León XIV deja en evidencia el divorcio entre Junts y la Cataluña real

La visita de León XIV a Barcelona, en el marco del viaje apostólico a España, dejó una conclusión política incómoda para Junts, en concreto, y el nacionalismo catalán, en general: la confirmación de su arrinconamiento al espacio friki. Fuera de lugar. Descolocado. Frente a la épica del agravio que pretendía activar el movimiento alrededor de Carles Puigdemont -ERC y Aliança se mantuvieron en un segundo plano-, la capital catalana respondió con una imagen de normalidad cívica, expresión religiosa y orgullo compartido. No empañó la fiesta.La misión estaba clara y el objetivo era convertir la visita apostólica en una nueva batalla identitaria. Lingüística e independentista, sobre todo. Una especie de un ‘Gaudí vs. España’, como si la Sagrada Familia -un templo expiatorio- fuera solo de unos catalanes y no de todos los católicos. Desde Junts hasta Òmnium, pasando por la ANC y otros grupúsculos, como los cantores independentistas de la misa de la basílica que ‘se apropiaron’ del colectivo, trataron de empujar al Santo Padre hacia ese marco. Pero no quedó atrapado. Y la ciudad, tampoco.Alrededor de la Sagrada Familia, el miércoles, no se impuso la protesta, sino la celebración. Las ‘esteladas’ aparecieron, pero fueron minoría. Solo se exhibieron a toque de silbato, a diferencia de las banderas del Vaticano -que arrasaron en todos los actos en Cataluña- y de España, que se mostraron sin consigna y de manera mayoritaria. La realidad pasó, como un tsunami, por encima de un movimiento que añora una derrota y sigue instalado en 2017. Los silbidos existieron, pero fueron insonoros. Los vítores a León XIV los apagaron.Noticia relacionada general No No Líder independentista Nogueras, ante el Papa: «Like Gaudí, I am Catalan. My nation» Joan GuiradoPor su parte, la polémica lingüística generó ruido, pero no condicionó el mensaje central del Santo Padre que, alternando catalán y español en todas sus intervenciones, rebajó el pulso a lo que socialmente es: una convivencia entre dos lenguas oficiales que el nacionalismo pretende convertir de forma permanente en campo de combate. León XIV habló en catalán -por encima de sus posibilidades- sin excluir el español. O habló en español sin olvidarse del catalán. Ya iba a utilizar el catalán antes de que Puigdemont desenvainase.El Papa, además, reconoció la autonomía de Cataluña en el marco nacional español. Se acercó a Montserrat sin bendecir ningún relato de ruptura. Y puso en el centro palabras, como «unidad», «paz», «comunión» y «concordia», que chocan con la gramática del ‘procés’. La escena de Míriam Nogueras y Eduard Pujol en el Congreso, el lunes, hablando a León XIV en italiano e inglés para recordarle que son secesionistas, y que aspiraba a ser solemne, se quedó en una extravagancia y un ejemplo del perímetro en el que juega Junts.Alrededor de la Sagrada Familia se exhibieron banderas de España e independentistas, entre otras. EfeSin casi influencia en la economía, en el ámbito social, en la Iglesia…, Puigdemont, líder de Junts, trató de activar las críticas contra una de sus mayores obsesiones: el arzobispo de Barcelona, el cardenal Juan José Omella, parte imprescindible del viaje apostólico del Papa. Le acusó de españolizar la visita. Y pidió a sus seguidores que inundaran de ‘esteladas’ la Sagrada Familia. Pero la calle no le siguió. La sociedad catalana, en una parte mayoritaria, ya no está en el marco político de 2017. Y este es el gran problema que tiene Junts.El independentismo, estos días, no fue desbordado por una contraofensiva partidista, sino por una emoción colectiva distinta. La gente no acudió a discutir el régimen lingüístico de Cataluña, sino a ver al Papa. No salió a responder a Puigdemont, sino a participar en la culminación de la Sagrada Familia. No llenó el Estadio Olímpico para reproducir un inventado conflicto territorial, sino para vivir una vigilia de paz, esperanza y celebración. Oriol Junqueras, que acudió a Montjuïc con su familia, lo comprobó en primera persona. Y Josep Rull, también.La sociedad catalana, en una parte mayoritaria, ya no está en el marco político de 2017. Y este es el gran problema que tiene JuntsLa imagen de la torre de Jesús iluminada