Juanma Moreno y el experimento andaluz

El candidato ‘popular’ puede protagonizar la proeza europea de dejar postrada a la izquierda y frenar a la derecha radical desde la centralidad y el balance de gestión Leer El candidato ‘popular’ puede protagonizar la proeza europea de dejar postrada a la izquierda y frenar a la derecha radical desde la centralidad y el balance de gestión Leer  

Todas las encuestas conceden al PSOE esta noche el peor resultado de su historia en el territorio que fue la gigantesca peana de su fulgurante poder. María Jesús Montero puede quedar relegada en Andalucía a los porcentajes ínfimos desde los que la AP de los 80 tardó décadas en competir por sentarse en San Telmo. El saldo ofrecerá una desconexión estructural con la Andalucía actual. La vicepresidenta de la financiación singular para Cataluña fue entregada por Pedro Sánchez al sacrificio de una misión imposible y los socialistas cerrarán este ciclo electoral con una serie encadenada de derrotas totales en cuatro comunidades en las que nunca comparecieron como alternativa verosímil.

La suma de la derecha alcanzará de nuevo el entorno del 60% para consolidar un profundo cambio sociológico en nuestro país. El presidente ha acomodado el proyecto político de España a su continuidad personal y buena parte de los españoles ya no percibe al PSOE como factor de estabilidad y vertebración social que garantice la igualdad entre todos los ciudadanos. Y Montero es el rostro con acento andaluz de esa mutación de los rasgos fundacionales del partido. El posible sorpasso al dócil apéndice del Gobierno por parte de Adelante Andalucía, la extrema izquierda andalucista que se presenta como «fuerza de impugnación», completaría un cuadro desolador para el Ejecutivo de coalición.

Sólo puede haber un ganador y será Juanma Moreno. Una combinación endiablada de restos en varias provincias condicionará la lectura política de su indiscutible triunfo: el colapso del PSOE entre las clases medias urbanas y el gatillazo estratégico de Vox en plena crisis de identidad favorecen, sin embargo, las opciones del PP de revalidar su mayoría absoluta para no depender de Santiago Abascal. Hoy puede duplicar a Montero y triplicar a Vox. Moreno protagonizaría la proeza de dimensión europea, en una comunidad política de nueve millones de habitantes, de dejar postrada a la izquierda y frenar a la derecha radical sin enfrascarse en batallas culturales ni banderías identitarias, sino haciéndose universalmente valorado en la centralidad y el balance de gestión.

El presidente andaluz conservaría así en términos equivalentes la influencia en la política nacional de su impronta personal de sosiego y moderación. Como le decía a Juanma Lamet y Teresa López Pavón en la última entrevista, su ambición pasa por demostrar que «el experimento andaluz» que recoge «la cultura política de la Transición» es exportable: «Una mayoría en Andalucía dará centralidad al cambio en España». Moreno lleva más de siete años en el gobierno y ha dejado de ser una expectativa. Y efectivamente los datos de creación de nuevas empresas, exportaciones o inversión extranjera -el doble bajo su mandato- confirman el clic mental de la nueva Andalucía para transitar desde una economía subsidiada, tradicionalmente empobrecida y resignada, al orgullo de la sociedad abierta y emprendedora vinculada a los grandes nodos de la revolución tecnológica del siglo XXI.

El «error garrafal» que se atribuye a la candidata Montero durante la campaña fue el reflejo natural de otra cultura política. Cuando ella se refirió a la tragedia de los guardias civiles que luchaban contra el narco como «accidente laboral», evocaba la cínica ausencia del ministro del Interior en los funerales y la impávida frialdad con la que Sánchez evitó el pésame hace dos años tras el asesinato de dos agentes. Es el mismo cuajo de siempre para despachar responsabilidades pero también un mensaje implícito de desprecio a la idea de España que simboliza la Guardia Civil y encuentra arraigo en Andalucía. Andros Lozano publica hoy en Crónica un escalofriante reportaje que retrata la desigualdad con la que las fuerzas del orden afrontan la multiplicación de frentes contra un enemigo formidable que despliega armas de guerra: el Estado está fracasando en la garantía de la aplicación de la ley en todo el territorio.

La larga carrera para las generales comenzará mañana. Hace cuatro años percibimos un cambio de ciclo en Andalucía que luego no se produjo: los socialistas reactivaron desde allí 570.000 votos progresistas a los que la utilidad de Moreno adormeció en las autonómicas. La dura derrota de hoy acelerará la sensación de agotamiento del sanchismo ante el bloqueo de la mayoría de la investidura y la eclosión de la corrupción, pero al presidente le resbala. Cree que a él si le votarán. La debilidad le hará más dependiente del independentismo y el PSC y los escándalos, particularmente el que afecta a su esposa, se utilizarán como palanca.

Sánchez ha dedicado los mítines de las andaluzas a prefigurar la remontada y anticipar que la campaña nacional tendrá su propia lógica de polarización ideológica, exaltación de la extrema derecha y configuración de un frente amplio plebiscitario en torno al liderazgo presidencial. Alberto Núñez Feijóo estará otra vez ante su momento: España merece un cambio real que la saque de la excepcionalidad permanente. Para hacerlo creíble necesitará un programa convincente, equipos reconocibles, compromisos institucionales y límites explícitos a Vox. Y un mensaje de moderación, sí, que no eluda el conflicto.

 Andalucía // elmundo

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