El mundo se hunde a gran velocidad en el abismo de la ley de la jungla, un estado salvaje en el cual las reglas compartidas se evaporan, las instituciones comunes caen en la irrelevancia total y solo importa la fuerza, a la cual se recurre de forma cada vez más descarada. El planeta nunca fue una rosaleda, pero en las décadas posteriores al fin de la Guerra Fría hubo algunos elementos de contención que, hoy, la acción desenfrenada de figuras como Donald Trump, Vladímir Putin o Benjamín Netanyahu ―entre otros― está destruyendo, produciendo un regreso a una situación de brutalidad propia de otros tiempos.
El orden multilateral basado en reglas que dio pequeños pasos adelante tras el fin de la Guerra Fría colapsa bajo una feroz ofensiva desde distintos lados
El mundo se hunde a gran velocidad en el abismo de la ley de la jungla, un estado salvaje en el cual las reglas compartidas se evaporan, las instituciones comunes caen en la irrelevancia total y solo importa la fuerza, a la cual se recurre de forma cada vez más descarada. El planeta nunca fue una rosaleda, pero en las décadas posteriores al fin de la Guerra Fría hubo algunos elementos de contención que, hoy, la acción desenfrenada de figuras como Donald Trump, Vladímir Putin o Benjamín Netanyahu ―entre otros― está destruyendo, produciendo un regreso a una situación de brutalidad propia de otros tiempos.
La guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra el régimen iraní es la última conmoción en este proceso de deterioro. La comparación con otras guerras de EE UU en la zona es esclarecedora. La guerra del Golfo de 1990 fue una operación legal, amparada por el Consejo de Seguridad de la ONU. La invasión de Irak de 2003 fue una operación ilegal, pero cabe recordar, como hace en conversación telefónica Manuel Muñiz, rector de la IE University, el esfuerzo que ―aunque fuera mediante bochornosas mentiras― los atacantes hicieron para conseguir un aval legal. Hoy, Trump y Netanyahu muestran un desprecio absoluto por el derecho y las instituciones internacionales, no se molestan ni siquiera en intentar convencer con pruebas fabricadas.
Mientras, Putin no solo invade ilegalmente un país ―como ocurrió con EE UU en Irak―, sino que además cruza la línea roja de buscar la anexión de Ucrania, una terrible caja de Pandora. El espanto de la acción israelí contra Gaza, un indescriptible castigo colectivo sin posibilidad de huida para los civiles, agudiza el cuadro de la descomposición liderada por quienes detentan poderío militar. Otra comparativa histórica, subrayada por Jeremy Cliffe, director editorial del think tank ECFR, también ilustra el deterioro: la abismal diferencia de atención internacional a la crisis en Darfur (Sudán) a principios de siglo ―con gran implicación de la ONU y cascos azules― y la indiferencia e impotencia alrededor de la actual.
Se trata de relámpagos que iluminan un cambio de época. En la anterior, hubo abusos y crímenes abyectos, desde el genocidio en Ruanda hasta las guerras del Congo o en los Balcanes. Pero fue también un tiempo en el cual se establecieron o reforzaron instituciones, normas y procesos multilaterales, como la OMC (Organización Mundial del Comercio), el Tribunal Penal Internacional o el panel para la lucha contra el cambio climático.
El país hegemónico, EE UU, cometió en esa etapa graves abusos, pero asumió una actitud más contenida en varios aspectos en comparación con épocas anteriores ―y con la actual―. A la vez, asumía el peso de algunas responsabilidades, del suministro de algunos bienes globales estabilizadores, de la construcción de marcos multilaterales. No era por generosidad, sino porque consideraba que estaba en su interés, pero lo hacía. Ya no.
Muñiz, que también es profesor de Relaciones Internacionales y ex secretario de Estado de Exteriores de España, señala que el mundo regresa a una triste normalidad. “Lo anómalo, lo atípico, han sido los últimos 30 años de hiperglobalización, fuerte integración en muchos sectores a nivel internacional, altísima movilidad de personas entre países, una apuesta muy marcada por el orden multilateral, la expansión de sus competencias y funciones. Eso es atípico en la historia de las relaciones internacionales; lo normal es un mundo más fragmentado, más atomizado, más multipolar, más desordenado”, dice Muñiz.
