Hace apenas una semana, desde estas mismas páginas, argumentaba que el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur representaba el fin de la inocencia comercial europea. Que lo que se firmaba en Asunción no era tanto la culminación del viejo sueño liberal de mercados abiertos y prosperidad compartida, sino el reconocimiento tácito de que el comercio internacional se ha convertido en un instrumento de supervivencia geopolítica. Pues bien, este martes en Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney pronunció un discurso que confirma y amplifica ese diagnóstico hasta convertirlo en una potencial doctrina explícita para las potencias medias del mundo.
Debemos pensar nuestra estrategia comercial como parte de una reconfiguración más amplia donde las potencias medias construyen colectivamente las instituciones y acuerdos que sustituirán al orden que se desvanece
Hace apenas una semana, desde estas mismas páginas, argumentaba que el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur representaba el fin de la inocencia comercial europea. Que lo que se firmaba en Asunción no era tanto la culminación del viejo sueño liberal de mercados abiertos y prosperidad compartida, sino el reconocimiento tácito de que el comercio internacional se ha convertido en un instrumento de supervivencia geopolítica. Pues bien, este martes en Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney pronunció un discurso que confirma y amplifica ese diagnóstico hasta convertirlo en una potencial doctrina explícita para las potencias medias del mundo.
Lo que Carney articuló ante el Foro Económico Mundial no fue retórica. Fue una ruptura epistemológica con el marco mental que ha gobernado la política exterior de las democracias occidentales durante tres décadas. El primer ministro canadiense, que recordemos fue gobernador del Banco de Inglaterra, arquitecto de la respuesta financiera al Brexit, y figura emblemática del establishment liberal global, declaró sin ambages que el orden internacional basado en normas ha dejado de funcionar tal como se anuncia. No habló de erosión gradual ni de desafíos por superar. Usó la palabra ruptura.
Para ilustrar su argumento, Carney recuperó una parábola del disidente checo Václav Havel. En su ensayo El poder de los sin poder, escrito en 1978, Havel describe a un verdulero que cada mañana coloca en su escaparate un letrero con la consigna “Proletarios de todos los países, uníos”. El tendero no cree en el lema. Nadie lo cree. Pero todos lo colocan igualmente, para evitar problemas, para señalar conformidad, para llevarse bien. Y como cada tendero en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste. Y no lo hace por la violencia pura; lo hace mediante la participación colectiva en rituales que todos saben falsos.
La metáfora es devastadora porque nombra con precisión lo que las potencias medias hemos estado haciendo durante décadas. Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente ficticia. Que los más fuertes se eximían cuando les convenía y las reglas comerciales se aplicaban asimétricamente. Pero participábamos en los rituales porque la ficción era útil. Dicha ficción proveía bienes públicos como rutas marítimas abiertas, estabilidad financiera y seguridad colectiva. Pusimos el letrero en la ventana.
Lo que ha cambiado, y es aquí donde convergen el diagnóstico de Carney y el análisis que ofrecía la semana pasada sobre el acuerdo con Mercosur, es que la interdependencia económica se ha transformado en arma. Cuando la administración estadounidense amenaza con aranceles del 25 al 50% sobre sectores estratégicos, cuando las cadenas de suministro se convierten en vulnerabilidades a explotar, cuando la infraestructura financiera se usa como instrumento de coerción, ya no es posible mantener la ficción del beneficio mutuo. La integración, que durante décadas fue fuente de prosperidad, se ha convertido para muchos en fuente de subordinación.
Carney no propone un repliegue hacia el nacionalismo económico, ya que un mundo de fortalezas, como advierte, sería más pobre, más frágil y menos sostenible. Lo que propone es construir algo distinto, lo que el presidente finlandés Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores”. No renunciar a principios fundamentales como la soberanía territorial, la prohibición del uso de la fuerza y el respeto de los derechos humanos, pero siendo pragmáticos al reconocer que los intereses divergen y que no todos los socios comparten nuestros valores.
