Entre la autoridad de Passarella y el carisma de Maradona: así se rindió un vestuario joven a la influencia de Messi

Había un relato difícil de quebrar: el del gran capitán. A Maradona le costó romperlo, necesitó ayuda. Messi también.

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 Como Diego en México 86, la Pulga necesitó que se construyera un entorno favorable para ejercer el liderazgo tanto en el vestuario como en el campo. El resultado: 15 goles en sus dos últimos Mundiales  

Había un relato difícil de quebrar: el del gran capitán. A Maradona le costó romperlo, necesitó ayuda. Messi también.

Cuando Bilardo tomó la selección argentina después del Mundial de España, el vestuario de la Albiceleste se dividió: estaban los que se habían quedado encandilados con el discurso seductor de Menotti y los que miraban al futuro bajo la conducción de un técnico particular como él. En el medio, los dos símbolos: Passarella, el káiser argentino, el tipo que había levantado la Copa en Argentina 1978, y Maradona, el futbolista llamado a destronar al rey Pelé.

Bilardo soltó dos frases. La primera: “Solo Maradona tiene el puesto asegurado”. Hasta aquí, más o menos normal. La segunda, en cambio, agitó la crispación: “Maradona será el capitán”.

Passarella no digirió bien ninguna de las dos premisas de Bilardo. La primera, por una cuestión futbolística: ¿cómo no le iba a asegurar la titularidad al defensor más goleador de la historia de Argentina? La segunda, en cambio, tenía un sentido más profundo. “Al capitán lo elige el vestuario, no el técnico”, se le escuchó decir.

La frase llegó a oídos de Bilardo. Y se dio cuenta de que el problema no solo estaba en el vestuario, sino también en el campo. La única manera de que Diego brillara en el césped era liberarlo de la figura de Passarella en el vestuario. A partir de ahí, los mitos. Nada extraño en el fútbol argentino. Hay una teoría instalada, nunca probada, de que Bilardo, graduado en Medicina, le inoculó un virus para alejarlo de la plantilla. Lo cierto es que el cuerpo técnico de la Albiceleste había prohibido a los jugadores tomar agua del grifo, incluso para lavarse los dientes. A Passarella le gustaba el whisky con hielo.

Sin la sombra de Passarella, el vestuario se rindió a Maradona. Un Diego liberado y auténtico, capaz de gritarles a sus compañeros antes del partido contra Inglaterra: “¡Vamos, eh, vamos, que estos hijos de puta nos mataron a nuestros pibes!”. El resto de la historia es tan conocida como hipnótica: la Mano de Dios, el Gol del Siglo. Diego levantó la Copa. Ya había otro gran capitán, igual de alfa, menos autoritario, más cercano.

Diego, a diferencia de Passarella, no tuvo problemas con su heredero. Era Messi. Y aunque a veces dudaba de su capacidad para ejercer el liderazgo —“No tiene personalidad de líder, como vos y como yo”, llegó a decirle a Pelé—, siempre terminó rendido ante su fútbol. “Diego siempre dijo que Leo era mejor que él”, recordó Claudia Maradona, pareja del Pelusa durante 27 años.

Maradona y Messi coincidieron en la selección argentina durante el Mundial de Sudáfrica 2010. Era la segunda Copa del Mundo de la Pulga y la primera a la que llegaba plenamente consolidado como estrella global tras conquistar el Balón de Oro de 2009. Diego intentó acelerar su integración en el liderazgo del grupo. Lo hizo compartir habitación con Juan Sebastián Verón y, en el tercer partido de la fase de grupos, ante Grecia, le entregó el brazalete de capitán. “Se trabó en algún momento”, recordó Verón sobre un intento de arenga de Messi antes de un partido. “Es normal. No es fácil hablar delante de un grupo y menos en una situación así”. Argentina cayó en cuartos. Messi no dijo ni pío en el vestuario ni en el campo. Se marchó de Sudáfrica sin marcar.

La selección argentina tomó otro rumbo con Alejandro Sabella al mando: Messi llevaría el brazalete. La voz cantante, sin embargo, la llevaba Mascherano. Leo lideraba al equipo en el césped —marcó cuatro goles para llevar a Argentina a la final contra Alemania en Brasil—, pero en el vestuario se refugiaba en la llamada Mesa Chica. En las comidas grupales se sentaba junto a Mascherano, Biglia, Higuaín, Otamendi, Banega y Agüero. Nadie se atrevía a poner un pie en esa mesa. Desafiante, a pesar de la advertencia de otro compañero, Icardi se acomodó junto a ellos. Todos se quedaron callados e Icardi nunca más volvió a la selección.

El grupo con el que se había criado Messi lo admiraba, pero no lo idolatraba. Eran sus rivales en los principales equipos de Europa: Higuaín (Madrid), Tévez (United, City y Juventus) y Agüero (Atlético y City). Ese grupo se rompió en la debacle de Argentina en Rusia 2018. “Fue todo un quilombo”, reveló Agüero tiempo después. En medio del caos y con Messi ofuscado en su habitación, Agüero era el único que tocaba la puerta para entrar. Dormía con él.

La selección se rompió tras Rusia. Scaloni se sentó en el banquillo y decidió apostar por una nueva generación de pibes que comenzaban a despuntar en Europa: Romero, Paredes, De Paul y Lautaro, entre otros. No fue hasta que el grupo estuvo consolidado cuando Scaloni llamó a Messi. Tenía un cebo: Pablo Aimar.

Organizó una videollamada para convocarlo a la selección y, en cuanto Leo vio a su ídolo Aimar en la pantalla, sonrió. Una nueva Argentina asomaba. La primera convocatoria fue en marzo de 2019. En el Eurostars Madrid Tower, Messi ya no compartía habitación. Pero De Paul y Paredes querían compartir tiempo con su ídolo, ahora también compañero. Fueron a tocar la puerta de su habitación para tomar mates juntos. Todo cambió.

Cuando Argentina cayó en la semifinal de la Copa América ante Brasil en 2019, apareció un Leo irreconocible: “Brasil maneja todo en la Conmebol”. Desafiante, político, más maradoniano si se quiere. Esa fue la última eliminatoria que perdió Argentina: ganó dos veces la Copa América (2021 y 2024), el Mundial de Qatar 2022 y se plantó en la final de Estados Unidos, México y Canadá 2026.

Todavía se recuerda la arenga de Messi antes de la final de 2021: “Ya sabemos lo que es Argentina, lo que es Brasil. Hoy no quiero decir nada de eso, hoy quiero darles las gracias, muchachos, quiero darles las gracias por estos 45 días […]. ¿Saben qué? Esta Copa se tenía que jugar en la Argentina y Dios la trajo al Maracaná. Así que salgamos confiados y tranquilos, que esta la vamos a llevar a casa”, alentó.

A diferencia de 2010, no se trabó, ni dudó. Ya no tenía un grupo de compañeros-rivales, sino de compañeros-devotos. Y, como Maradona sin la sombra de Passarella, se liberó.

Messi acumula seis Mundiales. Entre 2006 y 2018 marcó seis goles. En los últimos dos lleva 15. Aspira a conquistar su segundo Mundial consecutivo. Diego necesitó la ayuda de Bilardo o de un whisky con hielo. No se sabe. La historia de Messi no admite dudas: el mate de De Paul. Y ahora es el gran capitán.

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