El rector de la IE University cree que entre todas las fuerzas que diseñan el nuevo escenario destacan dos.
La primera es la dinámica de fragmentación. “Es una fragmentación política, que se refleja en un debilitamiento de las alianzas, de la fiabilidad de las relaciones bilaterales que existían hasta la fecha, en un uso más común de la fuerza. Pero también económica, a través de aranceles y de otros. Y en el ámbito multilateral, porque se están debilitando todas las instituciones del andamiaje internacional”, dice Muñiz. El segundo factor preponderante que indica Muñiz es el cambio de posición y actitud de Estados Unidos.
Estados Unidos rompe límites
El cambio de Washington es fundamental. Hay una dinámica de largo recorrido, que tiene que ver con la reconsideración de los intereses nacionales estadounidenses a la luz del cambio de los equilibrios del mundo, especialmente a la vista del ascenso de China. Pero el trumpismo representa no solo un tremendo acelerador de algunas tendencias, sino también una fuerza de disrupción en otras.
La fenomenología es evidente, más allá de la guerra contra Irán, y se detecta en el secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela, en el bombardeo de lanchas en el Caribe y Pacífico; en el intento de demolición de instituciones internacionales; en el hecho de sortear el Congreso, bien sea para lanzar guerras militares o guerras arancelarias; o en el intervencionismo descarado en la política nacional de otros países, sea para apoyar a Milei con un rescate en Argentina, sea para “cultivar la resistencia” interna a la UE, como explicita la reciente Estrategia Nacional de Seguridad.
La Casa Blanca está desatada, rompe límites en la persecución de sus intereses mientras, a la vez, debilita el entramado democrático interno y el legal internacional. “No es solamente que Estados Unidos lo abandone [el orden anterior], sino que en algunos expedientes lo está desmantelando activamente”, dice Muñiz.

El rector pone el acento sobre el porqué de esta deriva. “El proceso de polarización política en el mundo occidental produce el ascenso de fuerzas en los extremos del espectro, sobre todo en la parte de la derecha, que básicamente bebe del nacionalismo, de la oposición a la integración internacional en el comercio, en reglas, en instituciones. Tiene un fuerte componente antiélites ―las políticas, diplomáticas, intelectuales―, que fueron fundamentales en la construcción del orden internacional anterior. Entonces, cuando estas fuerzas políticas condicionan o incluso ejecutan la política exterior, terminan produciendo una fuerte revisión del orden internacional”, dice el ex secretario de Estado.
El proyecto putinista de Rusia
La demolición promovida por Trump se suma ―y a veces parece coordinarse― a la emprendida por Putin, con la invasión a gran escala de Ucrania a partir de 2022 como gran acontecimiento simbólico. El Kremlin se ha lanzado a la yugular de un orden que consagra los principios de soberanía e integridad territorial, que concibe el uso de la fuerza solo en legítima defensa o con autorización del Consejo de Seguridad, que pone los derechos humanos universales en un lugar central. Todo ello es un obstáculo en el proyecto putinista.
“Su proyecto es la obsesión por restablecer, mantener y consolidar el estatus de gran potencia de Rusia, el lugar destacado entre las grandes potencias”, dice Carmen Claudín, investigadora senior no residente del centro de estudios CIDOB especializada en el espacio postsoviético. “Para ello, está dispuesto a utilizar todos los mecanismos. En la política interior, la represión total de cualquier posición disonante, no digo ya divergente”, considera la experta. En la política exterior, los esfuerzos se dirigen a subyugar a los países que Moscú considera parte de su esfera de influencia.
“Esta lógica del restablecimiento de una esfera de influencia está en el corazón del proyecto de recuperación del estatus de gran potencia”, prosigue la experta. “Cuando Putin, [Serguéi] Lavrov y otros se quejan de que a Rusia no se la ha tratado bien, no se le ha demostrado el respeto que merece, lo que quieren decir es que no se les reconoce el derecho a tener su zona de influencia. En la lógica rusa, la Unión Europea es en sí una zona de influencia, y ellos quieren la suya. A ellos les da igual que en la UE los países decidan libremente entrar, mientras que en su esfera deberían hacerlo de manera forzosa”, dice Claudín.

