La grandeza y la pequeñez en política

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Es posible que algunos lectores identifiquen esta frase y la tradición —de izquierdas— a la que pertenece: “Tengo un gran plan, pero sé que es irrealizable”. En cambio, el Partido Popular del señor Núñez Feijóo parece tener sólo un plan tirando a pequeño, aunque eso sí, aparentemente realizable: echar a Sánchez. Y para ello encima duda del nivel de apoyo o complicidad que debe recabar de un partido situado en la órbita ultra y trumpista, que, además de echar a Sánchez, querría ponerlo “a disposición judicial”, según anunció uno de los diputados de Vox en las Cortes. Echar a Sánchez como prácticamente punto único de un discurso político monocorde responde a la obsesión que el actual presidente del Gobierno ha acabado provocando en muchas mentes de este país antes preclaras —es un decir— y ahora ofuscadas. No puede negarse que Sánchez, como cualquier político de esta época, y encima tras casi ocho años gobernando España con un PSOE escorado a la izquierda y controlado con mano de hierro, puede dar motivos de irritación, de frustración, de rechazo. Lo que se quiera. Su resiliencia, oportunismo, camaleonismo y tenacidad no siempre son vistas como virtudes políticas. Pero apostarlo todo a un estado general de cabreo enfocado en la sola persona del presidente del Gobierno —sin que, por otra parte, sea ninguna novedad en las aficiones caníbales del país: se hizo con Suárez, no se moderó con el final de González, me temo que se lo ganó a pulso el Aznar de la guerra de Irak, y hasta se tachó a Zapatero de haber sido “el peor presidente de la democracia”, etcétera— da una idea muy pobre de la política, de las expectativas, de las ideas y en definitiva de los planes —nada pequeños— que la situación general de España y del mundo parecen exigir.

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 Apostarlo todo a un cabreo enfocado en Sánchez da una idea muy pobre de la política, las ideas y los planes que la situación de España y del mundo parecen exigir  

Es posible que algunos lectores identifiquen esta frase y la tradición —de izquierdas— a la que pertenece: “Tengo un gran plan, pero sé que es irrealizable”. En cambio, el Partido Popular del señor Núñez Feijóo parece tener sólo un plan tirando a pequeño, aunque eso sí, aparentemente realizable: echar a Sánchez. Y para ello encima duda del nivel de apoyo o complicidad que debe recabar de un partido situado en la órbita ultra y trumpista, que, además de echar a Sánchez, querría ponerlo “a disposición judicial”, según anunció uno de los diputados de Vox en las Cortes. Echar a Sánchez como prácticamente punto único de un discurso político monocorde responde a la obsesión que el actual presidente del Gobierno ha acabado provocando en muchas mentes de este país antes preclaras —es un decir— y ahora ofuscadas. No puede negarse que Sánchez, como cualquier político de esta época, y encima tras casi ocho años gobernando España con un PSOE escorado a la izquierda y controlado con mano de hierro, puede dar motivos de irritación, de frustración, de rechazo. Lo que se quiera. Su resiliencia, oportunismo, camaleonismo y tenacidad no siempre son vistas como virtudes políticas. Pero apostarlo todo a un estado general de cabreo enfocado en la sola persona del presidente del Gobierno —sin que, por otra parte, sea ninguna novedad en las aficiones caníbales del país: se hizo con Suárez, no se moderó con el final de González, me temo que se lo ganó a pulso el Aznar de la guerra de Irak, y hasta se tachó a Zapatero de haber sido “el peor presidente de la democracia”, etcétera— da una idea muy pobre de la política, de las expectativas, de las ideas y en definitiva de los planes —nada pequeños— que la situación general de España y del mundo parecen exigir.

Porque, por ejemplo, ese pequeño plan aparentemente realizable de echar a Sánchez, si se hace con la ayuda de Vox, ¿qué política exterior de España implicará con respecto a Europa y los Estados Unidos presididos por Trump? ¿Habrá cambios en las políticas medioambientales y en la apuesta por las energías renovables? Y sobre la migración: ¿veremos una policía enmascarada en las calles de Madrid persiguiendo y deteniendo con malas maneras a ciudadanos latinoamericanos, o se especializará —vaya consuelo— en magrebíes y subsaharianos? Los votantes de Vox y del PP, ¿de veras quieren ver eso? ¿Deportaciones, negacionismo medioambiental, renovadas tensiones sociales y territoriales? Son preguntas perfectamente legítimas y razonables teniendo en cuenta las propuestas de Vox, una formación política con la que el partido del señor Núñez Feijóo parece tener claro que va a gobernar para poder llevar a cabo su pequeño plan realizable. Pero la pequeñez del plan al parecer no admite que estas cosas se planteen seriamente, no vaya a ser que de pronto, encima de modesto, el plan se vuelva también irrealizable.

