Chris Evert versus Martina Navratilova: elegancia táctica contra fuerza y riesgo. O Lionel Messi versus Cristiano Ronaldo: genio y sentido de la oportunidad contra potencia atlética y efectividad. O Muhammad Ali versus George Foreman: astucia y psicología contra fuerza demoledora y soberbia. Las grandes rivalidades son uno de los motores de la historia. Pero no todas se dirimen en una cancha ni de forma deportiva. Al contrario, las mayores rivalidades son políticas y giran en torno al poder: Hamilton versus Jefferson, Hitler versus Churchill. O, yendo al caso actual de Venezuela: María Corina Machado versus Delcy Rodríguez.
La disputa entre la actual presidenta a cargo del país y la líder opositora corre el riesgo de convertirse en una trampa, si se limita a dirimir quién administrará un país dirigido desde Estados Unidos
Chris Evert versus Martina Navratilova: elegancia táctica contra fuerza y riesgo. O Lionel Messi versus Cristiano Ronaldo: genio y sentido de la oportunidad contra potencia atlética y efectividad. O Muhammad Ali versus George Foreman: astucia y psicología contra fuerza demoledora y soberbia. Las grandes rivalidades son uno de los motores de la historia. Pero no todas se dirimen en una cancha ni de forma deportiva. Al contrario, las mayores rivalidades son políticas y giran en torno al poder: Hamilton versus Jefferson, Hitler versus Churchill. O, yendo al caso actual de Venezuela: María Corina Machado versus Delcy Rodríguez.
Pero esta rivalidad no se desarrolla en un vacío. Entre Machado y Rodríguez no hay un árbitro neutral. Donald Trump no observa ni media. Es un interventor plenipotenciario con intereses propios: decide tiempos, inclina incentivos y administra avales y apoyos, siempre bajo sus prioridades.
El poder es el coliseo más importante de la historia y en él suelen disputarse los combates que marcan el devenir histórico. Es lo que está pasando en la era post-Maduro con Machado y Rodríguez, dos figuras que encarnan proyectos políticos antagónicos, pero operan bajo fuertes restricciones externas. En ese marco, la disputa entre ellas no es solo por el poder en Venezuela, sino por quién logra captar el favoritismo del emperador para ampliar su margen de maniobra en una transición tutelada desde fuera.
Rodríguez representa la tercera etapa del chavismo, ahora sin Maduro ni Chávez. Su aspiración es abrir una tercera vía para convertir una dictadura atroz, incompetente y corrupta hasta la médula en un régimen aceptado internamente y tolerable a nivel internacional, que resuelva algunos problemas básicos de la población –como la salud y la educación– y cumpla una de las primeras promesas de Hugo Chávez: la redistribución del ingreso petrolero entre la mayoría. Eso es lo que se puede concluir de la intensa campaña en redes sociales que ha lanzado para promover sus logros y su agenda de mediano plazo, en un esfuerzo por hacer visible y creíble un perfil ejecutivo.

Pese a ser la figura aprobada por Trump para llenar la ausencia de Maduro y evitar la anarquía y el caos, Rodríguez no la tiene fácil. Tiene que conducir una implosión controlada y, a la vez, prolongar la vida del chavismo. Para ello, debe no solo hacerse creíble y evitar una desbandada en su Gobierno, sino también remontar un amplio rechazo popular. Según una encuesta de The Economist, si las elecciones presidenciales fueran mañana, Rodríguez no llegaría a 13%, mientras Machado la superaría por 30 puntos porcentuales. Aunque Estados Unidos administre hoy el petróleo venezolano, imponiendo limitaciones muy significativas a la capacidad de maniobra del Gobierno, el chavismo cuenta con un cofre de guerra de muchos millones de dólares, custodiados por sus testaferros.
La posición de Rodríguez podría verse aún más debilitada por la reciente revelación de que la DEA tiene su nombre como blanco prioritario en varias investigaciones en curso que, de ser sustanciadas, la asociarían con lavado de dinero y tráfico de drogas y de oro. Aun así, Rodríguez cuenta con el apoyo de “amigos” muy poderosos en el círculo de Mar-a-Lago, que influyeron en la decisión del presidente estadounidense de favorecerla y marginar a su rival.
