En el mundo en el que vivimos −que es el mundo de Donald Trump− una semana puede ser una eternidad y un miércoles cualquiera, contener más giros en su trama que la película de un guionista tramposo. Pocas cosas sobreviven al parpadeo nervioso del ciclo incesante de noticias, y a veces cuesta recordar lo que pasó hace apenas 10 días. Como cuando, en lo que parece otra vida, Europa vivía en vilo por los planes del presidente de Estados Unidos de hacerse con Groenlandia. De ahí que la obstinación en los titulares de Minneapolis como símbolo de la resistencia a la brutal política migratoria de la Casa Blanca y a su agenda autoritaria haya hecho perder los nervios a Trump, tan acostumbrado a controlar el relato.
El presidente de Estados Unidos manda señales contradictorias sobre su disposición a rebajar la presión en Minnesota, una brutal campaña que ya le ha pasado factura en las encuestas
En el mundo en el que vivimos −que es el mundo de Donald Trump− una semana puede ser una eternidad y un miércoles cualquiera, contener más giros en su trama que la película de un guionista tramposo. Pocas cosas sobreviven al parpadeo nervioso del ciclo incesante de noticias, y a veces cuesta recordar lo que pasó hace apenas 10 días. Como cuando, en lo que parece otra vida, Europa vivía en vilo por los planes del presidente de Estados Unidos de hacerse con Groenlandia. De ahí que la obstinación en los titulares de Minneapolis como símbolo de la resistencia a la brutal política migratoria de la Casa Blanca y a su agenda autoritaria haya hecho perder los nervios a Trump, tan acostumbrado a controlar el relato.
No es arriesgado definirla como la peor crisis interna de su segunda presidencia, alimentada además por las mentiras de su Administración. No ha parado de agravarse en estas semanas, en las que los estadounidenses que no se cuentan entre sus fieles despejaron un par de dudas. Ya está claro que la cruzada contra la inmigración de Trump va mucho más allá de la persecución de lo que él suele llamar “lo peor de lo peor”. También, que el republicano iba en serio cuando prometió en campaña que pondría toda la fuerza federal a disposición de una cruzada personal contra sus enemigos. Es una lista que no solo incluye a los indocumentados, o a aquellos que simplemente lo parecen, sino también a los activistas de izquierda que se han movilizado en Minneapolis y a los políticos demócratas de Estados como Minnesota.

Primero fue, el pasado 7 de enero, la muerte de Renée Good, estadounidense de 37 años a la que un agente del ICE llamado Jonathan Ross disparó a bocajarro tres veces, en una actuación que el Gobierno defendió desde el principio, sin esperar a la investigación, y que animó al vicepresidente, J. D. Vance, a decir que Ross gozaba, en calidad de agente federal, de “inmunidad absoluta”. Más allá de que tal cosa no es verdad, como sabe cualquier jurista de carrera como él, la idea resonó en un país a cuyos ciudadanos les gusta identificarse con el mito originario de una serpiente de cascabel que se revuelve cuando el poder pisotea sus libertades individuales.
Después vino el disparo en una pierna a un venezolano y la detención de un niño de cinco años llamado Liam Conejo, al que los agentes del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) trataron de usar como anzuelo para cazar a su madre. Un juez federal ordenó este sábado su liberación.
Las falsedades de la Administración de Trump sobre el altercado en el que dos agentes de la Patrulla Fronteriza mataron el 24 de enero pasado de 10 balazos por la espalda al enfermero Alex Pretti, al que previamente habían desarmado, unidas al hecho de que todo sucediera durante un fin de semana en el que medio país estaba recluido en casa por una tormenta invernal, contribuyeron a que el suceso calase hondo en la opinión pública. Tanto, que Trump tuvo que buscar una cabeza de turco.
El sacrificado fue Greg Bovino, jefe sobre el terreno del operativo antiinmigración más ambicioso lanzado hasta la fecha y rostro de sus tácticas más violentas. Su sustituto, Tom Homan, el llamado zar de la frontera de la Casa Blanca, llegó a Minneapolis con otro tono y con la promesa de una “desescalada”, y de “restaurar la ley y el orden”.
En una de sus clásicas idas y venidas, las buenas intenciones de Trump duraron lo que tardó en recordar lo poco que le gusta contener sus impulsos. El jueves pasado, tras salir a la luz un vídeo de un altercado de Pretti con una patrulla del ICE 11 días antes de su muerte, Trump definió a la víctima como un “agitador y, quizás, un insurrecto”, e insistió en que no piensa echarse atrás, como siguieron demostrando las acciones de los suyos sobre el terreno, donde continuaron las redadas, se multiplicaron los arrestos de manifestantes y empezaron los de periodistas y dos niños más fueron deportados.
No debería sorprender viniendo de un presidente que indultó a unos 1.500 procesados por el asalto al Capitolio en su primer día de vuelta en el Despacho Oval, y que define lo que pasó el 6 de enero de 2021 como un “día de amor”. El presidente de Estados Unidos parece confiado en que su tarea de demolición de la verdad ha dado sus frutos en la década que lleva en política, justo ahora que se cumplen nueve años desde que su primera Casa Blanca inaugurara una nueva era orwelliana y se inventara el concepto de “hechos alternativos” para referirse a las mentiras.
