El último misterio de Goya se llama Rosario Weiss

Sergio del Molino, este lunes en el Museo del Prado ante el retrato de Leocadia Zorrilla, última compañera de Goya.

Los monstruos de Goya no solo desencadenan sensaciones únicas, juicios de país y turbulencias en quien los contempla, sino obras: nuevas y valiosísimas obras en torno a su vida, su pintura, su pensamiento y su herencia que siguen enriqueciendo el acervo cultural español. El genio aragonés no solo creó en mayúsculas, no solo retrató su tiempo y el nuestro, sino que él mismo desató un tsunami, un torrente de creaciones en cine, pintura y literatura que hoy suman un nuevo original obligatorio en la estantería: La hija (Alfaguara), el nuevo libro de Sergio del Molino, escritor y columnista de EL PAÍS, con quien recorremos el Museo del Prado en busca del germen, de la semilla, de la chispa que alumbró su obsesión.

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Sergio del Molino en el Museo del Prado, con un retrato de Leocadia Zorrilla que forma parte de las pinturas negras.Sergio del Molino ante 'La atención', autorretrato de Rosario Weiss, situado encima del retrato de Goya que pintó Vicente López. Un paseo por el Prado con Sergio del Molino, que publica la gran novela sobre la niña artista a la que el genio español crio y enseñó. Esta es la historia de una biografía borrada  

Los monstruos de Goya no solo desencadenan sensaciones únicas, juicios de país y turbulencias en quien los contempla, sino obras: nuevas y valiosísimas obras en torno a su vida, su pintura, su pensamiento y su herencia que siguen enriqueciendo el acervo cultural español. El genio aragonés no solo creó en mayúsculas, no solo retrató su tiempo y el nuestro, sino que él mismo desató un tsunami, un torrente de creaciones en cine, pintura y literatura que hoy suman un nuevo original obligatorio en la estantería: La hija (Alfaguara), el nuevo libro de Sergio del Molino, escritor y columnista de EL PAÍS, con quien recorremos el Museo del Prado en busca del germen, de la semilla, de la chispa que alumbró su obsesión.

—¿Cómo empezó todo?

—Mi fascinación más antigua empieza aquí, en las Pinturas Negras. Estamos en la casa de Goya y para mí son el centro y el corazón del museo. Entré a Goya por esas pinturas y también entré a España por ellas. La España vacía debe mucho a esta fascinación por unas Pinturas Negras de las que emana todo el pensamiento moderno sobre España del que me considero heredero y seguidor: la corriente de pensamiento pesimista.

Estamos recorriendo la sala de esas Pinturas Negras, que Goya pintó en su última morada en Madrid entre 1820 y 1823 y, más allá de Saturno, Las parcas, Perro semihundido o El aquelarre, ante las que se agolpan decenas de visitantes ahora mismo, Del Molino se para ante el retrato posiblemente más luminoso de esta colección oscura que sobrevivió al deterioro de la Quinta del Sordo: el de Leocadia Zorrilla, su última compañera, quien compartió con él su vida en esta última casa madrileña y quien le acompañó al exilio en Burdeos. “Leocadia fue una mujer de una mentalidad muy extemporánea entonces, pero muy fácil de comprender desde los códigos de hoy. Su relación con la libertad y con Goya están a la vista de cualquiera. Yo solo he rellenado un poco los huecos”. Para las cartelas del Prado sigue siendo su ama de llaves.

Pero el objeto de su libro no es exactamente Leocadia, mujer divorciada de un hombre que la esquilmó, sino de una de sus tres hijos, Rosario Weiss, que se crio con un Francisco de Goya que no solo ejerció de padre sino de maestro. A diferencia del único hijo de su propio matrimonio que le sobrevivió (Javier) y de su nieto (Mariano), que se dedicaron a malvender la herencia y falsificar lo que pudieron, la niña Weiss aprendió a ser pintora y luchó contra un borrado histórico hasta convertirse en la artista hoy ansiada por muchos museos y colecciones, pero aún pendiente de reconocer por el gran público.

