A mitad de la segunda temporada de Jury Duty, a su protagonista, alucinado por los inesperados giros de los acontecimientos, solo se le ocurre decir que “la situación es tan sincera que nadie podría haberla escrito en una serie de televisión”. Es verdad que su diálogo no estaba guionizado, pero lo que Anthony Norman no sabía es que todo lo que le rodeaba sí estaba cuidadosamente planeado. Todos a su alrededor eran actores, e incluso sus decisiones personales estaban previstas. Él pensaba que era un empleado temporal de una empresa de salsa picante, pero estaba viviendo una ficción.
El experimento ‘Jury Duty: Company Retreat’ convierte un retiro laboral en un ‘Show de Truman’ para lanzar un mensaje contra las grandes corporaciones
A mitad de la segunda temporada de Jury Duty, a su protagonista, alucinado por los inesperados giros de los acontecimientos, solo se le ocurre decir que “la situación es tan sincera que nadie podría haberla escrito en una serie de televisión”. Es verdad que su diálogo no estaba guionizado, pero lo que Anthony Norman no sabía es que todo lo que le rodeaba sí estaba cuidadosamente planeado. Todos a su alrededor eran actores, e incluso sus decisiones personales estaban previstas. Él pensaba que era un empleado temporal de una empresa de salsa picante, pero estaba viviendo una ficción.
Anthony, de hecho, ni siquiera sabía de la existencia de esta serie que en su primer año engañó a un hombre normal para ser parte de un jurado y que en esta temporada, titulada Jury Duty Presents: Company Retreat y que se estrena este viernes en Amazon Prime Video, se sitúa en un retiro laboral campestre. “Incluso si la hubiera visto, tendría que ser un narcisista tremendo para pensar que todo el mundo se ha creado para él. Es más fácil creerse lo que ves. No es normal pensar que todo lo que te rodea es una serie”, explica por videoconferencia con EL PAÍS David Bernad, productor ejecutivo y uno de los ideadores de esta locura que mezcla El show de Truman con The Office y ahora con unas gotas de comedia idealista contra las grandes corporaciones.
El personaje principal sabía, por supuesto, que le estaban grabando. Pero él creía que participaba en un documental sobre cómo esta empresa cambiaba de propietarios, del veterano fundador a su hijo rebelde. “Anthony veía a menos de 10 personas. Un documental de bajo presupuesto: cámaras, sonidistas y un par de productores. Pero había más de 50 personas escondidas en una casa donde no se entraba y también a plena vista. Más otras 30 fuera del complejo”, detalla el productor Nicholas Hatton. Los trabajadores del recinto eran parte del equipo y escondieron cámaras en la basura, paredes o carritos de comida. Lo bueno de la idea, reconocen los productores, es que un retiro así era uno de los pocos escenarios en los que el protagonista no tendría móvil.
Pero si en la primera temporada todo se reducía a un juzgado de tres salas, el complejo natural era 10 veces mayor y conllevaba las complicaciones de rodar al aire libre (los incendios en un monte cercano casi les obligan a evacuar). De 29 cámaras pasaron a 48 y de 2.100 horas de grabación, a 3.600 durante unas dos semanas. El reto era mayúsculo y no había plan B. Confiaron todo en la magia del cásting al que se presentaron miles de personas.

