Belén Lilienthal consolida su universo narrativo con una mirada íntima y europea

Intriga, memoria y espionaje se entrelazan en “El Cuaderno de los Nombres”

La escritora Belén Lilienthal, nacida en Granada y afincada en Dénia (Alicante), reafirma su voz literaria con “El Cuaderno de los Nombres”, una novela que profundiza en los silencios familiares, la identidad fragmentada y las huellas que deja la historia cuando nunca termina de cerrarse. Esta obra supone la segunda entrega de una trilogía narrativa que ha ido ganando solidez y lectores gracias a una propuesta ambiciosa, documentada y emocionalmente compleja.

Desde muy joven, Lilienthal encontró en la escritura un espacio de refugio y expresión. Aquellos cuadernos de infancia se han transformado con el tiempo en una herramienta literaria madura, donde la memoria personal y la memoria colectiva dialogan sin concesiones. El Cuaderno de los Nombres nace precisamente de esa necesidad de comprender lo heredado, lo callado y lo que permanece latente incluso décadas después.

La novela sitúa su acción entre Valencia, Dénia, Hamburgo y Dresde, escenarios que no funcionan solo como localizaciones físicas, sino como capas simbólicas de un pasado europeo marcado por la Guerra Fría, el espionaje y las identidades ocultas. El incendio de Campanar, en Valencia, actúa como detonante narrativo y emocional, poniendo en marcha una investigación que es tanto externa como íntima.

Una trama que va más allá del suspense

Aunque se adscribe al género de la intriga histórica y psicológica, “El Cuaderno de los Nombres” evita los esquemas clásicos del thriller convencional. La autora construye una historia donde el suspense convive con una profunda exploración emocional de los personajes, especialmente de Lily, la protagonista, una mujer obligada a enfrentarse a los silencios de su propia familia tras un acontecimiento traumático.

A medida que avanza la investigación, la novela despliega una compleja red de espionaje que atraviesa décadas y fronteras, pero sin perder de vista a quienes quedaron atrapados en los márgenes de la Historia: refugiados, espías invisibles y víctimas de sistemas que los superaron. La figura de Luisa, la madre de Lily, introduce una ambigüedad moral constante, mientras que Wolfgang, el padre, representa la compasión y la ayuda humanitaria como contrapunto ético.

Uno de los elementos más destacados de la obra es su capacidad para interpelar al lector. No ofrece héroes absolutos ni respuestas cerradas, sino zonas grises que obligan a reflexionar sobre la verdad, la herencia del secreto y las consecuencias de mirar hacia otro lado. Esa complejidad es, precisamente, uno de los aspectos más valorados en las opiniones de quienes ya se han acercado a la novela.

El respaldo editorial y la proyección de una trilogía

El recorrido de “El Cuaderno de los Nombres” se enmarca dentro de un proyecto literario coherente y ambicioso que continúa con la publicación de la tercera y última entrega de la trilogía, actualmente en proceso de escritura. Para la autora, cerrar este ciclo supone no solo dar sentido a toda la arquitectura narrativa previa, sino también afrontar un desafío creativo mayor.

En este camino, el acompañamiento de Letrame Grupo Editorial ha sido clave. La editorial ha apostado por una obra que combina rigor documental, profundidad psicológica y una narrativa exigente, demostrando que es posible publicar un libro de intriga histórica sin renunciar a la reflexión y a la calidad literaria. Para quienes se preguntan cómo publicar un libro y buscan una editorial comprometida con proyectos sólidos y de largo recorrido, el caso de Belén Lilienthal es un ejemplo significativo.

Las expectativas de la autora se mantienen realistas y centradas en el encuentro con sus lectores. Tras la buena acogida de la primera novela de la trilogía, “El Cuaderno de los Nombres” aspira a consolidar esa comunidad lectora interesada en historias donde la memoria histórica, el espionaje y las emociones humanas se entrelazan con naturalidad.

Con esta segunda entrega, Belén Lilienthal no solo amplía su universo narrativo, sino que confirma una voz literaria que invita a leer despacio, a cuestionar lo heredado y a aceptar que algunos nombres, aunque hayan sido borrados, siguen reclamando ser leídos.

 

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