En un mundo sujeto aparentemente a nuevas reglas, la cumbre de los líderes de las dos grandes potencias (políticas, económicas y militares) tiene un significado que va mucho más allá de lo simbólico. China es un gigante económico con una enorme capacidad inversora que emplea, en buena medida, con fines geopolíticos. Su estrategia de sostener el pulso a Donald Trump en la guerra comercial le ha procurado una mejor posición que la de otros actores, como la Unión Europea. Con todo, China no es un destino habitual de la inversión, ni española ni occidental. El control de los flujos de capitales disuade al dinero, que siempre quiere tener una vía de escape a la vista. Pero China es cada vez más difícil de obviar. Ahora su economía no ofrece los crecimientos mareantes que marcaron su gran transformación, pero sí una posición de liderazgo o, al menos, privilegio, en tendencias clave como la IA, la robótica, la energía renovable o la movilidad sostenible.
La economía china ya no crece como antes, pero lidera tendencias clave globales
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
La economía china ya no crece como antes, pero lidera tendencias clave globales

En un mundo sujeto aparentemente a nuevas reglas, la cumbre de los líderes de las dos grandes potencias (políticas, económicas y militares) tiene un significado que va mucho más allá de lo simbólico. China es un gigante económico con una enorme capacidad inversora que emplea, en buena medida, con fines geopolíticos. Su estrategia de sostener el pulso a Donald Trump en la guerra comercial le ha procurado una mejor posición que la de otros actores, como la Unión Europea. Con todo, China no es un destino habitual de la inversión, ni española ni occidental. El control de los flujos de capitales disuade al dinero, que siempre quiere tener una vía de escape a la vista. Pero China es cada vez más difícil de obviar. Ahora su economía no ofrece los crecimientos mareantes que marcaron su gran transformación, pero sí una posición de liderazgo o, al menos, privilegio, en tendencias clave como la IA, la robótica, la energía renovable o la movilidad sostenible.
El segundo motivo es la geopolítica: el repliegue del socio tradicional en Occidente, Estados Unidos, ha impulsado el papel de China como interlocutor más previsible frente a los continuos vaivenes que muestra el EE UU de Trump. Una transformación que se observa con nitidez en España. China es el primer socio comercial fuera de la UE (por delante de EE UU) y en los últimos años ha incrementado su apetito inversor en España. Los cuatro viajes que ha realizado Pedro Sánchez a Pekín en menos de tres años reflejan el interés mutuo en estrechar esos lazos. La inversión se concentra ahora en un sector estratégico para España, como es el automóvil. China se ha propuesto abrir plantas nuevas (MG en Galicia), pero también revitalizar otras infrautilizadas.
Pese al aumento de esos flujos, el país norteamericano sigue siendo capital para España: es el segundo con mayor inversión extranjera directa y el primer destino exterior de la inversión española. Por mucho que crezca la relación con China, resulta difícil poner en riesgo esos importantes vínculos económicos y empresariales con Washington. En este sentido, los inversores también se están replanteando en qué medida o durante cuánto tiempo el mundo financiero va a ser unipolar: es imposible saber, con Trump al mando, qué deparará la próxima semana. Pero no es aventurado pensar que el peso gravitatorio de Pekín (o Hong Kong) no hará sino crecer en los próximos años. La gran duda es saber, mientras tanto, en qué medida la fragmentación geopolítica mundial afecta al mercado de capitales y a los flujos.
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