sobre Barcelona, tras un espectáculo histórico, tuvo, además, una carga colectiva que va más allá de lo religioso. La Sagrada Familia es universal. Por eso resulta tan difícil reducirla a una bandera. El nacionalismo lleva años intentando incorporar a Gaudí a su genealogía política, como si la grandeza del arquitecto pudiera encerrarse en una identidad excluyente. León XIV devolvió el templo a una dimensión amplia: una obra en Cataluña, inseparable de Barcelona y abierta a España y al mundo.Por eso, fue otra oportunidad perdida. Ese orgullo compartido fue otra derrota simbólica del independentismo. Desde los Juegos Olímpicos de 1992, Barcelona no ofrecía una imagen tan potente de autoestima colectiva ante el mundo. Aquel año, la ciudad se presentó como capital moderna y abierta. Durante el ‘procés’ y los años siguientes esa confianza desapareció por la sospecha y la división. La Sagrada Familia devolvió a Barcelona, aunque fuera por unas horas, la sensación de ciudad capaz de reconocerse en algo que no divide.Sin embargo, el movimiento nacionalista, del que Puigdemont representa el grado máximo, sigue actuando como si Cataluña fuera homogénea, pese a que la realidad social lo desmiente. Por si no fuera suficiente, Junts tiene un problema por la retaguardia. El crecimiento del partido de Sílvia Orriols cuestiona su capacidad para seguir presentándose como casa común del conservadurismo al defender posiciones «progresistas». Cada vez más lejos del centro de gravedad que adquirió la CiU de Jordi Pujol y su capacidad de mantener puentes con la Iglesia.Noticia relacionada general No No Illa defiende ante el Papa la identidad catalana y le pide que use el idioma en sus ‘urbi et orbi’ Àlex GubernLa diferencia es sustancial. Convergència i Unió no era solo una coalición de partidos; era una red de poder. Alcaldes, cuadros técnicos, presencia institucional, interlocución económica, complicidades culturales y una relación fluida con una parte relevante de la Cataluña católica y asociativa. Junts es heredero de esas siglas, pero no de esa autoridad. Tiene capacidad política de bloqueo, gracias a la aritmética parlamentaria en Madrid, pero no suficiencia para proponer alternativas a la sociedad, a los problemas reales que el Papa recordó estos días.Sin esta influencia, lo que se vio esta semana fue un independentismo activista, ruidoso y muy politizado, incapaz de digerir lo que vio. La visita del Santo Padre demostró que existen muchas Cataluñas: la católica, la cultural y la no religiosa; la catalanohablante, la castellanohablante y la bilingüe; la constitucionalista, la nacionalista y la no militante; la que se emociona con el Papa; la que se reconoce en Gaudí; y, sobre todo, la que no necesita convertir cada acto público en una declaración de ruptura. Y encima, el Rey se llevó los aplausos -Papa, al margen-.Los Castellers de Vilafranca, en el Estadio Olímpico, en la vigilia del Papa. EPTambién el PSC de Salvador Illa, en cierta medida, queda retratado por estas jornadas. El presidente de la Generalitat ha hecho de la distensión su principal marca, pero gobierna sin romper con muchas reivindicaciones nacionalistas en los ámbitos lingüístico y cultural. La visita del Papa mostró una Cataluña distinta a la de su clase política, que sigue atrapada en la contabilidad de los minutos pronunciados en catalán y en español. Illa se sumó a esta carrera.  El independentismo quiso que el Papa se encontrara con una Cataluña agraviada. Pero León XIV se encontró con una Cataluña plural. El secesionismo quiso exhibir fuerza y mostró límite. Quiso convertir la lengua en conflicto y recibió bilingüismo. Quiso patrimonializar a Gaudí y se topó con la universalidad de la Sagrada Familia. Quiso recuperar la calle y quedó eclipsado por fieles, familias, banderas vaticanas y españolas y ciudadanos que no llenaron Montjuïc y la Sagrada Familia para obedecer a Puigdemont. Una cosa es tener poder parlamentario y otra, bien distinta, conservar la hegemonía social. La visita de León XIV a Barcelona, en el marco del viaje apostólico a España, dejó una conclusión política incómoda para Junts, en concreto, y el nacionalismo catalán, en general: la confirmación de su arrinconamiento al espacio friki. Fuera de lugar. Descolocado. Frente