Lorca en familia: «Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, ciego o guapo. Dejadme las alas en su sitio que volaré bien»

El epistolario ‘No te olvides de escribir’, editado por el periodista Víctor Fernández muestra la cara más íntima del poeta a través de varias misivas inéditas que exploran su profunda relación con sus padres y hermanos. «Estas cartas miran por el ojo de la cerradura familiar. Aquí está el Federico más humano, el hombre tras el mito», dice Leer El epistolario ‘No te olvides de escribir’, editado por el periodista Víctor Fernández muestra la cara más íntima del poeta a través de varias misivas inéditas que exploran su profunda relación con sus padres y hermanos. «Estas cartas miran por el ojo de la cerradura familiar. Aquí está el Federico más humano, el hombre tras el mito», dice Leer  

Pocos personajes de la historia española han sido tan estudiados, citados, desmenuzados, pero también incomprendidos y utilizados, como Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, 1898-Granada, 1936), sin duda el escritor más renombrado y recordado de la Edad de Plata. Aunque asimismo se da la paradoja de que la gran potencia de su genio literario y su trágica y simbólica muerte le han hecho presa de tópicos y sobreentendidos simplistas que han esculpido en mármol la humanidad y carnalidad del poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX.

A separar el hombre del mito ha dedicado un intenso trabajo el periodista cultural Víctor Fernández, autor desde hace años de volúmenes como De viva voz. Conferencias y alocuciones (DeBolsillo), que reúne todas las intervenciones públicas y charlas de Lorca, Querido Salvador, Querido Lorquito (Elba) que recoge su relación epistolar con Dalí o Palabra de Lorca (Malpaso), donde recopila las 133 entrevistas, un tercio de ellas inéditas, que ofreció el poeta a diferentes medios. Ahora da un paso más en este quehacer a través del epistolario No te olvides de escribir. La familia Lorca en sus cartas (Akal), una correspondencia llena de misivas inéditas que retrata la íntima y amorosa relación entre el poeta y sus padres y hermanos y encierra varias claves de la vida y obra de Federico.

«Leer estas cartas es como entrar en la casa de la familia García Lorca y escucharlos hablar. Como mirar por el ojo de la cerradura y asistir, como espectadores pasivos, a una relación llena de cariño y cercanía, pero también de reproches, enfados y frustraciones, como en cualquier familia», explica Fernández. «Ante nuestros más íntimos no hay máscara o impostura que valga, por eso aquí está el Federico más humano, el hombre tras el mito, que antes que un escritor genial fue un hijo y un hermano», recalca el investigador que lleva años recopilando materiales de diversos archivos familiares y privados, como los de los hispanistas Ian Gibson y Christopher Maurer.

Las primeras misivas, que arrancan en la década de 1910 son relativamente breves, sencillas y directas, cuajadas de referencias familiares y de detalles cotidianos. En ellas, entre afectuosas muestras de cariño adolescente, Lorca da cuenta a sus padres y hermanos de los viajes de estudios realizados junto al catedrático Martín Domínguez Berrueta por las ciudades de Castilla, León y Galicia. Estas andanzas, de las que surgiría su primer libro, Impresiones y paisajes (1918), fueron fundamentales en la vida del poeta pues lo decantaron por la literatura frente a la música, su primera vocación, e incluyeron encuentros con figuras clave como Antonio Machado y Miguel de Unamuno, que Lorca exegra dándose importancia.

Un punto de inflexión vital y epistolar es su llegada a Madrid en 1919 con la excusa de continuar sus estudios, pero con el firme propósito de hacer una carrera literaria de la que su madre Vicenta fue la gran impulsora y confidente. «Maestra culta y de gran sensibilidad, la madre fue la primera lectora del joven Lorca, quien descubre los numerosos manuscritos y cuartillas que deja en su casa y la primera que se preocupa de dónde y cómo va a publicar», apunta Fernández. A este respecto, alguno de los inéditos más reveladores son un par de cartas enviadas en 1921 por Vicenta al editor Gabriel García Maroto, impresor del Libro de poemas de Lorca concertando los pagos y la distribución de este libro costeado por la familia.

También es reveladora otra carta de 1926 en la que, ante la frustración de Lorca por las promesas incumplidas del «zorro sinvergüenza de Martínez Sierra» que le daba largas para representar La zapatera prodigiosa o Mariana Pineda, le dice que contacte con Margarita Xirgú, de paso por Granada, en una carta en la que también escribe a su hijo: «supongo que no descuidarás la publicación de tus libros, que ya estyá un poco pasada y te estás perjudicando […] eso es una majadería que a ti mismo te fastidia; porque sin darte tú cuenta te cansas de tus cosas y acabas porque nada te gusta y de ahí nace tu apatía y dejadez«.

