Cuando era niño, Javier Marín (Barcelona, 1953) desayunaba Quina Santa Catalina con sangre de caballo, que su padre le traía del matadero. En el colegio siempre fue un «empollón» y presume de no haber fumado ni haberse emborrachado «en su vida». Su espíritu de «intolerancia gástrica ante lo injusto» lo desarrolló, precisamente, en la escuela, ante lo que ahora denominamos ‘bullying’. Según recoge en su libro ‘El poli rojo’ (El viejo topo, 2026), fue un drama familiar el que lo empujó a la política, después de que su hermana Mari Carmen sufriese un percance cuando trabajaba en el mercado de Montserrat, con sólo 12 años. Una de sus manos quedó atrapada en una picadora de carne y tuvieron que amputarle el brazo. Así fue como Marín acabó incorporándose como simpatizante de un PCE clandestino, bajo la dictadura franquista. Una militancia por la que, cuenta, fue detenido y torturado en dependencias de la Brigada Político Social en Vía Layetana . Puñetazos, patadas y golpes con una barra de hierro sobre una guía telefónica para evitar brechas en la cabeza. A día de hoy, con casi cuatro décadas a las espaldas de «servicio a la seguridad pública» -tras diez años de activismo, llegando a afiliarse al Partido del Trabajo hasta su disolución-, defiende la permanencia de la Policía Nacional en un edificio que, durante los años álgidos del ‘procés’, fue epicentro de los disturbios. Su expulsión «sería una victoria moral para el independentismo, que celebraría haber echado a los ‘cossos represius’ de Cataluña», apunta en su entrevista con ABC, para constatar que la jefatura alberga a agentes de un Cuerpo democrático. Por eso, sobre las pretensiones de los soberanistas, subraya: «Estoy en contra de facilitarles ese fin último de borrar toda imagen del Estado» en la región.Un compromiso más allá de las meras intenciones. Y es que, en vísperas del 1-O, Marín colaboró con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad para tratar de impedir el referéndum. Así lo recoge en sus memorias, al explicar que, dada su experiencia en la Policía Local, desde los Servicios de Información contactaron con él para «evaluar y prever» si los jefes de dichos Cuerpos en el territorio tratarían de impedir la votación y «garantizar el orden» o si, por el contrario, adoptarían una actitud de cierta pasividad. «Muchas veces nos olvidamos, pero el papel de las policías locales es muy importante», apostilla al respecto.En vísperas del 1-O, reclutó a algunos de sus alumnos para que se infiltrasen en movimientos sociales y «atomizar el independentismo»Una «base territorial» que, sostiene, no estaba muy por la labor, y así lo trasladó a sus interlocutores. No fue su única colaboración. En sus tiempos de profesor universitario, Marín se dedicó a preseleccionar a algunos alumnos «inmaculados» que pudiesen infiltrarse en movimientos sociales y facilitar información al respecto a las fuerzas de seguridad. Entre los requisitos, detalla ahora, «que no se hubiesen metido en política, con resistencia emocional, y que siguiesen estudiando». Asegura que algunos de esos alumnos se dedicaron a «atomizar y dividir el movimiento independentista» desde dentro. Y hasta ahí puede leer. Él actuaba como enlace, facilitando los datos de los candidatos a los Servicios de Información y, una vez evaluada su idoneidad, se les ofrecía o no la ‘misión’. «Yo sabía qué preguntas hacer y quién cojeaba de qué pie. En función de eso, veías si lo podías proponer», cuenta, mientras se apura un zumo de naranja en una cafetería de Hospitalet.Patrullero«Los que hemos estado dentro de la Policía sabemos que [para llevar a cabo esa labor] se necesita resiliencia y fortaleza mental», desliza. En su caso, al ingresar en la de Hospitalet en 1980, se topó con algunos compañeros que «habían jurado fidelidad al movimiento fascista». Relata así que lo que más le chocó al incorporarse fue la «extendida cultura de corrupción y abuso de poder» entre algunos compañeros. Desde quienes se quedaban con parte del botín de un robo a los que golpeaban sin piedad a delincuentes de poca monta. Su objetivo entonces no fue otro que «dignificar la profesión policial». En su época de patrullero nocturno, aquellos primeros años, constató el auge del ‘navajeo’, así como el impacto de la heroína. También que eran pocas las mujeres que denunciaban a sus maltratadores. Más de una vez, Marín tuvo que escuchar: «Me pega porque me quiere».Su primer y único muerto fue durante el atraco a una gasolinera, que él mismo frustró, cuando iba acompañado por su mujer y su hijo que, por entonces, en 1990, tan solo tenía diez meses. Llegó a ser juzgado por ello y acabó absuelto, al quedar probado