedo. Que se lo digan a Angela Chase y a sus padres, que entonces me parecían ancianos decrépitos y hoy resulta que tenían mi edad. Peor aún: empiezo a darles la razón.

El otro prodigio fue Claire Danes. Tenía 13 años cuando consiguió el papel, casi dos décadas antes de Homeland. Lo exótico fue que interpretara un personaje que tenía su edad real (Andrea Zuckerman, por ejemplo, superaba la treintena), aunque Angela hablara con la sofisticación de la mujer adulta que escribía sus diálogos, que hoy podría afirmar que me enseñó a escribir mucho más que Norman Mailer. Solo hubo 19 episodios antes de que la conservadora ABC, desconcertada ante una serie que no sabía muy bien a quién iba dirigida, decidiera que ya eran suficientes.

Pese a su brevedad, hizo escuela. Después llegaron personajes como Julia Salinger, Felicity Porter (de nuevo, el corte de pelo como declaración de independencia) o Rory Gilmore: estudiantes de sobresaliente que intentaban romper con el molde de buena chica, infinitamente más brillantes que los descerebrados que les quitaban el sueño, demasiado empáticas para su propio bien, cínicas para disimular su desconsuelo y con una capacidad algo agotadora para observarse a sí mismas. No era habitual que la televisión nos encerrara dentro de la cabeza de una chica de 15 años ni que la convirtiera en un modelo de identificación universal. Me atrevería a decir que sin Angela Chase no existiría Taylor Swift: ambas tratan con la misma dignidad aquello que, visto desde fuera, parece ridículo y despreciable, remilgado y vergonzosamente girly. Hasta uno de sus discos decisivos se titula Red.

Al final de El grano, uno de los episodios más emotivos —termina con la protagonista sollozando entre la alegría y el dolor, ese estado tan suyo—, después de haberse peleado con media humanidad, nuestra heroína llega a una conclusión: “Cuando miras a las personas de cerca, son tan raras y complicadas que acaban resultando hermosas”. Y añade: “Posiblemente, también yo”. Tres décadas después, nunca me teñiría el pelo de rojo, entre otras cosas porque ya no cuento con la misma materia prima. Pero sigo necesitando pensar que Angela tenía razón en casi todo.

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