
A Luisa Neubauer (Hamburgo, 29 años), cara visible en su país de Fridays for Future, el movimiento juvenil nacido al calor de las huelgas escolares contra la crisis climática, la apodaron durante años “la Greta Thunberg alemana”. “Al principio me ayudó a que se entendiera lo que hacía. Ahora estoy un poco cansada de la comparación. Somos muy distintas”, dice en un café de su calle, en el barrio berlinés de Kreuzberg. Consciente del desgaste de los asuntos medioambientales en la agenda política, Neubauer acaba de activar una nueva fase de movilización, con protestas en las calles y proyectos de mayor impacto. En pocos días viajará a la Antártida con un equipo científico. Desde allí conectará con colegios para que los niños vean el deshielo en tiempo real. La misión: convertir un fenómeno lejano en una evidencia, capaz de sacudir más conciencias que cualquier informe repleto de cifras.
“No ser puro no te hace menos legítimo. Es una idea muy eficaz para desprestigiarnos”, asegura la líder de Fridays for Future en Alemania
A Luisa Neubauer (Hamburgo, 29 años), cara visible en su país de Fridays for Future, el movimiento juvenil nacido al calor de las huelgas escolares contra la crisis climática, la apodaron durante años “la Greta Thunberg alemana”. “Al principio me ayudó a que se entendiera lo que hacía. Ahora estoy un poco cansada de la comparación. Somos muy distintas”, dice en un café de su calle, en el barrio berlinés de Kreuzberg. Consciente del desgaste de los asuntos medioambientales en la agenda política, Neubauer acaba de activar una nueva fase de movilización, con protestas en las calles y proyectos de mayor impacto. En pocos días viajará a la Antártida con un equipo científico. Desde allí conectará con colegios para que los niños vean el deshielo en tiempo real. La misión: convertir un fenómeno lejano en una evidencia, capaz de sacudir más conciencias que cualquier informe repleto de cifras.
Pregunta. Diciembre en Berlín y 13 °C, unos 10 grados más de lo habitual. ¿Es esta la nueva normalidad?
Respuesta. Yo solo veo nuevos estados de anormalidad. Nos acostumbramos a condiciones que antes eran insólitas y ya ni las notamos. Es muy grave, aunque tampoco hay que sentirse culpable por no morirse de frío en diciembre. La batalla no es esa.
P. A diferencia de otros activistas, no concibe la acción climática como una ascesis.
R. Para mí la ecología no debe ser una fuerza punitiva, sino alegre y liberadora. Nunca he entendido mi activismo como un castigo, sino como una manera de reconciliarme con lo que veo y con lo que siento. Es una cuestión de respeto al planeta y a quienes viven y vivirán en él, no una penitencia…
P. Aun así, sus adversarios la llaman moralista, extremista o incluso fundamentalista. ¿Le afecta?
R. Me hace sonreír que haya personas que podrían dedicar su energía a algo positivo y prefieren invertirla en insultar a mujeres jóvenes que se preocupan por el estado del planeta. Lo que me hace menos gracia es que el odio y la violencia son reales: hace años que necesito seguridad en las protestas. Aun así, intento no tomármelo como algo personal. Es más bien un síntoma del miedo al cambio, de la erosión del patriarcado y de las tensiones sociales que afectan a nuestro continente.
P. ¿Por qué el clima ha caído a un segundo plano en la agenda política?
R. En realidad, ni siquiera está en segundo plano: lo han empujado mucho más atrás. Cuando aparecen asuntos supuestamente urgentes como la migración, la economía o la seguridad, el clima es siempre lo primero que se aparta. Es una solución cómoda en lo inmediato, pero desconectada de la realidad: sin un planeta estable, ningún otro proyecto político podrá sostenerse a largo plazo.
“Me hace sonreír que haya personas que podrían dedicar su energía a algo positivo y prefieren insultar a mujeres jóvenes que luchan por el planeta”
P. ¿Por qué cree que ha perdido impulso Fridays for Future tras electrizar toda Europa en los años previos a la pandemia?
R. Creamos una ola que cambió la conversación y que hizo que la gente empezara a tomarse en serio el clima, porque eran los jóvenes quienes lo exigían. Pero una pandemia, el regreso de la guerra en Europa o una gran crisis económica son capaces de desgastar cualquier impulso. Siempre supe que esa ola no duraría para siempre. Hay que buscar otras formas de darle continuidad.
P. Por ejemplo, ha reactivado las grandes protestas en la calle en toda Alemania.
R. Nunca dejamos de protestar: llevamos siete años haciéndolo. La diferencia es que ahora queremos ser mucho más concretos: en lugar de exigir a los gobiernos que hagan más en abstracto, señalamos proyectos específicos, como un nuevo gasoducto, y llevamos la protesta allí donde se toman las decisiones. Esa presión localizada está dando resultados.

P. Los escépticos de la crisis climática ya no niegan que haya un problema, pero atacan las soluciones en nombre de la desigualdad social: los más pobres no pueden comprarse un vehículo híbrido.
