David Mañero: el drama de la inmigración convertido en poesía

Su poesía tiene el efecto innegable del recuerdo, de la memoria que no se borra Leer Su poesía tiene el efecto innegable del recuerdo, de la memoria que no se borra Leer  

Alumbrar paisajes compartidos. Eso es lo que hace un poeta. Como esos dos versos poderosos, sintéticos, esclarecedores con los que David Mañero acostumbra a terminar algunos de sus poemas. Aquí va una muestra: «Te olvidarás de tus pasos. / La claridad del alba ya te acecha». Y otra más: «Es ella quien te nombra. / En ella, significas». Los primeros dos versos son de su libro En las horas de la luz, en Libros de Aire; los dos siguientes, de A orillas, en Valparaíso, su último poemario que ha sido reconocido con el Premio Nacional de Poesía Mario López, aquel poeta del grupo Cántico que nació en Bujalance en 1918 y fue colega de García Baena, de Aumente y Bernier, entre otros.

Alumbrar paisajes compartidos… La poesía, entre otras facultades, tiene la virtud de hacernos creer que formamos parte de ella, de su intimidad, de aquello que grita o esconde, con solo leerla. El poeta, el buen poeta, comparte con sus lectores esa intimidad de la que hablamos hasta el punto de sentirnos cómplices de sus dichas y dolores sin necesidad de conocerlo, de mediar amistad alguna.

David Mañero, que es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Jaén, es además un poeta tardío, al menos en darse a conocer. Comenzó a publicar cuando otros dejan de hacerlo y forma parte de esa estirpe de autores que, como aseguraba Marguerite Yourcenar, no deben enfrentarse a determinadas empresas literarias antes de tener cumplidos los cuarenta. Hace años que Mañero dejó aquella década y por eso su poesía es tan madura, tan certera, tan persuasiva. Para qué narices publicar antes cuando no se tiene nada importante que decir, parecía decirnos Mañero en su primer libro En las horas de la luz, de 2024. Todo lo que allí fue paisaje compartido por las aceras nevadas de Búfalo o la sed minimalista del Cabo de Gata, que conoce junto a su familia como los pliegues de sus manos, es compromiso, pliegue, tragedia y dolor sin espectáculo en su última obra, reconocida con el Mario López de Poesía.

La catedrática de Morfología, la poeta Elena Felíu, asegura en su brillante prólogo que la migración que, como argumento hilvana el poemario, está tratada desde la sugerencia, por dura que sea, frente a la expresión explícita. Por eso, los finales de los poemas «son poderosos, eficaces, de efecto duradero (…), finales que, una vez terminada la lectura —y, con ella, el viaje— seguirán resonando durante mucho tiempo en nuestra memoria».

Felíu lleva razón: la poesía de Mañero tiene el efecto innegable del recuerdo, de la memoria que no se borra, que se instala en nosotros y al evocarla nos daña o embalsama, pero jamás nos deja indiferentes, aburridos, desafectos frente su obra.

Hay un poema en A orillas que es como una cuchilla afilada y que empieza: «Ya no sabremos dónde están, / si se agotó su aliento / en alta mar o bajo el fuego». El poeta no ha de recurrir a la fotografía del dolor y la desesperación para que el efecto sea el mismo. Está en este libro el mito de Ítaca, el viaje y el desenlace, la fábula y lo que tiene de realidad, la sombra alargada de un mar compartido capaz de sostener sobre sus aguas la literatura de Odiseo y la desesperación de hombres y mujeres sin presente ni futuro. «En Ítaca te aguardan otros tiempos / que habrás de transitar junto al origen / de horizonte alzado en esta playa», concluye el poeta a modo de poderoso final. Conclusión: este es uno de los grandes libros de poesía en lo que va de año.

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