Supongo que soy minoría. Esa clase de persona que se desentiende del fútbol durante cuatro años pero que, cuando llega el Mundial, y juega la selección de su país, se transforma en un hooligan de tono bajo –un sujeto que se enardece pero que no produce acción violenta contra otros ni contra los muebles de su casa-, alguien que organiza su agenda evitando compromisos los días en los que hay partido, que se siente bajo asedio de una expectativa descomunal antes de cada encuentro, como si algo trascendente fuera a suceder.
Existe una clase de persona que se desentiende del fútbol durante cuatro años pero que, cuando llega el Mundial, se transforma en un ‘hooligan’
Supongo que soy minoría. Esa clase de persona que se desentiende del fútbol durante cuatro años pero que, cuando llega el Mundial, y juega la selección de su país, se transforma en un hooligan de tono bajo –un sujeto que se enardece pero que no produce acción violenta contra otros ni contra los muebles de su casa-, alguien que organiza su agenda evitando compromisos los días en los que hay partido, que se siente bajo asedio de una expectativa descomunal antes de cada encuentro, como si algo trascendente fuera a suceder.
Miro los partidos de la selección argentina en mi casa, en compañía del hombre con quien vivo. Soy incapaz de distinguir una posición adelantada, pero él sí sabe ver y dice cosas como “No fue falta, fue a la pelota”, o “No vale el gol, lo van a anular”. Yo aplico una especie de inocencia ridícula que no tengo para ninguna otra cosa en la vida: siento que las patadas no son tales sino intentos honestos de llegar a la pelota, que los forcejeos entre jugadores no tienen mala intención sino que son consecuencia lógica de un deporte rápido. En fin, que no sé mirar. En este Mundial hubo ocasiones en las que ni siquiera fui capaz de ver con claridad que la pelota había entrado en el arco rival, y mi festejo tuvo un delay de segundos hasta que el relator gritó el gol. Pero, curiosamente, puedo percibir si la selección está jugando bien o mal; si, a pesar de haber ganado un partido, el primer tiempo fue horrible, y tengo opiniones bastante aceptables acerca de si están lentos o desorganizados. Parece que puedo generar una imagen de conjunto acertada, porque se ajusta a los comentarios que después leo en, por ejemplo, la extraordinaria correspondencia que sostienen sobre el Mundial mis admirados y queridos Juan Villoro y Martín Caparrós, que se publica en este diario.
Semanas atrás, en Berna, Suiza, cuando el Mundial aún no había comenzado, conversaba con Caparrós sobre ese desinterés mío por el fútbol que se desactiva cuando empiezan los Mundiales, y me hizo la pregunta más inteligente que me hayan hecho: “¿Y qué ves cuando ves los partidos?”. Es una pregunta extraordinaria porque, claro, ¿qué entiendo de algo que no entiendo? Es como si leyera –o pretendiera leer- en un idioma que ignoro. Recuerdo que le dije que era parecido al placer que se siente cuando un libro está por encima de nuestras posibilidades de comprensión pero que se nos revela intuitivamente como un libro fantástico.
Creo que era una respuesta falsa.
Supe que existían los Mundiales a mis once años. Antes de eso, descendiente de dos generaciones a las que nunca les interesó el fútbol, no tenía idea de su existencia. Fue un Mundial oscuro, el Mundial de 1978. Transcurrió en la Argentina durante la dictadura que había tomado el poder en marzo de 1976, encabezada en ese momento por Jorge Rafael Videla. Miles de personas eran masacradas en cientos de centros clandestinos mientras por todas partes sonaba la canción “Veinticinco millones de argentinos jugaremos el mundial” y los mensajes patrioteros se multiplicaban.
No recuerdo que me hayan comprado el álbum de figuritas con las imágenes de los jugadores, pero sí que estaba enamorada del Conejo Tarantini, que Kempes era un superhéroe en el que se podía confiar a ciegas (si tenía que hacer diez goles, iba a hacer diez goles). Vivíamos en una ciudad pequeña y, aunque mis padres no tenían militancia, no alentaban nuestro entusiasmo. “Pan y circo”, decía mi padre cada vez que tocaba ver un partido que, de hecho, no miraba. El miedo y el horror se colaban en los cuchicheos entre los adultos, en los comentarios en voz baja acerca de que tal vecino era un “buchón”, un delator. No sé qué entendía yo de ese silencio taladrado por frases cazadas aquí y allá pero, a pesar de haber tenido una niñez llena de juegos y amistades, recuerdo ese tiempo como si hubiera estado sumergido en una bruma gris. Así y todo, ante cada partido de la selección, mirando la pantalla con mi madre, mi hermano y mis abuelos, en ese oasis inseminado de amor que prometía que nada malo me podía pasar, que mi vida sería eterna y que cada verano duraría para siempre, me inundaba aquella expectativa descomunal de la que hablaba al principio, como si al ganar ellos fuera a ganar algo –mucho- yo también.