a la épica del agravio que pretendía activar el movimiento alrededor de Carles Puigdemont -ERC y Aliança se mantuvieron en un segundo plano-, la capital catalana respondió con una imagen de normalidad cívica, expresión religiosa y orgullo compartido. No empañó la fiesta.La misión estaba clara y el objetivo era convertir la visita apostólica en una nueva batalla identitaria. Lingüística e independentista, sobre todo. Una especie de un ‘Gaudí vs. España’, como si la Sagrada Familia -un templo expiatorio- fuera solo de unos catalanes y no de todos los católicos. Desde Junts hasta Òmnium, pasando por la ANC y otros grupúsculos, como los cantores independentistas de la misa de la basílica que ‘se apropiaron’ del colectivo, trataron de empujar al Santo Padre hacia ese marco. Pero no quedó atrapado. Y la ciudad, tampoco.Alrededor de la Sagrada Familia, el miércoles, no se impuso la protesta, sino la celebración. Las ‘esteladas’ aparecieron, pero fueron minoría. Solo se exhibieron a toque de silbato, a diferencia de las banderas del Vaticano -que arrasaron en todos los actos en Cataluña- y de España, que se mostraron sin consigna y de manera mayoritaria. La realidad pasó, como un tsunami, por encima de un movimiento que añora una derrota y sigue instalado en 2017. Los silbidos existieron, pero fueron insonoros. Los vítores a León XIV los apagaron.Noticia relacionada general No No Líder independentista Nogueras, ante el Papa: «Like Gaudí, I am Catalan. My nation» Joan GuiradoPor su parte, la polémica lingüística generó ruido, pero no condicionó el mensaje central del Santo Padre que, alternando catalán y español en todas sus intervenciones, rebajó el pulso a lo que socialmente es: una convivencia entre dos lenguas oficiales que el nacionalismo pretende convertir de forma permanente en campo de combate. León XIV habló en catalán -por encima de sus posibilidades- sin excluir el español. O habló en español sin olvidarse del catalán. Ya iba a utilizar el catalán antes de que Puigdemont desenvainase.El Papa, además, reconoció la autonomía de Cataluña en el marco nacional español. Se acercó a Montserrat sin bendecir ningún relato de ruptura. Y puso en el centro palabras, como «unidad», «paz», «comunión» y «concordia», que chocan con la gramática del ‘procés’. La escena de Míriam Nogueras y Eduard Pujol en el Congreso, el lunes, hablando a León XIV en italiano e inglés para recordarle que son secesionistas, y que aspiraba a ser solemne, se quedó en una extravagancia y un ejemplo del perímetro en el que juega Junts.Alrededor de la Sagrada Familia se exhibieron banderas de España e independentistas, entre otras. EfeSin casi influencia en la economía, en el ámbito social, en la Iglesia…, Puigdemont, líder de Junts, trató de activar las críticas contra una de sus mayores obsesiones: el arzobispo de Barcelona, el cardenal Juan José Omella, parte imprescindible del viaje apostólico del Papa. Le acusó de españolizar la visita. Y pidió a sus seguidores que inundaran de ‘esteladas’ la Sagrada Familia. Pero la calle no le siguió. La sociedad catalana, en una parte mayoritaria, ya no está en el marco político de 2017. Y este es el gran problema que tiene Junts.El independentismo, estos días, no fue desbordado por una contraofensiva partidista, sino por una emoción colectiva distinta. La gente no acudió a discutir el régimen lingüístico de Cataluña, sino a ver al Papa. No salió a responder a Puigdemont, sino a participar en la culminación de la Sagrada Familia. No llenó el Estadio Olímpico para reproducir un inventado conflicto territorial, sino para vivir una vigilia de paz, esperanza y celebración. Oriol Junqueras, que acudió a Montjuïc con su familia, lo comprobó en primera persona. Y Josep Rull, también.La sociedad catalana, en una parte mayoritaria, ya no está en el marco político de 2017. Y este es el gran problema que tiene JuntsLa imagen de la torre de Jesús iluminada sobre Barcelona, tras un espectáculo histórico, tuvo, además, una carga colectiva que va más allá de lo religioso. La Sagrada Familia es universal. Por eso resulta tan difícil reducirla a una bandera. El nacionalismo lleva años intentando incorporar a Gaudí a su genealogía política, como si la grandeza del arquitecto pudiera encerrarse