Y de acuerdo: Sánchez forzó mucho la mano —digámoslo así— con los pactos para formar Gobierno en noviembre de 2023. La frustración —el cabreo— del Partido Popular parece haberse convertido desde entonces en una auténtica pulsión. Algo parecido se apoderó de este partido cuando perdió las generales del 14 de marzo de 2004. La tendencia a perder mal va fatalmente aparejada a la mala lectura de la situación, a no aprender de los propios errores, que si vienen de lejos —excesivo ardor guerrero en Aznar, rigidez y juego sucio con Cataluña en el caso de Rajoy— no son fáciles de corregir en corto. El conejo que Sánchez se sacó de la chistera con la amnistía —un elemento pacificador, sin duda, pero también lo eran los indultos sin necesidad de forzar tanto las costuras del sistema y sin tener que entrar en contradicciones tan flagrantes con posiciones defendidas cuatro días antes por los propios líderes del PSOE (y del PSC)—, ese conejo Feijóo no pudo no mirarlo atónito, con rabia y, por qué no, con envidia, porque era la llave de La Moncloa que él no podía atreverse a usar, aunque ganas no le faltasen. Por eso dijo aquello tan solemnemente ridículo de que él no era presidente porque no había querido.

De modo que al forzar tanto la jugada para formar gobierno se incentivó aún más esa fijación, esa monomanía, ese acoso a la persona del presidente y a sus familiares, esa calificación de “tiranía” y “dictadura” aplicada a su Gobierno por parte no de articulistas ebrios de mala fe, sino de la máxima responsable de la Comunidad de Madrid, una mujer de la que nunca se sabe si es ella la que realmente habla o es solo parte de un espectáculo de ventriloquía, con su peculiar director de gabinete moviendo hilos por detrás. En cualquier caso, así acabó de cuajar una ansiedad casi vengativa por destruir al personaje y de paso a la persona incluso más allá de su permanencia en el cargo. Así se formuló aquella consigna para que el que pudiera hacer, que hiciera. Y de nuevo: no fue una invitación nacida de ningún columnista desayunándose cada mañana con un vaso de su propia bilis. Fue todo un expresidente del Gobierno el que la lanzó. Y la campaña hizo mella. No se olvide que desde la formación de Gobierno en noviembre de 2023 a los cinco días de reflexión que Sánchez se tomó supuestamente para decidir si valía o no la pena de seguir en La Moncloa no pasó ni medio año. Y no se ignore que para una parte notable de la opinión pública Sánchez tiene la culpa de todo, desde el confinamiento por la pandemia hasta las inundaciones de Valencia, y naturalmente de la degradación de la red de alta velocidad o de los trenes de cercanías en Cataluña. ¿De quién va a ser la culpa, si no de él?

Así pues, el pequeño plan aparentemente realizable tiene la ventaja de un campo hecho a su medida: es un campo no pequeño, pero cuidado, sus confines son inciertos, y deslizarse por él esconde trampas y peligros. Es el campo de la ciudadanía cabreada, que hace diez años se identificaba con Podemos —en parte con Ciudadanos— y ahora parece encantada de votar a Vox. Analizar por qué se ha producido este movimiento pendular exige afinar y tener en cuenta muchos factores. La aventura del procés es sin duda uno de ellos. Pero no el único, por supuesto. Alegar una corriente internacional hacia la ultraderecha es quitarse de encima la exigencia de comprender qué sucede exactamente en España, en una sociedad dividida entre el músculo macroeconómico y la inanición o la fragilidad micro. Hace años, en una entrevista en este mismo periódico, Steve Bannon lo dijo con toda claridad: de lo que se trata es de colocar el producto. Colocar el discurso duro en aquellas formaciones políticas con ambición de centralidad, en aquellos partidos “de gobierno”. Ese es el verdadero asalto a los cielos del poder. Y no se hace, ay, desde abajo, sino desde los flancos, o directamente desde dentro. La pequeñez del plan del PP de Núñez Feijóo se corresponde muy pobremente con la envergadura de ese otro plan. Que en estos momentos de gran exigencia un político gallego como él ignore —por impotencia, por desesperación, por ceguera— la finura de la política portuguesa es algo muy chocante y desolador. Que Sánchez no se lo ha puesto nunca fácil es evidente. ¿Pero quién dijo que la grandeza se alcanza por la vía fácil?

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