El espejismo agrario y el papel de la industria

En nuestro país existe una imagen profundamente arraigada en su imaginario colectivo sobre el papel de la economía española en el tablero internacional. Es muy habitual encontrarse con la idea de una España que actúa como la gran despensa de Europa, como su huerto, como su sección agrícola. Un país que, gracias a su privilegiada climatología y a una tecnificación agrícola envidiable, inunda los mercados del continente con frutas, hortalizas, aceite y vino. Pero es evidente que esta narrativa, que sitúa al sector agroganadero en el epicentro de nuestra proyección exterior y por ello muchas veces en el centro del debate sobre el papel del comercio exterior en nuestra economía, no es falsa en su base, pero sí eminentemente exagerada.

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. Al asomarnos a las cifras, descubrimos que lo que realmente sostiene el músculo exportador español no es el huerto, sino la factoría, el laboratorio de alta precisión, los despachos de ingeniería o las empresas farmacéuticas  

En nuestro país existe una imagen profundamente arraigada en su imaginario colectivo sobre el papel de la economía española en el tablero internacional. Es muy habitual encontrarse con la idea de una España que actúa como la gran despensa de Europa, como su huerto, como su sección agrícola. Un país que, gracias a su privilegiada climatología y a una tecnificación agrícola envidiable, inunda los mercados del continente con frutas, hortalizas, aceite y vino. Pero es evidente que esta narrativa, que sitúa al sector agroganadero en el epicentro de nuestra proyección exterior y por ello muchas veces en el centro del debate sobre el papel del comercio exterior en nuestra economía, no es falsa en su base, pero sí eminentemente exagerada.

Los datos de comercio exterior nos obligan a revisar esta percepción. Al asomarnos a las cifras, descubrimos que lo que realmente sostiene el músculo exportador español no es el huerto, sino la factoría, el laboratorio de alta precisión, los despachos de ingeniería y las empresas farmacéuticas, entre otras. También, sin duda, los hoteles, las playas y la hostelería. Pero la variedad de nuestras exportaciones es tal que no existe un grupo de productos que domine sobre el resto, salvo, eso sí, los bienes industriales si los consideramos en su conjunto y totalidad. Por ello, la brecha entre lo que creemos que vendemos y lo que realmente despachamos por nuestras aduanas es, sencillamente, abismal.

Si analizamos el volumen total de exportaciones de bienes, la realidad es tozuda. Para 2025, frente a los 77.000 millones de euros que aporta el sector agroganadero —una cifra que ha seguido creciendo a pesar de las dificultades—, nos encontramos con una industria que exporta un volumen cuatro veces superior: unos 310.000 millones de euros. A estas cantidades debemos sumar las exportaciones de servicios que, aunque no suelen figurar en las estadísticas de bienes, añadirían otros 140.000 millones. En otras palabras: por cada euro que España ingresa vendiendo productos del campo, genera más de cinco vendiendo maquinaria, automóviles, química, farmacia o servicios tecnológicos sofisticados.

Exportaciones españolas 2025 por sector y destino: 60,4% a la UE (233.738 millones), con predominio industrial (80%) frente a agro (20%) Infografía Sankey

Desde luego, no existe intención alguna en estas líneas de menospreciar al campo. Al contrario, el sector agroganadero español es un prodigio de eficiencia que ha sabido modernizarse y competir en un entorno global extremadamente duro, aunque muchos infantilicen al sector creyendo que no sabrá o podrá competir con el de otras economías. Insisto, el sector agroganadero es un sector potencialmente capacitado para competir en los mercados que se proponga, y no lo contrario. Sin embargo, y dicho esto, su relevancia en el conjunto de las exportaciones españolas es tal que fijar nuestra identidad económica y nuestras prioridades legislativas basándonos solo en este sector es ignorar la verdadera y silenciosa transformación de las últimas décadas basada en la consolidación de una potencia industrial y de servicios de alto valor añadido (VA) que compite de tú a tú con los gigantes del norte.

Además, la realidad de nuestro sector agroganadero es que le es mucho más relevante lo que suceda en Europa que los acuerdos comerciales con otras naciones que, una vez llevados a cabo, aportan o suman a nuestro excedente comercial, no al contrario. Y es que, paradójicamente, el destino principal de nuestra producción agraria no son mercados exóticos, sino la propia Unión Europea y países desarrollados con los que mantenemos acuerdos comerciales sólidos. En un escenario extremo de ruptura comercial con Europa —muy improbable, casi un escenario de ciencia ficción, aunque haya quienes lo insinúen o directamente lo propongan—, el sector agrario sería, precisamente, uno de los más perjudicados. Su dependencia del mercado europeo es total: 52.000 millones de euros se vuelcan en el mercado común, frente a los apenas 4.000 millones en Norteamérica o los 1.700 millones en China. Nuestra prosperidad está, por tanto, indisolublemente ligada a la salud de las economías avanzadas y a la fluidez del intercambio con ellas.

Como ya se ha reflexionado anteriormente, mientras la apertura comercial es percibida a menudo como una amenaza —especialmente durante las movilizaciones agrarias—, los datos refutan tal temor. El libre comercio no es el verdugo del sector primario; es el oxígeno que permite que ese 20% de exportaciones agroganaderas encuentre compradores con alto poder adquisitivo en latitudes donde el clima no permite la producción local durante todo el año.

Si el libre comercio favorece al campo, su impacto en la industria y los servicios es sencillamente vital. La prosperidad española de las últimas dos décadas no se explica sin la eliminación de barreras técnicas. El hecho de que las exportaciones industriales superen con tal claridad a las agrícolas es la prueba empírica de que España “juega en otro nivel”.

Por tanto, el argumento de que la apertura comercial “perjudica” a nuestros productores ignora una realidad técnica fundamental: gran parte de lo que hoy exportamos con éxito incorpora tecnología, patentes y componentes importados eficientemente gracias a esos mismos acuerdos comerciales. Cerrar fronteras bajo la premisa cortoplacista de proteger el campo no solo arriesgaría nuestras ventas agrícolas ante posibles represalias, sino que estrangularía el 80% restante de nuestra economía.

Es innegable que el sector agroganadero tiene una relevancia social, cultural y territorial que trasciende las cifras macroeconómicas. La vertebración del territorio, la lucha contra la despoblación y la seguridad alimentaria son valores estratégicos que justifican la atención política. Sin embargo, no podemos permitir que el peso emocional nuble el análisis. Las políticas públicas no pueden diseñarse mirando el retrovisor de una economía nostálgica, sino hacia adelante, hacia una economía globalizada y digital.

España es hoy un país cuyas exportaciones son mayoritariamente industriales y de servicios de alto contenido intelectual. Estamos transitando hacia un modelo donde la inteligencia aplicada pesa más que los recursos naturales tradicionales. Esta evolución hacia el valor añadido es lo que permitirá sostener nuestro bienestar y el sistema de bienestar en el futuro.

En conclusión, el libre comercio ha sido el gran catalizador de esta transformación imparable. Reconocer que somos mucho más que una huerta no es dar la espalda a nuestras raíces; es dar el paso definitivo hacia una madurez económica que ya reflejan las aduanas, pero que aún no termina de calar en parte del discurso público. Es hora de que el relato nacional esté, por fin, a la altura de su realidad productiva.

 Economía en EL PAÍS

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