El 10 de diciembre de 2024, dos días después de que el entonces presidente sirio Bachar el Asad huyera a Moscú y el antiguo líder de Al Qaeda, Ahmed al Shara, conocido durante años por su nombre de guerra, Abu Mohammad al Golani, celebrara su victoria en la simbólica mezquita de los Omeya, en Damasco, aviones de transporte táctico ruso clase Ilyushin Il-76 Candid, Antonov An-26 y Antonov An-72 STOL, diseñados para el traslado de material bélico pesado, incluidos tanques, aterrizaron en las bases cedidas a Rusia en Hmeimim y Tartous, en la costa de Siria, protegidos por helicópteros de combate KA-52. Fotogramas captados ese mismo día por el satélite europeo SENTINEL-2 mostraron, igualmente, que la flota militar rusa destacada en Siria había abandonando la ribera de Latakia y permanecía posicionada en aguas internacionales del Mediterráneo oriental con las proas orientadas al sur, en lo que parecía una retirada pactada del país, rumbo al norte de África. Un acuerdo secreto que meses después reconoció el propio Al Shara, ya investido como presidente y aceptado por la comunidad internacional pese a su pasado yihadista, en una entrevista difundida por la agencia de noticias francesa AFP.
El cambio de régimen y el nuevo liderazgo del exyihadista Al Shara no acaban con la influencia de Moscú sobre Damasco
El 10 de diciembre de 2024, dos días después de que el entonces presidente sirio Bachar el Asad huyera a Moscú y el antiguo líder de Al Qaeda, Ahmed al Shara, conocido durante años por su nombre de guerra, Abu Mohammad al Golani, celebrara su victoria en la simbólica mezquita de los Omeya, en Damasco, aviones de transporte táctico ruso clase Ilyushin Il-76 Candid, Antonov An-26 y Antonov An-72 STOL, diseñados para el traslado de material bélico pesado, incluidos tanques, aterrizaron en las bases cedidas a Rusia en Hmeimim y Tartous, en la costa de Siria, protegidos por helicópteros de combate KA-52. Fotogramas captados ese mismo día por el satélite europeo SENTINEL-2 mostraron, igualmente, que la flota militar rusa destacada en Siria había abandonando la ribera de Latakia y permanecía posicionada en aguas internacionales del Mediterráneo oriental con las proas orientadas al sur, en lo que parecía una retirada pactada del país, rumbo al norte de África. Un acuerdo secreto que meses después reconoció el propio Al Shara, ya investido como presidente y aceptado por la comunidad internacional pese a su pasado yihadista, en una entrevista difundida por la agencia de noticias francesa AFP.
Las primeras trazas de la injerencia militar rusa en Siria se remontan a 2013. Mandatados por Vladislav Surkov, el hombre que entonces susurraba al oído de Vladimir Putin, unos 250 hombres de Slavonic Corps Ltd, empresa pionera en la industria de mercenarios rusa, se unieron al ejército regular sirio y a grupos salafistas en la región de Homs, en una misión de combate contra la oposición que concluyó en un cruento fracaso. Un año después, destacamentos mejor entrenados y armados de las compañías privadas de seguridad militar (PSMC, por sus siglas en inglés) rusas Wagner Group, Moran Group y Schif Gorup, tomaron el testigo y transcendieron hasta ser fundamentales en la victoria del ejército de El Asad en la llamada “Batalla de Palmira”, ciudad bajo control en aquellos días del poderoso Estado Islámico. En aquel frente de combate ganaron medallas generales rusos como Serguei Rudskói, entonces director general de operaciones del Estado Mayor, y desde 2023 número dos de las Fuerzas Armadas rusas. Y Andrei Troshev, conocido como “Sedoi”, antiguo comandante de la unidad de elite SOBR y veterano del ejército soviético en las guerras de Afganistán, al que Putin entregó en 2024 la dirección del famoso Wagner Group (hoy rebautizado Africa Corps) tras la traición de su fundador, Yevgueni Prighozin.

