El ‘sold out’ como relato de ficción: cómo la industria musical aprendió a vender éxito aunque no lo hubiera

Imagen de un concierto en el festival madrileño Mad Cool.

Gran parte de los carteles de “entradas agotadas” (sold outs, en su término en inglés) que se cuelgan en España son discutibles. Una percepción que no se entiende sin observar cómo funciona hoy la industria del directo: el sold out es una herramienta de publicidad interna dentro de la industria musical. En Madrid, el caso más paradigmático es el Movistar Arena (antiguo WiZink Center), que desde hace años opera como espacio modular. Aunque su capacidad máxima ronda las 17.000 personas, permite configuraciones que parten de poco más de 3.500 espectadores y otras intermedias de entre 5.000 y 10.000. En estas, el aforo puesto a la venta se agota, pero el edificio, en términos físicos, dista mucho de llenarse. El promotor y programador Javier Domínguez (Madrid, 43 años), más conocido como Ferrara, lo resume así: “Se intenta vender una imagen de crecimiento constante para justificar números que muchas veces no se corresponden con la realidad del artista”.

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Concierto de Abraham Mateo el 11 de enero pasado en Movistar Arena (Madrid).  Los cachés de los artistas han crecido a un ritmo superior al de la venta de entradas que generan. El cartel de “entradas agotadas” ha dejado de ser un dato informativo para convertirse en una herramienta estratégica  

Gran parte de los carteles de “entradas agotadas” (sold outs, en su término en inglés) que se cuelgan en España son discutibles. Una percepción que no se entiende sin observar cómo funciona hoy la industria del directo: el sold out es una herramienta de publicidad interna dentro de la industria musical. En Madrid, el caso más paradigmático es el Movistar Arena (antiguo WiZink Center), que desde hace años opera como espacio modular. Aunque su capacidad máxima ronda las 17.000 personas, permite configuraciones que parten de poco más de 3.500 espectadores y otras intermedias de entre 5.000 y 10.000. En estas, el aforo puesto a la venta se agota, pero el edificio, en términos físicos, dista mucho de llenarse. El promotor y programador Javier Domínguez (Madrid, 43 años), más conocido como Ferrara, lo resume así: “Se intenta vender una imagen de crecimiento constante para justificar números que muchas veces no se corresponden con la realidad del artista”.

En ese contexto, anunciar un concierto agotado en un recinto de referencia funciona como argumento de legitimación de cara a festivales, programadores públicos o promotores locales, incluso cuando el equilibrio económico del evento ha sido frágil o directamente negativo. Ferrara, programador de ciclos como Mazo Madrid o Sound Isidro, recuerda un ejemplo que ilustra hasta qué punto esta lógica se ha normalizado: “En una ocasión en Joy Eslava, con aforo para 900, habían vendido unas 270 entradas, tenían una lista de 600 invitados y cantaron sold out”. No se trata de una anécdota aislada, sino de una práctica recurrente en mercados donde el relato del crecimiento pesa tanto como la asistencia real.

Nada de esto se explica sin tener en cuenta cómo ha cambiado la industria musical desde los primeros años del siglo XXI. La expansión del modelo festivalero (en 2025 se celebraron en España entre 900 y 1.000 festivales) ha modificado la forma en que se remunera a los artistas. A diferencia de los conciertos en sala, donde el ingreso depende en gran medida de la venta de entradas, en los festivales los músicos cobran un caché fijo acordado con antelación. En ese escenario, colgar un cartel de “entradas agotadas”, sea verdadero o no, se convierte en un activo negociable: no sirve tanto para rentabilizar ese concierto concreto como para elevar el precio de su presencia en el festival.

Para Juan Santaner (Mallorca, 59 años), que dirige actualmente Industrias Bala y ha trabajado durante décadas en promotoras, agencias y sellos, esa inflación tiene límites claros: “Entiendo que un grupo que actúa en una sala cobre 3.000 euros y en un festival 6.000. Porque el festival tiene barras, patrocinadores, ayuda pública… Lo que no puedes es cobrar 3.000 en sala y 30.000 en festival”. Santaner advierte contra la inflación artificial: “Yo me fui una vez de una empresa y empezó a llamarme todo el mundo porque mi sucesor había triplicado los cachés. Lo que yo ofrecía por 4.000 euros, él lo estaba ofertando por 15.000 y, por supuesto, ningún grupo había experimentado un crecimiento acorde”.

A esta lógica se suma una cuestión material poco visible: los costes reales del directo. No todos los conciertos “agotados” son necesariamente rentables, y el déficit se asume como inversión en posicionamiento. “Vender una proyección de éxito no es gratis”, insiste Ferrara. Sin embargo, no todas las estructuras pueden permitirse asumir ese riesgo. Está el caso de The Music Republic, un entramado que combina agencia de representación con la propiedad de festivales como FIB, Festival de Les Arts o Viña Rock. En 2024, el fondo estadounidense KKR adquirió Superstruct Entertainment (propietaria de The Music Republic) por unos 1.300 millones de euros. En ese ecosistema se genera una rueda difícil de romper: los mismos actores que inflan los cachés de sus artistas son, a la vez, los únicos que pueden permitirse pagarlos.

