Compartir una etapa de la vida con otras mujeres, un recuerdo en el Día Internacional de la Mujer

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Empezaba mi escalada por la vida. Tenía solo trece años y me esperaba un nuevo hogar, un internado de chicas donde pasaría tres años aprendiendo a lidiar con situaciones nuevas. Todo era novedoso: las compañeras; unas monjas que iban a sustituir a las personas con quienes vivía: mis padres, mi abuela materna y un hermano; unos profesores especialistas en las distintas materias que cursaría ese año escolar; un espacio físico a compartir, incluida la habitación

Por último, unos horarios que iban a cambiar mi noctambulismo al tenerme que levantar más pronto de lo que estaba acostumbrada a hacerlo. Entre tanto cambio, mis ojos vivos, despiertos y vibrantes dejaban traslucir una llama de pasión por la vida. Esa luz se transformaba en impulsos eléctricos que llegaban a mi corazón. Pese a la incógnita que se abría al empezar una etapa diferente, mi estado de ánimo se caracterizaba por una sensación intensa de plenitud, energía, felicidad y entusiasmo.

Pronto entré en una dinámica en la que la socialización con otras mujeres se convirtió en un mecanismo de supervivencia. Anteriormente, no recuerdo, aparte de jugar y de compartir gran parte del día con mis amigas, haber establecido una conexión con temas que pudieran ayudarme a canalizar mis dudas. Ahora, ese espacio compartido con mujeres me facilitaba la creación de vínculos y de un intercambio de conocimientos. Sería una experiencia que transformaría la comprensión de la feminidad, llevándola de ser un estereotipo impuesto a una vivencia liberadora que me abriría el camino a una redefinición personal.

Esa aventura de crecer en comunidad con otras mujeres fue fundamental. Compartir alegrías, miedos y lecciones me ayudó a crear un espacio de empoderamiento que no siempre es fácil de encontrar en otros ámbitos. Aprendí a través del espejo de las demás, y entendí que no estaba sola en mis luchas y mis deseos.

Recuerdo con gratitud el tiempo que pasé con esas mujeres. Algunas forman parte de mi historia personal y de mi identidad. Cada interacción que he tenido con ellas me ha ayudado a convertirme en la mejor versión de mí misma. Llevar esas relaciones en el corazón es una forma de honrar la experiencia vivida y la compañía de quienes hicieron ese camino más valioso que, aunque se haya bifurcado, la red que tejimos sigue siendo nuestro motor.

Ahora vuelven a mi mente algunas cosas que podrían perderse con el tiempo; sin embargo, la escritura me ayuda, desde mi particular recuerdo, a guardar ese momento de la vida en el que las pequeñas piezas de lo vivido van componiendo el rompecabezas del camino recorrido y el eco más lejano se convierte en algo muy apreciado. Tal vez al escribir, las emociones y la nostalgia otorgan un sello íntimo y cargan de vida lo narrado.

Finalmente, me gustaría que este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, sirva para compartir mi historia con personas que han vivido experiencias similares y así establecer lazos significativos.

 

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Por Gema Abad
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Empezaba mi escalada por la vida. Tenía solo trece años y me esperaba un nuevo hogar, un internado de chicas donde pasaría tres años aprendiendo a lidiar con situaciones nuevas. Todo era novedoso: las compañeras; unas monjas que iban a sustituir a las personas con quienes vivía: mis padres, mi abuela materna y un hermano; unos profesores especialistas en las distintas materias que cursaría ese año escolar; un espacio físico a compartir, incluida la habitación

Por último, unos horarios que iban a cambiar mi noctambulismo al tenerme que levantar más pronto de lo que estaba acostumbrada a hacerlo. Entre tanto cambio, mis ojos vivos, despiertos y vibrantes dejaban traslucir una llama de pasión por la vida. Esa luz se transformaba en impulsos eléctricos que llegaban a mi corazón. Pese a la incógnita que se abría al empezar una etapa diferente, mi estado de ánimo se caracterizaba por una sensación intensa de plenitud, energía, felicidad y entusiasmo.

Pronto entré en una dinámica en la que la socialización con otras mujeres se convirtió en un mecanismo de supervivencia. Anteriormente, no recuerdo, aparte de jugar y de compartir gran parte del día con mis amigas, haber establecido una conexión con temas que pudieran ayudarme a canalizar mis dudas. Ahora, ese espacio compartido con mujeres me facilitaba la creación de vínculos y de un intercambio de conocimientos. Sería una experiencia que transformaría la comprensión de la feminidad, llevándola de ser un estereotipo impuesto a una vivencia liberadora que me abriría el camino a una redefinición personal.

Esa aventura de crecer en comunidad con otras mujeres fue fundamental. Compartir alegrías, miedos y lecciones me ayudó a crear un espacio de empoderamiento que no siempre es fácil de encontrar en otros ámbitos. Aprendí a través del espejo de las demás, y entendí que no estaba sola en mis luchas y mis deseos.

Recuerdo con gratitud el tiempo que pasé con esas mujeres. Algunas forman parte de mi historia personal y de mi identidad. Cada interacción que he tenido con ellas me ha ayudado a convertirme en la mejor versión de mí misma. Llevar esas relaciones en el corazón es una forma de honrar la experiencia vivida y la compañía de quienes hicieron ese camino más valioso que, aunque se haya bifurcado, la red que tejimos sigue siendo nuestro motor.

Ahora vuelven a mi mente algunas cosas que podrían perderse con el tiempo; sin embargo, la escritura me ayuda, desde mi particular recuerdo, a guardar ese momento de la vida en el que las pequeñas piezas de lo vivido van componiendo el rompecabezas del camino recorrido y el eco más lejano se convierte en algo muy apreciado. Tal vez al escribir, las emociones y la nostalgia otorgan un sello íntimo y cargan de vida lo narrado.

Finalmente, me gustaría que este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, sirva para compartir mi historia con personas que han vivido experiencias similares y así establecer lazos significativos.

 

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