El nuevo libro de Sergio del Molino (Madrid, 1979) construye sus cimientos sobre la verdad histórica. Pero, a partir de ella, levanta con arte, con imaginación y con las herramientas de la ficción una biografía imponente de una artista tan enorme como silenciada por la familia de Goya y el establishment de la época. Por el camino, retrata el siglo XIX español con sus episodios de violencia, de reacción, de lucha por avanzar y del nacimiento de la política tal y como hoy la entendemos. Del Molino, que ha demostrado pulso narrativo en incursiones históricas como la de Los alemanes, con la que ganó el premio Alfaguara, además de poner nombre a nuestra realidad con La España vacía, ha respetado la escasa historia conocida y le ha sumado una brava ingeniería para hacer brillar a la niña que heredó el sentido artístico de su padre de facto, pero poco más. Por el contrario, fue borrada.

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Caminamos hacia el autorretrato llamado La atención (1841), una de las escasas obras conservadas de Weiss, situada precisamente encima del retrato de Goya que había pintado Vicente López en 1826. Las dos obras unen la vida de Weiss: debajo está su padre y maestro tal y como era cuando fue niña. Encima, su figura cuando era mujer. Este lienzo de Weiss, cargado de sensualidad y erotismo, le parece a Sergio del Molino coherente con una artista a la que en su vida adulta acusaron de puta, le atribuyeron sífilis y usar su cuerpo para abrirse paso. “Este es el retrato de una mujer a la que le importaban bien poco esas cuestiones. En él está desafiante y a mí eso me chifla”.

Cerca está La lechera (1827), uno de los cuadros que el maestro pintó en Burdeos en su etapa final, un año antes de morir allí, y que muy probablemente realizó en coautoría con la niña aprendiz. De hecho y para desgracia de Leocadia Zorrilla y su hija, esa fue prácticamente su única herencia.

“Es inabarcable lo que hay escrito sobre Goya, pero yo no encontraba la presencia de Rosario Weiss más que como una nota al pie y estoy seguro de que tuvo que influirle mucho”, confiesa Del Molino. “Más allá de que fuera su hija o no, intenté rastrear su presencia y vi que sigue siendo un agujero negro dentro del misterio del Goya último”.

Y su convicción fue que -más allá de lo que él le enseñó a ella- ella le enseñó a él, le influyó, fue relevante y que “parte de las cosas que nos perturban e inquietan del último Goya se iluminan mejor con la presencia de Rosario”. En los tiempos de Burdeos, con un Goya anciano que ha abandonado Madrid tras el regreso del absolutismo, se produce algo contrario a lo que vivieron otros maestros longevos que en su última etapa se vuelven “torpes, crípticos, casi abstractos, incomprensibles”. “Se ha estudiado mucho en Beethoven y otros artistas que se vuelven oscuros en el final de su vida donde antes eran diáfanos y claros. Goya tiene tendencia a la oscuridad, pero en esta etapa remonta, hay un momento luminoso y creo que tiene que ver con que está encima del aprendizaje de Rosario y eso le aporta muchísimo”. Son los días de Aún aprendo, lección de jovialidad que nos da Goya anciano desde Burdeos, y de numerosos dibujos anticipatorios de la modernidad que iba a llegar. “Goya está asistiendo a ese aprendizaje y en lugar de encerrarse en sí mismo y volverse incomprensible, se esfuerza en ir hacia la claridad. Todo eso tiene mucho que ver con la presencia de Rosario”.

La imagen de esos años obsesionó a tal punto a Sergio del Molino que se encerró a leer todo lo que pudiera para documentarse y palpar el aire de esta época.

—¿Este libro es por amor a Goya o Rosario Weiss?

—Es por amor a los dos, porque veo que hay algo muy poderoso en la conjunción entre el Goya viejo y la artista joven. Me interesa mucho la cuestión del linaje, la transmisión, la herencia. Como plebeyo que soy me gusta saber de dónde venimos. Eso forma parte de la génesis y centro de mi obra.

Y en esa Lechera de Burdeos confluyen -comenta- el Goya que se va y la artista que viene. “Ese rompeolas me interesa mucho”.

Pero la artista que viene quedó borrada de un plumazo cuando el nieto y la nuera de Goya desembarcan en Burdeos días antes de morir el maestro, toman el control y Leocadia Zorrilla y su hija se ven prácticamente arrojadas a la calle y sin más testamento que esa lechera que luce hoy en el Prado.

¿Fue Goya injusto con ellas? “Yo intento salvarle en el libro, creo que él no era consciente de que las dejaba en la estacada. Quiero creer que murió pensando que dejó las cosas arregladas, pero no fue así”. Ambas mujeres quedaron en la intemperie, en el exilio, y desconectadas de los círculos artísticos de Madrid. “Luego además la boicotean. El hijo de Goya utiliza todo el poder de las redes clientelares de Madrid para dejarla al margen y a ella le va a costar mucho llegar al público”.