Toda la acción del Kremlin es, pues, un desacomplejado asalto a los valores centrales del proyecto de un orden multilateral basado en reglas. Lo que Moscú quiere es un orden multilateral basado en la fuerza, para a través de ella conseguir el reacomodo del cuadro internacional que desea y que el derecho no avala, ya que la soberanía implica la libertad de elegir la política exterior, y cada país es libre de elegir si asociarse a una u otra organización internacional.
Israel, otro actor crucial
El Gobierno de Israel está siendo otro actor crucial en la deriva del mundo hacia la brutalidad. Por supuesto, está rodeado de actores salvajes en un entorno tensísimo, cargado de complejos rencores históricos. No cabe duda ninguna de que el ataque de Hamás en octubre de 2023 fue un espantoso acto terrorista que justificaba una respuesta de legítima defensa. Pero la respuesta tuvo rasgos de exceso para los cuales es difícil hallar parangones en la historia moderna.
El asunto está en manos de la justicia internacional. Netanyahu, como Putin, es objeto de un mandato de detención, pero, en otro signo de la caída del mundo en la ley de la selva, incluso países firmantes del Tratado de Roma que sostiene el Tribunal Penal Internacional han manifestado su rechazo a ejecutar el mandato ―como que sería su obligación―, mientras EE UU persigue con sanciones a miembros del órgano con sede en La Haya.
El Gobierno de Netanyahu bombardea donde considera oportuno, coloniza lo que considera oportuno, oprime y aplica castigos colectivos. Sus enemigos regionales son fuerzas que se caracterizan por un largo historial de acciones reprobables, pero el poderío de Israel le otorga un alcance mucho mayor en su capacidad de destrucción ―de vidas o del orden―.
El revisionismo de China
Ante este panorama, los dirigentes de China se esfuerzan en presentarse como un actor responsable, que no recurre a la violencia y que se desempeña como una potencia contraria a la ley de la selva y partidaria de un mundo basado en reglas. Esta autopresentación es una verdad parcial.
“China es un país revisionista porque quiere cambiar el orden internacional. Lo que pasa es que el suyo es un revisionismo cauto, no es un revisionismo explosivo”, dice Rafael Dezcallar, embajador de España en China entre 2018 y 2024. “No es un país que sea muy inclinado a hacer el tipo de operaciones militares que han utilizado, por ejemplo, Putin o Trump. Entonces, claro, ante ejemplos tan tremendos, la impresión que da China efectivamente es la de país más estable y más responsable. Pero China quiere cambiar el orden internacional”, dice Dezcallar.
Y el sentido en el que China quiere cambiarlo representa una disrupción del ideal del mundo basado en reglas, porque Pekín solo quiere cierta clase de reglas mientras rechaza aquellas que tengan un valor universal y estén vinculadas con los derechos fundamentales.
“China quiere cambiar el orden, entre otras cosas, porque cree que fue creado cuando Occidente era muy fuerte, que el equilibrio de poder ha cambiado y que ahora China tiene más fuerza y quiere que sus valores, sus principios políticos estén más presentes en el orden internacional, por ejemplo, el tema de los derechos humanos. Niega que haya valores universales, piensa que cada país tiene derecho a seguir su propio camino”, observa Dezcallar, que es autor del libro El ascenso de China (Deusto).
China también muestra escasa propensión a respetar las reglas cuando estas obstaculizan el cumplimiento de objetivos estratégicos ―sean las normas internacionales en materia de control de aguas disputadas, sean acuerdos bilaterales sobre el estatus de Hong Kong―. Además, aunque sin un sostén militar abierto, alimenta con ayuda comercial y tecnológica el asalto brutal de Putin contra el orden basado en reglas.

