Acaba de publicarse el libro de Gisèle Pelicot. La historia de la mujer vejada, torturada y violada recurrentemente mediante sumisión química durante diez años por su marido y por cincuenta y un desconocidos contactados por este, una historia que ha impactado a Francia y a toda Europa.Una se acerca a su lectura no buscando información escabrosa, sino queriendo entender la psicología que se esconde detrás del hombre que compagina actividades espeluznantes y delictivas afligidas a su esposa con el comportamiento de un esposo, padre y abuelo querido. Queriendo saber, sobre todo, cómo una mujer puede sobrellevar el descubrimiento de tales atrocidades y seguir adelante con su vida y, más doloroso todavía, cómo afronta la visión de su pasado sin dejarlo vacío de contenido.Gisèle no es una mujer de gran formación académica. Dejó los estudios tras la escuela obligatoria y empezó a trabajar muy joven, buscando la libertad que una infancia difícil no le había permitido disfrutar. Pero su actitud parece refrendada por una sabiduría mucho más profunda que cualquier título académico.La valentía, el coraje, la determinación, la fortaleza y la resiliencia con que afrontó este tsunami vital impresionan, conmueven y exigen reflexión, especialmente en un día como hoy. Defender la libertad, denunciar públicamente los delitos, exponerse voluntariamente a un juicio abierto, abanderar la frase que quedará para la historia —que la vergüenza cambie de lado—, resistir la presencia constante de sus agresores en la Sala, visionar una y otra vez imágenes devastadoras ante periodistas, familiares y extraños, y hacerlo todo bajo la convicción de que el coraje cívico debe prevalecer sobre la comodidad personal: eso, en cualquier ser humano, es admirable.Se la ha identificado como referente contemporáneo del feminismo moderno. Sin embargo, ella no se presenta como activista histórica del movimiento. Es, simplemente, una mujer que decidió hablar públicamente por justicia, para apoyar a otras víctimas, para que su caso hiciera reflexionar y debatir, para evitar nuevos casos y animar a quienes los sufren a denunciarlos.Y ahí reside, precisamente, su lección más poderosa.En un mundo polarizado, donde las ideologías se defienden de forma beligerante y excluyente, Gisèle no criminalizó en ningún momento a los hombres en general, sino a sus específicos torturadores. Encontró en jueces, policías, abogados y periodistas —muchos de ellos hombres— apoyos imprescindibles en esa senda del horror que recorrió. Exigió justicia dentro del sistema, confió en él y luchó para obtenerla. Incluso durante dicha lucha ha rehecho su vida con una nueva pareja, reflejo de su no rechazo a los hombres.Su actitud nos interpela a todos. Porque el feminismo no es una guerra entre hombres y mujeres: es una causa de la sociedad entera. La polarización y la politización del feminismo generan rechazo, y el rechazo genera incomprensión, y la incomprensión aleja precisamente a quienes deberían ser aliados naturales de esta lucha. Convertir la igualdad en campo de batalla ideológico no solo desgasta el movimiento: lo debilita en el momento en que más fuerte necesita ser.En las últimas décadas hemos experimentado el cambio más importante del posicionamiento de la mujer en la sociedad en los países más civilizados, habiendo ganado un espacio profesional que hasta ahora le había sido negado, y esto lo han hecho, no lo olvidemos, las mujeres y los hombres que se han identificado y han apoyado este avance. Por ello, sin duda, debemos poner en valor este cambio exponencial del papel de la mujer en nuestra sociedad. No obstante, la realidad nos recuerda también que queda camino por recorrer. La brecha salarial persiste. El techo de cristal sigue en pie en ámbitos profesionales. La violencia de género no retrocede con la velocidad que exige su gravedad. La conciliación sigue recayendo de forma desproporcionada sobre las mujeres. Estos no son problemas de mujeres: son problemas de una sociedad que no funciona al pleno rendimiento de su talento y su potencial. Por eso necesitamos luchar por un feminismo que no excluya, que no señale enemigos donde hay potenciales aliados, que hable en términos de justicia y no de confrontación. Un feminismo que entienda que los hombres que educan a sus hijos en la igualdad, que comparten las cargas domésticas, que rechazan la violencia y que defienden la paridad en sus empresas e instituciones –que son muchos– no son concesiones al movimiento: son parte esencial de él. Necesitamos a los hombres jóvenes comprometidos y no alejados del feminismo, y la polarización y la politización los alejan.Gisèle Pelicot, sin proponérselo, nos ha dado la mejor lección. No necesitó banderas ni consignas. Le bastó con la verdad, el coraje y la convicción de que una sociedad más justa solo se construye juntos. Hombres y mujeres. Sin excepción.Eso es feminismo inclusivo. Y eso nos interpela a todos. ¡Chapeau, Gisèle!Natalia Martí es abogada y miembro de la Junta de Gobierno del Ilustre Colegio de la Abogacía de Barcelona (ICAB) Acaba de publicarse el libro de Gisèle Pelicot. La historia de la mujer vejada, torturada y violada recurrentemente mediante sumisión química