El horror de la represión en Irán: “Cortan la luz, matan a la gente con ametralladoras y se llevan los cuerpos”

Nika y María eran dos de esas iraníes que solo querían “democracia, libertad, una vida normal”. “En una palabra: dignidad”, explica a EL PAÍS su amiga Mediss Tavakoli, exiliada en España. Nika, de 35 años, regentaba una clínica estética; María, de 30, trabajaba en una empresa de exportación. Ambas desafiaban cada día al régimen islámico caminando por la calle sin el velo obligatorio. Se lo habían quitado tras la muerte, a manos de la policía, de la joven Yina Mahsa Amini en 2022, el crimen que desató el anterior movimiento de protestas en Irán, bautizado con un bello lema kurdo: “Mujer, vida, libertad”. La semana pasada, agentes del régimen las mataron a las dos a tiros.

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 Varios testigos contactados por el exilio iraní denuncian el uso de armas de guerra por parte del régimen y aseguran que las familias de los muertos tienen que pagar para recuperar sus cadáveres  

Nika y María eran dos de esas iraníes que solo querían “democracia, libertad, una vida normal”. “En una palabra: dignidad”, explica a EL PAÍS su amiga Mediss Tavakoli, exiliada en España. Nika, de 35 años, regentaba una clínica estética; María, de 30, trabajaba en una empresa de exportación. Ambas desafiaban cada día al régimen islámico caminando por la calle sin el velo obligatorio. Se lo habían quitado tras la muerte, a manos de la policía, de la joven Yina Mahsa Amini en 2022, el crimen que desató el anterior movimiento de protestas en Irán, bautizado con un bello lema kurdo: “Mujer, vida, libertad”. La semana pasada, agentes del régimen las mataron a las dos a tiros.

Así, por disparos, muchas veces con armas de guerra —lo que supondría un posible crimen contra la humanidad—, han muerto miles de personas en Irán en las protestas de las últimas dos semanas contra el régimen, según varios testimonios de iraníes a los que este diario ha tenido acceso. Muchas de esas víctimas han sido asesinadas al amparo de la oscuridad, relata Tavakoli, que transmite la información que le llega de su país a cuentagotas, pues el régimen sigue bloqueando el acceso a Internet y tampoco funcionan las llamadas internacionales. Cuando los iraníes se aventuran a salir de noche para protestar, explica, los agentes del régimen “cortan la electricidad y disparan a la gente con ametralladoras”. Después, “llegan en camiones para recoger los cadáveres”.

“Cuando las familias de Nika y María han ido a reclamar sus cuerpos, el régimen les ha pedido el equivalente a 5.000 euros para entregárselos. Es lo que llaman el ‘precio de las balas’; las balas con las que las mataron”, cuenta Tavakoli. Sara, otra iraní de la diáspora —que también ha logrado contactar con alguien con acceso a los satélites de la red Starlink— lo confirma, aunque reduce esa cifra a “unos 1.500 euros”. Sean 5.000 o 1.500, es una cantidad enorme en un país donde el salario mínimo está en torno a los 125 euros mensuales. Y no todos lo perciben.

Las dos amigas de Mediss Tavakoli asesinadas en las manifestaciones no son las únicas víctimas de la represión de cuyas muertes tiene constancia esta psicoterapeuta iraní. Entre sus conocidos ha contado ya 20 muertos. Con nombres y apellidos. Una era Nilufar, una médica que murió también tiroteada; otro, Ali, un profesor. Los dos treintañeros. Sus dos amigas de la adolescencia ni siquiera estaban juntas cuando las mataron. Una participaba en una manifestación en el oeste de Teherán; la otra, en una protesta en la otra punta de la ciudad.

“11.870″

Tavakoli describe un rastro de muerte que excede con mucho las cifras que manejan las organizaciones de derechos humanos en el exilio. Por ejemplo, la ONG HRANA, que este miércoles calculaba ya unas 2.600 víctimas durante las manifestaciones. La activista manda luego la foto de uno de los muertos: es un hombre joven, cuyo torso desnudo asoma de una bolsa negra para cadáveres. En el pecho tiene un papel con un guarismos persas escritos a lápiz (“11.780″) sobre una palabra: “Desconocido”.

La imagen es una captura de uno de los vídeos de la morgue de Kahrizak, en el sur de Teherán, que mostraban hileras de esos sacos mortuorios en el suelo. La mujer cita una cifra divulgada por la cadena Iran International, un medio al que las autoridades iraníes acusan de ser un vehículo de propaganda de Israel. La cadena eleva ya al menos a 12.000 los muertos por la represión.