que fue una actuación en legítima defensa. Recuerda con especial cariño el rescate de una menor marroquí, Samira, a la que sus propios tíos tenían esclavizada como criada; maltratada y sin escolarizar. De hecho, el caso le tocó tanto que acogió a la niña en su casa. Como tanto otros uniformados, tenía especial sensibilidad hacia los casos que involucraban a menores. Por ese motivo, tras la muerte de su hija en un accidente de tráfico, pidió el traslado a otra unidad.MÁS INFORMACIÓN noticia Si ‘Pepe de Homicidios’, el policía que investigó más de 500 crímenes noticia Si La muerte de un joven en Portbou que la Justicia no quiso investigar noticia Si Las 55 horas de vértigo para acorralar al asesino de BellvitgeTras cuatro décadas en el PSC, en el que desempeñó diversos cargos, llegando a dirigir su escuela de formación política, decidió abandonar el partido. Pasó también por Sociedad Civil Catalana, como él dice, para apoyar la unidad de España desde un «enfoque estratégico». Aunque ahora, en su autobiografía, Marín detalla corruptelas de otra época -como la de los burdeles Riviera y Saratoga, con policías condenados por recibir sobornos de sus dueños, cuando él ya era asesor de seguridad en la Delegación del Gobierno en Cataluña-. Recuerda que esa época no está tan lejos de nuestros días. Por eso subraya que el verdadero reto de los servidores públicos es «no caer en la complacencia ni ceder ante la corrupción». Cuando era niño, Javier Marín (Barcelona, 1953) desayunaba Quina Santa Catalina con sangre de caballo, que su padre le traía del matadero. En el colegio siempre fue un «empollón» y presume de no haber fumado ni haberse emborrachado «en su vida». Su espíritu de «intolerancia gástrica ante lo injusto» lo desarrolló, precisamente, en la escuela, ante lo que ahora denominamos ‘bullying’. Según recoge en su libro ‘El poli rojo’ (El viejo topo, 2026), fue un drama familiar el que lo empujó a la política, después de que su hermana Mari Carmen sufriese un percance cuando trabajaba en el mercado de Montserrat, con sólo 12 años. Una de sus manos quedó atrapada en una picadora de carne y tuvieron que amputarle el brazo. Así fue como Marín acabó incorporándose como simpatizante de un PCE clandestino, bajo la dictadura franquista. Una militancia por la que, cuenta, fue detenido y torturado en dependencias de la Brigada Político Social en Vía Layetana . Puñetazos, patadas y golpes con una barra de hierro sobre una guía telefónica para evitar brechas en la cabeza. A día de hoy, con casi cuatro décadas a las espaldas de «servicio a la seguridad pública» -tras diez años de activismo, llegando a afiliarse al Partido del Trabajo hasta su disolución-, defiende la permanencia de la Policía Nacional en un edificio que, durante los años álgidos del ‘procés’, fue epicentro de los disturbios. Su expulsión «sería una victoria moral para el independentismo, que celebraría haber echado a los ‘cossos represius’ de Cataluña», apunta en su entrevista con ABC, para constatar que la jefatura alberga a agentes de un Cuerpo democrático. Por eso, sobre las pretensiones de los soberanistas, subraya: «Estoy en contra de facilitarles ese fin último de borrar toda imagen del Estado» en la región.Un compromiso más allá de las meras intenciones. Y es que, en vísperas del 1-O, Marín colaboró con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad para tratar de impedir el referéndum. Así lo recoge en sus memorias, al explicar que, dada su experiencia en la Policía Local, desde los Servicios de Información contactaron con él para «evaluar y prever» si los jefes de dichos Cuerpos en el territorio tratarían de impedir la votación y «garantizar el orden» o si, por el contrario, adoptarían una actitud de cierta pasividad. «Muchas veces nos olvidamos, pero el papel de las policías locales es muy importante», apostilla al respecto.En vísperas del 1-O, reclutó a algunos de sus alumnos para que se infiltrasen en movimientos sociales y «atomizar el independentismo»Una «base territorial» que, sostiene, no estaba muy por la labor, y así lo trasladó a sus interlocutores. No fue su única colaboración. En sus tiempos de profesor universitario, Marín se dedicó a preseleccionar a algunos alumnos «inmaculados» que pudiesen infiltrarse en movimientos sociales y facilitar información al respecto a las fuerzas de seguridad. Entre los requisitos, detalla ahora, «que no se hubiesen metido en política, con resistencia emocional, y que siguiesen estudiando». Asegura que algunos de esos alumnos se dedicaron a «atomizar y dividir el movimiento independentista» desde dentro. Y hasta ahí puede leer. Él actuaba como enlace, facilitando