Almodóvar explora los límites de la autoficción: ¿todo vale si se adereza con imaginación?

“Es una película que claramente me refleja. Hay mucha ficción, pero ningún invento. Estoy absolutamente presente y totalmente ficcionado. En realidad, si hiciera una película hablando de mí, sería muy aburrida. La ficción es necesaria siempre”. Así respondía Pedro Almodóvar a una pregunta de Álex Vicente en El País Semanal a cuenta del estreno, hoy en salas comerciales, de Amarga Navidad, la película en la que el cineasta desvela más su intimidad y, por tanto, más cerca está de la autoficción, un género que, nacido en la literatura, ha logrado gran éxito en el cine y las series.

Seguir leyendo

 Creadores como Carla Simón, Zaida Carmona, Gerard Oms o Liliana Torres indagan en las claves de un género cinematográfico que nació en la literatura y que el director estira en ‘Amarga Navidad’  

“Es una película que claramente me refleja. Hay mucha ficción, pero ningún invento. Estoy absolutamente presente y totalmente ficcionado. En realidad, si hiciera una película hablando de mí, sería muy aburrida. La ficción es necesaria siempre”. Así respondía Pedro Almodóvar a una pregunta de Álex Vicente en El País Semanal a cuenta del estreno, hoy en salas comerciales, de Amarga Navidad, la película en la que el cineasta desvela más su intimidad y, por tanto, más cerca está de la autoficción, un género que, nacido en la literatura, ha logrado gran éxito en el cine y las series.

En pantalla, el trasunto del cineasta, Raúl Rossetti (encarnado por Leonardo Sbaraglia), encuentra oposición frontal por parte de una persona cercana a que use acontecimientos dramáticos reales para construir un guion. Y de esa manera, Almodóvar abre él mismo el debate: la autoficción, ¿debe someterse a límites morales? ¿O puede escudarse en su parte de ficción para legitimar el uso de cuanto rodea al artista como fuente de inspiración? Un grupo de cineastas y expertos reflexiona sobre ello.

Si hay una cineasta que hasta ahora ha explorado con mayor éxito su pasado para de ahí crear una trilogía fílmica descomunal, esa es Carla Simón. “En mi caso, más que en hechos, me he inspirado en emociones”, apunta la ganadora del Oso de Oro de Berlín por Alcarràs. “Escribo sin freno porque, si te condicionas, no eres libre. Aunque tengo premisas: en Alcarràs quise preservar la intimidad de mi familia y decidí que no estaría basada en ninguna historia suya, y que la estructura familiar fílmica no sería como la mía. Con Romería mantuve este punto de partida, para que nadie sintiera que este personaje era exactamente él o ella”. Y opina igual que Almodóvar: “La realidad muchas veces no funciona. Hay que dramatizarla y hay que buscar las imágenes cinematográficas para el relato”.

Con todo, a la barcelonesa se le escapa una risa: “Estiu 1993 es la película más fiel a lo que yo viví, y mi madre siempre dice que la realidad supera a la ficción”. Al menos, no le espetan lo que Borja Cobeaga confesó a este diario en el festival de Málaga: “Mi vida como guionista se divide en dos etapas. La primera, en la que mi madre me decía que lo cascaba todo en pantalla; y la de ahora, que es mi mujer la que me dice que lo casco todo en pantalla”.

Antes de preguntar a otras cineastas, como Zaida Carmona o Liliana Torres, más cercanas a la autoficción, conviene aclarar su definición. “Aparece con la posmodernidad en el siglo XX. Aunque fue el francés Serge Doubrovsky el primero en emplear este término para describir su libro Hijos en 1977”, explica Angélica Tornero, profesora de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (México), y editora del libro colectivo Yo-grafías: autoficción en la literatura y el cine hispánicos (2017). “Es un término que discute con dos principales conceptos de la teoría literaria de géneros, ya de por sí enrevesados, que son la novela y la autobiografía. Y eso dificulta que podamos delimitarla conceptualmente, porque nace como híbrido. Esta reflexión es igual de aplicable al cine”.

Porque en ese jugueteo artístico nacen los mejores resultados. Gerard Oms, que fue candidato este año al Goya a dirección novel, explica que la primera parte de su Muy lejos es pura ficción, hasta que su álter ego, encarnado por Mario Casas (también candidato por este filme a los Goya), se queda en Ámsterdam. “Yo quise ser honesto con lo que contaba, pero decidí también cuidar a la gente que quiero y protegerles. Me hizo sufrir mucho pensar en la reflexión de mi entorno. Porque mis amigos y familias sabían que estaba hablando de un episodio de mi vida, fueron testigos de ese momento”.