Tavakoli y un iraní residente en Teherán, cuyo testimonio obtuvo EL PAÍS también de forma indirecta, van incluso más lejos: creen que esos 12.000 muertos no corresponden a todo el país, sino solo a Teherán, una ciudad que, con su conurbano, alberga 16 millones de almas. No solo por imágenes como la del joven muerto con ese papel con el número 11.780 sobre el pecho, sino porque en Irán, advierte Aida (nombre falso de otra iraní de la diáspora que habló con este diario), no hay ahora mismo nadie “que no conozca a alguien que ha muerto”.

Irán es un país de más de 90 millones de habitantes y cuya superficie triplica con creces la de España. Las manifestaciones, que están llevando a la Administración de Donald Trump a sopesar un nuevo ataque militar, se han extendido por las 31 provincias de ese Estado, que alberga zonas muy aisladas y remotas, sin nadie que disponga de acceso a una conexión por satélite. En esos lugares, destacan Aida y Tavakoli, la represión se despliega “en silencio”.

Ante esa aterradora cifra de muertos que probablemente aumentará —fuentes del régimen reconocieron el martes unos 2.000 fallecidos— se teme que la represión que se abate sobre el país deje pequeño un hito funesto de la República Islámica: las hasta ahora peores masacres de ese régimen fundamentalista, cometidas entre 1981 y 1983, cuando las autoridades asesinaron a unos 5.000 disidentes (las cifras no están claras) y la matanza de un número similar de opositores presos en 1988. En esas masacres, en las que murió un primo de Aida, estuvieron implicados, según Amnistía Internacional, prebostes aún en el poder en Irán, como el actual jefe del poder judicial, Gholam-Hossein Mohseni-Ejei.

Irán tiene previsto ejecutar este miércoles a Erfan Soltani, un manifestante de 26 años detenido la semana pasada.

“Rehenes”

Un hombre de 37 años vecino de Teherán, cuyo testimonio transmitió Aida a este periódico, cuenta que los iraníes temen una campaña masiva de detenciones y de ejecuciones si la comunidad internacional no “acude en su auxilio”. Más de 10.000 personas han sido detenidas en estas protestas, siempre según las ONG.

Este hombre describe la implantación de un régimen de terror. Asegura que en cada plaza de Teherán —y de su ciudad de origen, donde viven sus padres— “hay desplegados blindados”, probablemente de la Guardia Revolucionaria, el ejército paralelo destinado a proteger al régimen. “Como en la época del coronavirus”, cuando ven a alguien por la calle, “le preguntan qué hace ahí”. Si la respuesta no les satisface, la persona es detenida. Los iraníes no se atreven ni a salir a la calle, dice. Son “rehenes de este régimen en guerra contra el mundo”.

Muchas tiendas, incluidas las de comida y las farmacias, han cerrado por las protestas y la represión. El acceso a los alimentos, asegura Aida, “empieza a ser un problema, sobre todo porque ya antes escaseaban. El padre de esta mujer, diabético, no encontraba ya insulina, incluso antes de la noche nefasta del pasado jueves, cuando se cree que murieron gran parte de las víctimas y el régimen cortó internet. Hamid Hosseini, portavoz de la Asociación Iraní de Derechos Humanos en España, confirma a EL PAÍS que la actividad económica está casi paralizada.

La represión parece, además, indiscriminada: no se dirige solo contra los manifestantes. El mero hecho de aventurarse a comprar comida puede suponer acabar detenido y torturado, según estos testimonios. Así sucedió con una persona del entorno de Sara, que acabó en comisaría solo por ir a una tienda de alimentación. Al percatarse de que el hombre no volvía, la familia lo llamó por teléfono sin obtener respuesta. Después, lo buscaron por todas partes, incluso en los hospitales. Cuando por fin preguntaron en una comisaría, descubrieron que varios agentes en motocicleta se lo habían llevado, golpeado e interrogado para que les dijera quiénes eran sus contactos. “Por mucho que insistió en que solo iba a comprar comida, nadie lo creyó”, relata la mujer. Tras sufrir una brutal paliza y con la cara llena de hematomas, lo liberaron, pero “han abierto un caso penal en su contra”. La familia está ahora “aterrorizada”.

Hosseini confirma el clima de miedo. Según los testimonios recopilados por su asociación, en un barrio de Teherán, Saadat Abad, las fuerzas de seguridad “dispararon desde las azoteas contra los manifestantes”. Quienes sobrevivieron al uso de armas de guerra por parte de los diferentes cuerpos de seguridad y paramilitares asociados con el régimen “fueron posteriormente perseguidos en las calles cercanas por miembros de la milicia basiyí [que depende de la Guardia Revolucionaria] y asesinados”, afirma.

Aida pide ayuda. Dice que “la situación en Irán es inhumana”. Y recuerda que en 2022 muchos iraníes reclamaron auxilio cuando el régimen mató a Mahsa Amini y estallaron las protestas de mujeres. Ese mundo que permaneció sordo tiene en su conciencia, dice, “lo que sucede ahora”.

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