Su velero, el Almirante, era un granito de arroz en mitad del Mediterráneo. Mientras se comía el último trozo de pollo reseco, sonrió ante una idea: seguro que nadie más que él sabía que estaba todavía vivo. Él tampoco se lo podía creer. Habían pasado 11 días y desde hacía cuatro ya nadie lo estaba buscando. “Yo sabía que era hombre muerto, pero aún no lo estaba”.

Aureliano Mendes, de 69 años, narra a EL PAÍS cómo sobrevivió a un imposible: un velero sin motor, ni radio, ni GPS, ni apenas comida ni agua, enfrentando uno de los peores temporales en años. Un hombre que salió de Gandia y dieron por muerto, hasta que fue rescatado por un buque mercante en aguas de Argelia
Su velero, el Almirante, era un granito de arroz en mitad del Mediterráneo. Mientras se comía el último trozo de pollo reseco, sonrió ante una idea: seguro que nadie más que él sabía que estaba todavía vivo. Él tampoco se lo podía creer. Habían pasado 11 días y desde hacía cuatro ya nadie lo estaba buscando. “Yo sabía que era hombre muerto, pero aún no lo estaba”.
El 15 de enero, Aureliano Mendes Furtado, de 69 años, casado y con tres hijos, tomó la primera mala decisión: mover su velero de unos 10 metros de eslora, del puerto deportivo de Gandia (Valencia) hasta el de Guardamar del Segura (sur de Alicante), donde había apalabrado un amarre mucho más barato, unos 2.000 euros al año. Debía hacerlo ya o llegaría el temporal previsto y tendría que pagar dos rentas. Se levantó a las seis de la mañana, en su casa de La Font d’en Carròs, a 20 minutos en coche de Gandia, desayunó, recogió unos tazones de arroz y pollo que le había preparado su mujer, y se despidió de ella. Pensaba volver dos días después. Pero entonces se desató Harry, la peor borrasca en 15 años, con olas de cinco a seis metros y vientos de 130 kilómetros por hora. Después llegaron Ingrid y Joseph. Y Aureliano casi no vio el sol.

El 28 de enero los periódicos anunciaban un “milagroso rescate”. Después de 12 días, el velero Almirante a la deriva había sido localizado a unas 53 millas al noreste de la ciudad argelina de Bugía. Una avioneta de la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex) había visto a un hombre con los brazos en señal de auxilio y un buque mercante, el Thor Confidence, con bandera de Singapur, lo había izado a bordo. Unos días después, ese enorme navío de 200 metros de eslora se dirigió hacia Algeciras para devolver a España al náufrago.
Desde entonces, muy pocos conocían su historia. Ni siquiera en los bares de La Font d’en Carròs, donde la última gran noticia era si podían participar en el Grand Prix, se había vuelto un poco famoso.
Tres meses después, un jueves de mediados de abril, a las 22.30 horas en una estación de servicio que ya tenía que haber cerrado, un hombre se bajaba incrédulo de un Renault Clío rojo destartalado vestido de traje y corbata.
—¿Quién es usted?, ¿qué quiere?
Aureliano no había querido contar nada. Pero acababa de cambiar de opinión.
Capítulo I. Objetivo: no perder de vista la tierra
El 15 de enero Aureliano tenía un plan. Quizá no era el plan de navegación perfecto: se sostenía en no perder de vista la costa. No parecía fácil. Él sabía, antes de salir, incluso cuando se compró hacía un año y medio el velero, que el motor estaba fallando. Pero pensaba tirar de la vela. Su viaje, que repasó los días de antes, tenía unas directrices aparentemente sencillas: ir hacia el sur, girar un poco “hacia la izquierda” en el Cabo de San Antonio, “pero tampoco mucho, que me iba hacia Ibiza [Baleares]”, y retomar el rumbo hasta Guardamar. No le vio ningún inconveniente. Pero vaya si los había.
