La fina lluvia de odio contra meteorólogos y divulgadores climáticos: ¿se pueden perseguir los mensajes tóxicos de las redes?

El meteorólogo Rubén del Campo, en la sede central de la Aemet en Madrid.

El meteorólogo Rubén del Campo es una de las víctimas habituales de mensajes tóxicos en las redes sociales contra comunicadores del clima. Como cuenta el portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), en los últimos años se ha tenido que acostumbrar a que le llamen mentiroso o que le digan que va a acabar en la cárcel simplemente por dar información científica sobre el tiempo o comentar aspectos del calentamiento del planeta de forma rigurosa. A diferencia de otros compañeros o divulgadores climáticos, a él no le han amenazado nunca, pero sin llegar a esos extremos, sí le afecta este permanente runrún de odio. “Aunque soy consciente de que mi puesto implica una gran exposición, cuando ves mensajes con tu foto atacándote, a veces incluso por cosas inventadas que no has dicho, pues te sientes mal”, reconoce. En una carta enviada este miércoles, el Ministerio para la Transición Ecológica ha remitido finalmente a la Fiscalía General del Estado “el alarmante aumento de discursos de odio y ataques en redes sociales dirigidos contra profesionales de la divulgación climática, de la meteorología y científicos dedicados a este ámbito”. En la mayoría de los casos, son comentarios maliciosos, insultos o simple desinformación que busca desprestigiar. La cuestión es: ¿se puede actuar legalmente contra este tipo de mensajes en las redes? Si bien no parece tan grave llamar a alguien mentiroso o decir que va a ir a la cárcel, hay un hecho que resulta mucho más preocupante: desde hace unos años, otros colegas meteorólogos son hostigados con comentarios similares en países tan distintos como EE UU, Australia, Reino Unido, Italia, Hungría, Croacia… No son ataques aislados de alguna gente crítica, sino que se trata de un fenómeno organizado.

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El meteorólogo Rubén del Campo es una de las víctimas habituales de mensajes tóxicos en las redes sociales. La legislación actual permite actuar ante graves injurias o amenazas en internet, pero puede hacer poco frente a las olas de desinformación organizadas para desestabilizar  

El meteorólogo Rubén del Campo es una de las víctimas habituales de mensajes tóxicos en las redes sociales contra comunicadores del clima. Como cuenta el portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), en los últimos años se ha tenido que acostumbrar a que le llamen mentiroso o que le digan que va a acabar en la cárcel simplemente por dar información científica sobre el tiempo o comentar aspectos del calentamiento del planeta de forma rigurosa. A diferencia de otros compañeros o divulgadores climáticos, a él no le han amenazado nunca, pero sin llegar a esos extremos, sí le afecta este permanente runrún de odio. “Aunque soy consciente de que mi puesto implica una gran exposición, cuando ves mensajes con tu foto atacándote, a veces incluso por cosas inventadas que no has dicho, pues te sientes mal”, reconoce. En una carta enviada este miércoles, el Ministerio para la Transición Ecológica ha remitido finalmente a la Fiscalía General del Estado “el alarmante aumento de discursos de odio y ataques en redes sociales dirigidos contra profesionales de la divulgación climática, de la meteorología y científicos dedicados a este ámbito”. En la mayoría de los casos, son comentarios maliciosos, insultos o simple desinformación que busca desprestigiar. La cuestión es: ¿se puede actuar legalmente contra este tipo de mensajes en las redes? Si bien no parece tan grave llamar a alguien mentiroso o decir que va a ir a la cárcel, hay un hecho que resulta mucho más preocupante: desde hace unos años, otros colegas meteorólogos son hostigados con comentarios similares en países tan distintos como EE UU, Australia, Reino Unido, Italia, Hungría, Croacia… No son ataques aislados de alguna gente crítica, sino que se trata de un fenómeno organizado.

¿Se pueden considerar discursos de odio a este tipo de mensajes críticos?

Los académicos del mundo de la comunicación no emplean la terminología de discursos de odio de igual forma que los juristas. “No se puede llevar a juicio a alguien por llamar a un meteorólogo tonto de mierda o por defender que se está alterando el clima con geoingeniería, obviamente, este tipo de mensajes por sí solos no tienen recorrido legal, pero nosotros lo consideramos como un elemento de odio dentro de nuestros estudios”, asegura Sergio Arce, investigador de la Universidad Internacional de La Rioja que analiza de forma general estos discursos tóxicos en internet y ha realizado un trabajo específico sobre meteorólogos en X (antes Twitter).

“A no ser que se trate de una cuenta que llamamos kamikaze, hemos comprobado, al igual que han encontrado investigaciones en Reino Unido, que estos ataques en redes utilizan el máximo nivel permitido para que no puedan acusarles legalmente”, detalla Arce, que se refiere a estos mensajes como “una lluvia fina de odio”. En esta cada vez más persistente llovizna se entremezclan insultos, burlas, bulos e incluso teorías conspiratorias. Según el investigador, el objetivo es introducir dudas contra instituciones fiables, como los científicos o los meteorólogos. “Si se hace dudar, la gente pierde la referencia, y justo en ese momento es cuando se aprovecha para meter nuevas ideas. Es una técnica que se utiliza dentro de la desinformación”, comenta.