Cuando la Argentina venció a Holanda en la final, mis padres accedieron a salir a festejar. Teníamos un auto que mi madre adoraba, un Torino coupé, y mi padre conducía en silencio mientras mi hermano y yo sacudíamos nuestras banderitas argentinas por las ventanas.
Tantos años después, vi este Mundial 2026 indignada por el hydration break, por las publicidades de las casas de apuestas on line –a pesar del crecimiento aterrador de la ludopatía digital, sobre todo entre adolescentes-, y al borde del síncope en varios partidos de la selección Argentina que parecía utilizar el sufrimiento como despertador. En el país, las frases “Sufrimos pero ganamos” y “Sabemos sufrir” se impusieron como un mantra. Ofrendar sufrimiento a cambio del paraíso es un martirio con el que no concuerdo. Cuando escuchaba a los relatores decir cosas como: “¡Ahora sí, se encendió la selección!”, me preguntaba si no hubiera sido más fácil que saliera a la cancha ya encendida. Pero lo dicho: no sé nada de fútbol.
Tampoco debo saber mucho de historia. En los días previos a la semifinal contra Inglaterra, y a pesar de los esfuerzos del técnico Lionel Scaloni por sostener que era “sólo un partido de fútbol”, los medios de mi país se llenaron de un patrioterismo exaltado con titulares que decían cosas como “Si quieren venir, que vengan”, o “Que vengan, los estamos esperando”, versiones apenas disimuladas de una de las frases del dictador Leopoldo Fortunato Galtieri que en 1982, ya iniciada la guerra de Malvinas y refiriéndose al Reino Unido, dijo: “Si quieren venir, que vengan; les presentaremos batalla”. Más allá del reclamo por las islas, hay algo que funciona mal en un país que, 44 años después de una guerra iniciada por la dictadura, usa sin pruritos, y casi palabra por palabra, el “slogan” de un dictador.
Dejando de lado esos detalles, ayer, domingo, pasó algo extraño. Mi expectativa infantil se transformó en angustia adulta durante la final entre Argentina y España. Sabía quién quería que ganara. Pero está todo mezclado. La mejor metáfora de esa mezcla podría ser la foto de Lionel Messi con veinte años bañando a Lamine Yamal cuando era un bebé. Intenté encontrar dentro de mí el interruptor para que dejaran de importarme los sentimientos de mis amigos españoles. Sospecho que a algunos ni siquiera les interesan los partidos y quizás otros sean, como yo, fanáticos intermitentes. Aunque el fútbol exige simplificaciones -soy de este o soy de aquel-, no logré simplificarme: viví los ciento y pico de minutos en un vaivén emocional que me descalibró. Argentina es, para mí, la forja en que me hice lo que sea que soy. España es, desde hace años, un hogar aunque no viva allí. Si estoy en España, añoro mi casa en Buenos Aires. Si estoy en Buenos Aires, añoro hasta el sonido de los semáforos de Madrid, ese cantito pajaril que habilita a cruzar la calle (durante la pandemia le pedí a un amigo que grabara ese sonido y me lo enviara, para sentirme cerca).
Ahora todo terminó. España ganó el Mundial y, mientras imagino a mis queridos celebrando eufóricos al otro lado del océano, Buenos Aires está sumida en un silencio triste y desilusionado. Hace un rato, mientras miraba el encuentro, recordé ese verso de Dylan Thomas: “La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque. aún no ha tocado el suelo”, y pensé que lo que debí decirle a Caparrós, allá en Berna, es que el Mundial es la infancia. Que cuando miro los partidos de la selección lo que vuelve de ese período no es el horror de la dictadura sino la pura potencia. Ese momento en el que todo está por suceder, en el que cada verano puede durar para siempre. En el que nada está perdido.
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