Rafael Campallo, Pepe Torres, La Piñona y Adela Campallo obraron el milagro de bailarle al cante Leer Rafael Campallo, Pepe Torres, La Piñona y Adela Campallo obraron el milagro de bailarle al cante Leer
Ciclo: Andalucía Flamenco / Espectáculo: ‘Bailando al cante’ / Baile: Pepe Torres, Lucía la Piñona, Rafael Campallo y Adela Campallo / Cante: José El Pechuguita, Manuel de La Nina e Ismael de La Rosa / Guitarras: Jesús Rodríguez y Joselito Pérez / Lugar y fecha: Teatro Central. 23 de mayo de 2026
CALIFICACIÓN: ***
En tiempos convulsos de globalización, de pérdida de integridad e identidad cultural, e incluso de falta de conciencia sobre el patrimonio, urge reivindicar la importancia de los cánones, las normas y las reglas que nos transmitieron los grandes maestros del baile, que son, como propugna el docente y bailaor Juan Antonio Tejero, los que en realidad dan sentido a la creación de los pasos, las formas, los movimientos, la precisión técnica y la estética que propugnaron.
Estos códigos y valores no se coordinan en función del toque o la percusión, sino que se modulan sobre un eje articulador que es bailarle al cante, puesta en escena que, con independencia de la estética de sus protagonistas, rescata la didáctica de maestros históricos a la vez que recuerda al crítico aquel 1997 en que, coincidiendo con la inauguración del Festival de Jerez, los alumnos del hoy Ballet Flamenco de Andalucía reforzaron la acción formativa de la bulería con Angelita Gómez. ¿Qué enseñaba entonces? Bailarle al cante, que es quien manda. ¿El resto?, acompañar y cumplir.
Entremos, empero, en materia. La presentación del cuarteto de figuras principales fue por martinete, debla y tonás, donde evidenciaron que la percepción estética del baile tiene tantos significados como protagonistas. Y a partir de ahí, singularicemos.
Nos gustó ser sorprendido por Adela Campallo, bailaora que en el romance mairenista y portuense no cayó en la incómoda rutina y la misma actitud de quien acude a un establecimiento de comida rápida. Antes bien, resultó admirable su femineidad en colocación y elegancia sevillanas, en gradación y riqueza dinámica de los pasos, y sobre todo evidenciando su capacidad para solventar con pasmosa facilidad las intervenciones del cante y las desmesuradas agilidades de la guitarra.
La Piñona, por su parte, es una bailaora en fulgurante y justificada progresión. No más abordar el taranto reveló que su expresión es de gran riqueza, no necesariamente canónica, pero alternando con idéntica solvencia los paseos que las llamadas del atrás, resultando ser tan apasionada como voluble, tan vigorosa como decidida.
La jimenata tiende a la guitarra, como las de su tiempo, pero frasea como las grandes, deleitándose en la acentuación del toque, que no en el cante «strictu sensu», con la mezcla justa de detenimiento y vigor, y logrando movimientos de los que hacen el silencio a su alrededor, sorprendiendo francamente al comprobar su madurez interpretativa y su solvencia estética, haciendo gala además de una exploración cada vez más expresiva.
Bailaor para gustos gitanos es, sin duda, Pepe Torres, a quien el público -incluido quien firma-, sigue de un modo incondicional, consciente de que el moronense ofrece algo musicalmente extraordinario. Su soleá fue ideal por sus acentos, tan profundos, con diálogos con el cante admirables, antojándosenos como un portento más que estimable
dentro de su singular modo de entender el baile, con marcajes poco dubitativos; recortes jactanciosos, nada frágiles, y de una flamenquería en plenitud intachable, ante la que sólo cabe quitarse el sombrero.
Y dejo adrede para el final la endiablada dificultad técnica y explícita hondura de Rafael Campallo, que arrancó con unos tientos capaces de erizar el vello al más pintado, por la repercusión de sus breves desplazamientos, por su firmeza intachable en la verticalidad corporal, por su entrega dadivosa, por resolver con generosidad el zapateado, y, en especial, porque es uno de los más expresivos y ricos de su generación por tangos, donde logró dar a los contoneos la excelencia altiva que antaño prevalecía en el sevillano barrio de Triana.
La presencia de Rafael Campallo nos dejó atónitos, de insultante intensidad, dando la impresión de que cada pasaje tiene su colocación justa, maximizando su efecto escénico y musical, y pareciendo que hay cantes que fueron ideados para este sevillano del Cerro del Águila.
Destaquemos, igualmente, la eficacia de las guitarras de Jesús Rodríguez y Joselito Pérez, al servicio de los cuatro artífices del baile sin necedades ni falacias de libretos chungos, únicamente procesando las emisiones de la terna cantaora para explorar la genialidad y la creatividad. En definitiva, habían obrado el milagro que procesa Juan Antonio Tejero: bailarle al cante.
Andalucía // elmundo