María Corina Machado parte de una posición moral muy ventajosa, por haber sido legitimada como candidata opositora –si bien luego fue inhabilitada por el chavismo–, así como por representar las esperanzas democráticas de la mayoría de los venezolanos, de quienes es, sin duda, la líder. Y no menos por haber sido premiada con el Nobel de la Paz en 2025. A ello se suma una pátina tecnocrática, vinculada a su abolengo industrial, su título de ingeniera y sus emprendimientos en la sociedad civil, como la ONG Súmate.

Machado ha ofrecido abrir de nuevo Venezuela al mundo para hacer llover inversiones en los sectores energético, tecnológico y turístico. Su promesa evoca nada menos que la reinvención de la Gran Venezuela de los años setenta: sueños primermundistas, desarrollismo y consumismo desaforado, pero también pleno empleo y paz social. Eso sí, con mejores instituciones para hacer de Venezuela de nuevo “la envidia del mundo”. O sea: Make Venezuela Great Again: MVENGA (se debe pronunciar ¡VENGA!).
Machado, por su parte, logró un avance no desdeñable al ser recibida en la Casa Blanca. Ha sido poco lo que ha trascendido de la visita. La entrega de la medalla a Trump acaparó los titulares mundiales, desviando la atención de los asuntos realmente sustantivos. No queda claro si Machado logró asegurar el apoyo de Trump para una transición democrática en el corto plazo, pero sí cabe esperar que, al menos, haya servido para recomponer el puente roto entre ella y el presidente estadounidense, evidenciado por la escasa coordinación previa entre su equipo y la Casa Blanca respecto a las acciones en Venezuela.
En la conferencia de prensa del día siguiente en The Heritage Foundation –nido de la élite MAGA que impulsó el Proyecto 2025–, Machado afirmó de nuevo que el régimen está fracturado, algo de lo que, incluso dos semanas después de la captura de Maduro, no hay evidencia concluyente. Sostuvo además que ese hecho equivalía a la caída del Muro de Berlín, una comparación que todavía está por verse.
Es evidente que Machado y Rodríguez se desprecian, pero también que se miden y no se subestiman. Delcy Rodríguez no solo juega ping-pong. En más de dos décadas como operadora del chavismo, ha acumulado una experiencia poco común en el laberinto del poder. Machado, en cambio, cuenta con una legitimidad política y simbólica difícil de igualar, pero con márgenes de maniobra más estrechos de lo que sugiere su respaldo popular.
La hostilidad entre las dos líderes empezó con intensidad. Durante su visita a Washington, Machado no dejó de atacar a su rival, etiquetándola como operadora de la corrupción chavista y responsable de la represión y la tortura de miles de venezolanos. Desde Caracas, Rodríguez respondió llamándola “arrastrada” por entregarle a Trump la medalla del Nobel durante su visita a la Casa Blanca. Pero, más allá de dardos e insultos, el hecho fundamental es que ambas figuras políticas ya se han identificado como la némesis de la otra.
Ambas, sin embargo, deben vérselas con un árbitro que es juez y parte en esta disputa. Conviene recordarlo: Trump tiene experiencia como empresario tanto en concursos de belleza como en boxeo y lucha libre. Solo una de ellas ganará esta contienda para decidir el rumbo de Venezuela, pero ninguna lo hará en condiciones de plena soberanía. Ambas podrían terminar siendo marionetas de un juego que las supera.
En los meses que vienen se verá con claridad la madera de la que está hecha cada una. Machado tiene razón al señalar que todas las negociaciones con el régimen chavista le han servido para ganar tiempo, engañar a la población y traicionar lo acordado. No parece realista, por tanto, que se abra un diálogo entre ellas o sus emisarios para acordar un cambio de régimen. Lo más previsible es que el enfrentamiento escale y que el tono se vuelva más acre a medida que una de las dos sienta que el poder se le escapa de las manos.
La rivalidad, así planteada, corre el riesgo de convertirse en una trampa. No solo para ambas lideresas, sino también para un país cuya soberanía ha sido hipotecada. Trump puede inclinar a voluntad el terreno a favor de una u otra a condición de que las pueda usar. (Por ejemplo, dado que las elecciones de medio término en Estados Unidos son en noviembre, quizás prefiera no arriesgar una transición antes de esa fecha, lo que lo llevaría a optar por la estabilidad y el statu quo). Se puede entender que cada una quiera ponerlo de su lado en su duelo por el poder. Pero si el desenlace de esta rivalidad se limita a decidir quién administra una Venezuela dirigida a control remoto desde la Casa Blanca, solo se confirmará que el poder cambió de amo sin volver a manos de sus auténticos dueños: los venezolanos.
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