
250 años de independencia es un hito no menor y en la Casa de América de Madrid los han querido conmemorar sin vacas ni golf —como en la celebración del presidente Donald Trump—, sino con cuatro exposiciones que reflexionan sobre las otras caras de Estados Unidos, abiertas al público hasta el próximo 30 de septiembre.


La Casa de América narra los dos siglos y medio de historia estadounidense a través de baile, geometría social, arte pop y fotografía documental
250 años de independencia es un hito no menor y en la Casa de América de Madrid los han querido conmemorar sin vacas ni golf —como en la celebración del presidente Donald Trump—, sino con cuatro exposiciones que reflexionan sobre las otras caras de Estados Unidos, abiertas al público hasta el próximo 30 de septiembre.
Este 4 de julio se cumplen dos siglos y medio de democracia que PSJM, el dúo compuesto por los artistas Pablo San José y Cynthia Viera, ha querido retratar como mejor saben: con “geometría social”, una propuesta de composiciones minimalistas. En 2022 usaron el histórico de resultados electorales de EE UU y pintaron los 59 cuadros de American Democracy que visualizan los votos desde George Washington hasta Joe Biden. “El proyecto cerró antes de que Trump asumiera la presidencia por segunda vez“, explican mientras recorren la exposición.
Uno a uno los cuadros van mostrando hitos de la política estadounidense. “Ese es cuando Thomas Jefferson creó el Partido Demócrata-Republicano”; “Luego los republicanos se convierten en Whigs, que son estos verdes”; “Ya empieza el bipartidismo”; “Con Franklin Roosevelt el cambio es brutal, un nivel de apoyo aplastante, ¡existió un Estados Unidos socialista!”; “¿Y este quién es?“; ”Este es un anarcocapitalista»; “Aquí salió un libertario”; “Cambio al neoliberalismo salvaje de Ronald Reagan”; “Las elecciones de Bush, donde comienza la guerra contra el terror”…

En la planta de abajo está la otra exposición de PSJM, American Colors, una visualización de la población “por raza en Estados Unidos”. Blancos, hispanos, negros, asiáticos y nativos americanos están asociados a ciertos colores para representarlos en tres obras sobre la población total de estos grupos en el país, la pobreza por raza y la población carcelaria por raza.
“Solemos decir que cuando te agachas a leer la cartela es cuando te llevas la colleja”, explican. “Te puedes sentir atraído por la belleza de los cuadros, pero cuando lees la realidad que está mostrando es un shock”. Justo al lado, está colgada lo que parece ser una alfombra, pero en realidad es el índice de pobreza por raza en Estados Unidos: “Es la primera vez que la colgamos. Siempre ha estado en el suelo, lo que es realmente violento por lo que significa pisarla”.
Viera y San José llevan 23 años retratando la política y la sociología en sus obras: “No conseguimos vivir al margen de lo que sucede en la sociedad. Para nosotros es fundamental. Nos encantaría levantarnos por la mañana y hacer cosas bonitas, pero vemos las noticias y ya no podemos”.
Tengo un coco contigo, de Bernardo Medina
Bernardo Medina hizo una oda a Puerto Rico, su país. La sala de la exposición Tengo un coco contigo es puro color: amarillo, fucsia, verde, azul. “Leí que niños de Tokio quieren aprender el acento puertorriqueño, que es un disparate, porque nosotros decimos velde”, se ríe el artista, que explica que ahora está de moda la isla en gran parte gracias a Bad Bunny, que ha reivindicado por el mundo la identidad boricua. “La identidad de Puerto Rico la ha representado mucha gente a través de todas las expresiones artísticas”, comenta, “ahora está fuertísimo, pero todos hemos trabajado esto porque son los códigos de nuestra infancia”.
Medina cree que en su tierra hay un ansia de mostrarse, no porque haya un trauma con el tema la colonización, sino porque hay un deseo de que los vean, que vean su trabajo y lo que piensan. En su caso, es una nostalgia que se palpa en el aire. La primera pieza que enseña está inspirada en Latas de Sopa Campbell, de Andy Warhol. En su caso, hizo un homenaje a la marca Goya Foods tan presente en la mesa puertorriqueña. “Es la marca number one. Me recuerda la cocina, la abuela, lo mejor“, dice, y hace el símil con la escena de Ratatouille cuando el crítico gastronómico prueba el plato y regresa a su infancia. “Tú regresas al safe space, al lugar más seguro que tuviste ever“.