R. Hemos pasado por varias fases: primero negaron la crisis, luego su gravedad y ahora niegan las soluciones propuestas. Se dijo que salir del carbón nos dejaría sin electricidad, que la energía eólica estropeaba nuestros paisajes, incluso que las bombas de calor nos alejarían del fuego, supuesta esencia de la civilización humana. Hoy lo que se niega es que todo esto sea una prioridad: se admite el problema, pero se pospone indefinidamente. Es un error.
P. Dicen que las medidas climáticas son injustas para los menos favorecidos. ¿Admite que algunas lo son?
R. Es una coartada. En los Acuerdos de París se estableció que quienes más contaminan y más capacidad tienen para actuar, deben hacer más. No le corresponde al movimiento exigir a una madre soltera en apuros que compre lentejas ecológicas, pero los gobiernos deben cumplir sus compromisos. Y hacerlo con políticas justas, no con subsidios que acaben beneficiando a los más ricos, como sucede a veces.
P. ¿Por qué los datos científicos no bastan para cambiar la mentalidad?
R. Porque los sentimientos pesan más que los hechos. La ciencia es la base, pero un gráfico o una cifra nunca conmoverán a nadie por sí solos. Guiados siempre por la ciencia, debemos pensar también en qué emociones queremos despertar. Solo así la gente se moviliza. Lo peor es creer que no se puede hacer nada. Todo el mundo puede hacer algo, aunque no vea el efecto inmediato. Mi motivación diaria es demostrarlo.
“El clima ya ni siquiera está en segundo plano en la agenda política: lo han empujado mucho más atrás”
P. En 2023, su organización se desmarcó del movimiento internacional de Fridays for Future a raíz de la guerra en Gaza. ¿Sigue manteniendo aquella posición?
R. En gran parte, ha cambiado. Tras el 7 de octubre era esencial expresar empatía con las víctimas y dejar claro que no hay justificación posible para la violencia. En Alemania, por cómo funciona nuestra memoria histórica, si se percibía que se minimizaba algo así resultaba imposible seguir trabajando. Por eso adoptamos esa postura. Desde entonces hemos denunciado el genocidio y reclamado el fin de las exportaciones de armas a Israel, incluso cuando todo el mundo nos lo desaconsejaba.
P. Dice que su primera inspiración fue su abuela, la activista Dagmar Reemtsma.
R. Militó contra la energía nuclear y participó en los movimientos pacifistas y feministas. Cuando yo era niña me llevaba a actos donde casi siempre hablaban hombres. Ella se levantaba, los interpelaba y desmontaba sus argumentos con gran solidez. Me enseñó a no limitarme a repetir lo obvio, sino a señalar lo absurdo de los razonamientos contrarios. Eso siempre funciona.
P. ¿Cuál fue su despertar político?
R. En tercero de primaria quisieron cerrar mi escuela en Hamburgo. Mis padres y otros vecinos organizaron una protesta y bloqueamos una calle principal. Éramos tantos niños que ningún coche podía pasar. Al final no la cerraron. Me impresionó el poder de la acción colectiva.
P. Llegó a rechazar un asiento en el consejo de Siemens. ¿Cómo se le presentó esa oferta?
R. Siemens suministraba equipos eléctricos a una enorme mina de carbón en Australia. Organizamos una campaña y escribí una carta abierta a su director general. Su respuesta fue ofrecerme un asiento en el consejo de supervisión. Lo rechacé, claro, porque no tenía sentido. Lo triste es que la atención mediática se centró en si yo aceptaría o no ese puesto, y no en el proyecto que estábamos denunciando…
“La ciencia es la base, pero un gráfico o una cifra nunca conmoverán a nadie. Debemos pensar también qué emociones queremos despertar”
P. También la han criticado por volar. ¿Se puede defender el planeta y coger el avión?
R. Yo ya no vuelo dentro de Europa y fuera solo lo hago en casos excepcionales, por ejemplo para conferencias climáticas. Pero hay una trampa ahí: esa exigencia de pureza individual como condición para tener derecho a hablar. No ser puro no te convierte en menos legítimo. Es una idea muy eficaz para desprestigiarnos y desmovilizarnos.
P. La ridiculizaron por acudir a la Berlinale con un lema contra la ultraderecha estampado en su vestido. ¿Se arrepiente?
R. No, fue una de las acciones más útiles del año. En enero, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno alemán buscó el apoyo de la extrema derecha para una votación parlamentaria. El vestido era una forma de denunciar visualmente ese tabú roto. A veces, una imagen logra mucho más que un discurso lleno de tecnicismos parlamentarios.
P. Es miembro de los Verdes alemanes y le pronostican un gran futuro político. ¿Se vería como ministra o incluso como segunda mujer canciller?
R. La política institucional me resulta, de momento, un espacio poco inspirador. Pero no cierro esa puerta: cumplo 30 años en pocos meses y, como cualquier otro joven, me pregunto adónde me llevará la vida. Aun así, he visto cómo el poder de la gente en la calle puede ser mayor que el de cualquier Parlamento. Mientras sienta que puedo ser útil ahí, seguiré luchando en esa trinchera.
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