los datos de los candidatos a los Servicios de Información y, una vez evaluada su idoneidad, se les ofrecía o no la ‘misión’. «Yo sabía qué preguntas hacer y quién cojeaba de qué pie. En función de eso, veías si lo podías proponer», cuenta, mientras se apura un zumo de naranja en una cafetería de Hospitalet.Patrullero«Los que hemos estado dentro de la Policía sabemos que [para llevar a cabo esa labor] se necesita resiliencia y fortaleza mental», desliza. En su caso, al ingresar en la de Hospitalet en 1980, se topó con algunos compañeros que «habían jurado fidelidad al movimiento fascista». Relata así que lo que más le chocó al incorporarse fue la «extendida cultura de corrupción y abuso de poder» entre algunos compañeros. Desde quienes se quedaban con parte del botín de un robo a los que golpeaban sin piedad a delincuentes de poca monta. Su objetivo entonces no fue otro que «dignificar la profesión policial». En su época de patrullero nocturno, aquellos primeros años, constató el auge del ‘navajeo’, así como el impacto de la heroína. También que eran pocas las mujeres que denunciaban a sus maltratadores. Más de una vez, Marín tuvo que escuchar: «Me pega porque me quiere».Su primer y único muerto fue durante el atraco a una gasolinera, que él mismo frustró, cuando iba acompañado por su mujer y su hijo que, por entonces, en 1990, tan solo tenía diez meses. Llegó a ser juzgado por ello y acabó absuelto, al quedar probado que fue una actuación en legítima defensa. Recuerda con especial cariño el rescate de una menor marroquí, Samira, a la que sus propios tíos tenían esclavizada como criada; maltratada y sin escolarizar. De hecho, el caso le tocó tanto que acogió a la niña en su casa. Como tanto otros uniformados, tenía especial sensibilidad hacia los casos que involucraban a menores. Por ese motivo, tras la muerte de su hija en un accidente de tráfico, pidió el traslado a otra unidad.MÁS INFORMACIÓN noticia Si ‘Pepe de Homicidios’, el policía que investigó más de 500 crímenes noticia Si La muerte de un joven en Portbou que la Justicia no quiso investigar noticia Si Las 55 horas de vértigo para acorralar al asesino de BellvitgeTras cuatro décadas en el PSC, en el que desempeñó diversos cargos, llegando a dirigir su escuela de formación política, decidió abandonar el partido. Pasó también por Sociedad Civil Catalana, como él dice, para apoyar la unidad de España desde un «enfoque estratégico». Aunque ahora, en su autobiografía, Marín detalla corruptelas de otra época -como la de los burdeles Riviera y Saratoga, con policías condenados por recibir sobornos de sus dueños, cuando él ya era asesor de seguridad en la Delegación del Gobierno en Cataluña-. Recuerda que esa época no está tan lejos de nuestros días. Por eso subraya que el verdadero reto de los servidores públicos es «no caer en la complacencia ni ceder ante la corrupción».
Cuando era niño, Javier Marín (Barcelona, 1953) desayunaba Quina Santa Catalina con sangre de caballo, que su padre le traía del matadero. En el colegio siempre fue un «empollón» y presume de no haber fumado ni haberse emborrachado «en su vida». Su espíritu de « … intolerancia gástrica ante lo injusto» lo desarrolló, precisamente, en la escuela, ante lo que ahora denominamos ‘bullying’. Según recoge en su libro ‘El poli rojo’ (El viejo topo, 2026), fue un drama familiar el que lo empujó a la política, después de que su hermana Mari Carmen sufriese un percance cuando trabajaba en el mercado de Montserrat, con sólo 12 años. Una de sus manos quedó atrapada en una picadora de carne y tuvieron que amputarle el brazo.
Así fue como Marín acabó incorporándose como simpatizante de un PCE clandestino, bajo la dictadura franquista. Una militancia por la que, cuenta, fue detenido y torturado en dependencias de la Brigada Político Social en Vía Layetana. Puñetazos, patadas y golpes con una barra de hierro sobre una guía telefónica para evitar brechas en la cabeza. A día de hoy, con casi cuatro décadas a las espaldas de «servicio a la seguridad pública» -tras diez años de activismo, llegando a afiliarse al Partido del Trabajo hasta su disolución-, defiende la permanencia de la Policía Nacional en un edificio que, durante los años álgidos del ‘procés’, fue epicentro de los disturbios. Su expulsión «sería una victoria moral para el independentismo, que celebraría haber echado a los ‘cossos represius’ de Cataluña», apunta en su entrevista con ABC, para constatar que la jefatura alberga a agentes de un Cuerpo democrático. Por eso, sobre las pretensiones de los soberanistas, subraya: «Estoy en contra de facilitarles ese fin último de borrar toda imagen del Estado» en la región.