¿Cómo se sabe que este tipo de mensajes tóxicos están organizados?

Todo el mundo tiene derecho a discrepar y mostrar su rechazo con un lenguaje beligerante. Sin embargo, los investigadores encuentran numerosos patrones que muestran que en muchos de estos casos hay una organización: textos idénticos que aparecen una y otra vez, uso de bots que replican mensajes, términos que se repiten, teorías conspiranoicas recurrentes, ideas negacionistas… “Hay un patrón muy común y es acusar a los que informan del clima de estar vendidos a una élite que se está forrando a costa de la gente del pueblo, de la gente del campo”, comenta Isidro Jímenez, investigador de la Universidad Complutense de Madrid, que está estudiando estos discursos en plataformas como YouTube o TikTok, con una audiencia especialmente joven. “También se ve en los ritmos, hay días en los que de pronto aparecen muchos más mensajes de odio, está claro que detrás hay algún grupo que se ha puesto de acuerdo”, recalca el investigador, que advierte: “En TikTok, el lenguaje de odio es algo menos hostil, pero se introduce más en la conversación”.

Arce ha rastreado mensajes en la red X que incluyen el término HAARP, un programa de radiocomunicaciones usado falsamente para defender la teoría conspiratoria de que se está empleando ingeniería para alterar el clima. En cerca de medio millón de tuits, encontró patrones similares en 11 idiomas distintos. “Los mismos esquemas se reproducen en diferentes países, las mismas temáticas, las mismas dinámicas”, señala el investigador de la Universidad Internacional de La Rioja, que tiene claro que esta lluvia fina es mucho más peligrosa de lo que pueden parecer unos mensajes insultantes. “La Fiscalía debería buscar cómo actuar ante unas estructuras que difunden odio”, defiende.

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¿Qué se puede perseguir legalmente?

Como detalla Jacobo Dopico, catedrático de derecho penal de la Universidad Carlos III, en redes sociales son hoy perseguibles mensajes que incluyan graves insultos hacia una persona, le atribuyan algún delito de forma falsa o atenten contra su honor. Asimismo, con la legislación vigente se pueden denunciar las amenazas (cuando sean creíbles) y los llamados delitos de incitación al odio, una figura legal que busca proteger a minorías vulnerables o discriminadas. “Los tribunales han tenido que recordar en varias ocasiones que estos delitos solamente pueden ser empleados para reaccionar frente a conductas que pongan en peligro a minorías discriminadas”, puntualiza el abogado, que recalca que este no es el caso de los meteorólogos o los divulgadores climáticos.

Según el catedrático, “desde ya hace tiempo la Unión Europea detecta que hay campañas desinformativas que aprovechan las redes sociales con un interés fundamentalmente desestabilizador”. No obstante, considera que la Fiscalía puede hacer muy poco, dado que no existe ningún delito que castigue la desinformación y esta es una cuestión que va más allá de las fronteras españolas.

¿Quién está detrás de estos mensajes?

Gemma Teso, investigadora de la Universidad Complutense, ha indagado en la red social Instagram, enfocándose en los comentarios dejados por los usuarios en post de otra gente. Como incide, “esto está totalmente orquestado, no es casual”. Ella define dos tipos de perfiles en los comentarios: usuarios que reproducen de forma espontánea esa desinformación (“se la ha creído”) y otros que llevan a grupos “con una ideología muy radicalizada”. “Cuando analizas los comentarios, nosotros hablamos de comentarios de odio, pero en realidad hay negacionismo, desinformación, teorías de la conspiración, está todo mezclado”, comenta la investigadora, que en su análisis llega hasta cuentas que generan una gran cantidad de mensajes y que propagan muchos bulos, algunas relacionadas con la extrema derecha o temáticas conspiranoicas.

¿No hay forma de frenar estos contenidos tóxicos?

Para el profesor Dopico, que afirma que Bruselas también ha señalado directamente a países como Rusia en estos fenómenos de desinformación, en los que a veces “se utilizan granjas de bots para lanzar mensajes socialmente desestabilizadores y destruir la confianza en instituciones”, la clave no está en intentar castigar a los usuarios que propagan esta toxicidad, “pues no se puede castigar a nadie por algo que no es delito”, sino en conseguir que las plataformas de las redes sociales regulen estos contenidos. Sin embargo, como incide, ejemplos como el de la plataforma X, muestran que se está yendo justo en la dirección contraria. “Nos encontramos con un problema extraordinariamente grave”, destaca Dopico, que considera “muy peligroso para la libertad de expresión intentar abordar este tema limitando lo que los individuos puedan decir en redes sociales”.

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