“Necesitamos Groenlandia para nuestra seguridad nacional”, sostenía Donald Trump este domingo a su regreso a Washington, un día después de la operación militar de su país en Venezuela, durante la que se capturó a Nicolás Maduro. El éxito inmediato de ese ataque parece haber alimentado el apetito del presidente estadounidense por otras intervenciones en el continente americano. La isla ártica ―territorio autónomo que pertenece al Reino de Dinamarca―, una obsesión que arrastra desde hace años, se presenta como el próximo objetivo, sin descartar la fuerza para conseguirlo. En un comunicado este martes, la Casa Blanca reconocía que Trump y su equipo debaten distintas vías para hacerse con Groenlandia y que recurrir a las fuerzas armadas para lograr ese fin “siempre es una opción”.
La Casa Blanca sostiene que tomar la isla por la fuerza “siempre es una opción”, aunque Rubio asegura que el objetivo es comprarla a Dinamarca
“Necesitamos Groenlandia para nuestra seguridad nacional”, sostenía Donald Trump este domingo a su regreso a Washington, un día después de la operación militar de su país en Venezuela, durante la que se capturó a Nicolás Maduro. El éxito inmediato de ese ataque parece haber alimentado el apetito del presidente estadounidense por otras intervenciones en el continente americano. La isla ártica ―territorio autónomo que pertenece al Reino de Dinamarca―, una obsesión que arrastra desde hace años, se presenta como el próximo objetivo, sin descartar la fuerza para conseguirlo. En un comunicado este martes, la Casa Blanca reconocía que Trump y su equipo debaten distintas vías para hacerse con Groenlandia y que recurrir a las fuerzas armadas para lograr ese fin “siempre es una opción”.
No todas las declaraciones del Gobierno estadounidense son así de belicosas. El secretario de Estado, Marco Rubio —la voz más diplomática de la Administración Trump— aseguraba el lunes a un grupo de legisladores en una reunión a puerta cerrada que la retórica posesiva no anuncia una iniciativa militar inminente, según publica el diario The Wall Street Journal. El alto cargo sostuvo que los planes del presidente son comprar la isla a Dinamarca, según esta versión.
La atracción de Trump hacia el territorio autónomo, en una posición clave para el control del Ártico y donde Estados Unidos ya cuenta con una base militar —la instalación espacial Pituffik—, es intensa. Su Administración considera que el interés geoestratégico de la gigantesca isla se ha disparado en los últimos 30 o 40 años: a medida que los hielos del Ártico se derriten, se abren las perspectivas de nuevas rutas marítimas por el norte del globo hasta ahora inaccesibles, y China y Rusia se muestran cada vez más activas en la zona. Según opina en términos tajantes, la diminuta Dinamarca no se encuentra en condiciones de responder como hace falta para garantizar la seguridad en esa zona. “Dinamarca no va a hacerlo”, insistía Trump en su discurso del domingo.

En paralelo a las declaraciones de Trump, otros miembros de su Administración han elevado el tono para defender una anexión, pacífica o por la fuerza, de Groenlandia. “Estados Unidos es la potencia de la OTAN. Para que Estados Unidos asegure la región ártica, proteja y defienda los intereses de la OTAN, obviamente, Groenlandia debería formar parte de Estados Unidos”, ha declarado el consejero de política interna Stephen Miller, uno de los hombres más influyentes de la Administración, en una entrevista con el presentador de la cadena CNN Jake Tapper. El alto cargo apostó por un lenguaje desafiante: “Somos una superpotencia. Y con el presidente Trump, nos comportaremos como tal”.

