Querido presidente Lula:
Ortega ha suprimido las elecciones. No le niegue usted a Nicaragua el derecho a elegir libremente, el mismo que puede hacerlo presidente de Brasil por cuarta vez
Querido presidente Lula:
La última vez que nos vimos fue hace muchos años, en ocasión del primer congreso del Frente Sandinista celebrado en Managua en julio de 1991, cuando usted dijo un discurso en la sesión inaugural. Fue un discurso que nunca olvidé, y nos ayudó a fijar el rumbo a quienes buscábamos afianzar una corriente democrática dentro de aquel partido que venía de sufrir una derrota electoral que puso fin a la revolución.
Usted dijo en ese discurso que el error de la izquierda era insistir en la diferencia entre democracia proletaria y democracia burguesa, cuando sólo existía una clase de democracia, que era aquella en que el poder era determinado por los votos de los ciudadanos.
A Daniel Ortega y a los ortodoxos de manual que lo respaldaban, y proclamaban que había sido un error entregar el poder revolucionario en unas elecciones “bajo el chantaje del imperialismo yanqui”, aquellas palabras suyas no les gustaron. Recuerdo que Edmundo Jarquín, que se hallaba conmigo en las filas de los renovadores, me llamó esa noche para decirme que a usted los ortodoxos lo habían dejado solo en el hotel, y entonces fuimos a buscarlo y lo llevamos a casa de Edmundo, donde pasamos largas horas conversando sobre el futuro de la izquierda en América Latina, que tenía que ser democrático o no sería.
Ahora, todos quienes le acompañamos esa noche en Managua estamos en el destierro, despojados de nuestra ciudadanía nicaragüense, por oponernos a la dictadura bicéfala de Ortega y su esposa, una satrapía que no tiene paralelo en la historia de nuestra patria.
Once años después de aquel congreso, en 2002, usted ganó las elecciones presidenciales después de tres intentos previos, y desde entonces ha sido electo tres veces, y ahora busca su cuarto periodo, siempre fiel al sistema democrático de Brasil, y respetuoso de los resultados electorales cuando no le favorecen. Tengo por seguro que, si a alguien se le ocurriera decir que en Brasil no habrá más elecciones, usted sería el primero en salir a la calle a defender el derecho de elegir; porque, en efecto, hay una sola clase de democracia, la que depende de los votos, una democracia que no es de derecha ni de izquierda, y es parte de ella quien la respeta.
Cuando se dio el fraude electoral en Venezuela en 2024 a favor del dictador Nicolás Maduro, y Brasil exigió que debían presentarse las actas, Ortega arremetió contra usted. Copio sus frases: “La forma en que se ha comportado Lula ante la victoria del presidente legítimo de Venezuela es una forma vergonzosa, vergonzosa, repitiendo las consignas de los yanquis, de los europeos, de los arrastrados de América Latina…”.
“Te estás arrastrando también, Lula, te estás arrastrando…” “¿A quién le estás sirviendo? ¿A los yanquis? ¿A los europeos? ¿O estás buscando el liderazgo para convertirte en el representante de los yanquis en América Latina?”. Y selló su diatriba con la ruptura de relaciones diplomáticas con Brasil. Todo porque usted defendía la legitimidad del voto en Venezuela, una causa que va más allá de las fronteras.
Este año, Ortega proclamó, sin pudor alguno, que no habrá más elecciones en Nicaragua, con lo que la democracia queda abolida en mi país, lo que nos ha puesto en el mapa político de nuevo. El 19 de agosto el Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos (OEA) vio el caso y aprobó la convocatoria a una reunión extraordinaria de ministros de Relaciones Exteriores del hemisferio, en razón de que “la democracia representativa, condición indispensable para la estabilidad, la paz y el desarrollo de la región, ya no existe en Nicaragua”. La resolución fue respaldada por la totalidad de los países miembros, salvo dos: una abstención de México, y el voto en contra de Brasil.
Su embajador ante la OEA argumentó: “Todos estamos a favor de los derechos humanos. Pero no queremos que ningún medicamento mate al paciente”. Esta declaración, presidente, se aparta radicalmente de sus posiciones infranqueables en favor de la democracia, que debe ser defendida tanto por gobiernos de izquierda como de derecha. El paciente, que sepulta las elecciones y se erige a sí mismo en dictador perpetuo, puede vivir largos años con respiración asistida.
Ya no importa saber si Ortega es de izquierda, como proclama él en sus arcaicas arengas, o se ha convertido en un dictador tradicional de derecha. Las dictaduras tienen un solo oscuro color, y deben ser combatidas desde cualquier posición del espectro ideológico democrático.
Ortega ha suprimido las elecciones. No le niegue usted a Nicaragua, presidente, el derecho a elegir libremente; ese mismo derecho que puede hacerlo a usted presidente de Brasil una vez más.
No se arriesgue, por favor, a crear una terrible confusión que haga creer al pueblo de Nicaragua que la única manera de que Brasil se manifieste claramente contra Ortega y su dictadura familiar es con la victoria de Flávio Bolsonaro y todo lo que representa.
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