La ruleta rusa de la izquierda sanchista

Del ‘yankis go home, bases fuera’ de los sesenta y setenta y el ‘OTAN, de entrada, no’ de los ochenta al ‘no a la guerra’ del siglo XXI. Eslóganes de una izquierda más cercana al Movimiento de Países No Alineados de Nasser, Mugabe o Castro que a las alianzas occidentales. Trump y Sánchez, antagonistas aparentes, son almas gemelas; victimismo ante la justicia; oportunismo geopolítico para encubrir los casos de corrupción que les interpelan; desprecio a la separación de poderes y voluntad de gobernar sin parlamentos; arrogancia chulesca hacia sus adversarios políticos Al uno le preocupa controlar el petróleo y las materias primas para cortar el suministro a China, su gran enemigo. El otro cacarea lo del «derecho internacional» para maquillar su antiamericanismo infantil, así como maquilla el antisemitismo con el antisionismo. Pero si aplicamos el «no hay mal que por bien no venga», Trump ha conseguido acabar con dos dictaduras eternizadas. Pregunten a los venezolanos e iraníes sobre el derrumbe de sus satrapías.De nada sirve documentar el peligro de la teocracia iraní. Desde la revolución de 1979 es la hidra del terrorismo: milicias de Hezbolá que martirizan el Líbano, hutíes del Yemen, atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) de Buenos Aires el 18 de julio de 1994: ochenta y cinco muertos y trescientos heridos. Lo ejecutó Hezbolá y lo encubrió el peronismo antisemita. La fatua contra Salman Rushdie, el intento de asesinato de Alejo Vidal-QuadrasNo es la primera vez que, ataviada con las grandes palabras del Derecho Internacional, la Distensión o la Paz la izquierda se niega a colaborar en la logística norteamericana contra las factorías del terrorismo. Ya sucedió en 1986 cuando el bombardeo de Libia por orden de Reagan: Felipe González ordenó cerrar el espacio aéreo. Como subraya Jean François Revel en ‘La obsesión antiamericana’ (Urano, 2003) la izquierda reduce el análisis del terrorismo a las desigualdades sociales: «Esta argucia escatológica, que subordina toda política de defensa al advenimiento previo de un mundo perfecto, autoriza a esperar tranquilamente hasta el fin del mundo», ironiza Revel. Y las dictaduras viven muy tranquilas con la cantinela progre del Blame America First (Culpar a América lo primero): «Mediante un sofisma idéntico los pacifistas y los neutralistas afirmaban, en la época de la guerra fría, que las democracias no tenían, supuestamente, derecho a contener o incluso censurar los regímenes totalitarios hasta después de haber borrado todas las injusticias en su propio seno y en su esfera de influencia». El socorrido y tú más permite obviar la represión del socialismo real, el Tiananmén chino, los burkas de los talibanes, el feminicidio de los ayatolas, los mercenarios violadores de Putin, el secuestro de Palestina por Hamas o los moteros pistoleros chavistas. Es la cobardía de quien sabe que el vecino de abajo pega a su mujer y evita denunciarlo, no sea que el agresor la tome con él, suba, y le parta la cara. Con el eslogan hipócrita del No a la guerra Sánchez desvía otra vez el foco para reactivar a sus desmoralizados votantes desde el negociado de las buenas intenciones. Los veintidós ministros zombis del autodenominado gobierno de coalición progresista recitan la salmodia antiamericana de la izquierda radical. Jaleado por los enemigos del comercio y el terrorismo islamista, Sánchez saca a España de la guerra y la mete en un conflicto comercial con Estados Unidos que arrastra también a la Unión Europea. No es justo que un país muera por un solo hombre, escribió Espriu. Medio siglo de política internacional dilapidado por la supervivencia de un perillán. Después de surfear, Sánchez juega a la ruleta rusa con España. Del ‘yankis go home, bases fuera’ de los sesenta y setenta y el ‘OTAN, de entrada, no’ de los ochenta al ‘no a la guerra’ del siglo XXI. Eslóganes de una izquierda más cercana al Movimiento de Países No Alineados de Nasser, Mugabe o Castro que a las alianzas occidentales. Trump y Sánchez, antagonistas aparentes, son almas gemelas; victimismo ante la justicia; oportunismo geopolítico para encubrir los casos de corrupción que les interpelan; desprecio a la separación de poderes y voluntad de gobernar sin parlamentos; arrogancia