Cataluña celebra la Diada entre la desmovilización independentista y la irrupción de Aliança

Las escenas de violencia y el choque abierto, por momentos casi físico, entre las distintas familias del independentismo que se vivieron ayer en el Fossar de les Moreres han marcado el inicio de una Diada que las instituciones pretenden empapar de espíritu cívico pero que el secesionismo continúa pugnando por conservar como patrimonio exclusivo.La jornada discurre así en dos planos. Los actos oficiales y la tradicional ofrenda floral al monumento a Rafael Casanova definen durante la mañana una celebración desprovista ya de la tensión institucional de los años del ‘procés’. Representantes políticos, entidades y organizaciones de la sociedad civil desfilan con normalidad ante el monumento, mientras buena parte de la ciudadanía aprovecha el puente festivo para abandonar Barcelona. Entre el miércoles y este sábado estaba prevista la salida de alrededor de medio millón de vehículos del área metropolitana: más espíritu vacacional que nacional, para entendernos.En paralelo, una Assemblea Nacional Catalana (ANC) en declive y los partidos secesionistas, enfrentados tanto por la estrategia como por el espacio electoral, tratan de mantener vivo el tono reivindicativo que monopolizó la Diada durante más de una década. La manifestación de esta tarde deberá medir la capacidad real de movilización de un movimiento que conserva más influencia que poder institucional, y más en el Congreso que en el Parlament, y que hace tiempo dejó atrás las concentraciones multitudinarias que sirvieron de acelerante al desafío secesionista.El contraste ya quedó fijado ayer en la previa. Mientras los Mossos d’Esquadra contenían en el Fossar el enfrentamiento entre seguidores de Aliança Catalana y grupos de la izquierda radical, el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, defendía en su mensaje institucional una Cataluña en la que «el odio no tiene cabida» y donde «nadie es más catalán que nadie». Dos imágenes prácticamente simultáneas y dos concepciones enfrentadas del país.La ofrenda a Rafael Casanova reproduce este viernes esa pugna política, aunque en un escenario de absoluta normalidad. El secretario general de Junts, Jordi Turull, ha aprovechado su comparecencia para asegurar que Cataluña necesita «urgentemente un Estado propio y no tener un Estado en contra». Mensaje también para Aliança, llamando Turull a «no convertir la revolución de las sonrisas en la revolución del odio», porque considera que sería letal para Cataluña. La delegación del PSC ha insistido en el mismo mensaje trasladado por Illa la noche anterior.Pujol: «Yo me apago»También el expresidente Jordi Pujol, en un mensaje difundido con motivo de la Diada, ha intervenido en el debate abierto por el crecimiento de los discursos identitarios. Pujol ha recuperado su conocida definición según la cual es catalán quien vive y trabaja en Cataluña, incluyendo tanto a quienes acaban de llegar como a quienes nacieron hace casi un siglo. «Yo me apago, pero vosotros tenéis un futuro colectivo», afirmó el expresidente, de 96 años, en una apelación a la esperanza y a la solidaridad frente a los extremismos.Entre las entidades que han participado en la ofrenda estuvo también el FC Barcelona. Su presidente, Joan Laporta, ha evitado en esta ocasión el terreno político y ha hablado del buen inicio de temporada del equipo. «Hay que tener los pies en el suelo, esto no ha hecho más que comenzar», señaló, acompañado por miembros de la directiva y jugadores, entre estos Fermín. Mejor hablar de fútbol en un momento en el que el Barça tira más que la estelada.La irrupción de Aliança Catalana, en cualquier caso, sobrevuela toda la mañana. El último barómetro del Centre d’Estudis d’Opinió otorgaba al PSC entre 36 y 38 escaños, pero situaba al partido de Sílvia Orriols como segunda fuerza, con entre 23 y 25 diputados, por delante de Junts, que caería desde sus actuales 35 representantes hasta una horquilla de entre 16 y 18. Aliança captaría, además, cerca de un 28 por ciento de antiguos votantes de la formación de Carles Puigdemont.La paradoja resulta evidente: mientras el independentismo pierde apoyo social y capacidad para movilizar grandes multitudes, Aliança crece alimentándose de su frustración. El partido de Orriols convierte el fracaso del ‘procés’, la cuestión migratoria y el desgaste de Puigdemont —que prepara su regreso a Cataluña— en combustible electoral. Para Junts supone una amenaza existencial, para ERC y la CUP, la aparición de un cuerpo extraño que cuestiona su definición tradicional de Cataluña y disputa los símbolos del movimiento.La Diada vuelve así a mostrar la creciente desconexión entre una Cataluña que se estrella en PISA o fracasa al ofrecer a sus ciudadanos un transporte público a la altura y un movimiento que aspiró a liderar el país. La fuerza que durante una década situó la independencia en el centro de la política española comparece ahora menguada, enfrentada y con Aliança Catalana extendiéndose por su interior como una hidra. Si el Fossar ofreció el jueves la imagen más violenta de esa fractura, la manifestación de la ANC dará esta tarde la medida exacta de su retroceso. Las escenas de violencia y el choque abierto, por momentos casi físico, entre las distintas familias del independentismo que se vivieron ayer en el Fossar