También hay unos cuadros que replican los carteles de los colmaditos —chiringuitos en puertorriqueño— donde anuncian la venta de hielo. Una vez más, en inglés: “Ice cold for the cold heart”. Tampoco olvidó el detalle de dibujar nieve sobre la tipografía para remarcar lo frío del hielo en una isla donde reina el calor. Justo al frente hay obras de plátanos, su sello personal. “Digo: ‘Hola, soy Bernardo’. Y me responden: ‘Ah, el de los plátanos’, porque he pintado muchos plátanos”, ríe. Justo al lado hay pintado un “Pica”, una especie de pequeño hipódromo de madera típico en las fiestas de pueblo en la isla. Y al final, el mantel de su abuela como lienzo de plátanos pintados y un bodegón. Coronando, otro cartel de colmadito en homenaje a su abuelo que regentó uno.
Sobre la relación con Estados Unidos, Medina recurre a una anécdota compartida en Latinoamérica: “Nuestra relación con los Estados Unidos es como tu relación con tu mamá. Es complicada, pero funciona. Ella en algún momento va a levantar la chancleta y te va a golpear”. Para los europeos, cree, es difícil entenderlo. “Me dicen: ‘¿Pero cómo ustedes pueden vivir ahí?’ Pues me levanto, tomo café, voy al trabajo, me duermo y empiezo de nuevo».
American Latinos 1935–1945, de Alberto Ferreras
Cuando el Museo de Historia Americana en Washington D.C. le comisionó la primera galería latina a Alberto Ferreras, el cineasta se llevó una sorpresa. Estaba desarrollando el vídeo Somos y necesitaba cinco fotos de latinos, así que se fue a bucear a la página web de la Biblioteca del Congreso y encontró oro: una foto titulada Hija de trabajador mexicano. A partir de ella se preguntó cuántas fotos más de hispanoamericanos habría en el archivo. Y eran miles. “Es una colección de fotos que se tomaron entre 1935 y 1944 por una comisión del gobierno americano que Roosevelt montó para mitigar el impacto de la Gran Depresión en Estados Unidos», cuenta. “Para crear empatía mandaban fotógrafos a las poblaciones que estaban sufriendo y esas fotos luego se distribuían gratuitamente en los periódicos”, explica Ferreras.

En el imaginario colectivo sobre aquella crisis económica, explica, se piensa en una familia blanca, pero en su búsqueda encontró cientos de fotografías de mexicanos, puertorriqueños, españoles. Durante tres años reunió 300 retratos hechos por los fotógrafos que después se volvieron los más influyentes del siglo XX, como Dorothea Lange, Jack Delano, Russell Lee o John Collier Jr. “Para mí, estas fotografías simplemente amplían nuestra percepción de lo que es la sociedad americana, de que no es blanco, rubio y de ojitos verdes”.
Sobre la situación migratoria actual en Estados Unidos, donde hay una política de persecución hacia los migrantes y también hacia ciudadanos con rasgos latinos, Ferreras asegura: “Para mí no es una exposición política. Es una exposición de historia para que cada quien llegue a la conclusión que tiene que llegar”. En cualquier caso, lo que él quiere hoy es rendir tributo a los protagonistas de las fotos y abrir los ojos de quien las vea.
Everybody loves to Cha Cha Cha, de Bego Antón
La fotógrafa Bego Antón se encontró por casualidad con la extraña práctica que tiene un grupo de mujeres estadounidenses de bailar coreografías con sus perros. Mientras buscaba ideas de proyectos que tuvieran que ver con las contradicciones que existen con el mundo animal, llegó al vídeo de Carolyn Scott y su perro Rookie bailando una canción de Grease, vestidos como los protagonistas. Contactó con una asociación y a través de ella conoció a mujeres de diferentes estados que practicaban el Musical Canine Freestyle. Su trabajo se transformó en Everybody loves to cha cha cha, parte de PHotoESPAÑA.

Antón cuenta por teléfono que estas mujeres se pasaban el día entrenando y, mientras más lo hacían, más vínculo con su perro alcanzaban. Así lograban la pink bubble, el momento en que la sincronización era tal que “el mundo desaparecía”. A través de su trabajo, la fotógrafa buscó retratar el amor que tenía la una por el otro. “Estados Unidos es muy complejo y muy curioso”. Durante tres meses, entre enero y marzo de 2015 y gracias a una residencia en Nueva York, recorrió el país y conoció a estas personas que “están bien, no tienen carencias, sino que hacen lo que quieren sin que les importe qué dirán los demás”, explica la artista. Por esta forma de pensar asegura que en Estados Unidos se encuentran proyectos que no hay en otro lugar.
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