Tres eran en aquel entonces los objetivos principales del Kremlin para desembarcar en Siria: combatir las aspiraciones geo-estratégicas de Estados Unidos e Israel en Oriente Medio, en un resucitado capítulo de la antigua Guerra Fría, en la que se formó el presidente ruso; garantizarse el manejo de una gran base militar en el Mediterráneo que le permitiera eludir a Turquía e impulsar la expansión en África, su verdadera ambición zarista. Y defender, por último, los intereses económicos y los magros negocios que hacían con el régimen de El Asad oligarcas del círculo intimo de Putin como Gennady Timchenko, hombre clave en el oscuro ascenso de éste al poder.
El éxito militar ruso, que permitió al clan El Asad afianzarse y amarrarse algunos años más al Palacio, comenzó a declinar a partir 2018, y en particular tras la conocida “Batalla de Khasham” y la brutal ofensiva del régimen en la localidad de Ghouta, que contribuyeron a alumbrar la controvertida y heterogénea alianza que llevaría al actual presidente sirio y exlíder de Al Qaeda al sillón presidencial siete años después. Decenas de mercenarios rusos perdieron la vida en febrero de aquel año junto a soldados iraníes y guerrilleros del grupo chií libanés Hezbolá en bombardeos estadounidenses apoyados en tierra por unidades de Inteligencia israelíes, distintos grupos mercenarios árabes, soldados turcos, PSMC norteamericanas como Constellis (antigua Blackwater), y los hombres de Al Shara, quien en una arribista pirueta vital se había desligado primero del Estado Islámico y después de Al Qaeda para convertirse en 2017 en el jefe de la milicia salafista Hayat e-Tahrir as-Sham (HTS) y en el tutor del llamado Gobierno de Salvación Sirio, gracias al apoyo político y económico de Ankara, y al militar gestionado a través de las conexiones con la PSMC turca SADAT.
“La atención [mediática] sobre lo que hace Rusia en Siria ha disminuido. Pero lo cierto es que la presencia de Rusia allí se está volviendo a consolidar lentamente. Moscú conserva el acceso a las bases militares de Siria en Tartus y Khmeimim y puede reutilizarlas para tareas adicionales, como centros para enviar ayuda humanitaria a África”, advierte Anna Borshchevskaya, investigadora principal en el Washington Institute. “Rusia sigue siendo el principal proveedor de petróleo en Siria, e imprime moneda siria. La embajada rusa permanece abierta. Con menos restricciones a las transacciones económicas en Siria, Rusia está bien posicionada para consolidar lazos más fuertes mediante el uso de intermediarios comerciales opacos”, insiste.
Pero no solo es un sigiloso regreso económico y militar. También geo-estratégico y diplomático. En septiembre de este año, el viceprimer ministro de Rusia, Alexander Novak, visitó Damasco al frente de una amplia delegación en una visita en la que ofreció ayuda económica y, sobre todo, energética con la petrolera Tatneft, la quinta compañía más grande de Rusia en el sector como punta de lanza. A principios de octubre, y un mes antes de su controvertida visita a la Casa Blanca, Al Shara viajó a Moscú donde se comprometió a “honrar” los acuerdos firmados en el pasado. “Siria necesita dinero, la crisis es muy profunda, y al presidente no le importa de donde sacarlo. Ya hemos visto que escrúpulos no le faltan, y que cambiar de chaqueta no es un problema”, explica un miembro de la nueva oposición siria, que prefiere no ser identificado.
“Si bien la influencia de Moscú en Siria ha disminuido en comparación a cuando El Asad tenía el poder, para el Kremlin esta es una partida a largo plazo. Está adoptando un enfoque más cauteloso y construyendo lentamente lazos en múltiples frentes, mientras se presenta como un contrapeso a otros actores externos en Siria. Ni el propio Al Shara, ni actores externos como Israel, tienen prisa por negarle a Rusia este papel”, insiste Borshchevskaya.