Además del motor, la radio del velero polaco tampoco funcionaba bien. Tenía pensado cambiarla y comprarle un buen aparato para geolocalizar el barco. Pero “lo iba a hacer después”, se lamenta ahora. Tenía el móvil, se convenció. Pero el cable que debía cargar el teléfono no era el correcto. “Me faltó más experiencia, lo reconozco”.
Aureliano Mendes Furtado nació en la zona de Tarrafal, al norte de la isla principal de Cabo Verde, Santiago. Pese a nacer junto al mar, su vida casi siempre transcurrió tierra adentro. Ni siquiera había ido a pescar con su tío, el único marinero de la familia.
Pese al deficiente equipamiento y los pronósticos meteorológicos, Aureliano siguió en su ruta. Hasta que tuvo que alejarse necesariamente de la tierra, y ahí, en la soledad del mar, comenzó el temporal: vientos de 40 nudos de poniente. El tráfico marítimo se suspendió en esa zona que rodea a las Baleares. Y Aureliano solo pudo hacer una llamada a su mujer. Desde esa noche supo que la travesía no iba a ser como la había imaginado.
Cuando se hizo de noche y ya no sabía dónde estaba, su objetivo cambió: tenía que evitar acercarse a la costa. Su mayor miedo era ahora chocar contra las rocas, no sabía lo que el Mediterráneo le tenía guardado.
Capítulo II. A la deriva
En tierra, su esposa puso una denuncia en el cuartel de la Guardia Civil de Oliva al día siguiente. Ya no había tenido noticias de su marido y temía lo peor. Mientras tanto, Aureliano no había podido dormir, había pasado la noche tratando de mantener a flote un velero que el Mediterráneo jugaba a volcar. El 16 de enero, cuando comenzó a oscurecer, asumió que estaba perdido.
Le quedaba un 1% de batería en el móvil. Y ya se había dado cuenta de que no iba a poder retomar el rumbo. Según sus cálculos, debía estar yendo hacia Ibiza, pero realmente no tenía ni idea. Tenía mapas de navegación que no sabía leer, un GPS que no sabía reconfigurar, una radio estropeada y no había conseguido arrancar el motor. Trataba de sujetar el timón con un mecanismo rudimentario que consistía en una tabla.
En esas condiciones se le ocurrió mirar el teléfono y se percató de que todavía podía hacer una llamada de emergencia. Eran las 21.43 del 16 de enero. El servicio de Emergencias de la Generalitat Valenciana registró la llamada: “Situación manifestada: a la deriva, sin motor. Sin radio. Usando ancla de capa. Plóter desconfigurado. Ve luces de costa, sin identificar lugar. Posición proporcionada (incompleta)”.
Aureliano estaba tratando de leer a la operadora del 112 los dichosos números que aparecían en una pantalla (plóter) que no entendía. Necesitaba con urgencia dar unas coordenadas, era su última oportunidad. Latitud: 38º22,35’ Norte. Longitud… Se cortó la llamada. Se había quedado sin batería. Podía estar en cualquier punto del planeta ubicado en esa línea horizontal. Aureliano estaba oficialmente en ninguna parte.
Según ha proporcionado a este diario Salvamento Marítimo, un cruce de antenas posterior indicó una posible localización “entre Benidorm y Cabo de la Nao” esa noche. Y hacia esa zona continuó un operativo que había comenzado con el despliegue del primer helicóptero ese día hacia las 16 horas. Saldrían otros, también un avión de Salvamento Marítimo, cuatro embarcaciones de rescate, avionetas de Frontex, Guardia Civil Marítima. Habían peinado un triángulo desde Benidorm (Alicante), hasta Ibiza (Islas Baleares) y Cabo de Palos (Murcia). Pero Aureliano no aparecía. Y el 23 de enero, siete días después, lo dieron por muerto.