Anthony creía que participó en una entrevista de trabajo para trabajador temporal y asistente. “Queríamos a alguien encantador, gracioso e interesante, pero también que, al empujarlo a ciertas situaciones, pudieras anticipar que tomaría la decisión correcta, al acto de bondad. No puedes predecirlo, pero puedes anticiparte con las entrevistas previas”, explica Bernad. Querían un héroe que salvara a esta empresa y sus trabajadores. Sus cualidades estaban escritas. Pero la elección fue tan acertada que a veces incluso se anticipó a las decisiones heroicas del equipo de guionistas. “Tiene mucha iniciativa y es tanto miembro del equipo como líder. Eso lo hace muy especial. Y eso que llega a la empresa como el último mono”, exclama Hatton.
Porque Anthony ni se olía que en el apoteósico final le iba a tocar enfrentarse a las grandes corporaciones que hoy parecen comprar todo. “Sabemos que es paradójico que este fuera nuestro planteamiento estando en Amazon”, bromea Bernad. Pero esa era la base de la que nació la segunda temporada. “Habíamos producido Superstore y los guionistas, The Office, así que queríamos volver al humor y la política de oficina. Y en la otra mira teníamos esas comedias de los ochenta sobre perdedores contra ricos y poderosos: Desmadre a la americana o El club de los chalados. Queríamos que nuestra persona real encontrara a su familia y quisiera protegerla contra los magnates. Era David contra Goliath”, detalla el productor desde París, donde rueda la nueva temporada de The White Lotus, otro de esos cástings imposibles.

Bajo ese paraguas, además, buscaban hallar cierto optimismo sobre la actualidad empresarial: “Todos los días vemos este tipo de luchas en las noticias, y es fácil perder la esperanza. Cada día, un fondo de inversión compra una compañía familiar y lo tenemos ahora en Hollywood con la consolidación y fusión de empresas. Es triste, pero la idea nunca ha sido tan relevante”, explica Bernad. El protagonista se tendría que amoldar a una idea muy cerrada, añade su compañero: “Estamos viendo la mayor transferencia de dinero de la historia. Empresas familiares de 30 o 40 años son compradas por entidades privadas y hacen lo que quieren. Creo que muchos se sentirán reflejados”.
Pero para dar con un planteamiento tan sólido, y dejar lo menos posible a la improvisación, todo debía estar cuidadosamente planeado y escrito. Era la única manera de que pareciera improvisado a ojos de un extraño que llegaba a una empresa donde los trabajadores supuestamente se conocían desde hacía dos décadas (incluso grabaron un vídeo del pasado para engañarlo). “La producción es larga porque pasamos mucho tiempo construyendo un mundo lo más robusto posible. Tenemos que pensar en cada cosa que podría salir mal, y en alternativas al error. Nos obsesiona el fracaso, siempre está en nuestra mente”, explica Hatton.

El principio, desarrollo y desenlace están escritos, y también la trama unitaria de cada episodio. “Quizás la gente improvise chistes, pero está todo controlado. La mesa de guionistas pasa 10 meses reunida”, detalla. Sí se escapan risas o bostezos, sobre todo durante los largos seminarios que se dieron en su integridad, aunque no aparezcan en la serie. Estos actores desconocidos, además, debían ser conscientes de que, pese a simular realidad, no pueden tapar las cámaras escondidas. Nada es coincidencia.
Incluso incluyeron el cameo de una superestrella de la música. “La ansiedad ayuda, porque estamos constantemente alerta”, defiende Hatton. De hecho, un error humano (algo tan tonto como la ventanilla abierta de un coche) en el séptimo episodio podría haber echado al garete toda la ficción, pero gracias a la rápida disposición a través del pinganillo de los actores, todo siguió su curso. “El momento de mayor terror fue el final del primer episodio. Hay un giro emocional, y no teníamos claro si Anthony iba a abrazar su liderazgo o irse. Estaba construido para que se quedara, pero él tiene libre albedrío. Tuvimos miedo, pero una vez pasado, confiábamos en él”.

Todo quedaba en manos de un hombre normal. Si Anthony, que acabó con 150.000 dólares de premio por protagonizar su propia sitcom, hubiera fallado, todo habría caído. Ni siquiera habría serie, reconoce Hatton: “Verlo cómo va convirtiéndose en líder fue increíble. La dificultad de la segunda temporada era encontrar otro humano adorable, y él representa una de esas personas que creemos que no existen. Pero hay muchos buenos ciudadanos en el mundo. Teníamos confianza en dar con una persona compasiva y empática. Están ahí fuera, aunque no lo creamos”.
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