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Weiss lo consiguió. Llegó a convertirse en copista del Prado, trabajó en la Academia de San Fernando, que la nombró Académica de mérito en 1840, y fue maestra de dibujo de Isabel II, un último puesto truncado por su muerte temprana por cólera, en 1843, con solo 28 años. Pero casi toda su obra al óleo, unos 20 o 30 cuadros, están desaparecidos. “Nos queda mucho Rosario Weiss por recuperar, tal vez hay mucho atribuido a otros autores”. Sus dibujos están en el Lázaro Galdiano y se han hecho ya un par de grandes exposiciones. “Empieza a darse a conocer, pero su reconocimiento no pasa de un círculo muy estrecho. Los grandes museos del mundo, incluido el Metropolitan de Nueva York, sienten que su colección está coja si no tienen algo de Weiss, pero falta un gran reconocimiento del público. Ojalá pudiera contribuir con mi libro a que pase de ser un secreto compartido entre una camarilla a una figura respetada por todos”, asegura Del Molino.

El gran misterio pendiente sigue siendo la paternidad por demostrar de Goya, cree Sergio del Molino. Pero, francamente: ¿qué sería de nosotros sin ese silencio, sin los misterios que alimentan la literatura y el arte?

El silencio es precisamente una de las obras perdidas de Rosario Weiss, muy presente en La hija por razones bien trazadas en la novela. Y es también la materia que sustenta la creación. “El silencio es el gran armazón del arte, sin él no puedes crear literatura, ni pintura, ni música, porque nos manejamos entre lo implícito, lo supuesto y lo ambiguo y eso agranda y da profundidad al misterio. Si el arte se vuelve demasiado explícito y evidente, deja de ser arte”. ¿Y qué es el arte? “Todo lo que se manifiesta con capas, densidades y equívocos. El arte jugando con el silencio para intentar compartir un secreto, eso es el arte, intentar que entendamos sin entender del todo, sin que nos lo expliquen. Que las cosas sean evidentes pero que no haga falta explicitarlo porque, en cuanto alguien explique las cosas, destruye el arte por completo”.

Y la vida de Rosario Weiss fue eso, puro silencio, concluye sobre ella. “Su vida carece de voz, documentos, no sabemos nada, ni qué pensaba ni cómo se expresaba. Solo podemos interpretarla a través de su arte”. A ella se acerca en la novela a partir de un narrador enamorado que ha permitido a Sergio del Molino responder al eterno reproche que hace su mujer a su literatura. “Ella siempre me reprocha que soy muy reacio a las historias de amor. Aquí había una historia romántica y me pareció el momento de superar mi miedo a ser cursi. Por ello tomo como narrador a quien escribió el obituario de Rosario Weiss, un hombre que tuvo una relación muy directa con ella pero que también se convirtió en arquetipo de lo que hemos hecho todos con Rosario. Apartarla, dejarla tirada”.

¿Algún miedo a los goyistas, a los especialistas recelosos de la entrada de profanos en el mundo del pintor? “Supongo que lo leerán con cierta desconfianza, pero estaré encantado de debatir, no hay nada que me guste más que una buena conversación”, asegura el autor. Al fin y al cabo, “hay un Goya a la medida de cada persona. Cada uno puede retratar el suyo porque tenemos suficientes lagunas como para poder apropiarnos e interpretar cosas equívocas. Hay un Goya homoerótico con su amigo Martín Zapater, otro romántico enamorado de duquesa de Alba… y luego vienen los goyistas a rebajar las expectativas y pararnos. Por suerte para los literatos, y no para los especialistas, hay un Goya para cada persona que quiera aproximarse”.

Sergio del Molino termina el recorrido por el Prado con una reflexión más positiva de España: cree que no es más fratricida o violenta que los países de nuestro entorno, pero nadie tuvo la suerte de tener a Goya para “proyectar nuestro sentido trágico de la historia sobre su obra”. Por lo demás, le fascina una época en la que nació la política moderna y los partidos frente a las camarillas vinculadas a la corona que la definían hasta el siglo XIX. “En esa época asistimos al nacimiento de la política de banderías, pero la polarización y la intransigencia no han cambiado nada”. Palabra de Sergio del Molino.

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