Capítulo III. Olas como camiones
Aureliano ni siquiera sabía cómo podía estar vivo todavía. “Las olas golpeaban el barco como si un tráiler impactara contra un turismo. Yo tenía que sujetarme como podía para soportar las embestidas. Se me quemaron las palmas de las manos de agarrarme”, recuerda. El velero encaraba la boca de la ola y se tumbaba casi en paralelo al agua. Durante horas era imposible salir a la cubierta y recoger la vela, que le permitiría que el viento no lo empujara con tanta fuerza contra el mar.
Permanecía como podía dentro de la cabina, hasta que lograba salir a achicar el agua, asegurar la vela al mástil, ver cómo se despellejaba. “Ni aunque hubiera venido conmigo otra persona era seguro cambiarla. Mantener el equilibrio en ese punto del velero era imposible con ese viento y ese oleaje”.
La borrasca Harry se vivió en el mar como uno de los episodios meteorológicos más potentes de los últimos 15 años en el Mediterráneo, según los reportes de la AEMET. Duró unos cuatro días, desde el 17 de enero, aunque después se encadenaron otras dos. Este temporal obligó a la interrupción casi total de la navegación en puntos críticos, especialmente en el Estrecho y las rutas hacia Baleares —por donde se había perdido Aureliano—. La guardia costera italiana reconoció al menos 380 fallecidos por Harry, aunque las ONG de protección a los migrantes denunciaron más de 1.000 fallecidos en las rutas de Túnez hacia Italia.
A estas alturas, había decidido que pasara lo que pasara, tenía que dormir. “O me iba a volver loco”, cuenta. “Así que me até con una cuerda en la cama y cerraba los ojos. Y la verdad es que lo conseguía. El esfuerzo físico era demasiado”. Cuando no utilizaba esa cuerda, se metía en una “conejera”, una especie de caja de madera que le impedía volcar de los golpes que daba el mar contra el barco, y “abrirme la cabeza con algo”.
Aureliano estaba acostumbrado a una vida dura. Sus padres eran campesinos y ese hubiera sido su destino si no se hubiera subido a un avión con 17 años en algún momento de 1973 rumbo a Lisboa. Cabo Verde era todavía una colonia portuguesa. Después de trabajar tres años como albañil, decidió moverse a una aldea de León, donde acabó en un circo ambulante que se llamaba Las Vegas, montando y desmontando carpas. Y meses después, terminó por asentarse en Fabero, en la comarca del Bierzo, en Ponferrada, en una mina de carbón. En este pueblo de unos 4.000 habitantes, su primo y él eran los únicos negros hace 50 años.
Un día —Aureliano no distingue días, sino episodios que le vienen también cuando duerme—, después de achicar toda el agua que se metía con cada procesión de olas, creyó que el depósito de agua de más de 100 litros que disponía en el barco se había roto. “Vi que había unos dedos de agua y pensé que el temporal había podido abrirlo. Así que lo vacié por el fregadero al mar”. Esos litros podían haberle salvado la vida.
Aureliano no tenía motor, ni GPS, ni radio, ni móvil, ni apenas comida. Y después de vaciar el depósito, estaba a punto de quedarse sin agua. Solo llevaba cuatro botellas de litro y medio. Aún estuvo a la deriva dos días sin comer y uno sin beber. El problema es que no sabía cuánto tiempo iba estar sin hacerlo.
Capítulo IV: El último dilema
La única manera que se le ocurrió para que alguno de los buques mercantes que pasaban se percataran de su presencia fue estrellarse contra ellos. Jamás lo escucharían pedir auxilio y hacía días que había probado a tirar bengalas y casi acaba incendiando el velero. “No conseguí hacerlo bien y una cayó prendida sobre los asientos de madera. Me dio tanto miedo que no tiré más”, reconoce. Así que lo intentó, chocó con alguno. Pero no hubo manera. Era invisible.