durante diez años por su marido y por cincuenta y un desconocidos contactados por este, una historia que ha impactado a Francia y a toda Europa.Una se acerca a su lectura no buscando información escabrosa, sino queriendo entender la psicología que se esconde detrás del hombre que compagina actividades espeluznantes y delictivas afligidas a su esposa con el comportamiento de un esposo, padre y abuelo querido. Queriendo saber, sobre todo, cómo una mujer puede sobrellevar el descubrimiento de tales atrocidades y seguir adelante con su vida y, más doloroso todavía, cómo afronta la visión de su pasado sin dejarlo vacío de contenido.Gisèle no es una mujer de gran formación académica. Dejó los estudios tras la escuela obligatoria y empezó a trabajar muy joven, buscando la libertad que una infancia difícil no le había permitido disfrutar. Pero su actitud parece refrendada por una sabiduría mucho más profunda que cualquier título académico.La valentía, el coraje, la determinación, la fortaleza y la resiliencia con que afrontó este tsunami vital impresionan, conmueven y exigen reflexión, especialmente en un día como hoy. Defender la libertad, denunciar públicamente los delitos, exponerse voluntariamente a un juicio abierto, abanderar la frase que quedará para la historia —que la vergüenza cambie de lado—, resistir la presencia constante de sus agresores en la Sala, visionar una y otra vez imágenes devastadoras ante periodistas, familiares y extraños, y hacerlo todo bajo la convicción de que el coraje cívico debe prevalecer sobre la comodidad personal: eso, en cualquier ser humano, es admirable.Se la ha identificado como referente contemporáneo del feminismo moderno. Sin embargo, ella no se presenta como activista histórica del movimiento. Es, simplemente, una mujer que decidió hablar públicamente por justicia, para apoyar a otras víctimas, para que su caso hiciera reflexionar y debatir, para evitar nuevos casos y animar a quienes los sufren a denunciarlos.Y ahí reside, precisamente, su lección más poderosa.En un mundo polarizado, donde las ideologías se defienden de forma beligerante y excluyente, Gisèle no criminalizó en ningún momento a los hombres en general, sino a sus específicos torturadores. Encontró en jueces, policías, abogados y periodistas —muchos de ellos hombres— apoyos imprescindibles en esa senda del horror que recorrió. Exigió justicia dentro del sistema, confió en él y luchó para obtenerla. Incluso durante dicha lucha ha rehecho su vida con una nueva pareja, reflejo de su no rechazo a los hombres.Su actitud nos interpela a todos. Porque el feminismo no es una guerra entre hombres y mujeres: es una causa de la sociedad entera. La polarización y la politización del feminismo generan rechazo, y el rechazo genera incomprensión, y la incomprensión aleja precisamente a quienes deberían ser aliados naturales de esta lucha. Convertir la igualdad en campo de batalla ideológico no solo desgasta el movimiento: lo debilita en el momento en que más fuerte necesita ser.En las últimas décadas hemos experimentado el cambio más importante del posicionamiento de la mujer en la sociedad en los países más civilizados, habiendo ganado un espacio profesional que hasta ahora le había sido negado, y esto lo han hecho, no lo olvidemos, las mujeres y los hombres que se han identificado y han apoyado este avance. Por ello, sin duda, debemos poner en valor este cambio exponencial del papel de la mujer en nuestra sociedad. No obstante, la realidad nos recuerda también que queda camino por recorrer. La brecha salarial persiste. El techo de cristal sigue en pie en ámbitos profesionales. La violencia de género no retrocede con la velocidad que exige su gravedad. La conciliación sigue recayendo de forma desproporcionada sobre las mujeres. Estos no son problemas de mujeres: son problemas de una sociedad que no funciona al pleno rendimiento de su talento y su potencial. Por eso necesitamos luchar por un feminismo que no excluya, que no señale enemigos donde hay potenciales aliados, que hable en términos de justicia y no de confrontación. Un feminismo que entienda que los hombres que educan a sus hijos en la igualdad, que comparten las cargas domésticas, que rechazan la violencia y que defienden la paridad en sus empresas e instituciones –que son muchos– no son concesiones al movimiento: son parte esencial de él. Necesitamos a los hombres jóvenes comprometidos y no alejados del feminismo, y la polarización y la politización los alejan.Gisèle Pelicot, sin proponérselo, nos ha dado la mejor lección. No necesitó banderas ni consignas. Le bastó con la verdad, el coraje y la convicción de que una sociedad más justa solo se construye juntos. Hombres y mujeres. Sin excepción.Eso es feminismo inclusivo. Y eso nos interpela a todos. ¡Chapeau, Gisèle!Natalia Martí es abogada y miembro de la Junta de Gobierno del Ilustre Colegio de la Abogacía de Barcelona (ICAB)
Acaba de publicarse el libro de Gisèle Pelicot. La historia de la mujer vejada, torturada y violada recurrentemente mediante sumisión química durante diez años por su marido y por cincuenta y un desconocidos contactados por este, una historia que ha impactado a Francia y … a toda Europa.