Por eso Oms cree que hay un tema ético “obligado en la ficción que desvela hechos reales”. “Y tiene que ver con la honestidad y las razones desde las cuales te acercas al ejercicio creativo. Si es para reflexiones exóticas o maniqueas, no me interesa en absoluto. No todo vale para que tú te lleves tu película a casa”.

Algo con lo que concuerda la cineasta Liliana Torres: “En mi cine hay una línea que es más de ficción, aunque con muchos elementos reales, como la película Mamífera. Ahí me siento libre porque tengo la sensación de que nadie se va a identificar plenamente con los personajes. No pido permiso. Y luego están las autoficciones más documentales [Family Tour o ¿Qué hicimos mal?, en la que examinaba a cuatro exparejas de su vida], en las que, con los guiones acabados, leí los libretos con las personas que iban a estar representadas y que iban a aparecer. No encontré líneas rojas, aunque sí alguien que no quiso salir, o frases que me pidieron quitar. Y lo hice”.

Por eso, insiste, “entra en juego una negociación”, para no acabar pidiendo perdón a, por ejemplo, una expareja, como le ha ocurrido al escritor francés Emmanuel Carrère, rey de este género, tras publicar Yoga. Carla Simón aporta otro caso: “A saber qué le diría la familia de Arnaud Desplechin al cineasta después de ver Un cuento de Navidad…”. O Almodóvar después de Mujeres al borde de un ataque de nervios, estrenada en 1988, ya que la historia de Candela (María Barranco) partía de un episodio protagonizado por una amiga íntima. En pantalla cuenta que se ha enamorado sin saberlo de un hombre ligado a una célula terrorista chií (en la vida real, un comando etarra), le ha ayudado a esconderse y teme que la policía la considere cómplice. Cuando su amiga vio la película, le dijo: “¿Cómo te has atrevido a poner eso?”. Almodóvar se defendió con que la ficción lo había transformado todo. Su respuesta fue: “Él sí se reconocerá”… frase que aparece en Amarga Navidad. Hoy explica: “Cuando escribo, me siento totalmente libre. Pero también creo que hay una sensibilidad moral que te hace saber hasta dónde puedes llegar. Se trata de no hacer daño a nadie. No puedes escribir tu guion caiga quien caiga”.

Zaida Carmona dirigió, escribió y protagonizó en 2022 La amiga de mi amiga. “Mi ventaja es que era una comedia, y ahí se expande la frontera. Si pones límites, deja de ser honesto, ¿no? Y para mí la autoficción es más interesante cuanto más va al fondo. Que enseñe nuestra mediocridad, nuestras bajezas… Todo eso de lo que nos avergonzamos. Si te frenas, pierdes frescura, potencia e identificación”. Aunque compartió cosas, “las más problemáticas”, del guion con el grupo de amigas retratadas, metió “a hurtadillas cositas a sus espaldas, porque eran muy divertidas”.

En esa identificación cineasta-persona-espectador ha creado desde hace décadas Almodóvar. Más allá del cineasta Salvador Mallo (Antonio Banderas) en Dolor y gloria,¿era Pepa, en Mujeres al borde de un ataque de nervios? “Sí, totalmente”, contaba en El País Semanal. ¿Leo, en La flor de mi secreto? “De las que más”. ¿Y Manuela, en Todo sobre mi madre? “También, aunque con matices. En los grandes autores homosexuales, como Lorca o Tennessee Williams, existe una identificación constante con una voz femenina. La diferencia es que mis personajes parten de mí, pero luego se convierten en mujeres de verdad. Nunca son hombres disfrazados”.

Para la profesora Tornero Salinas, en este género, más que en otros literarios y cinematográficos, son fundamentales “los receptores”. Porque “son ellos quienes van a tener sus diferentes aproximaciones; y algunos tendrán más información que otros”. Y, añade, “es que incluso puede ocurrir que un receptor ni siquiera sepa que lo que ve es autoficción, porque el género se mueve en la ambigüedad”.

Según Tornero, la autoficción ha servido, además, para que colectivos que no tenían voz y referentes previos en la novela y el cine pudieran trasladar al gran público sus vivencias. “Piensa en las escritoras anglosajonas del siglo XIX o en colectivos como el LGTBI o, en Chile y Argentina, en los cineastas que hablan de los desaparecidos en las dictaduras”.

En esto coincide Carla Simón: “Estamos ante una reparación temática de cosas que nunca se habían contado desde nuestro punto de vista, y me refiero a las directoras. Es un paso para cambiar la dinámica de los relatos, aunque aún queda mucho camino”. Eso en lo general, que en lo particular, Oms y Simón casi usan las mismas palabras para aclarar: “La autoficción también plantea cuestiones a quienes han vivido los conflictos reales, y casi siempre a posteriori logran restañar las heridas. Las películas no se hacen por esa razón, pero si traen este regalo, mejor aún”.

 Cultura en EL PAÍS

Noticias Relacionadas