chulesca hacia sus adversarios políticos Al uno le preocupa controlar el petróleo y las materias primas para cortar el suministro a China, su gran enemigo. El otro cacarea lo del «derecho internacional» para maquillar su antiamericanismo infantil, así como maquilla el antisemitismo con el antisionismo. Pero si aplicamos el «no hay mal que por bien no venga», Trump ha conseguido acabar con dos dictaduras eternizadas. Pregunten a los venezolanos e iraníes sobre el derrumbe de sus satrapías.De nada sirve documentar el peligro de la teocracia iraní. Desde la revolución de 1979 es la hidra del terrorismo: milicias de Hezbolá que martirizan el Líbano, hutíes del Yemen, atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) de Buenos Aires el 18 de julio de 1994: ochenta y cinco muertos y trescientos heridos. Lo ejecutó Hezbolá y lo encubrió el peronismo antisemita. La fatua contra Salman Rushdie, el intento de asesinato de Alejo Vidal-QuadrasNo es la primera vez que, ataviada con las grandes palabras del Derecho Internacional, la Distensión o la Paz la izquierda se niega a colaborar en la logística norteamericana contra las factorías del terrorismo. Ya sucedió en 1986 cuando el bombardeo de Libia por orden de Reagan: Felipe González ordenó cerrar el espacio aéreo. Como subraya Jean François Revel en ‘La obsesión antiamericana’ (Urano, 2003) la izquierda reduce el análisis del terrorismo a las desigualdades sociales: «Esta argucia escatológica, que subordina toda política de defensa al advenimiento previo de un mundo perfecto, autoriza a esperar tranquilamente hasta el fin del mundo», ironiza Revel. Y las dictaduras viven muy tranquilas con la cantinela progre del Blame America First (Culpar a América lo primero): «Mediante un sofisma idéntico los pacifistas y los neutralistas afirmaban, en la época de la guerra fría, que las democracias no tenían, supuestamente, derecho a contener o incluso censurar los regímenes totalitarios hasta después de haber borrado todas las injusticias en su propio seno y en su esfera de influencia». El socorrido y tú más permite obviar la represión del socialismo real, el Tiananmén chino, los burkas de los talibanes, el feminicidio de los ayatolas, los mercenarios violadores de Putin, el secuestro de Palestina por Hamas o los moteros pistoleros chavistas. Es la cobardía de quien sabe que el vecino de abajo pega a su mujer y evita denunciarlo, no sea que el agresor la tome con él, suba, y le parta la cara. Con el eslogan hipócrita del No a la guerra Sánchez desvía otra vez el foco para reactivar a sus desmoralizados votantes desde el negociado de las buenas intenciones. Los veintidós ministros zombis del autodenominado gobierno de coalición progresista recitan la salmodia antiamericana de la izquierda radical. Jaleado por los enemigos del comercio y el terrorismo islamista, Sánchez saca a España de la guerra y la mete en un conflicto comercial con Estados Unidos que arrastra también a la Unión Europea. No es justo que un país muera por un solo hombre, escribió Espriu. Medio siglo de política internacional dilapidado por la supervivencia de un perillán. Después de surfear, Sánchez juega a la ruleta rusa con España.  

Del ‘yankis go home, bases fuera’ de los sesenta y setenta y el ‘OTAN, de entrada, no’ de los ochenta al ‘no a la guerra’ del siglo XXI. Eslóganes de una izquierda más cercana al Movimiento de Países No Alineados de Nasser, Mugabe o Castro … que a las alianzas occidentales. Trump y Sánchez, antagonistas aparentes, son almas gemelas; victimismo ante la justicia; oportunismo geopolítico para encubrir los casos de corrupción que les interpelan; desprecio a la separación de poderes y voluntad de gobernar sin parlamentos; arrogancia chulesca hacia sus adversarios políticos Al uno le preocupa controlar el petróleo y las materias primas para cortar el suministro a China, su gran enemigo. El otro cacarea lo del «derecho internacional» para maquillar su antiamericanismo infantil, así como maquilla el antisemitismo con el antisionismo. Pero si aplicamos el «no hay mal que por bien no venga», Trump ha conseguido acabar con dos dictaduras eternizadas. Pregunten a los venezolanos e iraníes sobre el derrumbe de sus satrapías.

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