Una se acerca a su lectura no buscando información escabrosa, sino queriendo entender la psicología que se esconde detrás del hombre que compagina actividades espeluznantes y delictivas afligidas a su esposa con el comportamiento de un esposo, padre y abuelo querido. Queriendo saber, sobre todo, cómo una mujer puede sobrellevar el descubrimiento de tales atrocidades y seguir adelante con su vida y, más doloroso todavía, cómo afronta la visión de su pasado sin dejarlo vacío de contenido.
Gisèle no es una mujer de gran formación académica. Dejó los estudios tras la escuela obligatoria y empezó a trabajar muy joven, buscando la libertad que una infancia difícil no le había permitido disfrutar. Pero su actitud parece refrendada por una sabiduría mucho más profunda que cualquier título académico.
La valentía, el coraje, la determinación, la fortaleza y la resiliencia con que afrontó este tsunami vital impresionan, conmueven y exigen reflexión, especialmente en un día como hoy. Defender la libertad, denunciar públicamente los delitos, exponerse voluntariamente a un juicio abierto, abanderar la frase que quedará para la historia —que la vergüenza cambie de lado—, resistir la presencia constante de sus agresores en la Sala, visionar una y otra vez imágenes devastadoras ante periodistas, familiares y extraños, y hacerlo todo bajo la convicción de que el coraje cívico debe prevalecer sobre la comodidad personal: eso, en cualquier ser humano, es admirable.
Se la ha identificado como referente contemporáneo del feminismo moderno. Sin embargo, ella no se presenta como activista histórica del movimiento. Es, simplemente, una mujer que decidió hablar públicamente por justicia, para apoyar a otras víctimas, para que su caso hiciera reflexionar y debatir, para evitar nuevos casos y animar a quienes los sufren a denunciarlos.
Y ahí reside, precisamente, su lección más poderosa.
En un mundo polarizado, donde las ideologías se defienden de forma beligerante y excluyente, Gisèle no criminalizó en ningún momento a los hombres en general, sino a sus específicos torturadores. Encontró en jueces, policías, abogados y periodistas —muchos de ellos hombres— apoyos imprescindibles en esa senda del horror que recorrió. Exigió justicia dentro del sistema, confió en él y luchó para obtenerla. Incluso durante dicha lucha ha rehecho su vida con una nueva pareja, reflejo de su no rechazo a los hombres.
Su actitud nos interpela a todos. Porque el feminismo no es una guerra entre hombres y mujeres: es una causa de la sociedad entera. La polarización y la politización del feminismo generan rechazo, y el rechazo genera incomprensión, y la incomprensión aleja precisamente a quienes deberían ser aliados naturales de esta lucha. Convertir la igualdad en campo de batalla ideológico no solo desgasta el movimiento: lo debilita en el momento en que más fuerte necesita ser.
En las últimas décadas hemos experimentado el cambio más importante del posicionamiento de la mujer en la sociedad en los países más civilizados, habiendo ganado un espacio profesional que hasta ahora le había sido negado, y esto lo han hecho, no lo olvidemos, las mujeres y los hombres que se han identificado y han apoyado este avance. Por ello, sin duda, debemos poner en valor este cambio exponencial del papel de la mujer en nuestra sociedad. No obstante, la realidad nos recuerda también que queda camino por recorrer. La brecha salarial persiste. El techo de cristal sigue en pie en ámbitos profesionales. La violencia de género no retrocede con la velocidad que exige su gravedad. La conciliación sigue recayendo de forma desproporcionada sobre las mujeres. Estos no son problemas de mujeres: son problemas de una sociedad que no funciona al pleno rendimiento de su talento y su potencial.
Por eso necesitamos luchar por un feminismo que no excluya, que no señale enemigos donde hay potenciales aliados, que hable en términos de justicia y no de confrontación. Un feminismo que entienda que los hombres que educan a sus hijos en la igualdad, que comparten las cargas domésticas, que rechazan la violencia y que defienden la paridad en sus empresas e instituciones –que son muchos– no son concesiones al movimiento: son parte esencial de él. Necesitamos a los hombres jóvenes comprometidos y no alejados del feminismo, y la polarización y la politización los alejan.
Gisèle Pelicot, sin proponérselo, nos ha dado la mejor lección. No necesitó banderas ni consignas. Le bastó con la verdad, el coraje y la convicción de que una sociedad más justa solo se construye juntos. Hombres y mujeres. Sin excepción.
Eso es feminismo inclusivo. Y eso nos interpela a todos. ¡Chapeau, Gisèle!
Natalia Martí es abogada y miembro de la Junta de Gobierno del Ilustre Colegio de la Abogacía de Barcelona (ICAB)
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