La llamada entre Atocha y el Alvia tras el accidente: “Tengo sangre en la cabeza, voy a intentar hablar con el maquinista”

El primer accidente mortal en 33 años de historia de la alta velocidad española, la joya de la corona de la modernización del país desde su inauguración en 1992, sucedió sin que casi nadie, salvo las propias víctimas, se enterara de nada en un primer momento. Ni siquiera el propio maquinista del tren que originó la catástrofe, el Iryo camino de Madrid que descarriló y provocó la mortal salida de la vía a 205 kilómetros por hora del Alvia que iba a Huelva, se enteró de que había habido una colisión de su convoy con otro que venía de frente.

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 Las conversaciones entre los trenes y el puesto de mando muestran que nadie era consciente de la gravedad del accidente en el primer momento  

El primer accidente mortal en 33 años de historia de la alta velocidad española, la joya de la corona de la modernización del país desde su inauguración en 1992, sucedió sin que casi nadie, salvo las propias víctimas, se enterara de nada en un primer momento. Ni siquiera el propio maquinista del tren que originó la catástrofe, el Iryo camino de Madrid que descarriló y provocó la mortal salida de la vía a 205 kilómetros por hora del Alvia que iba a Huelva, se enteró de que había habido una colisión de su convoy con otro que venía de frente.

Tampoco la interventora del Alvia, con un fuerte golpe en la cabeza por el tremendo impacto, era consciente en un primer momento de lo que había pasado en los primeros dos vagones, con la muerte del maquinista y de buena parte de sus ocupantes.

En el centro de mando en Atocha tampoco parecían entender en los primeros minutos la magnitud de la catástrofe, que fue haciéndose evidente con el paso de los minutos y sobre todo cuando llegaron los primeros agentes a la zona para ayudar a los heridos y entonces sí pudieron ver en persona la enorme destrucción que había provocado el choque, especialmente en el Alvia, que tardaron un tiempo en encontrar.

Las conversaciones íntegras, a las que ha tenido acceso EL PAÍS, de los primeros minutos tras la catástrofe entre dos maquinistas, el del Iryo y otro de un tren no accidentado que se quedó sin energía por el choque en la zona, y la interventora del Alvia con el centro de mando de Atocha, muestran claramente el desconcierto total que tenía el conductor del primer tren. Este pensaba que había tenido “un enganchón” y no se da cuenta de que sus tres vagones traseros han descarrilado, mientras la interventora del Alvia estaba en shock y trataba de buscar al maquinista sin saber que ya había muerto.

En el centro de control veían los dos trenes parados, pero no podían imaginar que habían chocado hasta que llaman al maquinista y no lo encuentran. Ahí logran establecer contacto con la interventora, que claramente ya les habla de un choque importante y de que ella está ensangrentada.

Detrás del Iryo venía otro tren de Renfe camino a Madrid, que llama al centro de control cuando se para porque la vía se queda sin corriente por el accidente. Sin embargo, su maquinista tampoco sabe que ha sido un choque, y en el centro de control aún no lo tienen claro. Le hablan de un “enganchón”, esto es, un problema con la catenaria, relativamente habitual, porque en ese momento es lo que les estaba contando el maquinista del Iryo.

Todas las llamadas, y la secuencia minuto a minuto también de los intentos fallidos de conectar con el maquinista del Alvia, dan cuenta de que todo fue muy rápido -cuatro minutos separan la primera de la última comunicación- y sobre todo que se trata de un accidente muy atípico en el que nadie acaba de tener muy claro qué ha sucedido hasta que no llegan los servicios de emergencias y evalúan sobre el terreno la dramática situación que ha dejado al menos 43 muertos.

El primer aviso de que algo ha pasado no llega de forma automática por el sistema de seguridad de la alta velocidad, sino a través de una llamada del maquinista del Iryo, que en ese momento parece muy tranquilo pensando que está ante un incidente menor y por supuesto sin víctimas, ese enganchón relativamente frecuente de la catenaria.

Tampoco en el centro de control saben nada, y por eso le piden que baje los pantógrafos, los aparatos que conectan con la catenaria y transmiten energía al tren. Pero él ya los ha bajado, y además no hay energía. Todo parece tranquilo en la conversación entre los dos profesionales, pero en ese momento el drama ya ha sucedido y la mayoría de las víctimas ya han fallecido por el violento choque entre los dos trenes.

Son las 19.45,02 del domingo cuando el maquinista llama al centro de mando en Atocha. Según los cálculos de Adif, el corte de corriente, que obedece por tanto al choque, se ha producido un minuto y medio antes. “Acabo de sufrir un enganchón a la altura de Adamuz”, dice el maquinista. El técnico en Atocha le pide incluso que le dé su teléfono, todo con cierta tranquilidad. Nada parece grave en ese momento. “Me dicen por aquí que bajes pantógrafos”, le pide. “Esta todo bajadísimo. Tengo el tren bloqueado”, contesta el maquinista. Antes de terminar la conversación, anuncia que va a reconocer el tren, pero ninguno de los dos traslada ninguna sensación de que tiene delante un accidente importante.

