El fútbol, como el romero, espanta lo malo y atrae lo bueno. Este juego sigue salvándose gracias al talento de los futbolistas y a la salvaje emoción que propone cada partido. Nació en el Siglo XIX, pero con sus eficaces armas desafía, una y otra vez, nuevas épocas, nuevas tendencias.
Este juego sigue salvándose gracias al talento de los futbolistas y a la salvaje emoción que propone cada partido. Nació en el Siglo XIX, pero con sus eficaces armas desafía, una y otra vez, nuevas épocas, nuevas tendencias
El fútbol, como el romero, espanta lo malo y atrae lo bueno. Este juego sigue salvándose gracias al talento de los futbolistas y a la salvaje emoción que propone cada partido. Nació en el Siglo XIX, pero con sus eficaces armas desafía, una y otra vez, nuevas épocas, nuevas tendencias.
Mientras las estructuras de poder intentan convertirlo cada vez más en un producto previsible, económico y político, el fútbol se mantiene firme provocando impensadas turbaciones y entusiasmos. De esa tensión entre el juego, el negocio y el método, nos viene hablando este Mundial.
Lo medular es que el juego conserva una extraordinaria capacidad para defenderse. Primero, porque el fútbol es un patrimonio cultural y popular. Segundo, porque un Mundial es un orgulloso choque de identidades entre países que se creen únicos, diferentes. Tercero, porque los grandes jugadores, intérpretes y representación de multitudes, nos fascinan. Y cuarto, porque cada partido es como un sobre de cromos, no sabemos qué tiene dentro.
Desde que tengo memoria decimos que las diferencias entre selecciones grandes y chicas es cada vez más pequeña. Pero llegadas a estas instancias la lucha es siempre entre las clásicas, que son aquellas que ya ganaron un Mundial. Sencillamente, porque una generación le debe cosas a la anterior. Aquellos ganaron partidos, dejaron gestas para el recuerdo, levantaron Copas. Cada episodio que protagonizaron fue aumentando el capital de gloria de una Selección y obliga a los que vienen a estar a la altura. Se llama cultura, aunque sea callejera, y enseña a jugar, a sentir y también a ganar.
Trump e Infantino protagonizaron episodios bufonescos de abuso de autoridad, que serían inadmisibles si no estuviéramos tan acostumbrados. Sin embargo, pueden liberar a un jugador de EEUU de una sanción, pero nunca podrán evitar que al día siguiente esa Selección quede eliminada.
El balón sigue obedeciendo otra ley. Gana el que tiene a Messi, a Mbappé, a Kane, a Haaland, a Lamine… porque el talento sigue siendo una variante indomable. Cada uno de ellos multiplica las posibilidades de su equipo. Durante décadas se dijo que los talentos superiores eran indisciplinados. Estos no. Obedecen durante ochenta y nueve minutos para desobedecer y volar durante uno. Y adiós.
En la vida y en el fútbol estamos en una época obsesionada por medirlo todo, como si del resultado de la medición dependiera la verdad. Nunca hubo tanto control sobre el juego, IA, chips, VAR y, sin embargo, el desenlace sigue dependiendo de un crack que, en medio de un atasco intransitable de piernas, encuentra medio metro, medio segundo. El fútbol, como el arte, sigue escapándose por los márgenes de lo medible. Si, como el arte, aunque a estos genios siempre le hayamos subestimado la precisión, como si los pies no merecieran tanta atención; o la creatividad, seguramente porque creemos que es demasiado delicada como para que sude.
La metodología trabaja principalmente sobre el colectivo, de manera que cuida más a los entrenadores que a los jugadores. La academia lleva tiempo domesticándolos para hacerlos funcionales a un sistema. Pero una de dos: o los jugadores diferentes son indomables; o el tiempo nos ha enseñado a darle a los diferentes el margen de libertad que necesitan para ejercer su imperio. Esta segunda posibilidad es la que me anima a pensar que el fútbol sabe corregir sus excesos.
Puestos a ser optimista, acordemos que la gran paradoja del fútbol consiste en seguir siendo imperfecto. Todo lo importante de este juego nace precisamente de aquello que no puede programarse. Mientras conserve ese margen de incertidumbre, seguirá siendo una aventura incomparable y un arte popular capaz de sobrevivir a las amenazas y a los atropellos. Como el romero, siempre encontrará la manera de volver a crecer.
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