Creer lo que uno ve
“El problema para nuestro presidente”, advirtió el miércoles Ken Brown, uno de los miles de manifestantes que salieron a las calles de Minneapolis para oponerse a las políticas de Trump, “es que en la América de hoy, o crees lo que te dicen, o te fías de tus ojos. Y si eres de los que se fían de lo que ven, solo tienes una opción: salir a protestar”.
Un sondeo del Pew Research Center hecho público esta semana indica que los estadounidenses creen más en sus propios ojos y los vídeos que trascendieron de la muerte a sangre fría de Pretti que lo que les dice su presidente, cuyo índice de aprobación ha bajado tres puntos desde otoño, hasta situarse en el 37%, un mínimo.
Solo un 27% apoya la mayoría o la totalidad de las políticas de Trump, una cifra que ascendía al 35% cuando asumió el cargo el año pasado. Ese descenso se debe exclusivamente al cambio de idea de los republicanos, según la encuestadora. En lo que se refiere a las tácticas del ICE, siete de cada 10 estadounidenses consideran inaceptable que la policía migratoria tome decisiones en función de la apariencia física o el idioma que hable una persona. Y seis de cada 10 rechaza que estos oculten su rostro mientras trabajan.
Este sábado, Trump habló de demoscopia en un mensaje en Truth, su red social, aunque no se refirió a la encuesta del Pew, sino a otra que afirma que las simpatías en el mundo MAGA (Make America Great Again) no han cambiado tras la muerte de Pretti, lo que podría volver a dar por buena aquella famosa frase suya, de enero de 2016. Dijo: “Podría disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perdería ni un solo voto entre esa gente”.
Lo cierto es que las críticas de esta semana de Trump al hecho de que la víctima portara legalmente un arma en el momento en el que se interpuso entre los agentes de la Patrulla Fronteriza y una mujer a la que iban a arrestar, le valieron la reprobación de la Asociación Nacional del Rifle, una poderosa organización en defensa de la Segunda Enmienda sin cuyo apoyo un republicano lo tiene muy difícil para ganar unas elecciones. Y las críticas también han llegado del mundo MAGA. Steve Bannon, uno de sus referentes, dijo en su pódcast que no creía en “ninguna desescalada”. “No hace falta bajar la tensión”, añadió Bannon. “Hay que subirla”.
La derecha moderada se muestra cada vez más incómoda con la política migratoria actual. Mientras el último editorial de The Wall Street Journal aconseja al presidente “centrarse en los delincuentes más peligrosos” y dejar en paz a los inmigrantes que cumplen con la ley, llevan décadas en Estados Unidos y viven aterrorizados ante la posibilidad de su deportación, las voces que piden la dimisión de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, se han escuchado también desde el Partido Republicano.

Noem, que corrió a llamar a Pretti “terrorista doméstico” cuando su cadáver aún estaba caliente, y mintió al decir que se encaró a los agentes “blandiendo su arma”, recibió, tras las primeras dudas, el respaldo de Trump, que en la última reunión el jueves pasado de su Gabinete, eso sí, no le dio la palabra. Los medios estadounidenses han informado estos días de las diferencias en el seno del Gobierno entre los partidarios de la mano más dura contra la inmigración (además de Noem, el subjefe de Gabinete, Stephen Miller) y los que temen que esta acabe pasando factura a los suyos en las elecciones del próximo noviembre.
En la manifestación de Minneapolis, algunos bromeaban sobre lo desesperado que debía de estar el Gobierno de Trump por lograr que la opinión mire a otro lado como para publicar, como hizo este viernes, tres millones de nuevos documentos del millonario pederasta Jeffrey Epstein, en cuyos papeles sale constantemente el presidente de Estados Unidos, que fue amigo de Epstein, como salen decenas de otros hombres de poder, sin que eso pruebe que cometieron ningún delito. Una ley aprobada en otoño obliga al Departamento de Justicia a difundir todos los materiales sobre el caso que obran en su poder, pero su fiscal general, Pam Bondi, lleva más de un mes arrastrando los pies, mientras los demócratas acusaban a la Casa Blanca de correr una cortina de humo detrás de otra para no desclasificar ese material.
El anuncio de la liberación de archivos del millonario pederasta lo hizo el vicefiscal general, Todd Blanche, en la misma conferencia de prensa en la que anunció que su departamento ha abierto una investigación federal de derechos civiles sobre la muerte de Pretti, y que esta será independiente de la revisión interna que está llevando a cabo el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés).
Pese a que Blanche se apresuró a restar importancia a la decisión (“la describiría como una investigación estándar del FBI”, dijo), esta supone un cambio de actitud del Departamento de Justicia. No está claro que vaya a servir al propósito de Trump de distraer la atención de una sociedad aquejada de su déficit. Tampoco, si dentro de 10 días, Minneapolis se recordará vagamente, como se recuerda ahora Groenlandia. Lo único claro es que los vecinos de esa ciudad del Medio Oeste, unidos en una resistencia sin precedentes, no están dispuestos a dejar que eso pase.
Internacional en EL PAÍS