Las consecuencias se sienten con especial fuerza en festivales pequeños y medianos. David Cuerdo (Oviedo, 45 años) es uno de los directores de Prestoso, un festival de 1.500 personas en Cangas del Narcea: “Prestoso sería, como mucho, el córner más pequeño dentro de un macrofestival. A festivales como el nuestro, esta práctica nos afecta”. Cuerdo señala, además, el centralismo del sector. Antes de Prestoso, fue programador de la sala La Salvaje, en Oviedo: “Una vez vino una banda que había llenado La Riviera y aquí metió 17 personas. También he tenido el caso de una banda que en un concierto gratuito en Oviedo metió 60 personas, y lo que nos pedía a Prestoso eran 10.000 euros. Para mí eso es lapidario: no le hace bien ni siquiera al que ingresa esos 10.000”. Ferrara, además del centralismo, añade otra distorsión para calcular el precio: “Los oyentes mensuales no van de la mano con la venta de entradas. Para mí, por ejemplo, un artista de urbana con 200.000 o 300.000 oyentes equivale a la venta de entradas de una banda de rock con 30.000 o 40.000”.

Una lógica similar a Prestoso se observa en Festival Observatorio, que se celebra desde hace ocho ediciones en Balboa (León) y mantiene deliberadamente un aforo reducido. “Llevamos varios años manteniendo prácticamente el mismo aforo”,explican Hannah Olmedilla (Madrid, 28 años), Jaime Torrego (Madrid, 29) e Iván Dueñas (Madrid, 34), organizadores del festival. Sin embargo, desde Observatorio y Prestoso admiten que, en determinados casos, las bandas están dispuestas a rebajar su caché a cambio de otros beneficios. “Hay artistas que saben que el caché que se pide de primeras no tiene sentido para un festival como el nuestro, pero aun así quieren venir porque compensa por otras razones”, señalan desde Observatorio. “Estar en nuestro cartel te coloca en un escaparate que no es proporcional al tamaño real del festival, pero sí a su potencial dentro de cierto nicho”. Desde Prestoso coinciden: “Un grupo que en un macrofestival estaría en tercera o cuarta línea, como mucho, aquí es cabeza de cartel. Además, no hay solapes: todo el mundo va a verte a ti, y la gente viene a escuchar música de verdad”.

Aun así, las lógicas capitalistas del mercado se dejan sentir. Desde Observatorio recuerdan que en 2022 estuvieron a punto de cancelar la edición: “Estábamos muy mal de venta y tuvimos que lanzar un comunicado: si no vendíamos X entradas más, el festival no salía adelante y las pérdidas salían directamente de nuestro bolsillo. Siempre se celebra el sold out, aunque muchas veces sea mentira, pero casi nunca se dice lo contrario”, señalan. “Y eso también forma parte de la realidad del directo”.

Presión por tener éxito

Todos los entrevistados coinciden en que la inflación de cachés va acompañada de una presión creciente por aparentar éxito: “Vivimos en una cultura de la venta de éxito constante”, explica Ferrara. “Eso hace que los artistas se presionen para intentar siempre ir a aforos mayores”. Santaner lo resume desde la experiencia: “He trabajado con muchos artistas que llevan 20 años y están siempre en el mismo sitio. Tiene su público y va a ser ese. Y no pasa nada. Pero para los artistas emergentes es otro cantar”. Esa presión es la que, en ocasiones, mata los proyectos musicales emergentes. Bego (Toledo, 37 años), vocalista y líder de Monteperdido (banda firmada en Sonido Muchacho y disuelta en 2023) lo describe así: “Antes de Monteperdido yo no era una persona obsesionada con los números. Tenía la idea infantil de querer que me fuera bien. Eso empezó cuando entré en ese entorno. La experiencia con la industria me dañó psicológicamente muchísimo”. Tras tocar varias veces en la Sala El Sol, su siguiente concierto se planteó en una sala mayor. Poco después, decidió alejarse de la industria: “Rompió mi tejido social, mi creatividad, todo”. Aun así, se evitó comunicar el final como despedida: “El concierto de la Copérnico era el último en Madrid, pero se nos obligó a camuflarlo por miedo a que se cayeran el Sonorama y el Canela Party, en los que íbamos a tocar ese verano. A mí eso me destrozó, porque se tenía más en cuenta el beneficio económico de la industria que el bienestar de la propia banda”.

El uso del sold out ficticio como herramienta de legitimación ha terminado por alterar los equilibrios del directo: distorsiona la percepción del éxito, tensiona la fijación de cachés y desplaza el riesgo hacia los márgenes más frágiles del sector. La distancia entre la narrativa y la realidad no solo afecta a la economía de salas y festivales, sino también a la sostenibilidad de los propios proyectos artísticos.

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