Aureliano ya no tenía comida. No quedaba nada del pollo reseco que había comenzado a racionar desde la primera noche. Tampoco le quedaba agua. En esas, había pensado algunas cosas, como por ejemplo, cómo preferiría morirse. Tenía claro que mientras respirara tenía que seguir luchando. “Estaba muerto, pero respiraba”, repite varias veces durante la conversación. Pero su mantra tenía un límite y era el momento exacto en el que el agua llenara la cabina, antes de que se hundiera el barco: “Si eso sucedía, ya no había nada que hacer, y entonces pensaba tirarme al agua contra el viento. Para que al menos no me golpeara el barco y me hiciera papilla”.
Solo había un dilema que no había conseguido resolver. Aún hoy tampoco: “No sabía si tirarme con el chaleco o sin él. ¿Qué hubiera hecho usted?“.
Capítulo V: Los tailandeses hablan inglés
El 27 de enero Aureliano estaba, sin saberlo, en algún punto pegado a Argelia. Ese día una avioneta de Frontex, que vigilaba la ruta migrante después de días de fuerte oleaje, se encontró un barco con la vela ajada en mil flecos, con un hombre levantando los brazos. La avioneta tuvo que acercarse más para descubrir que no era un cayuco, solo un hombre perdido quién sabe cuánto tiempo.
“La avioneta llegó a volar tan bajo que llegué a pensar que iba a chocar con el mástil y nos moríamos todos”, recuerda Aureliano. Era la primera vez que empezaba creer que quizá volvería a casa. Aunque no estaba todo hecho todavía. Había que subir al Thor Confidence, que había sido avisado para ir a buscarlo. Aureliano lo recuerda como escalar a un cuarto piso por una cuerda con escalones de madera, en un momento en el que las fuerzas le daban para agarrarse a la vida y poco más. “Encima, me daban directrices que no escuchaba y además, eran en inglés”, recuerda ahora riéndose. El rescate duró horas.
El buque, que iba rumbo a Estados Unidos, partió en dos el mástil de unos 10 metros que había resistido a todas las borrascas. Trataron de remolcarlo, pero según cuenta Aureliano, su velero quedó por ahí varado, en algún punto del Mediterráneo, en la misma ruta que hubiera seguido él si nadie lo hubiera visto la mañana de ese martes de finales de enero. “Ni siquiera he podido hacer uso del seguro, porque no sé por qué lo soltaron, yo no di la orden…”, se lamenta. Todavía le duele haber dejado tirado a Almirante. Eran las 15.00 horas UTC, las cuatro de la tarde en Valencia, exactamente en estas coordenadas: 37º28.37’N / 005º30.47’E, según registró Salvamento Marítimo.
Capítulo VI: Tengo una idea
Aureliano se casó en el 79 y vivió en Ponferrada muchos años, incluso después de prejubilarse en la mina a los 42. Tuvo tres hijos. Se separó y en 2010 se casó en Colombia con su esposa actual, la que puso la denuncia en el cuartel porque pensaba que no lo iba a ver más, a la que no sabe cómo explicarle todavía por qué no se le va de la cabeza comprarse otro velero. Navegar de nuevo. “Tengo una idea, ¿sabe?“, cuenta sonriendo, sabiendo que todo el mundo va a pensar que está loco.
—Quiero cruzar el Atlántico, quiero llegar con mi velero a Cabo Verde. Aunque no iría solo.
La retranca de Aurelio provoca sospecha. Quizá por eso cuando este diario preguntaba por él en el Náutico de Gandía, se comentaba con cierta cólera que a uno no le pueden salir tan mal las cosas y seguir vivo. La hazaña Aureliano quizá no se enseñe en los cursos de vela, apuntaba uno de los profesores, pero hay algo imbatible: si hubiera seguido el manual al dedillo, si el barco hubiera estado preparado y él hubiera sido el más avezado marinero, estaría tan vivo como lo está ahora.

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