Miller no es un cualquiera. Su título oficial es jefe adjunto de gabinete de la Casa Blanca. Pero su influencia va mucho más allá. Es el hombre que traza la política interna de la Administración y sus ramificaciones en el exterior: es quien se encuentra detrás de la dura estrategia de lucha contra la inmigración y deportaciones masivas, y uno de los ideólogos que ha dejado su sello en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre y que aboga por la hegemonía estadounidense en el continente americano. Este lunes, el presidente estadounidense confirmó que este alto cargo será uno de sus cuatro hombres de confianza —junto al secretario de Estado, Marco Rubio; el jefe del Pentágono, Pete Hegseth; y el vicepresidente, J.D. Vance— que coordinarán la gestión en Venezuela.
La esposa de Miller, Katie, que durante los primeros meses del segundo mandato de Trump también trabajó como asesora de la Casa Blanca y ahora es responsible de un influyente pódcast ultraconservador, fue quien reabrió la polémica sobre el futuro de Groenlandia al publicar en sus redes sociales un mapa de la isla con los colores de la bandera estadounidense y la palabra Soon (“Pronto”), apenas horas después de la captura de Maduro.
La retórica cada vez más dura de la Administración de Trump sobre la isla de 56.000 habitantes forzó este martes una respuesta de la Unión Europea. En Dinamarca, el Gobierno de la primera ministra Mette Frederiksen ha exigido a Washington que desista de sus amenazas. En diciembre, sus servicios de inteligencia incluían por primera vez a Estados Unidos como un posible riesgo de seguridad. El embajador estadounidense ha sido convocado una y otra vez para recibir las protestas oficiales.
En un aparente intento de calmar las aguas, en Nueva York el flamante enviado de Trump para Groenlandia, Jeff Landry, defendió este martes una opción por la que el inmenso territorio lograría la independencia y firmaría una serie de acuerdos económicos con Estados Unidos. El alto cargo, nombrado en diciembre para promover que la isla se convierta “en parte de Estados Unidos”, descartó que Trump aspire a anexionársela por la fuerza, en una entrevista para la cadena CNBC.
El interés de Trump y su Administración por la isla ártica viene de lejos: ya en su primer mandato ofreció comprarla a Dinamarca, en un episodio que acabó con la cancelación de una visita del republicano a Copenhague después de que Frederiksen rechazara la idea de plano. El triunfo electoral del demócrata Joe Biden en 2020 zanjó la discusión sobre lo que entonces sonaba a mera bufonada.
Pero Trump no iba de farol. Hace un año, en vísperas de su investidura para su segundo mandato, recuperaba las reclamaciones sobre la gigantesca isla, y llegaba a plantear tomarla por la fuerza. Su hijo Donald Jr. viajó allí en un desplazamiento relámpago, en lo que se describió como una mera visita turística pero que representaba toda una declaración de intenciones. En marzo, el vicepresidente J.D. Vance recorría junto a su esposa, Usha Vance, la base militar de Estados Unidos en el territorio, Pituffik, donde arremetió contra la gestión danesa de la seguridad en la isla: “No han hecho un buen trabajo”.

Tras la captura de Maduro, Trump y su equipo han enfatizado la necesidad de que Estados Unidos reafirme su posición dominante en el continente americano —en el Hemisferio Occidental, según la denominación estadounidense—, en lo que apodan “doctrina Donroe”, un juego de palabras entre el nombre del presidente y la doctrina Monroe que hace dos siglos proclamaba que América debía ser para los americanos. En esa nueva interpretación, Groenlandia forma parte de esta esfera de influencia.
“Vivimos en un mundo donde se puede hablar todo lo que se quiera sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real… que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”, declaraba Miller en la CNN.
Además de su posición estratégica clave, Groenlandia cuenta con grandes depósitos de minerales críticos y tierras raras, fundamentales para la fabricación de productos electrónicos. Algunos científicos consideran que partes de la plataforma continental de la isla podrían albergar grandes depósitos de gas y petróleo, aunque el Gobierno autónomo ha renunciado a explotarlos ante la falta de rentabilidad y el impacto en el medioambiente.
Pese a su retórica cada vez más agresiva, no está claro cómo Estados Unidos se propondría llevar a cabo esa anexión que tanto anhela, y que el año pasado Trump aseguraba en su discurso ante ambas cámaras del Congreso que iban a “conseguir de un modo u otro”. Una intervención militar en territorio bajo soberanía de un miembro de la OTAN podría hacer saltar por los aires la alianza que ha sido clave en el diseño de la seguridad transatlántica de los últimos 80 años.
Aunque Miller ha apuntado que no sería necesario. Si en Venezuela las fuerzas estadounidenses se arriesgaban en la operación del sábado a una respuesta local militar, Washington prevé que ese riesgo no existiría en Groenlandia. Y cuenta con otras herramientas: la presión económica y comercial, en forma de aranceles y sanciones, puede ser una de ellas. O tratar de apelar directamente a la población groenlandesa para que apoye una anexión o, en una solución similar a la que Washington prevé en Venezuela, un tutelaje a distancia.
Para Estados Unidos es un tema fundamental. “Muchos miembros de la Administración trabajan en este asunto. Se ha convertido en una prioridad fundamental en la política exterior para Trump. Los países nórdicos se lo están tomando en serio, tarde pero seguro. El resto de Europa, aún no tanto”, ha escrito en redes sociales Ian Bremmer, presidente de la consultora Eurasia Group.
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