Tres vuelven a ser las ambiciones principales de Moscú en Siria, y dos de ellas se repiten: la primera, que ya está en marcha, es recuperar el poder militar y naval que construyó en la costa de Latakia durante los últimos años del régimen; la segunda, igualmente asentada, consolidar y multiplicar los negocios tanto del Estado ruso, como de las compañías privadas de seguridad y los siloviki (la casta de políticos y exdirigentes del KGB que han devenido en oligarcas y forman el círculo estrecho del poder en torno a Putin).
El tercero es más controvertido, y se ajusta al deseo compartido de Estados Unidos, Israel y la propia Rusia de mantener Siria inestable y frenar la creciente injerencia en el país de sus dos principales rivales regionales: Irán y Turquía.
Y al exclusivo anhelo de Rusia de asentarse en una zona del Mediterráneo que le favorece en su estrategia militar en Ucrania y su lucha (compartida con Trump) para minar la fuerza de la OTAN y la Unión Europea.
“En los últimos meses, Israel ha trazado claras líneas rojas con respecto al atrincheramiento militar turco e incluso ha atacado sitios que el ejército turco planeaba usar. Rusia nunca se ha opuesto a los ataques israelíes en Siria y es poco probable que se oponga a un aumento de las operaciones israelíes en el futuro”, explica Ahmad Sharawi, investigador de la Fundación para la Defensa de la Democracia (FDD). Tampoco ha alzado la voz frente al genocidio en Gaza o la ocupación sistemática de Cisjordania.
A este respecto, Sharawi recuerda que Rusia, Israel y el Gobierno sirio ya firmaron en 2017 un acuerdo de seguridad que permitía a fuerzas rusas gestionar puestos de control en la región de los Altos del Golán como parte de un mecanismo de desescalada. Y que el Gobierno ultraderechista de Benjamín Netanyahu ve con buenos ojos que se reactive este pacto, que devolvería a los soldados y mercenarios rusos a la zona, pese a que parte del ejército israelí advierte que fue la presencia rusa que abrió las puertas a la filtración iraní en la zona.
“En febrero, los funcionarios israelíes presionaron a Washington para que preservara las bases militares de Rusia en el oeste de Siria, viendo a Moscú como un contrapeso a la creciente influencia de Turquía sobre el nuevo gobierno en Damasco. Israel mantuvo una fuerte relación con Rusia a lo largo de la intervención de Moscú para apoyar al régimen de El Asad en la larga guerra civil de Siria”, recalca.
Sobre el terreno, la idea comienza ya a plasmarse. El pasado 17 de noviembre, una importante delegación militar rusa viajó a la provincia siria de Quneitra, que limita con los Altos del Golán, acompañada por responsables del Ministerio de Interior sirio en una visita que se definió como “operaciones de reconocimiento”. Incluyó un recorrido por un promontorio próximo a la ciudad de Beit Jinn, que en el pasado albergó un puesto militar ruso.
Sin embargo, la negociaciones parecen haberse desacelerado en las últimas semanas. Nadie parece fiarse de nadie en una partida de tahúres que tiene como nudo gordiano y objetivo último la destrucción/supervivencia del régimen islámico de Irán, y que libran Donald Trump, Vladímir Putin, Benjamín Netanyahu y Recep Tayeb Erdogan bajo la astuta mirada de Ahmed Al Shara, quien hace dos décadas penaba como Abu Mohamad al Golani en una cárcel de Estados Unidos en Irak; que como yihadista peleó primero para el Estado Islámico y después para Al Qaeda; que más tarde aceptó la ayuda de Turquía y negoció por separado con Irán e Israel.
Y que ahora, ya con corbata y terno, y la barba bien arreglada, pisa con el mismo arribismo y determinación las alfombras aspiradas tanto del Kremlin como de la Casa Blanca mientras la aciaga sombra del Estado Islámico y el yihadismo 2.0 resucita en la antigua Mesopotamia como si de la espeluznante hidra de Lena se tratara, alimentada por sus propias cabezas —turca, rusa, israelí, siria, iraní y estadounidense— y sin noticias de Heracles y Yolao.
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