El amarillo de Van Gogh: algo más que un color

El color es luz reflejada, y entre todos, pocos como el amarillo para Vincent van Gogh, que exprimió sus posibilidades durante su estancia en Arlés, al sur de Francia (1888-1889). Allí pintó la serie de Los girasoles en cinco cuadros con las flores en un jarrón. Para el artista, que había abandonado la oscuridad de su primera etapa en Países Bajos, la complejidad de este tono le llevó a emocionarse y asociarlo al fulgor del sol. Qué significaba para él y para sus colegas, y cómo sirvió de símbolo de modernidad e independencia en la literatura y la moda de finales del siglo XIX y principios del XX, son las preguntas que trata de responder -hasta el 17 de mayo- la muestra titulada Amarillo. Más allá del color favorito de Van Gogh, en el museo dedicado al artista en Ámsterdam.

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 El museo del artista en Ámsterdam muestra cómo ese tono se convirtió en un medio para expresar emociones e ideas, desde la calidez a la rebelión  

El color es luz reflejada, y entre todos, pocos como el amarillo para Vincent van Gogh, que exprimió sus posibilidades durante su estancia en Arlés, al sur de Francia (1888-1889). Allí pintó la serie de Los girasoles en cinco cuadros con las flores en un jarrón. Para el artista, que había abandonado la oscuridad de su primera etapa en Países Bajos, la complejidad de este tono le llevó a emocionarse y asociarlo al fulgor del sol. Qué significaba para él y para sus colegas, y cómo sirvió de símbolo de modernidad e independencia en la literatura y la moda de finales del siglo XIX y principios del XX, son las preguntas que trata de responder -hasta el 17 de mayo- la muestra titulada Amarillo. Más allá del color favorito de Van Gogh, en el museo dedicado al artista en Ámsterdam.

Chagall, Kandinsky, Manet, Turner y Hilma af Klint son algunos de los más de 15 artistas y hasta 50 obras de arte reunidos por la pinacoteca. Para Af Klint significaba crecimiento interior. En Kandinsky es casi intrusivo. En el aparente desorden de las composiciones de Chagall, hay soles y lunas amarillos. Es conocida la pasión con que Van Gogh abordaba su arte, y es el tono elegido para las versiones de Los girasoles, entre 1888 y 1889, en parte para decorar la conocida como Casa Amarilla, el edificio donde alquiló un estudio en Arlés con la ilusión de crear un taller de artistas, que retrató en su pintura La casa amarilla (1888). Su amigo Paul Gauguin se mudó allí una temporada y calificó las flores, logradas “con el amarillo en tres tonos y nada más”, de “totalmente Vincent”, según la documentación del museo. A su hermano Theo, marchante de arte en París y su principal valedor, el artista neerlandés le escribió que estaba pintando “con amarillos duros o rotos, con el entusiasmo de un marsellés comiendo bullabesa”.

Ambos cuadros cuelgan en la muestra, pero es que cuarenta años antes de ese deslumbramiento, otro pintor, el británico William Turner, que abrió la puerta a la modernidad con sus efectos de niebla, vapores y luz difusa, ya había declarado que “el sol es Dios”. La Tate Britain, de Londres, ha cedido su pintura Yendo al baile (San Martino), de 1846, y según los críticos de la época, Turner embardunaba sus lienzos con aceite y vinagre, inmerso en una suerte de “fiebre amarilla”. Cuando Van Gogh se bañó en la luz de Arlés, le dijo a Theo que, a falta de una palabra mejor, solo podía llamarla amarilla. “Amarillos azufre pálido, limón pálido oro. ¡Qué hermoso es el amarillo”, dice, en otra de sus misivas.

En el siglo XIX, gracias a los nuevos pigmentos listos para usar en tubos manejables, captar al natural los tonos cambiantes de la luz del sol se convirtió en una necesidad vital. “Tanto Van Gogh como sus contemporáneos aprovecharon el amarillo de cadmio y el de cromo, nuevos en ese momento, para que sus cuadros resplandecieran”, explican en el museo. Hacia finales de siglo, el color pasó de simbolizar calidez y cielos abiertos a ser sinónimo de modernidad; lo atrevido y lo decadente. “La connotación se debe a la encuadernación amarilla de las ediciones en francés de autores como Émile Zola, o los hermanos Goncourt, de la corriente naturalista”, explica Ann Blokland, la conservadora de educación del museo.

A Van Gogh le gustaba mucho la literatura contemporánea francesa, que incluía temas como el alcoholismo y la prostitución, y en 1887 tituló una de sus telas Pilas de novelas francesas. “Las mujeres que las leían estaban consideradas modernas y peligrosas”, indica Edwin Becker, historiador del arte y conservador jefe de las exposiciones de la pinacoteca. A su lado, cuelga la tela Joven decadente, después del baile, un lienzo de 1889 del pintor modernista catalán Ramón Casas. La chica, desplomada casi sobre un sofá verde, tiene un libro de tapas amarillas en la mano derecha. “Una imagen que podía considerarse arriesgada”, añade.

La reputación ganada por las novelas francesas derivó en Londres en la publicación de una revista titulada El libro amarillo, con tapas de ese color y negras, “que era un reto a las normas burguesas de la época victoriana”, afirma Ann Blokland. Ella recuerda que en El retrato de Dorian Grey, del escritor Oscar Wilde, el protagonista lee un libro amarillo y se precipita hacia la corrupción. Y cuando Wilde fue acusado de indecencia por su homosexualidad, “se informó de que había sido detenido con un libro de ese color en la mano”.

Muy cerca de la vitrina que exhibe varios tomos amarillos de la época, hay un lienzo de 1878 del pintor y grabador francés James Tissot. Titulado Atardecer, y también conocido como El baile, presenta a una joven con un elaborado vestido y un gran abanico amarillos llegando a una fiesta. “Va de la mano de un señor mayor: ¿será su padre, su amante?”, se pregunta la conservadora. “Tal vez solo le abre las puertas de la alta sociedad”, sigue contando. Procedente de la colección del Museo de Orsay (París), lo único que está claro es que la muchacha se atreve con un color que llama la atención.

El museo de Ámsterdam ha sumado a la exposición dos momentos que invitan al visitante a participar directamente. Uno es una gama de aromas creados por los expertos olfativos de Robertet. Es una de las compañías dedicadas desde 1850 a crear fragancias en la localidad francesa de Grasse, conocida como la capital mundial del perfume. Inspiradas en los cuadros expuestos, se invita a elegir la preferida. La otra es una instalación del artista danés Olafur Eliasson. Él dice: “Veo el rojo y veo el azul, pero siento el amarillo”, y los tres colores surgen y se desvanecen en una sala llena de círculos sujetos a la pared. Paul Klee, el pintor alemán de origen suizo, afirmó que “el color es el lugar donde nuestro cerebro y el universo se encuentran”. Tal vez Van Gogh lo lograra.

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