Muchas son las alusiones paternas y maternas a cierta indolencia del poeta, tanto en los estudios como en su labor literaria. A este respecto, los roles de sus padres se reparten de forma natural. Federico García Rodríguez es un agricultor acomodado y más adusto que quiere que su hijo haga carrera, se centre en terminar Derecho y olvide sus veleidades artísticas. La madre, por su parte, hace de bisagra entre los temperamentos y deseos de ambos. Uno de los documentos fundamentales del volumen es una carta inédita de Federico a su padre fechada el 10 de abril de 1920 en la que el escritor despliega toda su labia para convencer a su padre de que no le obligue a regresar al hogar familiar.

«Recibo una carta tuya en tono serio y discreto y en tono serio y discreto te contesto yo también», comienza la misiva Federico, antes de añadir sus razones. «Yo te digo y te prometo solemnemente que cuando un hombre se coloca en su camino ni lobos ni perros pueden hacer que vuelva atrás. […] En mi camino estoy, papá, ¡no me hagas volver a la vista atrás! […] ¿Qué hago yo ahora en Granada? Escuchar muchas tonterías, muchas discusiones, muchas envidias y muchas canalladas (esto naturalmente no les pasa más que a los hombres que tienen talento). Y no es que a mí se me importe nada, porque gracias a Dios estoy muy por encima, pero es molestísimo, molestísimo».

«Por desgracia, no se conserva o no se ha hecho pública la carta que Francisco envió a su hijo, pero, podemos suponer los términos de ultimátum», aduce Fernández. Sin embargo, en esa larga carta Federico prosigue argumentando que la Residencia de Estudiantes «no es ninguna fonda» antes de sacar toda la artillería. «Yo te suplico de todo corazón que me dejes aquí hasta fin de curso y entonces me marcharé con mis libros publicados y la conciencia tranquila de haber roto unas espadas luchando contra los filisteos para defender y amparar al Arte puro, al Arte Verdadero. A mí ya no me podéis cambiar. Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, como el que nace ciego, como el que nace guapo. Dejadme las alas en su sitio, que yo os respondo que volaré bien».

«Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, ciego o guapo. Dejadme las alas en su sitio que volaré bien»

Y termina diciendo a su padre: «Yo, queridísimo papá, ¡soy un hombre formal! ¿Te he dado nunca un disgusto? ¿No te he hecho caso siempre? Contéstame como yo te he contestado y por último te suplico de todo corazón que leas bien la carta y recapacites. Piensa además que yo no soy un objeto que te pertenece y que amas mucho; piensa que tengo vida propia, resolución, y que este ir y venir me perjudica y no es formal. Hay que ser audaces y valientes. Lo mediocre y el término medio es fatal. No consultes estas cosas con amigos abogados, médicos, veterinarios, etc. -gentecilla mediocre y antipática-, sino con mamá y los niños. Creo que tengo razón. Sabes que te quiere de corazón tu hijo, Federico».

Poco después, seguramente intranquilo, escribe a la madre: «Queridísima mamá: Le he escrito a papá una carta dándole mis acertadas razones para convencerlo de que debe dejarme aquí. Ya verás si tengo o no razón. Ir a Granada para estar en el café Alameda y oír (porque esto tú sabrás y te lo supondrás) multitud de majaderías es cosa inaguantable dada la vida seria y buena y provechosa que hago aquí. No [te] disgustes, tontica, conmigo porque te diga que escribir cartas es un latazo«.

Más indulgente, Vicenta salpica sus misivas de preocupaciones por la salud, sospechas por el bienestar del hijo y reproches bienintencionados: «Nos alegramos tantísimo de que estés bueno y contento, pero yo me temo que son exageraciones tuyas, pues sin pan y con preocupaciones por tus trabajos no puedes estar muy contento. […] De cualquier modo ten tranquilidad, yo confío en que Dios mediante conseguirás ver realizados con éxito todos tus deseos«.

Federico García Rodríguez con sus hijas Isabel (delante) y Concha y una amiga (detrás) en la casa familiar del actual número 50 de la Acera del Darro, Granada, en la década de 1910.
Federico García Rodríguez con sus hijas Isabel (delante) y Concha y una amiga (detrás) en la casa familiar del actual número 50 de la Acera del Darro, Granada, en la década de 1910.Archivo Patronato Lorca

«Nosotros, que sabemos qué clase de vida bohemia llevaba Lorca, sólo podemos sonreír de medio lado al leer las constantes peticiones de dinero para ‘para libros y matrículas’, las promesas de estar ‘encerrado en mi habitación’ y ‘estudiando y trabajando’ o sus en un comienzo exageradas descripciones del interés que generaba su obra en figuras como Juan Ramón Jiménez ‘quien me ha pedido encarecidamente que le dé mis poemas para dárselos a leer a su mujer'», relata Fernández.

«El padre siempre fue muy duro, muy dolido respecto a que el hijo no tuviera una carrera como su hermano Francisco, que fue diplomático, diplomático de prestigio y sacaba muy buenas notas. Por eso hay ese interés de Lorca por mostrar que lo que está haciendo es una labor literaria seria, que no es un divertimento, cuatro artículos que escribe en la prensa. Y, evidentemente, no se equivocó porque hoy hablamos todavía de él y de esa obra».

