La inesperada consecuencia de la guerra: el régimen iraní sacrifica su legitimidad islámica

La guerra contra Irán ha tenido, de momento, un efecto imprevisto: la pérdida de legitimidad islámica del régimen iraní. Que no es lo mismo que decir Irán o sus gentes. Nos referimos al aparato del Estado. La elección de Mojtaba Jameneí como nuevo guía supremo tras el asesinato de Ali Jameneí, su padre, contraviene principios fundamentales de la ideología forjada por los activistas chiíes de los sesenta, la misma que Jomeiní manipuló parompe con lara hacerse con el poder tras la revolución de 1979. El régimen iraní evoluciona en consonancia con los modelos autoritarios actuales, nacidos de las cenizas de los sistemas que los auparon: desde lo que representan Putin y Xi hasta el mismísimo Trump si triunfa su andanada contra la democracia estadounidense. Con independencia del devenir del nuevo líder supremo iraní, el paso está dado.

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 La elección de Mojtaba Jameneí abre una etapa en la que pesan más las estructuras del régimen que su ideología fundacional  

GUERRA CONTRA IRÁN
Análisis

Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

La elección de Mojtaba Jameneí abre una etapa en la que pesan más las estructuras del régimen que su ideología fundacional

Fieles chiíes sostienen carteles con el rostro del nuevo líder supremo de Irán, Mojtaba Jameneí, junto al del rostro de su predecesor y padre, el difunto Ali Jameneí, durante una procesión este miércoles en Karachi (Pakistán). Imran Ali (REUTES)
Luz Gómez

La guerra contra Irán ha tenido, de momento, un efecto imprevisto: la pérdida de legitimidad islámica del régimen iraní. Que no es lo mismo que decir Irán o sus gentes. Nos referimos al aparato del Estado. La elección de Mojtaba Jameneí como nuevo guía supremo tras el asesinato de Ali Jameneí, su padre, contraviene principios fundamentales de la ideología forjada por los activistas chiíes de los sesenta, la misma que Jomeiní manipuló parompe con lara hacerse con el poder tras la revolución de 1979. El régimen iraní evoluciona en consonancia con los modelos autoritarios actuales, nacidos de las cenizas de los sistemas que los auparon: desde lo que representan Putin y Xi hasta el mismísimo Trump si triunfa su andanada contra la democracia estadounidense. Con independencia del devenir del nuevo líder supremo iraní, el paso está dado.

Mojtaba Jameneí no posee el rango de maryá taqlid, el mayor del clero chií que confiere una autoridad jurídico-doctrinal casi inapelable, y hasta ahora necesario para gobernar. Si bien su padre tampoco lo tenía cuando fue elegido en 1989 a la muerte de Jomeiní, enseguida fue promocionado. En el caso de Jameneí hijo no parece que esto vaya a ser un escollo. Esa es la gran novedad. La institución de la velayat-e faqih (tutela del jurisconsulto), blindada constitucionalmente por Jomeiní, y que en la práctica dio pie a una autocracia, es hoy una bien engrasada maquinaria que funciona sin mayor necesidad de justificación.

Había otros candidatos que conjugaban mejor autoridad política y religiosa, república e islam: el más continuista habría sido Alireza Arafí, miembro del Consejo de los Guardianes de la Revolución y número dos de la Asamblea de Expertos. Las virtudes del recién elegido guía supremo no casan con el ideal de la revolución islámica soñada por Ali Shariati, su gran ideólogo: el alzamiento del “chiismo rojo” contra la opresión, la ignorancia y la pobreza causadas por el “chiismo negro” de los mulás vendidos al gobernante de turno. Por no entroncar, Mojtaba Jameneí ni siquiera entronca con el sucedáneo rojo que fue el jomeinismo, el cual nunca dejó de ser visto con cautela por los grandes ayatolás iraquíes, guardianes históricos de la escuela chií.

El nuevo líder es un tecnócrata regimencialista, un habitual de las estructuras de poder que sostienen el entramado petromilitar de la República Islámica. En este giro, Irán parece mirarse, sorprendentemente, en Arabia Saudí o en los Emiratos Árabes Unidos, sus enemigos regionales, que hace ya tiempo se desentendieron de la legitimidad doctrinal y cultivan una suerte de tecnoislam. Está por ver si también los imitará en sus alianzas estratégicas y si mutará hacia una “petromonarquía”.

Tibiamente, una nueva etapa se abre. No tal y como la soñaban Trump y Netanyahu cuando emprendieron la guerra, pero no del todo mala para sus intereses. El régimen no ha caído, pero es menos islámico y menos republicano. Estamos ante una remodelación ideológica y no solo de dirigentes. El Delcy de Irán será distinto, pero funcionalmente semejante.

Hace más de una década, a raíz de las movilizaciones populares iraníes de 2009, se saludó —con cierta celeridad en el análisis— el nacimiento del posislamismo, que habría tomado forma en Irán y se habría trasplantado a otras tierras, como Egipto o Túnez. Nunca estuvo claro que este paradigma interpretativo, consistente en desvincular el islamismo revolucionario de las demandas democratizadoras, funcionara. En todo caso, cualquier atisbo de islamismo civista fue rápidamente aplastado por las fuerzas reaccionarias. Las mismas que negociarán el porvenir de la región.

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