A la entrada del pueblo una mano levantada saluda dando la bienvenida a un coche desconocido. Como si fuera un funcionario colocado ahí por el ayuntamiento para ser amable con los forasteros que aparecen cada varios años, el chico —un joven fibroso, de mandíbula apretada pero con gesto simpático— se afana en saludar a tres personas que no ha visto en su vida. El conductor, conforme avanza, empieza a dudar. “¿Le conoces?”, preguntan sus acompañantes viendo la efusividad del muchacho. El conductor reflexiona, pero lo que está pensando es tan inverosímil que termina por descartar esa posibilidad. Aún así, había algo en ese rostro que se pierde por las calles de Loscos —localidad de 120 habitantes de la provincia de Teruel— que le resulta familiar. “No puede ser”, se convence a sí mismo el hombre. Según la página web Así es Aragón, en Loscos hay cuatro cosas que ver: la iglesia parroquial y sus tres ermitas. Sin embargo, el conductor solo se frotó los ojos cuando en el bar le dijeron que el verdadero tesoro de Loscos era su polideportivo, una pista de fútbol sala que parece una oda a la austeridad de la España Vacía. “El pueblo en sí es modesto, por decirlo con suavidad”, recuerda el conductor. Hay que acercarse hasta la pared lateral del recinto para entender tanto orgullo. Un nombre como cualquier otro ha bautizado el complejo deportivo convirtiendo la austeridad en un intangible mucho más elevado que solo entienden los losquianos. Complejo Municipal Jesús Vallejo Lázaro, dice la placa.
El defensa nació para eliminar al Real Madrid de la Copa del Rey un 14 de enero de 2026 sin jugar un solo minuto del partido. Me he convencido a mí mismo de que sin Vallejo en el Albacete nada de esto habría sucedido
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
El defensa nació para eliminar al Real Madrid de la Copa del Rey un 14 de enero de 2026 sin jugar un solo minuto del partido. Me he convencido a mí mismo de que sin Vallejo en el Albacete nada de esto habría sucedido


A la entrada del pueblo una mano levantada saluda dando la bienvenida a un coche desconocido. Como si fuera un funcionario colocado ahí por el ayuntamiento para ser amable con los forasteros que aparecen cada varios años, el chico —un joven fibroso, de mandíbula apretada pero con gesto simpático— se afana en saludar a tres personas que no ha visto en su vida. El conductor, conforme avanza, empieza a dudar. “¿Le conoces?”, preguntan sus acompañantes viendo la efusividad del muchacho. El conductor reflexiona, pero lo que está pensando es tan inverosímil que termina por descartar esa posibilidad. Aún así, había algo en ese rostro que se pierde por las calles de Loscos —localidad de 120 habitantes de la provincia de Teruel— que le resulta familiar. “No puede ser”, se convence a sí mismo el hombre. Según la página web Así es Aragón, en Loscos hay cuatro cosas que ver: la iglesia parroquial y sus tres ermitas. Sin embargo, el conductor solo se frotó los ojos cuando en el bar le dijeron que el verdadero tesoro de Loscos era su polideportivo, una pista de fútbol sala que parece una oda a la austeridad de la España Vacía. “El pueblo en sí es modesto, por decirlo con suavidad”, recuerda el conductor. Hay que acercarse hasta la pared lateral del recinto para entender tanto orgullo. Un nombre como cualquier otro ha bautizado el complejo deportivo convirtiendo la austeridad en un intangible mucho más elevado que solo entienden los losquianos. Complejo Municipal Jesús Vallejo Lázaro, dice la placa.
Jesús Vallejo nació para eliminar al Real Madrid de la Copa del Rey un 14 de enero de 2026 sin jugar un solo minuto del partido. Esta es una de esas afirmaciones indemostrables — y qué poco importa eso— de las que uno se convence para poder seguir aferrándose a la poesía. Las posibilidades de que se disputase un Albacete-Real Madrid eran tan remotas que he convencido a mí mismo de que sin Vallejo en el conjunto manchego, nada de esto habría sucedido.
Jesús Vallejo nació para romper a llorar en el nombre de todos entre la niebla de Albacete abrigado con el mismo abrigo con el que le llevo viendo abrigarse todo el invierno. Si Maduro cambió cuatro veces de atuendo en menos de 24 horas, si sus excompañeros del Real estrenan zapatillas y calzoncillos cada día, Vallejo apura sus prendas hasta que le dicen basta. Cuentan que alguna vez, cuando Vallejo decide irse a pasar unos días a Zaragoza con la familia, su padre le llama para pedirle que cambie el billete por uno que sale antes porque le va a salir un poco más barato.
No se sabe a quién representa exactamente Jesús Vallejo y sin embargo no hay nadie con un mínimo de alma que no se identifique con él. Esos rizos alborotados sin una pizca de coquetismo, la gentileza de su trato, la imperfección de una sonrisa con diastema que podría haberse arreglado en cualquier clínica de famosos después de su primer entrenamiento con el Real Madrid. Seguramente nadie salvo Jesús Vallejo se percatase de que el declive de Ronaldinho no empezó con su falta de profesionalidad sino el día que se traicionó a sí mismo arreglándose los dientes. “Esa es la elegancia verdadera: que el vaso no sea más que la flor”, escribió el poeta José Martí. En el mundo de Jesús Vallejo las personas no se arreglan los dientes, ni se ponen collares de diamantes como el que lucía Vinicius por el césped del Belmonte antes del partido contra el Albacete. Pensar que un jugador que luce un collar más valioso que el estadio que pisa va a dedicar un mínimo de esfuerzo a correr por sus compañeros es de ser bastante iluso.
Gracias al despido de Xabi Alonso nos hemos enterado de que a los niños millonarios no se les entrena —como quería el tolosarra—, se les gestiona. Cuando al bueno de Vallejo le preguntan qué pintaba él en ese camerino de ególatras, el chico se encoge de hombros. “Fuera del Madrid hace mucho frío”, se suele decir. Eso vale para todos menos para tipos como Jesús Vallejo: el futbolista que en el día después de terminar su contrato en el Madrid, mientras las estrellas se iban al Mundial de Clubes, él te saludaba desde el otro lado de la calle para darte la bienvenida a su pueblo en el nombre de todos.
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Sobre la firma

En EL PAÍS desde 2018. Su trabajo está centrado en la crónica y el reportaje local para la sección de Madrid, donde ejerce como fotógrafo y redactor. Anteriormente, también ha sido editor gráfico en la sección de Fotografía y en Suplementos. Es coautor del libro ‘Utopías urbanísticas. 44 paseos por las colonias de Madrid’.
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