En ese momento, un minuto después, llama al centro de control el maquinista de un tercer tren, el 2181, que está pasando por la zona y va detrás del Iryo. Explica que se ha parado porque no tiene “tensión de línea”. También muy tranquilo, ajeno al accidente, pregunta a Atocha si hay alguna incidencia porque se ha quedado sin energía. “Tenemos aquí un enganchón”, le dicen desde Atocha.

Eso quiere decir que en ese momento la hipótesis de un accidente grave no ha llegado a la sede central del control de la red ferroviaria española en Madrid. La cuestión se resuelve de nuevo con la solución técnica habitual en una situación como esta: “Baja los pantógrafos, anda”. El maquinista obedece y se queda tranquilo. De momento no parece haber pasado nada grave.

En el centro de mando empiezan a inquietarse. Además del Iryo, con el que se han comunicado y donde todo parece bajo control, están viendo en las pantallas otro tren parado cerca, el Alvia camino de Huelva. Al no tener ninguna comunicación, llaman al maquinista para ver qué ha pasado. Son las 19.48.39, han pasado tres minutos y medio desde la primera llamada del Iryo y cinco desde el accidente. Pero el conductor del tren, que se ha estrellado primero contra los últimos vagones del otro y después, y aún más grave, ha caído de forma lateral cuatro metros y se ha estrellado contra el suelo de forma muy violenta, ha muerto con otros pasajeros de los primeros dos vagones, que quedaron destrozados. Y no contesta.

Doce segundos después hay un nuevo intento de conectar, obviamente también fallido. 42 segundos después, el técnico de Atocha llama a la interventora del Alvia. El centro de control aún no entiende la gravedad de la situación, pero la interventora se lo deja claro en el intercambio.

—Hola, buenas. Dígame.

—Hola, buenas tardes, ¿me escuchas?

—Sí, le escucho, dígame.

—Oye, te llamo aquí de puesto de mando de Atocha. Estoy intentando llamar al maquinista y no consigo hablar con él, mira a ver si te puedes pasarle…

—Tengo un golpe en la cabeza también. Tengo sangre en la cabeza.

—¿Qué, perdona?

—Y no… Que yo soy la interventora y también he tenido un golpe en la cabeza. Tengo sangre en la cabeza. No sé si voy a poder llegar hasta el maquinista. Voy a hablar al maquinista.

—Vale, ¿tienes el teléfono por un casual del maquinista?

—Voy a ver si puedo ver al maquinista o llamarlo.

—Perdona, dime, dime.

—Que voy a intentar ir a la cabina.

—Vale, ¿cómo está la… ¿Cómo está? ¿Cómo está el material?

—Tengo un golpe en la cabeza con sangre.

—Sí, sí, sí, me lo has dicho.

—¿Cómo se ha quedado el tren? ¿Cómo está?

Simultáneamente, sentado a su lado, otro técnico vuelve a hablar con el maquinista del Iryo, que llama de nuevo, esta vez con tono mucho más grave después de salir del tren y ver que han descarrilado varios vagones, hay fuego y puede haber muchas víctimas.

Esta llamada empieza solo dos segundos después de la que se realiza con la interventora del Alvia, y de hecho en la grabación las dos se solapan porque los técnicos están juntos dando instrucciones a los dos trenes a la vez. Sin embargo, como están hablando a la vez, el técnico que está atendiendo al Iryo no alcanza a entender que hay un Alvia muy cerca accidentado, y por tanto no se altera cuando el maquinista le dice que ha invadido la vía contraria y que tienen que parar ya el tráfico para que no haya un accidente.

Para entonces, el choque ya ha ocurrido hace unos minutos, pero ninguno de los dos es consciente. Por eso, el técnico de Atocha le dice que esté tranquilo, que no viene ningún otro tren del otro lado, porque en su pantalla ve que el Alvia ya ha pasado por ahí y no se imagina que ha chocado. “Es un descarrilamiento y estoy invadiendo la vía contigua. Repito: descarrilamiento y estoy invadiendo la vía contigua”, insiste el maquinista. “Necesito que paren el tráfico en las vías urgentemente, por favor”. “Sí, sí, sí… no hay ningún tren llegando”, le contesta tranquilo el supervisor desde Atocha.

El maquinista del Iryo ya es consciente de que está frente a un accidente grave: “Necesito que envíen, por favor, también un servicio de urgencia, bomberos y ambulancias, que tengo también heridos en el tren”. “Vale, venga, recibido”, le contestan desde Atocha.

Ahí ya sí se pone todo en marcha. En ese mismo instante, a las 19.50, Adif avisa a los servicios de emergencias para que vayan a rescatar cuanto antes a la gente de los dos trenes en Adamuz. El horror vendría después, al comprobar las dimensiones de la tragedia.

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