Como sabemos, felizmente Lorca pudo desarrollar en Madrid esa carrera que, en cuanto despegó, sería meteórica. Así, sucesivamente, entre los muchos besos y abrazos, peticiones de dinero (ese «asunto espinoso»), ropa y «sablazos» y quejas recíprocas por escribir poco -«sois unos sinverguenzas con no escribirme, sobre todo Paquito y las niñas […] que son unos descastados que no se acuerdan de mí», escribe Lorca; «Papá y mamá están de pésimo humor con esa obstinación ya excesiva de no poner aunque sea dos letras», le echa en cara su hermano- comienzan a filtrarse en las cartas los éxitos del poeta.

«Querido Federico: Entre todas las felicitaciones que recibas por tu triunfo, esta será la más humilde, pero también de las más sinceras; y aunque tardía bien hubiéramos deseado disponer de aquel [ilegible] que junto con nuestros afectos, hubiera hecho simultánea la fiesta magna de tu espíritu con nuestra satisfacción y regocijo», le escriben en 1927, tras el apotéosico triunfo de Mariana Pineda en Barcelona, en una carta firmada por multitud de primos, tíos y otros parientes. Años después, desde Buenos Aires, donde se celebraron más de cien representaciones de Bodas de sangre, el les dira: «El éxito superó a toda ponderación. Fue una fiesta inolvidable. Todos los españoles estaban emocionados».

«Veo la situación política muy dura y apasionada, en carne viva. Desde luego hoy en España no se puede ser neutral»

Estas más de 200 cartas desvelan, además, otros mitos tejidos en torno a la figura del poeta. Por ejemplo, recalca Fernández «la inexistente ruptura de su relación con Dalí, reflejada en una graciosa carta de la madre de 1930 afeándole ‘tener tanta frescura’ después de que el pintor, expulsado del hogar familiar escribiera a los García Lorca reclamándoles dinero que les adeudaba su hijo. Federico escribió a Salvador elogiándole ‘el timo que ibas a dar a mi familia. […] Me enteré tarde, si no, yo te hubiera girado el dinerito'».

Terjeta de identificación de Lorca para viajar en tren durante 1936.
Terjeta de identificación de Lorca para viajar en tren durante 1936.

También refuta su ifentificación y amistad con políticos de derechas como José Antonio Primo de Rivera. «Son habladurías, leyendas. En una carta Vicenta, firme partidaria de Azaña, como toda la familia, escribe con profética clarividencia: ‘si no ganamos ¡ya podemos despedirnos de España! ¡Nos echarán si es que no nos matan…!’«. Por su parte, el propio Federico hace frecuentes alusiones a la política. «En 1934, desde buenos Aires, escribe: ‘Veo la situación política muy dura y apasionada, y desde aquí se tiene la impresión de una España en carne viva’. Y en octubre de 1935, desde Barcelona: ‘Desde luego, hoy en España no se puede ser neutral'».

A la espera de quizá más cartas ocultas, pues como apunta Fernández hay archivos todavía vetados, como el del «gran confidente del poeta Rafael Martínez Nadal, que está en Londres y del que el Estado compró varios manuscritos -como los de El público o Poeta en Nueva York-, pero no papeles personales, que quizá no encierren grandes descubrimientos pero sí más facetas del escritor, el último gran misterio lorquiano, contado y recontado su asesinato, es el que afecta a dónde reposan sus restos.

Sin querer entrar «en ese complejo jardín», el investigador apunta en su introducción a que quizá la familia sabe más de lo que se cuenta. «¿Hizo la familia alguna gestión para salvarlo e, incluso, para recuperar el cadáver? Se sabe que un periodista granadino tiene en su poder los recibos del dinero que Federico padre trató de reunir a mediados de ese agosto, que han podido ver personas como el director teatral Lluís Pasqual«. ¿Dieron fruto las gestiones? ¿Está el poeta enterrado, como muchos suponen bajo la fuente del Parque Federico García Lorca de Alfacar? «Seguramente algún día se sepa, pero de momento no se puede afirmar».

Fernández sí reproduce en este volumen el texto de una nota hoy inencontrable, «que ha llegado a nostoros a través del relato oral», fechada el 16 de agosto de 1936 en la que Federico habría escrito: «Te ruego, papá, que a este señor le entregues 1.000 pesetas como donativo para las fuerzas armadas». «En aquel momento, el poeta ya estaba muerto, así que era evidentemente un falso chantaje», apunta. A la espera de aclarar este punto, el editor pone como broche del volumen una carta de Vicente, un primo de la familia, a Francisco fechada en Granada en octubre de 1947. En ella, escribe: «Ya os podéis figurar cómo me he acordado de vosotros y de quien no necesito mencionar, paseando por estos jardines en un atardecer único, increíble». Algo que, inevitablemente, le ocurre hoy a cualquiera que visite la ciudad nazarí, en la que late el legado del poeta.

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