Un compromiso más allá de las meras intenciones. Y es que, en vísperas del 1-O, Marín colaboró con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad para tratar de impedir el referéndum. Así lo recoge en sus memorias, al explicar que, dada su experiencia en la Policía Local, desde los Servicios de Información contactaron con él para «evaluar y prever» si los jefes de dichos Cuerpos en el territorio tratarían de impedir la votación y «garantizar el orden» o si, por el contrario, adoptarían una actitud de cierta pasividad. «Muchas veces nos olvidamos, pero el papel de las policías locales es muy importante», apostilla al respecto.
En vísperas del 1-O, reclutó a algunos de sus alumnos para que se infiltrasen en movimientos sociales y «atomizar el independentismo»
Una «base territorial» que, sostiene, no estaba muy por la labor, y así lo trasladó a sus interlocutores. No fue su única colaboración. En sus tiempos de profesor universitario, Marín se dedicó a preseleccionar a algunos alumnos «inmaculados» que pudiesen infiltrarse en movimientos sociales y facilitar información al respecto a las fuerzas de seguridad. Entre los requisitos, detalla ahora, «que no se hubiesen metido en política, con resistencia emocional, y que siguiesen estudiando».
Asegura que algunos de esos alumnos se dedicaron a «atomizar y dividir el movimiento independentista» desde dentro. Y hasta ahí puede leer. Él actuaba como enlace, facilitando los datos de los candidatos a los Servicios de Información y, una vez evaluada su idoneidad, se les ofrecía o no la ‘misión’. «Yo sabía qué preguntas hacer y quién cojeaba de qué pie. En función de eso, veías si lo podías proponer», cuenta, mientras se apura un zumo de naranja en una cafetería de Hospitalet.
Patrullero
«Los que hemos estado dentro de la Policía sabemos que [para llevar a cabo esa labor] se necesita resiliencia y fortaleza mental», desliza. En su caso, al ingresar en la de Hospitalet en 1980, se topó con algunos compañeros que «habían jurado fidelidad al movimiento fascista». Relata así que lo que más le chocó al incorporarse fue la «extendida cultura de corrupción y abuso de poder» entre algunos compañeros. Desde quienes se quedaban con parte del botín de un robo a los que golpeaban sin piedad a delincuentes de poca monta. Su objetivo entonces no fue otro que «dignificar la profesión policial». En su época de patrullero nocturno, aquellos primeros años, constató el auge del ‘navajeo’, así como el impacto de la heroína. También que eran pocas las mujeres que denunciaban a sus maltratadores. Más de una vez, Marín tuvo que escuchar: «Me pega porque me quiere».
Su primer y único muerto fue durante el atraco a una gasolinera, que él mismo frustró, cuando iba acompañado por su mujer y su hijo que, por entonces, en 1990, tan solo tenía diez meses. Llegó a ser juzgado por ello y acabó absuelto, al quedar probado que fue una actuación en legítima defensa. Recuerda con especial cariño el rescate de una menor marroquí, Samira, a la que sus propios tíos tenían esclavizada como criada; maltratada y sin escolarizar. De hecho, el caso le tocó tanto que acogió a la niña en su casa. Como tanto otros uniformados, tenía especial sensibilidad hacia los casos que involucraban a menores. Por ese motivo, tras la muerte de su hija en un accidente de tráfico, pidió el traslado a otra unidad.
Tras cuatro décadas en el PSC, en el que desempeñó diversos cargos, llegando a dirigir su escuela de formación política, decidió abandonar el partido. Pasó también por Sociedad Civil Catalana, como él dice, para apoyar la unidad de España desde un «enfoque estratégico». Aunque ahora, en su autobiografía, Marín detalla corruptelas de otra época -como la de los burdeles Riviera y Saratoga, con policías condenados por recibir sobornos de sus dueños, cuando él ya era asesor de seguridad en la Delegación del Gobierno en Cataluña-. Recuerda que esa época no está tan lejos de nuestros días. Por eso subraya que el verdadero reto de los servidores públicos es «no caer en la complacencia ni ceder ante la corrupción».
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