en una identidad excluyente. León XIV devolvió el templo a una dimensión amplia: una obra en Cataluña, inseparable de Barcelona y abierta a España y al mundo.Por eso, fue otra oportunidad perdida. Ese orgullo compartido fue otra derrota simbólica del independentismo. Desde los Juegos Olímpicos de 1992, Barcelona no ofrecía una imagen tan potente de autoestima colectiva ante el mundo. Aquel año, la ciudad se presentó como capital moderna y abierta. Durante el ‘procés’ y los años siguientes esa confianza desapareció por la sospecha y la división. La Sagrada Familia devolvió a Barcelona, aunque fuera por unas horas, la sensación de ciudad capaz de reconocerse en algo que no divide.Sin embargo, el movimiento nacionalista, del que Puigdemont representa el grado máximo, sigue actuando como si Cataluña fuera homogénea, pese a que la realidad social lo desmiente. Por si no fuera suficiente, Junts tiene un problema por la retaguardia. El crecimiento del partido de Sílvia Orriols cuestiona su capacidad para seguir presentándose como casa común del conservadurismo al defender posiciones «progresistas». Cada vez más lejos del centro de gravedad que adquirió la CiU de Jordi Pujol y su capacidad de mantener puentes con la Iglesia.Noticia relacionada general No No Illa defiende ante el Papa la identidad catalana y le pide que use el idioma en sus ‘urbi et orbi’ Àlex GubernLa diferencia es sustancial. Convergència i Unió no era solo una coalición de partidos; era una red de poder. Alcaldes, cuadros técnicos, presencia institucional, interlocución económica, complicidades culturales y una relación fluida con una parte relevante de la Cataluña católica y asociativa. Junts es heredero de esas siglas, pero no de esa autoridad. Tiene capacidad política de bloqueo, gracias a la aritmética parlamentaria en Madrid, pero no suficiencia para proponer alternativas a la sociedad, a los problemas reales que el Papa recordó estos días.Sin esta influencia, lo que se vio esta semana fue un independentismo activista, ruidoso y muy politizado, incapaz de digerir lo que vio. La visita del Santo Padre demostró que existen muchas Cataluñas: la católica, la cultural y la no religiosa; la catalanohablante, la castellanohablante y la bilingüe; la constitucionalista, la nacionalista y la no militante; la que se emociona con el Papa; la que se reconoce en Gaudí; y, sobre todo, la que no necesita convertir cada acto público en una declaración de ruptura. Y encima, el Rey se llevó los aplausos -Papa, al margen-.Los Castellers de Vilafranca, en el Estadio Olímpico, en la vigilia del Papa. EPTambién el PSC de Salvador Illa, en cierta medida, queda retratado por estas jornadas. El presidente de la Generalitat ha hecho de la distensión su principal marca, pero gobierna sin romper con muchas reivindicaciones nacionalistas en los ámbitos lingüístico y cultural. La visita del Papa mostró una Cataluña distinta a la de su clase política, que sigue atrapada en la contabilidad de los minutos pronunciados en catalán y en español. Illa se sumó a esta carrera.  El independentismo quiso que el Papa se encontrara con una Cataluña agraviada. Pero León XIV se encontró con una Cataluña plural. El secesionismo quiso exhibir fuerza y mostró límite. Quiso convertir la lengua en conflicto y recibió bilingüismo. Quiso patrimonializar a Gaudí y se topó con la universalidad de la Sagrada Familia. Quiso recuperar la calle y quedó eclipsado por fieles, familias, banderas vaticanas y españolas y ciudadanos que no llenaron Montjuïc y la Sagrada Familia para obedecer a Puigdemont. Una cosa es tener poder parlamentario y otra, bien distinta, conservar la hegemonía social.  

La visita de León XIV a Barcelona, en el marco del viaje apostólico a España, dejó una conclusión política incómoda para Junts, en concreto, y el nacionalismo catalán, en general: la confirmación de su arrinconamiento al espacio friki. Fuera de lugar. Descolocado. Frente a la … épica del agravio que pretendía activar el movimiento alrededor de Carles Puigdemont -ERC y Aliança se mantuvieron en un segundo plano-, la capital catalana respondió con una imagen de normalidad cívica, expresión religiosa y orgullo compartido. No empañó la fiesta.

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