Ni OTAN islámica, ni pacto suní

En las últimas semanas, Arabia Saudí ha dado varios pasos llamativos en el terreno de la seguridad. Atrapado por la guerra que Estados Unidos e Israel libran contra Irán, el reino ha reconocido por primera vez que ha bombardeado milicias proiraníes en Irak; ha convocado una coalición naval para defender la navegación en el mar Rojo de los ataques de los hutíes de Yemen (también aliados de Teherán) y ha firmado un acuerdo de defensa con Pakistán y Turquía.

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 El acuerdo de La Meca entre Arabia Saudí, Pakistán y Turquía es, por ahora, más político y estratégico que militar  

En las últimas semanas, Arabia Saudí ha dado varios pasos llamativos en el terreno de la seguridad. Atrapado por la guerra que Estados Unidos e Israel libran contra Irán, el reino ha reconocido por primera vez que ha bombardeado milicias proiraníes en Irak; ha convocado una coalición naval para defender la navegación en el mar Rojo de los ataques de los hutíes de Yemen (también aliados de Teherán) y ha firmado un acuerdo de defensa con Pakistán y Turquía.

Se trata de pasos “llamativos” porque, desde el pacto del rey Abdelaziz Ibn Saud con el presidente Franklin D. Roosevelt en 1945, Riad confiaba su protección militar a Estados Unidos. De hecho, y a pesar de las diferencias con Washington sobre la intervención en Irán, ha evitado responder directamente a los recurrentes ataques de este sobre sus infraestructuras civiles, dando prioridad a la diplomacia. Ahora toma la iniciativa para disuadir a sus enemigos.

Su alianza con Pakistán y Turquía ha desatado, no obstante, las conjeturas. Desde quienes han interpretado que se trata de un “pacto suní” (implícitamente antichií, es decir, contra Irán y sus aliados) hasta quienes anuncian el embrión de una “OTAN islámica” o ven una ruptura con EE UU. Son ideas que facilitan titulares vistosos, aunque resultan simplistas.

Más allá del simbolismo de su firma en La Meca, la ciudad más sagrada del islam, el acuerdo responde a intereses políticos, no a afinidades religiosas. Egipto, otro pilar regional de mayoría suní como los firmantes, ha quedado fuera por el momento, mientras Emiratos Árabes Unidos (también suní) mantiene su alianza con Israel.

En cuanto a las palabras del ministro turco de Exteriores, Hakan Fidan, afirmando que el pacto es “técnicamente igual que el artículo 5 de la OTAN” tendrán que pasar la prueba de los hechos. Ese punto, que Fidan conoce bien porque su país es miembro de la Alianza, establece que un ataque armado contra cualquiera de los firmantes se considerará dirigido contra todos ellos. La mayoría de los observadores duda de que el ya conocido como Acuerdo de La Meca llegue tan lejos. Y no sólo porque tras sus firma Riad haya sufrido nuevas agresiones.

Arabia Saudí ya firmó un pacto de defensa mutua con Pakistán en septiembre de 2025. Entonces se especuló con que se extendía el paraguas nuclear paquistaní al reino. Sin embargo, eso no le ha protegido de los cientos de misiles y drones de Irán y sus aliados. Al contrario, Islamabad ha evitado involucrarse militarmente y ha utilizado sus buenas relaciones con Teherán para actuar de mediador. Tampoco a Turquía, que como Pakistán tiene frontera terrestre con Irán, le interesa enfrentarse con la República Islámica.

Eso, y la insistencia de los firmantes en su carácter defensivo, lleva a pensar que se trata de un acuerdo político y estratégico más que militar. De hecho, no solo los términos del documento son vagos al respecto, sino que incluso el mensaje que se transmite desde Riad refuerza esa ambigüedad: el pacto, según analistas próximos al régimen, “no es contra nadie” y a la vez “envía un poderoso mensaje”. ¿A quién? A Irán, se sobrentiende (aunque algunas fuentes añaden a Israel).

De momento, Irán ha optado por interpretar el pacto como un paso para reducir la dependencia de potencias externas, en clara referencia a EE UU. El portavoz de Exteriores dijo que no veía motivos de preocupación “siempre y cuando se identifiquen correctamente el enemigo y la amenaza”.

Desde las revueltas de la primavera árabe (cuando Washington dejó caer a su aliado, el presidente egipcio Hosni Mubarak), se habla de la pérdida de confianza de las monarquías del Golfo en EE UU. Arabia Saudí también sufrió una gran decepción cuando, en 2019, la primera Administración Trump no acudió en su ayuda ante la oleada de ataques iraníes a sus instalaciones petroleras que redujeron a la mitad su producción de crudo durante semanas.

Si bien el liderazgo en la zona de la gran potencia se está reduciendo, nadie se plantea sustituirlo. Los tres firmantes del acuerdo son aliados de EE UU y ninguno está pidiendo que este abandone la región. Al mismo tiempo, todos entienden que la guerra con Irán ha dejado a las monarquías del Golfo más vulnerables y que no pueden quedar a expensas de que sus intereses coincidan con los de la Casa Blanca. El propio presidente Donald Trump ha elogiado la firma como un paso para que esos países “sean capaces de defenderse por sí mismos”. El acuerdo refleja esos cambios. Ni una “OTAN islámica”, ni un “pacto suní”: Arabia Saudí se prepara para el día después del conflicto.

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