“La razón [de ese apoyo] es que Rusia es un aliado de China en su intento de cambiar el orden internacional”, prosigue Dezcallar. “Cuando Putin visitó Pekín en febrero de 2022, tres semanas antes de la invasión de Ucrania, firmaron una declaración bilateral en la que reclamaban un orden internacional distinto, nuevo, en el que cada país tuviera derecho a seguir su propio camino. Rusia y China están alineados en el deseo de acabar con el orden internacional basado en reglas creado en 1945 y 1989, y que ellos consideran dominado por Occidente. De nuevo, el de China es un apoyo cauto, porque no ha pasado ciertas líneas rojas, no ha enviado armas, no ha apoyado abiertamente a la industria militar rusa, aunque muchos consideran que está enviando productos de doble uso. Pero, sin duda, China se está beneficiando enormemente de la guerra de Ucrania, y no solamente porque apoye a quien considera su aliado. La guerra de Ucrania está debilitando a Estados Unidos, sobre todo a Europa”, concluye Dezcallar.
La difícil adaptación de Europa
El bloque europeo se presenta retóricamente como gran defensor de un orden multilateral basado en reglas. Poca duda cabe de que, en términos estratégicos, le conviene, ya que no dispone de la fuerza militar y tecnológica autónoma para transitar con seguridad en un mundo regido por la ley de la jungla. Sin embargo, un conjunto de factores hace que en múltiples ocasiones el bloque no haya actuado de forma coherente con los valores que nominalmente sostiene. La pasividad de la UE durante la masacre de Gaza le ha granjeado durísimas críticas en buena parte del mundo.
Jeremy Cliffe, director editorial del think tank ECFR, apunta a algunos elementos importantes para comprender la situación, que pueden resumirse en un difícil camino de adaptación a un nuevo tiempo.
“La UE es fundamentalmente una construcción económica. De ahí brota un fuerte respeto por el multilateralismo económico, los acuerdos comerciales, etc. Con el tiempo, está desarrollando un perfil geopolítico, un intento de proyectar ese respeto por las normas en el plano de los asuntos de seguridad. Está en evolución, pero no fue construida como una organización para sostener el orden internacional”, dice Cliffe. Esta realidad complica su acción en ese plano.
Un complicado proceso de adaptación a un nuevo tiempo es también clave de lectura fundamental para desencriptar el posicionamiento de un país crucial, Alemania, que pese a profesar desde hace décadas una verdadera devoción al orden internacional basado en reglas, ha emitido señales desconcertantes tanto en la cuestión de Gaza como en la de Irán, con el canciller, Friedrich Merz, declarando en las primeras horas de la ofensiva que la catalogación de la ofensiva en clave de derecho internacional aporta poco.
“En el primer plano, pesa la cuestión de la identidad de Alemania construida sobre el aprendizaje de las lecciones del pasado, y en ella está el compromiso con el multilateralismo y el derecho internacional, y también el apoyo a Israel. El problema es que Israel ha cambiado mucho. Y así esos dos elementos de la identidad alemana están ahora en tensión”, dice Cliffe.
En el segundo plano, dice el experto, “hay que hacer cuentas con que Alemania fue de alguna manera infantilizada geopolíticamente durante sus primeras décadas, y luego, tras la caída del muro, hubo esta sensación de fin de la historia. Desde 2022, Berlín está intentando adaptarse a un tiempo en el que el poder es derecho, a una era de la impunidad, como dice David Miliband. Creo que los comentarios de Merz tenían que ver con una voluntad de mostrar una disposición a adaptarse al realismo. Pero sus declaraciones más recientes muestran que se está dando cuenta de que el sostén a esa guerra como vía de adaptación al realismo es un error”.
Hay más problemas: la sensación de peligro que deriva de la agresividad de Putin inhibe a algunos europeos a la hora de oponerse abiertamente a las acciones de los Estados Unidos de Trump que hieren el orden basado en reglas, porque temen una completa pérdida de la protección estadounidense.
En ese complejo escenario de adaptación, Europa todavía no es un eficaz baluarte de defensa de un orden multilateral basado en reglas.
Los cinco actores sobre los cuales ha puesto el foco esta información destacan por su relevancia. Por supuesto, hay otros importantes ―por ejemplo, la India, Japón o Brasil― que tienen potencial para hacer aportaciones significativas para construir un mundo basado en reglas. La enorme mayoría, sin embargo, tiene limitada capacidad de influencia, y muchísimo que perder en un mundo gobernado por la fuerza. La reconfiguración de los mecanismos de cooperación para que esas limitadas capacidades individuales confluyan en un frente colectivo es parte fundamental del pulso sobre el devenir del mundo.
Internacional en EL PAÍS