de les Moreres han marcado el inicio de una Diada que las instituciones pretenden empapar de espíritu cívico pero que el secesionismo continúa pugnando por conservar como patrimonio exclusivo.La jornada discurre así en dos planos. Los actos oficiales y la tradicional ofrenda floral al monumento a Rafael Casanova definen durante la mañana una celebración desprovista ya de la tensión institucional de los años del ‘procés’. Representantes políticos, entidades y organizaciones de la sociedad civil desfilan con normalidad ante el monumento, mientras buena parte de la ciudadanía aprovecha el puente festivo para abandonar Barcelona. Entre el miércoles y este sábado estaba prevista la salida de alrededor de medio millón de vehículos del área metropolitana: más espíritu vacacional que nacional, para entendernos.En paralelo, una Assemblea Nacional Catalana (ANC) en declive y los partidos secesionistas, enfrentados tanto por la estrategia como por el espacio electoral, tratan de mantener vivo el tono reivindicativo que monopolizó la Diada durante más de una década. La manifestación de esta tarde deberá medir la capacidad real de movilización de un movimiento que conserva más influencia que poder institucional, y más en el Congreso que en el Parlament, y que hace tiempo dejó atrás las concentraciones multitudinarias que sirvieron de acelerante al desafío secesionista.El contraste ya quedó fijado ayer en la previa. Mientras los Mossos d’Esquadra contenían en el Fossar el enfrentamiento entre seguidores de Aliança Catalana y grupos de la izquierda radical, el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, defendía en su mensaje institucional una Cataluña en la que «el odio no tiene cabida» y donde «nadie es más catalán que nadie». Dos imágenes prácticamente simultáneas y dos concepciones enfrentadas del país.La ofrenda a Rafael Casanova reproduce este viernes esa pugna política, aunque en un escenario de absoluta normalidad. El secretario general de Junts, Jordi Turull, ha aprovechado su comparecencia para asegurar que Cataluña necesita «urgentemente un Estado propio y no tener un Estado en contra». Mensaje también para Aliança, llamando Turull a «no convertir la revolución de las sonrisas en la revolución del odio», porque considera que sería letal para Cataluña. La delegación del PSC ha insistido en el mismo mensaje trasladado por Illa la noche anterior.Pujol: «Yo me apago»También el expresidente Jordi Pujol, en un mensaje difundido con motivo de la Diada, ha intervenido en el debate abierto por el crecimiento de los discursos identitarios. Pujol ha recuperado su conocida definición según la cual es catalán quien vive y trabaja en Cataluña, incluyendo tanto a quienes acaban de llegar como a quienes nacieron hace casi un siglo. «Yo me apago, pero vosotros tenéis un futuro colectivo», afirmó el expresidente, de 96 años, en una apelación a la esperanza y a la solidaridad frente a los extremismos.Entre las entidades que han participado en la ofrenda estuvo también el FC Barcelona. Su presidente, Joan Laporta, ha evitado en esta ocasión el terreno político y ha hablado del buen inicio de temporada del equipo. «Hay que tener los pies en el suelo, esto no ha hecho más que comenzar», señaló, acompañado por miembros de la directiva y jugadores, entre estos Fermín. Mejor hablar de fútbol en un momento en el que el Barça tira más que la estelada.La irrupción de Aliança Catalana, en cualquier caso, sobrevuela toda la mañana. El último barómetro del Centre d’Estudis d’Opinió otorgaba al PSC entre 36 y 38 escaños, pero situaba al partido de Sílvia Orriols como segunda fuerza, con entre 23 y 25 diputados, por delante de Junts, que caería desde sus actuales 35 representantes hasta una horquilla de entre 16 y 18. Aliança captaría, además, cerca de un 28 por ciento de antiguos votantes de la formación de Carles Puigdemont.La paradoja resulta evidente: mientras el independentismo pierde apoyo social y capacidad para movilizar grandes multitudes, Aliança crece alimentándose de su frustración. El partido de Orriols convierte el fracaso del ‘procés’, la cuestión migratoria y el desgaste de Puigdemont —que prepara su regreso a Cataluña— en combustible electoral. Para Junts supone una amenaza existencial, para ERC y la CUP, la aparición de un cuerpo extraño que cuestiona su definición tradicional de Cataluña y disputa los símbolos del movimiento.La Diada vuelve así a mostrar la creciente desconexión entre una Cataluña que se estrella en PISA o fracasa al ofrecer a sus ciudadanos un transporte público a la altura y un movimiento que aspiró a liderar el país. La fuerza que durante una década situó la independencia en el centro de la política española comparece ahora menguada, enfrentada y con Aliança Catalana extendiéndose por su interior como una hidra. Si el Fossar ofreció el jueves la imagen más violenta de esa fractura, la manifestación de la ANC dará esta tarde la medida exacta de su retroceso.  

Las escenas de violencia y el choque abierto, por momentos casi físico, entre las distintas familias del independentismo que se vivieron ayer en el Fossar de les Moreres han marcado el inicio de una Diada que las instituciones pretenden empapar de espíritu cívico pero que … el secesionismo continúa pugnando por conservar como patrimonio exclusivo.

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