Esta formulación resuelve una tensión que muchos analistas europeos han sentido al escribir sobre la nueva era geopolítica. Cuando argumentaba que el acuerdo con Mercosur era “política industrial con otro nombre”, estaba describiendo exactamente este realismo basado en valores: una Europa que abre mercados cuando le conviene, protege sectores cuando lo necesita y utiliza su poder regulatorio para proyectar sus estándares más allá de sus fronteras. La paradoja que señalaba hace siete días, como firmar acuerdos de apertura con una mano mientras se construye política industrial intervencionista con la otra, no es una contradicción, sino la forma que adopta la política comercial cuando abandona la inocencia.
Pero el discurso de Carney aporta un elemento que no se recogió en aquella columna. El primer ministro canadiense no se limita a describir la estrategia de su país; articula una llamada a la acción conjunta de las potencias medias. Su argumento es estructural. Cuando negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad, aceptamos lo que se nos ofrece, competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Eso, dice Carney con una frase que merece ser citada, no es soberanía, es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.
La alternativa que propone es lo que denomina geometría variable, es decir, diferentes coaliciones para diferentes asuntos, basadas en valores e intereses compartidos. No un nuevo bloque rígido que sustituya al anterior, sino una densa red de conexiones mediante comercio, inversión y cultura que permita a las potencias medias actuar juntas donde haya terreno común. Canadá, apunta Carney, ya está ejecutando esta estrategia.
Para Europa, y particularmente para España, este marco conceptual tiene implicaciones profundas. Si la semana pasada argumentaba que nuestro país debe aprovechar activamente las oportunidades del acuerdo con Mercosur, participar en los proyectos industriales europeos y defender en Bruselas la emisión de deuda común, ahora el discurso de Carney añade una capa adicional: debemos pensar nuestra estrategia comercial, siempre dentro de Europa, no solo en términos de acceso a mercados y materias primas, sino como parte de una reconfiguración más amplia donde las potencias medias construyen colectivamente las instituciones y acuerdos que sustituirán al orden que se desvanece.
Esto significa, entre otras cosas, que la relación transatlántica debe redefinirse. Carney fue deliberadamente ambiguo al no nombrar a Estados Unidos como la fuente de la coerción que describe, pero el contexto no dejaba lugar a dudas.
¿Implican estas palabras el fin del atlantismo? No necesariamente, pero sí su transformación en algo más transaccional y menos automático. Las potencias medias, sugiere Carney, deben ganarse el derecho a posturas basadas en principios reduciendo su vulnerabilidad a represalias. Eso requiere construir una economía doméstica fuerte y diversificar internacionalmente, no como ejercicio de optimización comercial, sino como “base material para una política exterior honesta”. La autonomía estratégica no es un lujo ideológico; es la condición de posibilidad de la soberanía real.
Hay, por supuesto, razones para el escepticismo. La “geometría variable” que propone Carney es más fácil de enunciar que de ejecutar. Las potencias medias tienen intereses divergentes entre sí, y la tentación de buscar acuerdos bilaterales ventajosos con los hegemones puede fragmentar cualquier coalición antes de que cristalice. Además, la velocidad con que Canadá está firmando acuerdos comerciales sugiere que algunos de ellos pueden ser más declarativos que sustantivos. Y queda por ver si la retórica de Davos sobrevive a las presiones que inevitablemente ejercerá Washington sobre Ottawa en las próximas semanas.
La pregunta para Europa, y para España dentro de ella, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo, como argumentaba la semana pasada. La pregunta, ahora más urgente, es si lo haremos solos o si seremos capaces de actuar como la potencia media colectiva que nuestro tamaño económico y demográfico justifica. El viejo orden no va a volver, concluye Carney. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero de la fractura, añade, podemos construir algo mejor, más fuerte y justo. Esa es la tarea que tenemos por delante.
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